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Red Internacional

Fue este domingo a la tarde en Wilde. Néstor Garrido disparó doce veces contra dos jóvenes de 18 y 17 años que iban en moto. Una de las balas entró en la frente del primero y otras por la espalda del segundo. Si bien él lo asegura, aún no está probado que le hubieran robado. Al policía lo detuvieron pero puede quedar en libertad pronto.

Lunes 24 de mayo | 14:24

El subcomisario de la Policía Federal Néstor Garrido quedó detenido en la noche del domingo tras asesinar a balazos a dos jóvenes en la localidad de Wilde (Avellaneda). Está acusado de doble homicidio luego de haber disparado, al menos, doce veces contra los supuestos asaltantes. El hombre tiene 49 años y revista en la División Auxiliares de Seguridad y Defensa de la fuerza dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación.

Tal como quedó registrado por una cámara de seguridad ubicada en la esquina de Boulevard de los Italianos y Lafuente, Garrido les disparó desde muy corta distancia, asesinando en el acto al joven de 18 años (rematado con un tiro en la frente) y tirándole por la espalda al de 17 (que falleció horas después). El hecho ocurrió pasadas las 18.30.

La causa quedó a cargo de la fiscal de Avellaneda Natalia Miliore, quien en las próximas horas indagará al subcomisario Garrido y definirá si pide su prisión preventiva o bien estima que el policía puede volver a su casa mientras se tramita la causa penal.

Según relató el propio subcomisario, los jóvenes lo habrían abordado en una moto Honda XR 150 cuando él volvía caminando a su casa desde el domicilio de un familiar. Contrariamente a lo que afirman algunos medios, en la filmación de la cámara de seguridad (al menos la que se hizo pública) no quedó registrada la escena del intento de robo. Garrido estaba de civil y, según su relato, fue sorprendido por los jóvenes que le mostraron algo parecido a un arma y le gritaron “quedate quieto”.

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Una de las primeras confirmaciones de los peritos de la Policía Bonaerense (especialista en ejecuciones de personas por gatillo fácil y a cargo de las actuaciones en este caso) el arma que el subcomisario dice que tenían los jóvenes era “de utilería”.

El policía afirma que en ese momento se identificó, dio la voz de alto, sacó una pistola Glock 9 milímetros (que no sería su arma reglamentaria) de una riñoñera y comenzó a disparar. Fuentes judiciales dijeron que disparó “al menos doce veces”. Seis balas impactaron en uno de los jóvenes y cuatro en el otro. Los primeros informes periciales indican que varios de los balazos ingresaron “de atrás hacia adelante”, es decir por la espalda.

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Según relevó el diario La Nación, “uno de los supuestos delincuentes tenía un disparó en la frente. Se trata del joven de 17 años. Ahora se investiga si el balazo lo recibió cuando ya estaba herido en el piso o si Garrido le disparó de frente, cuando le mostró el arma”.

Este lunes Gerónimo Córdova, padre de Alexander Javier (el joven de 17), hizo declaraciones a algunos medios. Allí aseguró que se enteró de la muerte de su hijo cuando intentó comunicarse con él y del otro lado del teléfono lo atendió un policía. “Lo llamé para saber dónde estaba porque no me respondía los mensajes y me atendió un comisario que me dijo que le habían pegado dos tiros”, sostuvo.

Córdova negó tener conocimiento acerca de que su hijo fuera un “delincuente”, al tiempo que reconoció desconfiar de algunas de las amistades de Alexander. “Él arreglaba motos, iba a la escuela, lo controlaba a ver dónde estaba y desde hace un tiempo sospechaba que tenía malas juntas”, relató el hombre aún conmocionado por la muerte del joven.

A su vez negó que su hijo portara algún tipo de arma. “Mi familia es trabajadora, salimos a cortar pasto con él y su hermano”, agregó el hombre a la prensa ante la que decidió hablar para desmentir el supuesto “prontuario” de su hijo.

El caso volvió a poner sobre el debate público la “licencia para matar” que tiene la Policía y de la que hacen uso constantemente comisarios, subcomisarios, oficiales y suboficiales de todas las fuerzas represivas del Estado, sean federales o provinciales. El gatillo fácil como rutina policial es una constante desde 1983 a esta parte, sin ningún tipo de merma a nivel histórico. Al contrario, más allá de amesetamientos coyunturales, la curva siempre es ascendente, gobierne quien gobierne.

Y también vuelve a ponerse de relieve el caso del Luis Chocobar, el policía de la Bonaerense que en diciembre de 2017 asesinó por la espalda al joven de 18 años Pablo Kukoc en el barrio porteño de La Boca. Un caso emblemático porque el policía fue recibido en la Casa Rosada por el presidente Mauricio Macri y su ministra de Seguridad Patricia Bullrich, quienes reivindicaron su accionar y terminaron fundando la “doctrina Chocobar” como legitimación pública del gatillo fácil.

Hoy Chocobar enfrenta un juicio por el homicidio de Kukoc y puede ser condenado. Y seguramente el accionar del subcomisario Garrido no será reivindicado esta vez por la actual ministra Sabina Frederic ni por su jefe Alberto Fernández. Pero más allá de los gestos, lo que está claro es que los uniformados siguen detentando su poder de fuego sobre la vida (y la muerte) de millones de personas en los barrios y calles de todo el país.




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