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#50 AÑOS

El clasismo cordobés, hijo del Cordobazo: sus potencialidades y sus límites

El Cordobazo logró la derrota de la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía y dio origen a nuevas organizaciones y tendencias clasistas en los sindicatos.

Walter Moretti

@patamoretti

Miércoles 29 de mayo | 00:00

Este 29 de mayo se cumplen 50 años del histórico Cordobazo, una verdadera acción de masas con características insurreccionales que dio origen a toda una serie de acciones, puebladas y movilizaciones que seguían su curso uniendo, en mayor o menor medida, a obreros y estudiantes en distintas provincias del país. Con su radicalización lograron la derrota de la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía e impuso el final del régimen libertador que prevalecía desde la caída de Perón en 1955. Amplios sectores de la masas pasaron a cuestionar la legalidad burguesa y como parte de todo ese proceso revolucionario tuvieron origen nuevas organizaciones y tendencias clasistas en los sindicatos, entre la que destacó el propio clasismo cordobés organizado en torno a las dos grandes plantas de la multinacional Fiat.

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En el libro Insurgencia Obrera, en la Argentina 1969-1976 de Ruth Werner y Facundo Aguirre (con el que tuve el agrado de colaborar), se señala: “El Cordobazo tiene su origen en la convocatoria de la CGT y la CGT de los Argentinos a un paro nacional de 24 horas (para el 30 de mayo). En la provincia mediterránea, ese llamado tuvo una particularidad: su duración sería de 37 horas (iniciándose el 29 de mayo a las 11 h), en protesta por la eliminación de las “quitas zonales” en las asignaciones y beneficios salariales, entre otras reivindicaciones. Este “paro adquirirá características de huelga general política y con el correr de las horas se transformará en el Cordobazo, una semi-insurrección obrera y popular (lo definimos como semi-insurrección por la falta de una dirección consciente y el armamento de las masas), que unificó a los trabajadores de las modernas plantas automotrices instaladas en la provincia, a los de Luz y Fuerza, a los metalúrgicos y al conjunto del proletariado, con los estudiantes que reclamaban la ‘unidad obrero-estudiantil´.

La respuesta del Estado no se hizo esperar, decenas y decenas fueron sentenciadas por tribunales militares; Agustín Tosco fue detenido junto a otros en el penal de Rawson. Pero las ondas expansivas de aquella jornada histórica e independiente del proletariado, el 29 de mayo, se extendieron hasta el año 1971. En esos años Córdoba se transformó en el centro del proceso revolucionario que derrocó primero a la dictadura de Onganía y luego a la de Levingston, además de terminar con seis gobernadores. La ciudad mediterránea se fue ganando los honrosos motes de “Ciudad Roja”, la “Turin o la Petrogrado argentino”.

Burocracia sindical

Desde antes del Cordobazo la burocracia sindical local estaba dividida entre los “ortodoxos”, encabezados por la UOM que integraban la CGT de los Argentinos; por otro, los “legalistas” dirigido por Elpidio Torres y Atilio López de la UTA, que se referenciaban con la CGT Azopardo y mantenían una relación más cercana con Augusto Timoteo Vandor.

Existían, además, los llamados “independientes” encabezado por Agustín Tosco, histórico dirigente de Luz y Fuerza, y una de las grandes personalidades de la clase obrera, pero que por influencia del PC defendía el llamado “sindicalismo de liberación” cuya estrategia era la colaboración de clases, tal se reflejaba en su alianza permanente con el sector de la burocracia llamado “legalista”. Junto a Atilio López, Tosco dirigió la CGT de Córdoba y enfrentaron a las tendencias clasistas que surgían por aquel entonces. Años después, en las elecciones de 1973, apoyó la formula provincial del Frente Justicialista de Liberación (FreJuLi), integrada por Obregón Cano y el propio Atilio López.

Surge el clasismo cordobés

A diferencia de todos los sectores antes nombrados, el clasismo cordobés se transformó en un fenómeno nuevo que tendía a expresar el ascenso revolucionario. Inédito, por primera vez desde el ascenso de Perón surgía una dirección no peronista que potencialmente amenazaba la hegemonía de la burocracia sindical.

En la primera parte de la etapa revolucionaria que gestó el Cordobazo, el clasismo cordobés corporizados centralmente en los sindicatos de las dos grandes planta de Fiat instaladas en la provincia, expresó lo más avanzado de la subjetividad obrera y que tendió a convertirse en un polo de reagrupamiento independiente, antiburocrático y clasista de la vanguardia obrera de distintos puntos del país.

La formación de los sindicatos clasistas cordobeses, el SiTraM (Fiat Materfer) y el SiTraC (Fiat Concord), fueron la punta de lanza de una corriente que englobó a otros sindicatos y tendencias que tenían en común su enfrentamiento con las direcciones burocráticas (por ejemplo Petroquímica Argentina de Santa Fe y diversas comisiones internas y cuerpos de delegados), que se basaban en la democracia obrera y que tenían definiciones programáticas contra la patronal y que en algunos casos cuestionaban el Estado burgués y defendían una perspectiva antimperialista y socialista que superaban abiertamente a los programas nacionalistas de la izquierda peronista conocidos como el programa de La Falda (1957) y de Huerta Grande (1962).

