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Red Internacional

Ante un nuevo aniversario de esta fecha, publicamos una opinión de un miembro de la comunidad de La Izquierda Diario.

Marcelo OrtizMiembro de la Comunidad LID

Martes 25 de mayo | 09:47

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Para el 25 de mayo de 1810, y aún antes de esa fecha, las indias españolas no daban para más. En diversas regiones de la colonia habían surgido y cristalizado oligarquías locales relativamente poderosas, y una "inteligencia" sin norte a las que la monarquía castellana, a esa altura una mera intermediaria (el libre comercio no estaba permitido) en el intercambio mercantil entre sus dominios en territorio americano e Inglaterra (y en menor medida Francia) ya no tenía nada que aportarles.

Los hacendados de Buenos Aires y los comerciantes porteños, que eran quienes detentaban el poder económico en el Río de la Plata, aspiraban a poder comerciar libremente con Europa, es decir, de manera directa, prescindiendo de los "buenos oficios" de Cádiz y de la corona. Sin embargo, el libre comercio, que ya se practicaba y en grado no menor bajo la modalidad del "contrabando" y que era el objetivo económico de "la revolución de mayo" no era su único objetivo; de hecho, muchas regiones para cuya economía la libertad de comercio no representaba beneficio alguno, como las provincias del interior, cuya industria doméstica, que trabajaba para el (paupérrimo) mercado interno, se vería condenada a la desaparición por el ingreso masivo de mercancías, fundamentalmente inglesas, de mejor calidad y más baratas que las resultantes de la producción local, apoyaron, aunque no de manera incondicional, los planteos de autonomía del movimiento: era el único medio que tenían a mano por el cual sustraerse al centralismo virreinal.

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Si bien España, como ya hemos apuntando, no ostentaba el poder económico en América, si ejercía la administración burocrática, y lo hacía mediante un férreo centralismo, al menos desde la creación del virreinato, en 1776, pero para los aspirantes a políticos locales, las puertas de la burocracia de las gobernaciones, intendencias, capitanías generales y demás jurisdicciones en las que se encontraba dividido el virreinato, estaban cerradas: en la superestructura política de la colonia revistaba, casi con exclusividad, personal "importado" de la metrópolis, españoles que (para cerrar el cerco) ejercían sus cargos en función de los intereses de la corona, sin tener en cuenta en lo mas mínimo las necesidades de las élites locales.

En estas condiciones, la "intelectualidad" criolla (compuesta en su gran mayoría por abogados) no encontraba ni podía encontrar su "lugar en el mundo" (al menos el lugar en el mundo que pretendía ocupar); para los integrantes de este grupo, la única via posible de acceso al aparato del estado, si es que cabe hablar de estado, pasaba por un gobierno autónomo que desplazara al corpus de funcionarios "extranjeros" y lo reemplazara por ellos.

Ni la independencia, que fue producto de la dinámica de los acontecimientos, y mucho menos la república (en fecha tan avanzada como 1814, Belgrano y Rivadavia propusieron a la corona española el establecimiento de una monarquía constitucional independiente encabezada por un príncipe español, y dos años después, en 1816, el primero llegaría a plantearle al mismísimo Congreso de Tucumán que terminó declarando la independencia, la organización del país en torno a la dinastía de los incas) figuraban en la agenda de los hombres de mayo; en lo político, el programa del movimiento no iba más allá de la autonomía política y administrativa del territorio colonial.

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Si en lo político, el programa no iba más allá de la autonomía política y administrativa del territorio colonial, y en lo económico se limitaba al libre comercio con Europa, en lo social no contemplaba ninguna modificación en la estructura de la sociedad heredada del virreinato (ni tan siquiera la abolición de la esclavitud rondaba por las cabezas de los futuros "próceres"); leer la agenda de mayo en clave "democrático-burguesa" no es más que un disparate, un sinsentido producto, en el mejor de los casos, de la ignorancia o de la negligencia, y en el peor, de la tergiversación consciente de la historia. Con un programa semejante, el gobierno criollo no podía perseguir (ni eventualmente alcanzar) otro objetivo que no fuera el de liberar de (o reducir a una ficción) la tutela imperial a las oligarquías locales y hacer valer así su poder económico, elevándolo a las alturas del poder político.

