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El 68, los pincharratas, el Lobo y yo

Se cumplieron 50 años del Estudiantes campeón del mundo frente al Manchester United, de Zubeldía y el mito del “antifútbol”. La peculiar historia de un hincha que, en momentos de gloria pincharrata, optó por hacerse de Gimnasia.

Domingo 28 de octubre de 2018 | 13:05

El equipo de Estudiantes campeón en 1968.

Hace unos días se conmemoraron 50 años de una de las gestas más heroicas del fútbol argentino e internacional. El 16 de octubre de 1968, un humilde y prácticamente desconocido en el globo del balompié, el equipo de Estudiantes de La Plata, los pincharratas, se coronaban campeones del mundo nada más y nada menos que en una de las catedrales del fútbol mundial: el emblemático estadio de Old Trafford.

El modesto equipo de un país atrasado triunfaba en el imperio del fútbol en un año en el que Europa comenzaba a estar cruzada por los vientos del Mayo Francés. Estudiantes sumaba lo suyo a los levantamientos de los de abajo contra los poderosos.

Animals

El poderoso Manchester United en su casa y con miles y miles de los suyos no pudo superar al Estudiantes de Osvaldo Zubeldia. El estadio estaba enfurecido y el grito de “Animals” lo hacía temblar.

Con aquel grito de furia de los hinchas ingleses contra los heroicos pincharratas se iniciaba un debate que rápido llego a nuestras costas, y que hasta hoy continúa vivito y coleando, en torno al antifútbol bilardista que -quizás siendo una copia un poco degastada- no dejó de ser la continuidad de la obra de Don Osvaldo.

Siempre pensé que esa degastada bandera del anti fútbol no era más que un pensamiento conservador que intentaba deslegitimar y ocultar ese cambio revolucionario establecido por el Estudiantes del ´68.

La defensa pasaba a convertirse en la forma predilecta de lucha, la introducción y la estudiada combinación de la táctica y estrategia (el pizarrón convertido en una mesa de arena) como nunca antes había ocurrido, la utilización milimétrica de los resquicios que dejaba el reglamento y las maniobras más creativas fueron parte de aquel esquema tan innovador que le otorgaba al modesto Estudiantes de aquellos años una fuerza moral que lo hacía prácticamente imbatible. Zubeldia, sin saberlo seguramente, fue una suerte de un general clausewitziano en el fútbol mundial (en referencia al general prusiano del siglo XIX que fue uno de los mayores teóricos de la guerra) y Bilardo su principal lugarteniente en el campo de batalla. Sin exagerar, aquellos partidos jugados por el Pincha eran verdaderas batallas.

No por casualidad Bilardo fue el elegido por Zubeldia para que abandone los entrenamientos previos al enfrentamiento con el Manchester para concurrir a cursos de inglés; el objetivo: molestar hasta el cansancio y doblegar en su voluntad al cerebro de los ingleses y abanderado del Fair Play de aquella época, el legendario Boby Charlton, que terminó expulsado. O en el comienzo de aquella epopeya, un año antes, cuando Estudiantes le ganó 4 a 3 a Platense la final del campeonato Metropolitano de 1967 en un partido jugado de noche en la cancha de Boca Juniors solamente poblada por un puñado de hinchas de cada equipo que apenas ocupaban una bandeja en las respectivas cabeceras del estadio y con el resto de la Bombonera vacía. Por primera vez dos equipos de los llamados “chicos”, modestos, de barrio, llegaban a definir un campeonato y ese día Estudiantes terminó ganando la final 4 a 3 luego de haber ido perdiendo 3 a 1 en uno de los partidos más apoteóticos del fútbol argentino y que es prácticamente desconocido, sólo algunas copias que tuve la suerte de ver en un par de ocasiones recordaban las imágenes de aquel inolvidable partido que no fue ni más ni menos que la primera gran batalla de esa campaña que finalmente llevó a ganar la copa del mundo.

