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Red Internacional

Con la excusa de “problematizar” el menemismo algunos se deslizan hacia la justificación, aunque también están los otros que se niegan a cualquier reflexión para evitar un balance político. La herencia menemista, un debate que habla del presente. Editorial de “El Círculo Rojo”, programa de La Izquierda Diario que se emite los jueves de 22 a 24 h por Radio Con Vos, 89.9.

Jueves 18 de febrero | Edición del día
  •  La discusión en torno a la muerte de Carlos Menem generó una nueva división en el país en el que si tirás una semilla, crece una grieta.

  •  En general, se enfrentaron dos posturas:

    Por un lado, están quienes con la excusa de “problematizar” o “complejizar” el menemismo o la década del noventa se deslizan hacia la justificación de esa experiencia política: ya sea porque no quedó otra que adaptarse a los vientos de cambio que recorrían el mundo, porque se produjo un vendaval internacional del que era imposible quedarse al margen, porque estaba determinado por una tendencia irreversible etc. Esta mirada encierra una concepción más general que puede sintetizarse así: los cambios o avances tecnológicos, la mundialización de la economía o lo que llaman la “globalización” necesariamente debían incluir transformaciones regresivas en las relaciones sociales, la desnacionalización de los recursos estratégicos y la financierización de la economía; en resumen: la pérdida de derechos sociales, laborales y de soberanía nacional. Entonces, con críticas, con errores o con excesos, desde esta perspectiva, Menem fue más o menos un representante de “la época”. Hizo lo que hizo porque así lo habían hecho antes Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en EEUU y muchos otros países que siguieron el rumbo neoliberal. Esta concepción fatalista transforma los hechos consumados en leyes naturales y es la negación misma de la acción política.

    Por otro lado, están quienes se niegan de manera tajante a discutir o pensar qué pasó en aquellos años que fueron muy importantes para el devenir del país (junto con el ciclo de la dictadura militar resetearon a la sociedad, a la economía y aplicaron contrarreformas que nunca fueron revertidas). Para estas miradas, el debate ya está saldado y todo lo malo está concentrado en Menem y en algunos de sus cómplices. De repente, Menem salió como de un repollo y destruyó gran parte del país sin mucho más que explicar, reflexionar, pensar o “complejizar”.

  •  Las dos perspectivas coinciden en un punto: la exculpación de gran parte del régimen político: del peronismo que fue aliado a Menem de manera casi unánime en los primeros años (aunque algunos se diferenciaron tardíamente), del radicalismo habilitó la Constituyente de 1994 que impuso la reelección; de la Alianza posterior que —como planteé en un artículo de El Dipló publicado esta semana— hizo oposición a Menem dentro de sus coordenadas ideológicas: criticó o secundario y avaló lo principal; del sindicalismo participacionista que no sólo permitió las privatizaciones, sino que fue socio y se transformó en empresario.
  •  Este es uno de los fundamentos por los cuáles hay que discutir Menem todo lo que sea necesario. El otro fundamento es que los que vinieron después no revirtieron ninguna de las contrarreformas centrales que se llevaron adelante en los noventa. Ernesto Semán escribió un artículo en ElDiarioAr en el que cita un dato revelador: dice que luego de Menen “una parte importante de ese modelo exportador descansaba en una réplica de la década que buscaba repudiar (precios internacionales altos y uso intensivo de capital en una tierra cuya propiedad estaba más concentrada -el número total de unidades de tierra bajó un 21 por ciento en los ’90, la concentración más acelerada del siglo)”. Esto puede hacerse extensivo al endeudamiento, a la entrega del petróleo, al ferrocidio que minó la Argentina de pueblos fantasmas y todo esto sin contar crímenes como los de la voladura de Río Tercero. Esto pone en perspectiva todo lo que vino después, los cambios y sobre todo las continuidades.
  •  En síntesis, hay que discutir Menem, no para llorar sobre la leche derramada en esa década infame; sino para sacar conclusiones políticas. Hay que discutir el menemismo porque fue mucho más que Menem y hubo mucho más menemistas de los que hoy están dispuestos a reconocerlo. Hay que discutir Menem porque fue producto de crisis, de luchas, de derrotas y de traiciones. Hay que discutir Menem porque nos habla no sólo del pasado, nos habla (y mucho) del presente.


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