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El abuelo y la bestia: la construcción de un relato en el caso del jubilado “justiciero”

Un robo que culmina en un asesinato a sangre fría y en la construcción de un relato mediático justificador de una “Ley del Talión” inflamada y de un Estado represivo. No es casual el contexto de crisis social.

Miércoles 22 de julio | 13:02

La omnipresencia de cámaras de seguridad, hija dilecta del frenesí que acompaña a la histeria colectiva de la campaña “contra la inseguridad”, convierte hechos brutales, que si sucedieran en una película o una serie de Netflix uno atinaría a taparse los ojos, en un espectáculo inmediato, gratuito, al alcance de la mano. Haga pochoclos, señor televidente, y vea como otro remata, con la frialdad de un niño pisando un cascarudo, la vida de una persona.

Una persona, un jubilado, nos dicen los medios, fusila a quemarropa y fríamente a uno de los 5 ladrones que había entrado a robar a su casa. Todo puede ser visto desde los cómodos sillones de su hogar, en familia, en prime time.

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Así lo analizó Octavio Crivaro en el programa Alerta Spoiler:

El hecho parte de un robo brutal, donde se golpea y se lastima a una persona en su hogar. Cinco ladrones entran, aparentemente desarmados, en la casa de una persona jubilada y tratan de robar, golpeándola. Lo que sabemos después es lo que nos ofrecen las imágenes: una persona salta en una pierna, fue herido con balas de un revólver. No puede caminar ni correr. Trata de huir. Se tira vencido. Varios segundos después, estando a 60 metros de la casa donde se intentó el hurto, la persona que había sido víctima del robo remata en el suelo al ladrón. El que dispara se llama Jorge Ríos. El que muere, Franco Moreira. Para los medios, a partir de ahora, serán “el jubilado y el ladrón”. Señores, señoras: tomen partido en esta gama de opciones.

Crisis y degradación

Es sabido. La crisis social, la degradación del “tejido” social producto del agravamiento burdo y a ritmo vertiginoso de las condiciones de vida, nunca fue, no lo es hoy, y nunca será un hecho simpático ni gratuito. Tampoco es, a todas luces, un fenómeno meramente económico sino que lleva acarreada la transformación de formas sociales de todo tipo. Incluido cómo se ejerce el delito.

La degradación de la vida de millones de personas que viven hacinadas, que son hostigadas por el hambre, por el olvido social y por la brutalidad estatal, habilita a amplios sectores de la sociedad a organizarse en movimientos de desocupados, en comedores, en agrupaciones barriales, en movimientos de trabajadores precarios, etc. Eso es lo que convierte a la sociedad argentina en una de las más intensas, organizadas y movilizadas.

Pero esa misma realidad social empuja, lamentablemente, a pequeñas franjas de la sociedad, muchas veces con el amparo y el paraguas estatal, a la desesperación, al delito y a una degradación de la valoración de la vida propia y de las ajenas. Sobre ese mar de fondo ocurre este intento de robo, fallido, y el posterior asesinato, exitoso. Pero eso no se discute, por supuesto. El inmediatismo punitivista es más efectivo.

La construcción de un relato punitivista

Lo que se sabe, lo que se dice en este tipo de hechos, lo que los medios dejan saber u ocultan, nunca es azaroso. Es un relato calculado y funcional para justificar conductas o repudiar otras. Para condenar la actitud de personas que, por un balazo recibido, pasó a ser un cuerpo inerte en el piso, y para amnistiar la decisión fría de otros individuos que se arrogaron la decisión de culminar una vida ajena.

En este caso, como dijimos, es la construcción del “jubilado”. La mera mención de esa palabra, tiñe con un manto de misericordia y condescendencia a una persona que, a juzgar por el video, ejecuta con brutalidad a una persona. Sí, lo sabemos: a una persona que procuró robarle.

Al adosarle un rasgo, un oficio, una simple palabra al que comete un hecho así, se lo recubre con un manto protector que busca, indisimuladamente, generar empatía y provocar identificación. Es uno de nosotros, en definitiva. Entonces uno seguramente “haría lo mismo”. Si un jubilado se defendió de un ladrón, ¿qué duda cabe que hay que estar con el “abuelo”, aún cuando posee un arma en su casa y la usa para culminar una vida? El lector, el televidente no tiene más opción: elija al jubilado o a la bestia.

Esta operación ya la vimos en otras ocasiones y se nos vienen ejemplos sobre los que hemos escrito. Por ejemplo, el carnicero que mató a un ladrón. Nuevamente, el viejo y masticado discurso de la defensa propia de un carnicero (es decir, una persona laburante) frente a un malhechor. ¿Qué duda cabe de dónde hay que ubicarse?

Se ocultó, o se toleró, en ese caso, que el carnicero había perseguido durante cuadras al ladrón, lo atropelló y lo aplastó contra un poste hasta matarlo.

Pero todo eso se empequeñece, se oculta, se saca de foco: es el ladrón versus el carnicero. Una persona que quiso sustraer plata, bienes, cosas ajenas, es liquidado por una persona que le sustrajo la vida, con frialdad y planificación. Pero, ¿qué importan esos detalles? Si de lo que se trata es de instalar que uno era carnicero y el otro ladrón. O médico o abogado: el pulcro delantal blanco o el traje impecable de doctor, versus el ladrón, con ese mote que es una nube opaca que lo persigue aún cuando está dentro de un cajón bajo tierra. Su vida no vale porque osó robar. Ante la ausencia de la pena de muerte como recurso estatal de castigo, se avala la ejecución sumaria privada. Hágalo usted mismo.

