SUPLEMENTO

El capitalismo es una incubadora de pandemias, necesitamos luchar por el socialismo

Tatiana Cozzarelli

Mike Pappas

El capitalismo es una incubadora de pandemias, necesitamos luchar por el socialismo

Tatiana Cozzarelli

Mike Pappas

Estados Unidos es hoy el nuevo epicentro de la crisis, con más de 300.000 casos confirmados y más de 8.100 fallecidos hasta el día 4 de abril. Un análisis de esta crisis desde Nueva York.

El COVID-19 está causando estragos alrededor del mundo. En España el número de infectados alcanza 124.736 casos, mientras que, en Italia, el número de contagios ha llegado a 115.242 este sábado. La cuarentena se ha extendido a países en todo el mundo, alcanzando a un tercio de la humanidad. En Estados Unidos, la crisis económica también está impactando brutalmente, con 10 millones de personas que han sido enviadas al paro en las últimas semanas. En todo el mundo estamos viendo un aumento de racismo y homofobia, y crecen las tensiones entre los Estados imperialistas, mientras crece el temor a la epidemia.

La propagación veloz del coronavirus está exponiendo todas las contradicciones del capitalismo, mostrando, al mismo tiempo, que el socialismo es urgente.

Coronavirus y capitalismo

En las próximas semanas, esto sólo va a empeorar, ya que la propagación del virus es imposible de parar, por razones tanto sociales como biológicas. Y mientras los médicos recomiendan a la gente quedarse en sus casas, la clase trabajadora no puede permitirse esto cuando aparecen las primeras señales de una tos.

Contradiciendo la inicial sugerencia de Donald Trump que decía que muchos con COVID19 deberían aun así ir al trabajo, los centros de control de enfermedades insistieron en que aquellos que estuvieran infectados por el virus deberían estar en cuarentena. Bajo el capitalismo, esto plantea un problema para los que forman parte de la clase obrera y no pueden permitirse simplemente dejar sus trabajos sin previo aviso.

El gobernador del Estado de Nueva York, Trump y otros políticos afirman que “estamos todos juntos en esto”, pero eso es totalmente falso. El 58% de los americanos ganan menos de 1000 dólares y para ellos quedarse en casa o no usar el ser transporte público no es una opción.

Además, una visita al hospital significa acumular facturas médicas masivas que muchas familias no pueden afrontar. The Guardian informa que un 25% de los americanos han declarado que ellos o algún miembro de su familia han retrasado el tratamiento médico debido a la costosa atención. En mayo de 2019, la Sociedad Americana del Cáncer halló que el 56% de los adultos están endeudados producto de la atención médica. Claramente, esto configura una peligrosa situación. Las personas están siendo cargadas con pesadas facturas si buscan hacerse test para el coronavirus.

El Miami Herald escribió la historia de Osmel Martínez Azcue, quien llegó al hospital con unos síntomas parecidos a la gripe, después de un viaje de trabajo a China. La visita al hospital le costó nada menos que 3.270 dólares, según un aviso de su compañía de seguros. Bussines insider elaboró una tabla con los posibles gastos asociados a ir al hospital por el COVID19 en Estados Unidos.

Claramente, para algunos, estos gastos no serán un problema. Los americanos más ricos, tienen más riqueza que el 50% que el resto de la población.

Kate Pickett y Richard Wilkson destacan ampliamente en su libro The Spirit Level: Why Greater Equality Makes Societies Stronger que las sociedades más igualitarias son más saludables. Las poblaciones allí viven más tiempo, tienen menos mortalidad infantil y tienen tasas más altas de salud. Pero ¿cómo se asocia esto al COVID 19? La principal hipótesis de su investigación es que la desigualdad social provoca estados de estrés crónico. Esto lleva a estragos en los sistemas corporales como el cardiovascular y el sistema inmune, dejando a las personas más susceptibles a verse afectadas por problemas de salud. Esto significa también que, en tanto las sociedades se vuelven más y más desiguales, veremos más cantidad de personas susceptibles a la infección. Las contradicciones sociales que genera el capitalismo nos ponen a todos en peligro a medida que el COVID19 se extiende.

Coronavirus y socialismo

El COVID19 ha destacado la necesidad del socialismo para enfrentar epidemias como estas. Y por socialismo, no nos referimos a “Medicare para todos” o a un New Deal. Estamos hablando de una sociedad en la que los seres humanos tengan el control sobre la producción, en vez de que esta sea regida por el lucro. Una sociedad sin capitalismo, donde la producción y reproducción sea organizada por los productores.

