Sociedad

MUERTES OBRERAS

El capitalismo dispone de nuestros cuerpos hasta la muerte

Tras la muerte de Matías Kruger, el trabajador de subte, las reflexiones de Alfred Russel Wallace sobre el capitalismo hechas en 1898 mantienen completa vigencia. Wallace es conocido como el “otro” científico que también propuso la Teoría de la Evolución por selección natural. Sus duras críticas al capitalismo son poco conocidas

Constanza Rossi

Licenciada en Biología

Jueves 8 de diciembre de 2016 | Edición del día

Alfred Russel Wallace

David Ramallo, trabajador de la línea de colectivos 60, Diego Soraire, trabajador del INTA, Matías Kruger, trabajador de metrovías, son las muertes por “accidentes laborales” que trascendieron en los últimos meses. Como refleja la nota “Muertes obreras en la región: un genocidio silencioso” entre el año 1996 y el año 2014 fallecieron 16.891 trabajadores a causa de “accidentes” de trabajo, según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, sin tener en cuenta a los trabajadores no registrados.

Como reflexionó Alfred Russel Wallace El siglo maravilloso: sus éxitos y fracasos en 1898, estos “accidentes” solo le ocurren a la clase trabajadora y son homicidios. Los capitalistas, dueños de las empresas, planifican la producción en función de aumentar sus ganancias, esto significa reducir costos y no importa si implica daños en la salud de los trabajadores, jornadas y horarios extenuantes, condiciones riesgosas de trabajo e incluso la muerte.

Transcribimos algunos párrafos de El siglo maravilloso: sus éxitos y fracasos difundido en la actualidad por Stephen Jay Gould en Las piedras falaces de Marrakech (1).

Dejemos que cada muerte que se pueda atribuir claramente a una ocupación peligrosa se convierta en homicidio, por el que los propietarios (…) hayan de ser castigados con prisión (…) y pronto se encontrarán maneras para eliminar o utilizar los gases tóxicos, y para proporcionar la maquinaria automática para transportar y empaquetar el mortífero albayalde, y el polvo de blanquear; como con toda seguridad se haría si las familias de los propietarios, o personas de su misma clase social, fueran los únicos obreros disponibles. Todavía más horrible que el envenenamiento por albayalde es el que produce el fósforo, en las fábricas de cerillas. El fósforo no es necesario para fabricar cerillas, pero es una pizca más barato y un poco más fácil de encender (y con ello más peligroso), y por esta razón se utiliza todavía en gran medida; y su efecto sobre los trabajadores es terrible, pues pudre las mandíbulas con el dolor agónico del cáncer, seguido de muerte. ¿Se creerá en las épocas futuras que esta fabricación horrible e innecesaria, cuyos daños se conocían al detalle, se permitió no obstante que siguiera funcionando al final mismo de este siglo, que afirma haber hecho descubrimientos tan grandes y beneficiosos, y se enorgullece de la altura de la civilización que ha alcanzado?

Los capitalistas, en tanto que clase, se han hecho enormemente ricos (…) Y seguirá siendo hasta que los obreros aprendan lo único que les salvará, y se hagan cargo del asunto por sí mismos. Los capitalistas no consentirán otra cosa que unas pequeñas mejoras, que puedan aliviar la condición de clases selectas de obreros, pero dejarán a la gran masa exactamente igual que se halla ahora.

Una de las características más prominentes de nuestro siglo ha sido el enorme y continuado aumento de la riqueza, sin que haya habido ningún aumento correspondiente en el bienestar del conjunto de la población; mientras que existen indicios abundantes que demuestran que el número de los que son muy pobres (los que subsisten con un mínimo de las meras necesidades vitales) ha aumentado de manera enorme, y hay muchas indicaciones de que constituyen una proporción mayor del conjunto de la población que en la primera mitad del siglo, o de cualquier período anterior de nuestra historia.

Alfred Russel Wallace nació y vivió en el Reino Unido en los años 1823 a 1913. Aparece en varios libros escolares por ser el científico que le mandó una carta a Darwin compartiendo sus ideas y estudios sobre la evolución por selección natural. Según narra S. J. Gould, Darwin consultó a su entorno de científicos cercanos qué hacer y decidieron adelantar la publicación de su obra. Darwin, nombró a Wallace en el prólogo de El origen de las especies diciendo:

“Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como el completarla me llevará aún muchos años y mi salud dista de ser robusta, he sido instado para que publicase este resumen. Me ha movido especialmente a hacerlo el que el señor Wallace, que está actualmente estudiando la historia natural del archipiélago malayo, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales a que he llegado yo sobre el origen de las especies”

La obra de Darwin fue publicada en 1859 y la muerte le llegó a Darwin en 1882, es posible que la salud le hubiera mejorado luego de la publicación. Sin embargo, no hay registros de que a Wallace le hubiera molestado esta resolución. S. J. Gould nos cuenta que la posición social y económica de Darwin y Wallace era muy disímil, Darwin podía dedicar todas las horas de sus días a investigar sus colecciones además de trabajar en colaboración con los naturalistas más reconocidos de la época. Mientras, Alfred Russel Wallace escribía y daba conferencias sobre diversos temas de divulgación para ganarse su sustento. Engels, en “Dialéctica de la naturaleza” (2), nos cuenta que Wallace se interesó mucho por el espiritismo ¿interés propio o necesidad de vender sus publicaciones escribiendo sobre temas populares de la época? Estar en inmerso en los sectores populares y conocer las condiciones inhumanas de trabajo en las fábricas, no lo hizo dudar sobre el valor de los avances científicos y denunció con gran lucidez que los culpables son los capitalistas y sus ambiciones infinitas de ganancias.

(1) “Las piedras falaces de Marrakech”. S. J. Gould. Crítica. España, 2000.
(2) “Dialéctica de la naturaleza”. Federico Engels. Ed. Grijalbo. México, 1961







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