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Red Internacional

A 172 años de su muerte, una buena ocasión para recordarlo y recomendar su lectura.

Jueves 7 de octubre | 15:17

El 7 de octubre de 1849 murió Edgar Allan Poe en la sala de un hospital en Baltimore.

Alguna vez le dijeron que el horror de sus cuentos y poemas tenía influencias de los alemanes, a lo que él contestó que el horror no venía de los alemanes, sino del alma. Algo seguro es que él vio el horror en su propia alma y no corrió la mirada. Fue el primero en querer vivir de los ingresos que le daba la escritura, pero no fue el primero en gastarse todos esos ingresos en alcohol.

Se reconocía como poeta y entendía que su prosa era como un complemento, un añadido no tan importante. Y sin embargo en 1841 escribió Los crímenes de la Rue Morgue y fundó los principios de la literatura policial. Su personaje, Dupin, no era un detective iluminado, sino un trabajador consciente y racional que analizaba datos e indicios.

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Delimitó los contornos del cuento tal como lo entendemos hoy.

Y, así como el bueno de Dupin, fue un trabajador intelectual sobre sus poemas. En Filosofía de la composición explica su trabajo para construir su poema más conocido, El Cuervo. Detalla el por qué de la elección de cada elemento: por qué un cuervo, por qué negro, por qué parado sobre un busto de mármol de Palas, por qué la noche y la nieve, por qué los tomos "de ciencia olvidada", por qué Lenore, nameless here for evermore, por qué la palabra que repetía el cuervo (nevermore, nunca más, jamais plus). Con respecto a esto último dice que tenía que ser una palabra oscura, sonora, reverberante. Y la halló, nomás. Todo su análisis habla de su teoría de la estética y la composición: nada de musas sino trabajo consciente y sostenido.

Hay quien dice que escribió El Cuervo porque su compañera estaba enferma. Digamos que él previó el dolor ante la muerte de su amada y quiso matar a la Lenore del poema para que su amada viviera. Eso es mirar al horror de la propia alma.

En 1845 escribió El fantasma de la perversidad. En él cuestiona a la frenología. Dice que los frenólogos daban por sentado que las características de la mente humana tenían que ver con los atributos de Dios: uno no era malo, sino que tenía la parte de la bondad atrofiada. Pero Poe dice que eso era incorrecto metodológicamente, puesto que había un impulso que en algunos individuos estaba plenamente desarrollado y todavía no se había encontrado su ubicación cerebral: la perversidad.

Hay individuos, dice Poe, que obran contra toda razón buscando el propio mal, no porque estén atrofiados o no sepan razonar, sino porque su motivación es hacerse mal precisamente porque no conviene hacerlo.

Sus dudas hacia la razón o, mejor dicho, su búsqueda de un agujero negro en la razón occidental, guiaba su estética. En una época que confiaba en los avances revolucionarios de la técnica, los escritores de ficciones recurrían al horror que los avances científicos podían producir en los hombres o a la persistencia de espíritus maléficos y arcaicos (Holmberg es un exponente de los primeros, Lovecraft de los segundos, aunque posteriores a Poe). Edgar Allan era diferente: confiaba en la ciencia, no en el método científico; confiaba en los avances, no en el uso que los humanos pudiéramos darle.

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La última obra de Poe fue un poema especulativo que combinaba literatura y astronomía.

Poe desconfiaba del método científico y usaba algo que hoy se conoce como serendipia científica, que es una forma de intuición. Aunque incorrecta científicamente, la obra tuvo un acierto: en 1849 Poe adelantó que el universo debía haber nacido de la explosión de una partícula superdensa. Un siglo más tarde eso tuvo el nombre de Big Bang.

Además resolvió la paradoja de Olbers. ¿Qué dice esa paradoja? Dado un universo de infinitas estrellas inmóviles y uniformemente distribuidas, el cielo nocturno debería verse totalmente blanco e iluminado. No es así, claramente, porque vemos un cielo negro con estrellas tachonadas y dispersas. Poe postuló que en realidad las estrellas eran infinitas, pero había algunas tan pero tan lejanas que su luz no llegaba a la Tierra. Por ende, el universo tenía que ser más grande de lo que se suponía. Nuevamente, la pegó.

Renovador de la novela gótica, precursor del estructuralismo, tuvo un reconocimiento tardío y un buen 7 de octubre de 1849, murió después de cuatro días de agonía. Se dijo que de inflamación cerebral, que era un eufemismo elegante de intoxicación por alcohol.




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