Cultura

EL TELESCOPIO

ET y el sueño de una infancia feliz

Una película vista cientos de veces con la misma emoción, imaginando que la niñez sonreirá por fin. Que así sea.

Domingo 16 de agosto de 2020 | 09:51

¿Alguna vez pensaste que hay más allá de las estrellas que ves?, ¿las estrellas se pueden tocar?, ¿hay alguien más que nosotros en ese terciopelo brillante que es el espacio? Siempre me lo pregunté, tirada en el patio de casa junto a mi papá, mientras buscábamos en el cielo de la noche algo más que puntos brillosos. Imaginábamos qué pasaría si “alguien” o “algo” nos venía a buscar y charlábamos, convencidos de que algún día pasaría y sería súper fantástico.

En fin, corría el año 1982.

Mientras llegaban noticias de una guerra lejana al sur del continente, donde muchos pibitos fueron a pelear contra el imperio inglés, en la escuela nos hacían escribir cartas y juntar chocolates; décadas después nos enteraríamos que nunca se las mandaron. Una guerra en tiempos finales de una dictadura genocida que aún debe dar cuenta de sus atroces crímenes y por lo que seguiremos exigiendo verdad y justicia.

El “deme dos” de la importación corría hambriento por las calles argentinas con el “made in China” a cuestas, mientras la deuda externa engordaba. Se venían aires democráticos. Todo muy lejano para que mis ojos de 8 años pudieran comprender semejantes turbulencias económicas. Yo jugaba con las muñecas y los lápices de colores, me divertía mirando cómo mi hermano armaba carreras de autitos o de aviones de papel, mientras mi hermana cantaba las canciones de Sui Géneris y bailaba con el disco de John Travolta y Olivia Newton- John.

¿Por qué recuerdo mis 8 años con una sonrisa? Fue la primera vez que fui al cine. Se estrenaba ET. ¿Y con quién iba a ir a ver a un extraterrestre, al que tanto buscaba en el espacio?, claro que con mi papá.
Cajita de confites Sugus en mano, como siempre y hasta el día de hoy. En ese instante de plena oscuridad donde la magia del cine comienza su actuación, la gran pantalla se iluminó y morí de tanta emoción.

E.T apareció en la pantalla gigante y los instantes de felicidad se multiplicaron como el olor de los jazmines en la primavera. Pensar en otros mundos posbiles, en la fortaleza de las amistades, la importancia de los vínculos, el querer y luchar por la libertad. Las andanzas y las sobrevivencias de ET y Elliot volvían real ese juego hermoso entre un padre y su hija que era el poder de a imaginación.

Más de 30 años pasaron de ese momento. El mundo ha seguido girando y hemos salido del mundo en busca de otros espacios a conquistar, como si el nuestro ya no fuera suficiente. Los amigos de esta película volvieron a encontrarse en un comercial, y volvieron a unirse en las risas y los juegos. Seguro que, como a mí, a varios se les piantó un par de lágrimas.

Siempre vuelvo a ver ET y siento la conmoción de ser una niña feliz mirando las estrellas en el patio de mi casa. Y volviendo a mirarlas, deseo que las infancias no sean robadas, ni sumergidas en aguas de indiferencia. Que sus vidas no sean traficadas ni abandonadas. Que no las empobrezcan a costa de la opulencia de unos pocos. Que se les devuelvan el derecho a imaginar que les fue quitado.

Que la alegría siempre colme de colores sus luchas, sus sueños, sus deseos, incluso sus amarguras. Que la libertad de elegir quién ser no se vuelva propiedad privada. Esa es la consigna que motoriza abrir la ventana, mirar el horizonte y salir a pelearla todos los días.







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