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La ocupación (de parte) del reino de España por las tropas del imperio napoleónico francés, que derivó en la "abdicación" y cautiverio del rey Fernando VII y en la coronación de José "Pepe botella" Bonaparte (José I de España) en el marco del creciente interés demostrado por Inglaterra en la América española desde los tramos finales del siglo XVIII, creó las condiciones propicias para que los patricios del Río de la Plata pasaran a la acción, y estos, plenamente conscientes de la oportunidad que se les presentaba, no se hicieron esperar.

El 25 de mayo de 1810, sin participación alguna de las masas laboriosas y explotadas del virreinato, ni que se produjera nada mínimamente parecido a una movilización y mucho menos a un levantamiento popular (el tan mentado pueblo que quería "saber de que se trata" y que ilustra desde siempre los manuales escolares, no era otra cosa que, a decir de Juan Bautista Alberdi, "unos cuantos correveidiles traídos por French y Berutti para dar color local a la cosa") "los dueños de las vacas y de las luces" destituyeron al virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros y formaron el primer gobierno "patrio" de la historia: la Primera Junta.

Presidida por Cornelio Saavedra, con Paso y Moreno como secretarios, la junta juró fidelidad al monarca cautivo y gobernar en su nombre, juramento que sería un denominador común de todos los gobiernos que la sucedieron (la Junta Grande, el primer, el segundo y el tercer triunvirato y los dos primeros directores supremos) hasta que la intransigencia de Fernando VII (de la que la guerra que libraba la corona en territorio americano, guerra en la que los españoles parecían, según palabras del general San Martín "ser bestias más que seres dotados de razón", habla a las claras) nuevamente en el trono desde 1814, que no dejaba margen para otra cosa que no fuera la restauración en toda la línea del status quo existente antes de mayo, determinó la suerte del congreso reunido en Tucumán en 1816, que el 9 de julio de ese año declaró la independencia de las provincias unidas en Sudamérica.

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Entre los historiadores es moneda corriente la noción de que el hecho de que la Primera Junta y los gobiernos que la sucedieron, hasta 1816, asumieran el mando y gobernaran en nombre de "nuestro augusto soberano el señor don Fernando VII" no era más que una impostura, una estratagema política tendiente a "disimular" la "revolución", a los efectos de sortear las represalias y las dificultades que pudieran resultar de una declaración abierta y franca de la independencia; según esta tesis, conocida como "la máscara de Fernando VII" o " máscara fernandina", ratificando su lealtad para con un monarca en estado de coma político, pero sin reconocer al "consejo de regencia" que se atribuía la autoridad monárquica en España (y por ende también sobre sus colonias) los hombres de mayo buscaban establecer una situación transitoria que revistiera todas las ventajas propias de la independencia y prescindiera de (o atenuara) sus eventuales complicaciones, de lo que se desprendería que la independencia fue uno de los objetivos (el principal) de la "revolución" desde un primer momento, pero que (Cornelio Saavedra dixit) "por política fue preciso cubrir a la junta con el manto del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de el expedía sus providencias y mandatos".

Es una verdad de perogrullo que la explicación más sencilla no siempre es la correcta, pero lo cierto es que la historia, en este caso, lejos de darle sustento a la versión oficial, la revela como una mera construcción ideológica y, mal que le pese a la variopinta legión de diletantes y de falsificadores que aún hoy, a más de doscientos años de acontecido el hecho, la siguen predicando contra toda evidencia, la "teoría de la máscara" no resiste el menor análisis: si la "revolución" de mayo de 1810 no declaró la independencia fue, lisa y llanamente, porque ese no era su objetivo (y porque la situación tampoco se lo imponía).




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