Sociedad

OPINIÓN

El “capital mental” y el discurso neoliberal de Facundo Manes

Las declaracioens del neurólogo y flamante miembro del gabinete del Maria Eugenia Vidal sostiene una visión neoliberal a tono con el discurso meritocrático del macrismo.

Lunes 11 de julio de 2016 | 13:40

“La #‎felicidad‬‬ es un factor de protección contra enfermedades: los niveles más altos de emociones positivas se asocian a menores posibilidades de ansiedad o depresión asociados al estrés. Las personas, cuando se sienten bien, se enferman menos, viven más y tienen una mejor calidad de vida. Hagamos de la felicidad un ejercicio cotidiano”. Así, en versión pocket y para el bolsillo, Facundo Manes, conocido neurocientífico, neurólogo clínico y autor de best-sellers como El cerebro argentino (un compendio de algunos conceptos e ideas sobre el desarrollo cognitivo con el estilo de un manual de autoayuda), confirmaba con alegría el 05 de julio en su cuenta de Facebook, su ingreso al gobierno de María Eugenia Vidal.

Según se encargó de aclarar en un reportaje radial realizado el viernes 08 de julio por Marcelo Zlotogwiazda en Radio Del Plata, su rol será el de –en sus palabras– ser “asesor de la sociedad civil” dependiendo de una “parte ejecutora; un grupo de trabajo compuesto por el gabinete y la gobernadora”, siendo su tarea el ser parte de un consejo asesor cuyo objetivo principal será el de fomentar la preservación y el desarrollo, de lo que resume en un concepto que le encanta repetir: el del “capital mental”.

Para Manes el “capital mental” son “los recursos cognitivos y emocionales de las personas, es la capacidad de aprendizaje flexible y eficiente, la capacidad de una persona de desarrollar todo el potencial, la capacidad de crear e innovar” y “la principal riqueza de un país es el cerebro de las personas”. La sociedad vendría a ser entonces para Manes, la suma de los “cerebros aptos para desarrollar las potencialidades en un mundo competitivo”.

Cuando se sitúa en el país, y aunque se muestra crítico de la situación de desigualdad social imperante, en su argumento es ineludible la constante contradicción: por un lado hace eco de la situación socioeconómica describiendo cómo “en la actualidad hay argentinos que no tienen los recursos mentales para vivir en un mundo desarrollado por los problemas de nutrición que sufrieron, a pesar de que el país produce alimentos para 400 millones de personas pero no puede darles de comer a 40 millones” haciendo hincapié en la necesidad de aumentar la producción de los alimentos, mientras que por el otro y cuando se le pregunta por la pobreza, parece ceñirse a la promesa inverosímil de campaña del PRO de “pobreza cero”.

Dice el neurocientífico que la pobreza “es un entorno, un esquema mental que hace que las personas no puedan pensar más allá de esa situación”, es “una forma de hipoteca, de impuesto social”, es “un condicionante para la revolución del conocimiento” porque genera cerebros desnutridos y “de seguir así no podremos competir económicamente con Chile ni Colombia, ni Brasil, que en los últimos años empezaron a transitar hacia el paradigma del conocimiento”.

“Anatómica y biológicamente, el cerebro de un ruso, de un dinamarqués y de un argentino es el mismo. Pero las experiencias buenas y malas, el entorno, el ambiente y hasta lo que comemos, cambian nuestro cerebro y los genes. Esto puede transmitirse, además, de generación en generación”, dispara y sostiene entonces que mientras el gobierno trabaja para proporcionar vivienda y trabajo a la población, es su tarea “erradicar la pobreza de la mente de los argentinos”.

Con dialéctica infante, aroma positivista, en términos de costo-beneficio y en sintonía con el partido amarillo, se encarga el neurocientífico de volver terrenales para los “legos” su discurso, y ante la pregunta por el desarrollo de su trabajo para “borrar el esquema mental de la pobreza” habla siempre en abstracto de “generar datos”, de “intervenciones validadas científicamente” consistentes en, más allá de garantizar lo que en ningún momento en su discurso reconoce como derechos, intervenir, motivar con pequeñas acciones que alejen a los jóvenes del pensamiento que hoy hace que asocien el ascenso social a la convenientemente corrupción y el acomodo. Las intervenciones pueden ser mostrarle, por ejemplo, “videos de gente de una favela que se haya superado” o “dejar que los niños que se encuentran en la cárcel abran ellos mismos la puerta de su celda para evitar la deprivación cognitiva”.

Existen en el argumento de Manes ideas al menos controversiales y peligrosas. Reivindica explícitamente la cosmovisión de la Generación del 80´: la educación conservadora como estandarte, la idea de progreso y competencia que se suma a la de meritocracia y control de la información: existe mucha información hoy en día y la tarea es la de preparar al docente para adoctrinar alumnos que busquen, interpreten y generen valor agregado a la información.