Cuando el partido se había puesto 3 a 3 y los jugadores de Platense caían en la desesperación porque estaban a punto de caer en un partido prácticamente ganado, Zubeldía lo mandó a Bilardo a molestar al arquero Hutt para aprovechar sus nervios cada vez que este quería sacar desde el arco; hasta que en un momento el arquero de Platense totalmente ofuscado por la molestia del Narigón -que en ese momento no estaba sancionada por el reglamento- lo termina empujando y el árbitro cobró el penal con el que Estudiantes ganó el pleito. Los hinchas apiñados en la bandeja enloquecieron con ese increíble triunfo salido del arsenal del “antifútbol”; hinchas desmayados, un par con ataques de epilepsia… y el Viejo que no pudo más y tiró desde la segunda bandeja el gamulán que su esposa le había regalado juntando moneda por moneda y que quedó colgado en el travesaño de uno de los arcos de la Bombonera. Así empezó una historia que me tocó muy de cerca.

Una rivalidad familiar

Mi familia era mayoritariamente pincharrata; entre ellos se encontraban mi papá (un fanático sobre el cual escribiré en algún otro momento, aquel colectivero italiano se lo merece), mi mamá, mi hermano mayor y mi queridísima tía Alba. La familia no era muy grande así que toda esa troupe se imponía. Además con mi mamá y mi papá vivíamos en el Barrio Mondongo en un lugar que estaba equidistante entre ambos estadios, de pinchas y triperos. De la cancha de Estudiantes nos separaban 3 cuadras y cada vez que jugaba de local toda esa zona se convertía en otro mundo. La vieja cancha de madera abarrotada irradiaba una luz que superaban los antiquísimos plátanos que surcaban la avenida 1; el vapor y el humo que se levaban entre aquellas luces le daba una imagen de volcán o de caldera desde la que brotaba una fuerza que lo cambiaba todo. Alrededor del estadio eran cientos los que acompañaban el partido caminando por las calles linderas radio en mano, o la cantidad de familias que se sentaban en el umbral para seguir el partido con la vista puesta en el volcán y mirar la salida de la multitud que copaba todas las calles del barrio.

Era el 68, plena dictadura de Onganía, el salario obrero caía con fuerza; en mi casa se sentía mucho y mi viejo -que cada vez estaba peor- a pesar de jornadas más agotadoras arriba de aquellos viejos colectivos y con las múltiples tareas que realizaban en aquella época, todavía creía en el discurso del orden para superar la crisis que emitía la dictadura.

Con esa apretada situación económica se hacía difícil poder ir a la cancha asiduamente, aunque a veces los vecinos o los papás de mis amigos de clase media arrimaban alguna entrada que nos abría la posibilidad de entrar al medio del volcán, particularmente cuando se trataba de partidos con equipos brasileros y uruguayos que se convertían en grandes y durísimas batallas donde había que pelear con los Pelé y muchos que fueron parte del Brasil campeón del mundo en 1970. Los Spencer, los Mazurquievich y otros tantos cracks que tenían que enfrentar la presión de esa caldera y lo hacían con toda su fuerza también.

Siempre íbamos a la ochava de la calle 55, la del pino que techaba parte de la tribuna, donde siempre nos encontrábamos con la misma gente; a uno de ellos lo llamaban “el mecánico” porque el tipo se iba directo del taller a la cancha con su mameluco engrasado. El fue el inventor del famoso cantito: “Si ves a una bruja montada en una escoba, ese es Verón que está de moda” que empezó a cantar solo en medio de un estadio enmudecido porque las cosas no venían bien y de repente se acoplaron todas las tribunas llevando a Estudiantes al triunfo, tal vez contra Peñarol o San Pablo, pero seguro que era uno de esos rivales de “hacha y tiza”. Nuca olvidaré el júbilo que existía esa noche a la salida de la cancha y llegar a la puerta de casa acompañado por aquella multitud que seguía su camino.