El propio historiador Daniel James sostuvo: “El clasismo tenía en potencia un significado profundo para la burocracia sindical peronista, los empleadores argentinos y, en último término, el propio Estado. Desde el punto de vista de la cúpula sindical, el énfasis rigurosamente antiburocrático puesto por los nuevos dirigentes sobre la democracia interna, planteaba una clara amenaza como influencia y amenaza. Mostraba a los trabajadores, enfrentados al espectáculo de un liderazgo sindical en crisis, un modelo alternativo. Para los empleadores, el cuestionamiento de las condiciones de trabajo representaba un desafío directo a la autoridad patronal dentro de las fábricas (…) No menos clara era la amenaza planteada para los militares. El movimiento clasista había demostrado repetidas veces su capacidad de alterar el orden público más allá de las puertas de las fábricas. Su capacidad para articular un vasto espectro de reivindicaciones sociales y políticas, sus aspiraciones a redefinir el papel del sindicalismo, y finalmente su capacidad para adoptar formas extremas de actividad, representaba para la estabilidad política una fuerte amenaza que el Estado argentino no podía ignorar”.

No era para menos, tanto el SiTraC y SiTraM se constituyeron en la experiencia que más avanzó hacia la formación de un sindicato revolucionario.

El SiTraC y SiTraM, y el “poder industrial”

Los sindicatos de fábrica en las plantas de Fiat Concord y Materferd habían sido creados a finales de los años 50. Su creación está relacionada con los planes de racionalización y de penetración de los capitales extranjeros que se inició a partir de 1955.

De esta forma los regímenes libertadores le otorgaban a las multinacionales este gran beneficio destinado a reducir y dividir la fuerza obrera.

Pero años después el tiro les salió por la culata. A partir del ascenso revolucionario impulsado por el Cordobazo, en los primeros años de 1970, los trabajadores de Fiat Concord primero, y los de Materferd después, expulsaron de sus sindicatos a las viejas direcciones amarillas y pro-patronales. Ante las distintas maniobras trataron de impedir el ascenso de los nuevos dirigentes votados en asamblea. Los trabajadores de Fiat defendieron su resolución a través de la toma de fábrica iniciada el 14 de mayo de 1970, con los jefes y autoridades de la empresa como rehenes, y todo el perímetro de la planta rodeado con toneles de combustible para enfrentar cualquier intento de desalojo por parte de las fuerzas de seguridad. De esta forma se consumaba el triunfo de los 2.500 obreros del SiTraC que, a su vez, envalentonó a sus 1.500 compañeros del SiTraM a seguir el mismo camino.

Toma de Concord

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El restringido alcance de los sindicatos de fábrica se transformaba en un terreno ventajoso para el avance de la oposición y radicalización de las bases. A su vez, al tratarse de sindicatos de fábrica asentados en la misma planta, que basaban su organización interna en los delegados de sección -el SiTraC por ejemplo tenía 125 delegados-, los acercó mucho a transformarlos en genuinos “comités de fábrica”.

En relación a los comités de fábrica turineses surgidos en los años 20 del siglo pasado, el revolucionario italiano Antonio Gramsci, decía: “El comité de fábrica se convierte en la negación de la “legalidad” industrial, tiende a aniquilarla en todo instante, tiende incesantemente a conducir a la clase obrera a la conquista del poder industrial, a hacer que la clase obrera pase a ser fuente del poder industrial (…) El consejo o comité de fábrica es la masa explotada, tiranizada, constreñida al trabajo servil y por eso tiende a universalizar toda rebelión, a dar valor y alcance resolutivo a todo acto suyo de poder”.

La masa de obreros explotados y tiranizados de las plantas de FIAT comenzó a “negarse” a la “legalidad” industrial y se dirigía “a la conquista del poder industrial”. El cuerpo de delegados comenzó a controlar las líneas de producción para garantizar la baja de los ritmos de producción infrahumanos que regían sin que esto produjera pérdidas en el salario. La producción se bajó un 50 % y la patronal tuvo que retroceder. El primer triunfo encabezado por el SiTraC.

Trabajadores de SiTraC movilizados

También lograron imponerse contra “el acople de máquinas” (un mismo obrero manejaba dos o tres a la vez), frenaron el avasallamiento patronal, impusieron el cambio de jefes y enfrentaron el trabajo insalubre y las condiciones sanitarias, como sucedió con los obreros de la forja, tristemente conocida como el “cementerio de los obreros”.

En enero de 1971, la patronal contraatacó despidiendo a cuatro de los principales dirigentes de la comisión directica del SiTraC, entre los que se encontraban el legendario “Petiso” Páez y Gregorio Flores, junto a dos delegados de base. Otra vez se tomó la fábrica y a pesar de las amenazas del Ejército de declarar a Córdoba como “zona de emergencia” para favorecer el desalojo violento, los obreros de Fiat volvieron a triunfar reincorporando a los despedidos.

