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CRISIS CLIMÁTICA Y ECOLÓGICA.El Pacífico en peligro: acidificación, sobrepesca, islas de plástico y calentamiento

El mayor océano del mundo alberga a miles de especies, podría ayudar a mitigar la emergencia del clima y es fuente de subsistencia para millones, pero desde mediados del siglo XIX se deteriora en forma acelerada.

Valeria Foglia@valeriafgl

Sábado 2 de enero | 20:01
Caballito de mar se sujeta a hisopo a falta de algas. Foto: Justin Hofman, premio Mejor Fotógrafo de Vida Silvestre 2017 del Museo de Historia Natural de Londres.

El océano Pacífico es el más grande y profundo del planeta Tierra. Desde el mar de Bering al de Ross, ocupa la tercera parte de la superficie terrestre y posee unas veinticinco mil islas. Aunque en su vastedad alberga muchas de las respuestas para mitigar la emergencia climática, desde hace décadas el sistema de producción y consumo del capitalismo lo saquea, usa de vaciadero, recalienta y acidifica a pasos acelerados por la emisión de dióxido de carbono en la atmósfera, lo que redunda en complicaciones para la vida de la inmensidad de especies que lo habitan.

“Se ha encontrado basura incluso en el punto más profundo de la Tierra, en la Fosa de las Marianas a 11 000 metros bajo el nivel del mar”, dice un artículo publicado por Jodie L. Rummer, Bridie JM Allan y Charitha Pattiaratchi, entre otros científicos, en el sitio especializado The Conversation como parte de una serie sobre la situación de los océanos a nivel mundial.

Los océanos cumplen funciones elementales para el desafío de combatir, adaptarse o siquiera mitigar los efectos de la crisis climática global: producen gran parte del oxígeno que respiramos, regulan la temperatura, proveen alimento y son fuente de sustento para millones. También son espacios de recreación y descanso. Sin embargo, pese a todas las contribuciones que hacen a la vida en el planeta, están bajo amenaza. El Pacífico no es la excepción, y al ser el más grande la alarma entre los especialistas no es menor.
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Océanos de plástico

Desde la década del 60 del siglo pasado la ciencia ha identificado la presencia de plástico en el océano: casi tres de cada cuatro cadáveres de polluelos de albatros muertos en las costas del Pacífico Norte contenían piezas de plástico en sus estómagos. Ahora no hay que bucear ni rastrear en vísceras de animales para encontrar ese material, que es perfectamente visible y convive a diario con miles de especies.

¿Cómo llega? Los investigadores, que en su mayoría se desempeñan en universidades de Australia y Nueva Zelanda, concluyen que la principal vía de acceso del plástico a los océanos son los ríos. De veinte que aportan dos tercios del total de plástico a nivel mundial, diez desembocan en el norte del Pacífico. Uno de estos es el río Yangtzé en China, que atraviesa Shanghái y envía alrededor de 1,5 millones de toneladas métricas de escombros al Mar Amarillo del Pacífico.

Tortugas enredadas en enormes redes de pesca, “collares” de bolsas en focas, hisopos que flotan junto a caballitos de mar, tiburones ensartados por plásticos. Algunos desechos se hunden, otros se bañan en las playas y también están los que flotan. Los microplásticos, de menos de cinco milímetros, se acumulan en los estómagos o bien obstruyen las bocas de animales, cuya muerte, afirman los científicos de Oceanía, puede ser “lenta y dolorosa”. Pero no solo son lesiones físicas: los “escombros” flotantes también pueden alejar a invertebrados o algas microscópicas de sus ecosistemas y posibilitar su llegada como especies invasoras en otros.

Naciones insulares bajo amenaza

Si el plástico, un material que puede tardar miles de años en descomponerse, puede viajar grandes distancias a través del océano, tanto más cuando recibe el impulso de frecuentes tsunamis del Pacífico. En 2011, por ejemplo, la ola gigantesca de Japón mandó cinco millones de toneladas de escombros a las costas de América del Norte. La isla de Kamilo, en el sureste de Hawái, recibe hasta veinte millones de toneladas cada año, mientras que en la deshabitada isla Henderson, incluida en el territorio británico de ultramar al noroeste de Pitcairn, se acumularon dieciocho toneladas de plástico en una playa de solo dos kilómetros y medio de largo.