En una sociedad de este tipo, tanto las prevenciones como las respuestas al brote serían muy diferentes. Suministros como el jabón para manos, toallitas desinfectantes o alcohol en gel tienen una demanda extremadamente alta en estos momentos. Ya estamos viendo la escasez de suministros claves en todo el mundo. La necesidad ganancias de los capitalistas ha llevado a las empresas a aumentar drásticamente sus precios en estos momentos de crisis sanitaria. El Washington Post, por ejemplo, viene informando de drásticos aumentos de precio en este tipo de productos. Bajo el capitalismo, la escasez conduce a una mayor rentabilidad, para algunos.

El capitalismo ha extendido las tendencias de la globalización de la producción, llevando las industrias hacia extremos dispares del mundo, en cadenas de producción que dependen unas de otras para funcionar. De este modo, los trabajadores de fábricas en China producen IPhone para clientes de Apple en EEUU. Esto permite a las corporaciones reducir costos en un área del mundo donde pueden obtener protecciones más débiles para los trabajadores. Pero mientras todo este entramado resulta beneficioso para los capitalistas, brotes o enfermedades como el COVID19 exponen las debilidades del sistema.

Por ejemplo, una gran parte de los materiales básicos para producir nuevas medicinas vienen de China. Desde que las industrias están tan afectadas por la propagación viral, la producción de suministros se ha cortado drásticamente. Esto retrasa la capacidad de una respuesta rápida en otros países. Lo mismo sucede con los respiradores artificiales o las mascarillas.

Un aspecto central del socialismo es basarse en una economía planificada y gestionada democráticamente, una economía en la que todos los recursos estén asignados de acuerdo con las necesidades, en lugar de estar restringidos por la posibilidad de pagar. Y esas necesidades serían definidas democráticamente por ambas partes, productores y consumidores. Esto significa que, generalizando la producción bajo el control de los trabajadores, sería mucho mayor la posibilidad de aumentar la producción de estos insumos en una emergencia.

Además, con la eliminación de las barreras entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, un número creciente de trabajadores estaría familiarizado con todo el proceso de producción y listo para rotar donde fuera necesario. Los ejemplos de las fábricas recuperadas y gestionadas por sus trabajadores en Argentina, que están produciendo mascarillas y alcohol en gel, son indicios de las potencialidades en ese sentido.

Finalmente, el socialismo no puede existir en un solo país, por lo que una economía global planificada sería clave en esos momentos. Si un país experimentara una escasez, otros podrían compensarlo. Esta es la clave para controlar epidemias globales como el coronavirus: solo se detendrá si lo detenemos en todas partes. En una economía global planificada, esta sería una tarea mucho más sencilla.

Si uno se enfermara, tomar la decisión de protegerse a sí mismo y a los demás tomando tiempo libre nunca debería implicar tener que preocuparse por perder su trabajo, pagar el alquiler, poner comida en la mesa o poder mantener a sus hijos. Bajo el capitalismo, los servicios como la vivienda y la atención médica se reducen a productos que se compran y se venden. Esto a menudo enfrenta a las personas con situaciones límite: trabajar mientras se está enfermo y potencialmente exponer a otros, o quedarse en casa y arriesgarse a perder el trabajo.

En la transición al socialismo, aumentaría la mecanización de la producción y la eliminación de los empleos innecesarios: ¡adiós industria de la sanidad privada! Y se reduciría drásticamente la cantidad de horas que necesitaríamos para trabajar. Pasaríamos muchas más horas del día dedicados al arte o compartiendo con amigos y familiares.

Durante los brotes de enfermedades, podríamos quedarnos en casa a la primera señal de un resfriado, además de hacernos test de inmediato. En una economía planificada, podríamos asignar recursos donde más se necesitan y tener en cuenta una disminución de la fuerza laboral debido a una enfermedad.

¿Dónde están las vacunas y tratamientos contra el coronavirus?

Actualmente, varias empresas capitalistas están intentando probar terapias (a veces nuevas, a veces previamente rechazadas y ahora recicladas) para ver si pueden tratar o prevenir COVID-19 . Si bien hay intentos de producir una vacuna, esta no estaría lista para ser probada en ensayos en humanos durante varios meses, según Peter Marks, director del Centro de Evaluación e Investigación Biológica de la FDA. Sin embargo, el Secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, se negó a garantizar que una vacuna de coronavirus sería asequible para todos. "No podemos controlar los precios porque necesitamos que el sector privado invierta ". La declaración es irónica, por decir lo menos, viniendo de un ex cabildero de la gran empresa farmacéutica norteamericana Eli Lilly, quien le prestaba servicio en momentos en que los precios de los medicamentos de la compañía subieron significativamente.