Aquel triunfo contagió a otras plantas y establecimientos dando origen a un “verano caliente” que tendría su punto culmine en el segundo Cordobazo, más conocido como el “Viborazo”, en respuesta al gobernador Camilo Uriburu quien al asumir su cargo había amenazado con cortarle la cabeza a la víbora marxista que anidaba en Córdoba. En poco tiempo tuvo que ser relevado por el presidente Lanusse.

Otra vez, como había sucedido en el primer Cordobazo, volvía la acción de masas a las calles. Los barrios más importantes fueron tomados y se recreó la unidad obrero-estudiantil, pero a diferencia de aquel, los sindicatos clasistas cumplieron un destacado papel. Los dirigentes de las distintas alas de la burocracia sindical cordobesa, junto con Agustín Tosco, habían organizado el “Comando de Lucha” que convocó a la primera huelga general de 1971, donde las plantas serian ocupadas durante 4 horas. Los clasistas no tenían acuerdo con las ocupaciones y se plegaron al paro con un corte en la ruta 9, a la altura de la localidad de Ferreyra. La represión se cobró la vida de un joven obrero de apellido Cepeda y los obreros de Fiat impulsaron la ocupación del Barrio de Ferreyra, recordado como el “Ferreirazo”. Ante el asesinato de Cepeda la CGT declaró un paro general de 48 horas y Córdoba volvió a ser tomada.

La derrota

Tras el segundo Cordobazo, la CGT nacional desplegó un mayor aislamiento de las masas cordobesas y en un clima crecientemente represivo, la policía provincial ocupó las instalaciones del SiTraC y SiTraM y la gendarmería se instaló en las propias plantas. A pesar de la avanzada de las fuerzas de seguridad, los obreros realizaron una histórica asamblea y resistieron un par de horas.

Disueltos los sindicatos de Concord y Materferd, alrededor de 400 obreros fueron cesanteados y los principales dirigentes perseguidos y encarcelados.

La derrota de los sindicatos clasistas fue un preanuncio del golpe policial, el Navarrazo de 1974.

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Como se planteaba en el periódico La Verdad: “El SiTraC y el SiTraM no ha muerto, ni morirá jamás, porque no ha sido una ´extraña´ casualidad. Sino la punta todavía débil de un vasto proceso de conciencia, de métodos y direcciones de nuestro movimiento obrero”. Los posteriores Villazos y el surgimiento de las coordinadoras interfabriles retomarían el camino de la auto organización obrera.

Limitaciones tácticas y estratégicas

A pesar de tener una corta pero intensa vida (16 meses), hasta su derrota a punta de fusil en 1972, los sindicatos clasistas cordobeses evidenciaron toda su potencialidad. Además de la lucha en las calles, en el cuestionamiento de la “legalidad” de la patronal que iniciaba un curso hacia la conquista del “poder industrial”. En este punto dejó muchas enseñanzas para las próximas generaciones de obreros y obreras clasistas, de la misma forma que aportó en las experiencias de control obrero en las fábricas de Zanon y en MadyGraf.

Como dice Daniel James, los sindicatos clasistas mostraban a los trabajadores, enfrentados al espectáculo de un liderazgo sindical en crisis, un modelo alternativo. Para avanzar en este sentido, el de disputar las masas que seguían bajo el control de los sindicatos burocráticos, se imponía la táctica del Frente Único Obrero para “pegar juntos pero marchando separados”, y de esa manera disputar el poder de la burocracia y extender las posiciones para terminar con su rol de policía interna que impide la organización independiente y el despliegue de fuerzas de la clase obrera. Los sindicatos clasistas influenciados por sectores ultraizquierdistas y sectarios, era refractaria a esta política, como vimos por ejemplo en relación al “Comando de lucha”, que era la clave para extender las propias posiciones ganadas en Fiat.

A su vez, el proceso abierto con el Cordobazo dejó planteada la auto organización obrera y estudiantil, que incluyera los comités de autodefensa y las milicias obreras y populares y la propia construcción de un partido revolucionario, capaz de desarrollar la acción independiente de masas en el sentido de un doble poder obrero que imponga un gobierno de los trabajadores y el pueblo. El clasismo consecuente va indisolublemente unido a la lucha por construir un partido revolucionario e internacionalista.

En el sindicalismo clasista faltó la existencia de una fracción revolucionaria que luchara por esa perspectiva para enfrentar a las estrategias del PRT-ERP y grupos maoístas como Vanguardia Comunista que influían en dirigentes y activistas de base del SitraC y del SiTraM. Esa ausencia está relacionada íntimamente a la debilidad con la que llegó la izquierda trotskista al Cordobazo. En el caso de la corriente morenista se combinó una escasa fuerza material con una degastada fuerza moral producto del seguimiento previo al guevarismo del PRT-ERP.

Hace unos años atrás, Francisco “Petiso” Páez, uno de los principales dirigentes del Clasismo y posteriormente militante y candidato presidencial del PST en las elecciones de 1973, llegó a la conclusión de que la construcción de un partido revolucionario no estaba en su horizonte.

Como sostuvo el amigo Eduardo Castilla: “a la ´Petrogrado argentina’ le faltó su partido bolchevique”.







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