Del lado tripero de la vida

Pero hablando de aniversarios, este año cumplo medio siglo como hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, los Triperos o el Lobo del bosque. Este último apodo deviene de la propia ubicación de la cancha; el de Triperos nació por la cantidad de obreros de los frigoríficos que se bajaban en 60 y 118 de los viejos tranvías que los traían de Berisso con sus ropas de trabajo. Esos mismos obreros de la carne le dieron nombre al barrio que rodea la cancha: El Mondogo. El barrio en que nací y que en medio de aquella enorme gesta pincharrata abrió una profunda grieta entre sus habitantes, la mayoría Tripera y la minoría Pincharrata.

Yo vivía en una vieja casona que compartíamos con otra familia, teníamos un gran patio que nos separaba y un baño en común. Esta situación de hecho nos convirtió en una sola cosa.

Nosotros vivíamos en el fondo, luego de pasar el patio y la otra familia en el frente. Allí vivía Don José, un curtido siciliano que hablaba en dialecto y que día a día me deleitaba con sus pastas con aceite. Todos los principios de mes me llevaba a Berisso, a la zona de los frigoríficos, a sus bares donde él se encontraba con sus paisanos y otros inmigrantes que pululaban por cientos en aquellas calles adoquinadas. El viaje en tranvía ya era una odisea para un niño como yo pero llegar a la vieja calle Nueva York, la calle de los frigoríficos, por donde se movían miles de obreros que iban y venían era como estar en un New York proletario.

Don José era como el abuelo que nunca tuve y él vivía con sus dos hijos, Choli y Cacho, ambos rondaban los 40 años de edad y seguían solteros. Ella era mi más fiel protectora, la que respondía a todos mis caprichos; él era un trombonista amante de la bossa-nova que ensayaba en el patio y yo era su todo su público sentado en mi banquito de madera. Ambos eran fanáticos de Gimnasia.

A su vez Choli se encargaba de atender el quiosco que estaba instalado en una de las habitaciones que daban a la calle; el kiosco de Choli era el centro de reunión de decenas de vecinos mayores que daban vida a tertulias diarias. Aquel quiosco era a su vez mi lugar en el mundo: allí gozaba de las golosinas que prácticamente estaban a mi disposición pero también me atraían aquellas tertulias de vecinos que también en su totalidad eran hinchas del Lobo. En medio de la algarabía pincharrata, el quiosco era una especie de reducto defensivo para aguantar el chubasco.

Fue así que en una de aquellas tertulias que reunía a profesionales, laburantes y vecinos “distinguidos” del barrio surgió el debate de como contrarrestar la ofensiva, las gastadas diarias, de los pinchas más rabiosos. Uno de los vecinos, que era rector de la Escuela Industrial, propuso rellenar botellas con pintura blanca y azul para tirar en las veredas o en algún que otro frente de las casas de aquellos hinchas de Estudiantes que se pasaban de la raya. Para llevar adelante aquellos operativos se reunían en secreto por las noches. Choli estaba al frente de su organización y como parte de ello me propuso la tarea de campana a escondidas de mis padres. Yo acepte con entusiasmo una aventura que me llevo a hacerme hincha del Lobo en pleno 68 donde Estudiantes ganaba todo. La pasión de aquella gente me conmovió más que los resultados.

Barrio Mondongo.
Barrio Mondongo.

Con el avance de mi vida consciente tomé distancia de los escraches, pero aquella aventura infantil es inolvidable.

A través de esta historia quiero felicitar a mis dos hermanos y a todos mis amigos y amigas pinchas a 50 años de aquella inolvidable y grandiosa gesta del Estudiantes de La Plata. Especialmente recordar a Hector Iriquin, otro grandioso personaje pincharrata que también alimentó esta historia.

Pero también con ella quiero conmemorar mi medio siglo de hincha del querido Lobizón.

Estas palabras también están escritas en memoria de mis padres, de mi tía Alba, de Choli y de Don José, pinchas y triperos que ya no están pero que a pesar de las carencias que siempre sufre una familia asalariada, me dieron una infancia inolvidable y fueron parte de esta historia que hoy les regalo a todos y todas ustedes.







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