Sociedad

LATIDOS PORTEÑOS 23

El día que el cielo se cubrió de libros

Sábado 29 de noviembre de 2014 | Edición del día

Buenos Aires amanecía oscura, no amanecía. La gente con trabajo no sabía si salir a trabajar porque todavía anochecía. Se sentía la algarabía de los murciélagos en las terrazas de los edificios vacíos. Apasionadas parejas de amantes volvían a brindar por la extendida noche. No salían los porteros a baldear, y los poetas se encendían en prosa.
¿Pero qué estaba pasando en la ciudad? En los medios ni se enteraban, absortos estaban disputándose bajezas. ¿Pero es que no iba a volver la pereza de un nueva día, el desafío del espejo? ¿Y la soga que ciñe nuestra rutina? Porque no será igual de noche siempre. No es lo mismo el sol que nos delata, que andar tentados en la sombra. Aparecerán donde nadie nos mire, caminos frondosos de oscuridad en los que amaremos más sin pedir perdón, y robaremos sin que nadie nos vea el pan que atraganta a los ricos.
Para el pobre será lo mismo en su tanta noche, pero ahí iremos a llevarle el pan, primero a escondidas y con el tiempo decididos a la única luz de las estrellas. Desde el poder dirán que la culpa de la infrecuente noche es de la oposición y del exagerado vuelo de los buitres, mientras que desde las corporaciones mediáticas insistirán con que es día para que se compren sus diarios, se prendan sus radios y televisores, se consuma su cable, y se hable y se navegue por sus páginas de la web.
Entonces pondrán por todas partes escenografías con furiosos reflectores, en las que Tinelli vociferará “¡Buenos días, Argentina…!”. Desde un estudio cerrado recrearán una nota falsa en la costa atlántica, y copiando mal un recurso fellinesco, se notará que el mar es de papel de celofán. Las autoridades policiales y de las fuerzas de seguridad dicen que si la noche sigue, habrá que patrullar las calles con más esmero, y un gobernador pedirá bajar la edad de imputabilidad al tiempo de la lactancia.
Si es verdad que el alba se ha extinguido, propondrán que vuelvan a funcionar garitas en medio de las bocacalles, y policías fluorescentes aprovecharán para reordenar el tránsito hacia la verdad: tratarán de cerrar el camino que conduce a Luciano Arruga, la ruinosa arteria que busca llegar a Julio López, y la cortada que llevaba a Walter Bulacio, mentirán que ya no existe. Mientras, los curas seguirán enrejando sus parroquias para que los que duermen en la calle no pernocten en sus veredas.
Y las arcas de la curia desbordarán aún más de riqueza, vendiéndoles las velas de los santos a los feligreses que les van cortando la luz. No clarea pero los bancos abren igual y crean la noche de los bancos: como algunos no tienen qué hacer, una muchedumbre de incrédulos recorre las diversas plataformas en las que son esquilados. Un torbellino de equivocaciones empiezan a suceder. Hay quien besa por fin a la mujer equivocada, y dos hombres se confunden y se van de la mano. Todos ya se van preocupando y más los muertos, porque mantienen cerrados los cementerios. ¿Pero qué será lo que pasa?

De tan preocupados que andamos, nadie miró. El cielo se tapaba con miles de bibliotecas volando repletas. Nadie quería ver, nadie quiere leer. Algo debía pasar en el Día de las Bibliotecas, que no se hizo día porque ahí están polvorientos los anaqueles, sin manos que los rocen, espantados de soledad. Las bibliotecas volaron de nuestra consideración y se hartaron de quietud. Pero hay soñadores que traman tormentas para que lluevan libros. Entonces tal vez seamos amanecer, aún de noche, empapados de pensamientos…







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