Empresas como Gilead Sciences, Moderna Therapeutics y GlaxoSmithKline tienen varias terapias en desarrollo. Pero el interés de cada empresa en maximizar las ganancias en torno a su propia investigación ha impedido agrupar sus recursos y datos para desarrollar vacunas de la manera más rápida posible. Esto muestra las mentiras acerca de que el capitalismo es el mejor sistema para "estimular la innovación".

También es importante tener en cuenta que gran parte del desarrollo de medicamentos considerado "innovación corporativa" no podría haber sido posible sin una investigación gubernamental financiada por los contribuyentes. Proyectos de ley como la Ley Bayh-Dole permiten a las corporaciones comprar patentes sobre moléculas o sustancias que se han desarrollado en instituciones financiadas con fondos públicos, como los Institutos Nacionales de Salud (NIH), y luego subir los precios para maximizar las ganancias. Un estudio realizado por el Centro para la Integración de la Ciencia y la Industria (CISI) analizó la relación entre la investigación financiada por el gobierno y cada nuevo medicamento aprobado por la FDA entre 2010 y 2016. Los investigadores encontraron que "cada uno de los 210 medicamentos aprobados para el mercado salió de la investigación apoyado por los NIH ".

La expropiación de los capitalistas significaría que el público ya no tendría que subsidiar las ganancias de las empresas privadas. La nacionalización de la industria farmacéutica permitiría agrupar los recursos intelectuales y financieros para enfrentar los desafíos del mundo, en lugar de centrarse en medicamentos de gran éxito que benefician solo a unos pocos. En el caso de COVID-19, veríamos una movilización y coordinación masiva de las mentes más grandes del mundo para agrupar recursos y desarrollar más rápidamente terapias efectivas. De hecho, es probable que haya más médicos y científicos, ya que las personas que desean estudiar estos campos ya no se enfrentan a una deuda insuperable.

Bajo el socialismo, toda la industria de la salud sería administrada democráticamente por médicos, enfermeras, empleados y pacientes. Esto sería drásticamente diferente del sistema actual en el que los capitalistas ricos toman las decisiones más importantes en hospitales, compañías farmacéuticas, empresas de fabricación de dispositivos y compañías de seguros (los actores clave que conforman el "complejo industrial médico"). En el caso del COVID19, la atención médica sería un derecho humano y no un medio para ganar dinero. Esto permitiría a cada individuo involucrado obtener pruebas y tratamiento sin temor a la ruina económica. Si se necesitara hospitalización o cuarentena, un paciente y su familia podrían centrarse en lo que sea mejor para su salud en lugar de preocuparse por si una factura del hospital los destruiría económicamente.

El alcance de lo que se considera "cuidado de la salud" también necesitaría expandirse. La situación general de vida y el entorno social de un individuo serían clave para abordar su salud. Esto significaría que un sistema de salud bajo el socialismo abordaría cuestiones como la crisis climática. Si bien aún no se ha establecido una conexión entre COVID-19 y el cambio climático, el aumento de las temperaturas globales, impulsadas en gran parte por las 100 corporaciones más grandes y el complejo militar-industrial, aumentará la aparición de nuevos agentes de enfermedades en el futuro. Los inviernos más cortos, los cambios en los ciclos del agua y la migración de la vida silvestre aumentan el riesgo de exposición a nuevas enfermedades.

El capitalismo creó las condiciones de esta epidemia. Las "soluciones" capitalistas son insuficientes y exacerban la crisis, lo que significa más enfermedades y más muertes. El capitalismo ha sido una incubadora para la propagación continua del coronavirus. La atención médica bajo este sistema siempre será inadecuada para abordar las epidemias. El coronavirus hace urgente el hecho de que debemos pasar a un análisis más social de la salud y el bienestar. Todos estamos conectados entre nosotros, con la naturaleza y con el medio ambiente que nos rodea. El socialismo reestructurará la sociedad en función de esas relaciones.

Al mismo tiempo, el socialismo no es una utopía. Es probable que también haya epidemias o pandemias en el socialismo. Sin embargo, una sociedad socialista, en la que toda la producción se organice en una economía planificada bajo el control de los trabajadores, sería mucho más capaz de asignar recursos y poner en movimiento la energía creativa y científica de las personas.

Este artículo se publicó originalmente en Left Voice.

Traducción: Candela.

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Tatiana Cozzarelli

Docente, actualmente estudia Educación Urbana en la CUNY.

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