Manes estigmatiza a quienes son excluidos, porque les adosa negativamente la imposibilidad de superación individual. El “contexto negativo” sostiene, perpetúa la pobreza y la hace estructural: así el pobre solo piensa en aquí y ahora, no piensa en futuro, lo que no permite que la crezca. Argumentos similares sustentaron la teoría de Spencer, que aplicó sin tapujos la teoría biologicista darwiniana de la supervivencia del más apto a la sociedad. Así, quienes en las modernas sociedades quedaban excluidos, demostraban su propia incapacidad (que transmitían generacionalmente) y no la crueldad del sistema económico y la insensibilidad política.

En un contexto donde la principal demanda al gobierno es la de la sensibilidad social, no extraña pero sí lastima, el conocer que uno de los baluartes elegidos para mejorar “el capital humano” del país no exista posibilidad, de acuerdo a su postura, de superación por parte del individuo.

De acuerdo a Manes, la gobernadora ya ha puesto como prioridad en su gobierno borrar el esquema mental de la pobreza y preservar el capital mental. De más está preguntarle en su plan largoplacista (porque no concibe respuestas), por los primeros pasos en la preservación de la salud de cualquier ser ciudadano, de consultarle por el estado de los hospitales y la salud pública, de la cantidad in crescendo de chicos que llenan cotidianamente los comedores, del escenario decadente de la educación pública (dirige una universidad privada), de la cantidad de gente que gravita cotidianamente los márgenes sin el acceso a una vivienda digna y de si no piensa como profesional –sino como ser humano– en que para evitar perpetuar los contextos que supone causantes de conductas que perpetúan la pobreza, debería por lo menos intentar comprenderlas antes.

Si lo que a Manes le preocupa es el “capital mental” porque es la “riqueza de un país”; habría que recordarle que una de las naciones más desarrolladas intelectualmente y con mayor nivel de alfabetización – Alemania en tiempos de filosofía y doctrina nazi- se cargó con la muerte de más de 6 millones de personas.
Quizá desconozca acaso que en los países donde imperan las economías de libre mercado –es decir, en aquellos con altos niveles de desigualdad y pobreza– tienden a prevalecer la presencia de enfermedades mentales por sobre aquellos cuyas economías son de corte menos neoliberal.

Por otro lado, no es cierto que las características de una persona que pertenezca a determinada clase social puedan ser extrapoladas para sostener las características de una sociedad entera. Esto sería al menos tendencioso, y subestima desde todo punto de vista el potencial de cada ser humano.

Sebastián Lipina, doctor en Psicología argentino, autor de Pobre Cerebro, nos habla de “medias” y de “probabilidades” que no pueden generalizarse a los individuos. Las diferencias individuales son parte esencial que no pueden eludirse en el desarrollo cognitivo: si bien en contextos de pobreza se dificulta el desarrollo cognitivo en los niños, hay otros factores que pueden compensar o hacer la diferencia. Como ejemplo, presenta entre otros, el del Nobel italiano de Medicina Mario Capecchi, quién debió sobrevivir solo en las calles cuando niño, en la Segunda Guerra Mundial.

Tal vez también deberíamos recordarle a Manes algunas cuestiones esenciales a la hora de la tarea poco sencilla de repensarnos como sociedad. Erradicar la pobreza no es borrar solo la idea de nuestras mentes. Para erradicar la pobreza y la desigualdad social hay que promover condiciones dignas de trabajo y salarios justos, hay que proporcionar sistemas de seguridad social para quienes están más desprotegidos, hay que brindar servicios de salud y educación pública de calidad, hay que luchar y bregar por la distribución equitativa de la riqueza, que siempre casualmente se concentra en las mismas manos. ¿Cómo pensará hacerlo en el marco de un gobierno neoliberal y acérrimamente insensible a la cuestión social? ¿Realmente creerá que no existe relación entre la marginación y la pobreza, entre la falacia del ascenso social y las prácticas económicas aberrantes y exclusivas del sistema capitalista?

El Gobierno del PRO no solo está desmantelando la mayoría de las instituciones que velaban por la vivienda y el trabajo, sino que tampoco las cuenta entre sus preocupaciones, por lo que no sorprende que la tarea de Manes sea la de “erradicar la pobreza de la mente de los argentinos”.

Ya que nadie va a ocuparse de las miserias del pueblo, alguien debe borrar los esquemas mentales y simbólicos que las definen. Aparentemente cuando ya no exista “la pobreza” dejarán así de existir quienes la padezcan.







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