Aunque hay varias islas de basura en el océano, ninguna supera al gran “continente” de plástico ubicado en el centro del océano Pacífico Norte, descubierto por el oceanógrafo Charles Moore en 1997. Son cerca de 1.6 millones de kilómetros cuadrados de residuos que flotan vergonzosamente con las olas, en un 45 % compuestos por redes de pesca. Aunque tiene menos densidad que el gigante del norte, frente a Valparaíso, Chile, se extiende la isla de basura del Pacífico Sur.

Isla de basura en el Pacífico Norte
Isla de basura en el Pacífico Norte

Más plástico que peces

La explotación pesquera también lleva al Pacífico al borde del colapso. La actividad, de la que dependieron comunidades costeras de todo el mundo durante miles de años, ha acelerado tanto su saqueo del mar que impide que las poblaciones de peces se recuperen. Algunas de las especies más amenazadas son el atún y el salmón.

Cada año se extraen ochenta millones de toneladas de animales marinos, y en 2019 ya se había alertado sobre la grave amenaza a la biodiversidad en esos ecosistemas: el 33 % de las especies están sobreexplotadas, el 60 % se pescaba a nivel máximo y solo un 7 % se pescaba por debajo de lo habitual.

Además de poner en peligro la supervivencia humana, la sobrepesca quiebra las cadenas alimenticias y degrada hábitats. Entre las principales naciones que ejecutan la sobrepesca están Canadá, Japón, China, Australia e Indonesia. Las pobres o nulas regulaciones redundan en que enormes flotas pesqueras, como la china, saqueen aguas de países en desarrollo y compitan con grupos pequeños de pescadores locales. En Indonesia, sin embargo, el problema es la pobreza, que obliga a pescadores artesanales de ciudades costeras a capturar langostas, camarones, cangrejos y calamares en forma intensiva.

El atún del Pacífico está amenazado por la sobrepesca
El atún del Pacífico está amenazado por la sobrepesca

Más ácido y caliente

La acidificación se produce cuando, al absorber CO2 de la atmósfera (unos 35 mil millones de toneladas por la quema de combustibles fósiles y la deforestación), disminuye el pH del agua marina. Los océanos son ahora un 28 % más ácidos de lo que eran en la Revolución Industrial a mediados del siglo XIX. En ese escenario, la vida marina ve profundamente alterados sus ciclos, dicen los investigadores, en lo que hace a funciones neurológicas, fisiológicas y moleculares del cerebro de los animales.

Aunque albergan un 25 % de todas las especies marinas, los arrecifes de coral solo cubren un 0.5 % de la superficie terrestre. Sin embargo, con la acidificación de los océanos estas “selvas tropicales marinas” están en serio riesgo, incluida la Gran Barrera de Coral australiana, el mayor arrecife del mundo, que desde hace cinco años se está blanqueando y muriendo a pasos agigantados. Estudios muestran que se calentó 0,9 ºC desde la Revolución Industrial, mientras que la tasa de calentamiento de los océanos se duplicó desde los 90.

Antes y después de la Gran Barrera de Coral australiana.
Antes y después de la Gran Barrera de Coral australiana.

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En un círculo vicioso, las condiciones de producción, consumo y distribución inherentes al capitalismo no solo provocaron la emergencia climática: también dañan en forma irreversible muchas de las vías para mitigar y adaptarnos a futuros escenarios más adversos, entre ellas los océanos, mares y humedales. Aunque casi todas las naciones del mundo hablan de “reducir emisiones” y hacen promesas de “carbono neutral” para 2050 o 2070, la emergencia climática avanza a todo vapor aun después del “año de la peste”, cuando las emisiones se redujeron a causa del menor movimiento a nivel global. Sin embargo, no bastó para reducir la concentración atmosférica en forma significativa, poniéndose a tono con los compromisos del Acuerdo de París para mantener el aumento de la temperatura global por debajo del 1.5 ºC. Cinco años después, el tratado climático sigue siendo letra muerta en manos de los responsables de convertir al planeta en un infierno pestilente.




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