¿Qué podemos saber y qué no?

La construcción del relato mediático no es gratuita. Nunca es gratuita. Cuando se trata de hechos de inseguridad ciudadana, sabemos todo de los victimarios: sus oficios, su lugar social, sus méritos. Todos aderezos que actúan como atenuantes de hechos brutales perpetuados a sangre fría. De los ladrones muertos no sabemos, no tenemos que saber, más nada que el hecho de que son ladrones. No interesa de dónde vienen, porqué roban, en dónde viven, porqué no fueron médicos, porqué nunca podrían jubilarse. Con “ladrones” alcanza y así son culpables de todo. Incluida su propia muerte. Se victimiza al asesino, para justificar una apropiación privada de la pena de muerte y para justificar un relato punitivista por parte del Estado y una estigmatización, generalmente, de la pobreza en general: todos son potenciales ladrones.

Raramente (bah, no tanto) cuando ocurren feminicidios sucede lo contrario. No sabemos nada de los asesinos. Ni su nombre, ni qué hacen para vivir, nada. O muy poco. De las víctimas sabemos todo: si eran fanáticas de los boliches que abandonaron la secundaria, como tituló Clarín, si tenían relaciones sexuales con muchos hombres, cuánto medía la pollera que usaban. Se revictimiza a la víctima, para fortalecer un prejuicio machista y patriarcal, que seguramente sea consagrado en una Justicia no menos machista y patriarcal.

Los medios de comunicación al servicio de una política represiva del Estado y un discurso clasista y misógino.

Punitivismo y pena de muerte

Los grandes medios de comunicación, desde signos políticos diversos, enarbolan un discurso legitimador de una práctica que es más brutal y arcaica que La ley del Talión. Como dijimos en otra nota: ya no es ojo por ojo. Sino ojo por ojo, brazos y corazón. O más precisamente: celular o auto por vida ajena.

Cuando los medios acreditan el rol de los “justicieros” o directamente los transforman en héroes, no están, justamente, preocupados en el destino individual de ese jubilado, ese carnicero o ese médico que mataron luego de ser víctimas de robos. Un tuit de la modelo y actriz Eugenia “China” Suarez se hacía eco de esto: “Que difícil vivir en un mundo en donde un jubilado se defiende, pelea por su vida, y va preso. Es realmente desalentador y angustiante. Que triste que encierren y culpen a las víctimas y dejen libres a los que hacen las cosas mal”.

Este tipo de análisis, además de ser justificativo de un hecho aberrante, se concentra en esa “foto” del trágico hecho individual, cuando lo que importa y lo que busca la discusión mediática de este tipo de hechos, es la más estratégica “película” del fortalecimiento del dispositivo político, que utiliza esas “historias mínimas” para blindarse, armarse, meter miedo en la población y buscar consenso para la labor de un Estado responsable de cada vez más casos de gatillo fácil, de la desaparición de Facundo Castro y de una labor represiva que crece al calor de la crisis social.

Todo sirve para blindar al Estado

La justificación del “jubilado” es un movimiento de peón en un tablero donde lo que interesa son los movimientos de los caballos, las torres y los alfiles al servicio del Rey y la Reina: el Estado.La vindicación de estos casos de violencia ciudadana es un recurso, uno de los recursos, tendientes a buscar una base social que se alimenta producto del miedo, de la angustia ante una situación social degradada, de una “incertidumbre ambiente” que crece como otra “pandemia”. Ya lo vimos con la discusión de la liberación de los presos, donde se procuró generar un ambiente de histeria y odio en los inicios del coronavirus, para justificar una línea punitivista y embellecer un sistema carcelario monstruoso. Hasta con el asesinato brutal de los rugbiers contra Fernando Báez Sosa se contrabandeó un discurso manodurista y penitenciario que iba mucho más allá del repudio a ese cobarde crimen.

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La crisis provoca carencias y angustias. Los medios de comunicación buscan convertir la angustia en miedo. El mismo Estado que permite el crecimiento del hambre de millones de personas, que sostiene la crisis habitacional, que garantiza la desigualdad estructural y que ampara al crimen organizado, ofrece sus fierros para contener ese temor social y ganar base para su política coercitiva de poca zanahoria y mucho garrote.

Hambre y bayonetas

Esta política de endurecimiento estatal, que durante el gobierno macrista (y actualmente) la impulsa y promueve la Comandante en jefe de Juntos por el Cambio, Patricia Bullrich, no es sin embargo patrimonio exclusivo de esta coalición de derecha. Sergio Berni, con la anuencia de su jefe político Axel Kicillof, día a día abona una línea similar, tendiente al empoderamiento asesino de la Policía Bonaerense. Lo mismo sucede en la Tucumán de Manzur, en el Chaco de Capitanich, en la Córdoba de Schiaretti, en la Jujuy de Morales, o en la Santa Fe de Omar Perotti. Estado Nacional y gobiernos provinciales afilan las lanzas frente a una crisis social que se acrecienta y, con ella, los pesares, las penurias, los agravios. Y la bronca.

La difusión y legitimación pública de este tipo de casos por parte de los medios y del Estado, busca el consenso para que el mismo Estado que no le toca ni un centavo a los ricos, apunte sus bayonetas hacia los pobres y trabajadores. No hacia “la delincuencia”. Esa es la operación. Siempre fue esa la operación. Desnaturalizar este tipo de discursos, aún a costa de chocar con sentidos comunes machacados día y noche por los grandes medios de todos los signos políticos, es una tarea fundamental frente a la crisis abierta y la pelea que se viene.







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