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Dilma propone la realización de un plebiscito por nuevas elecciones

Dilma realizó un pronunciamiento a la nación defendiendo la realización de un plebicito por nuevas elecciones, una apelación protocolar en medio de la derrota construida por el propio PT.

Leandro Lanfredi

Trabajador petrolero | Rio de Janeiro

Miércoles 17 de agosto de 2016 | 13:34

Luego de largas idas y vueltas sobre lo que revelaría en su carta de apelación –protocolar- a los senadores, Dilma finalmente trajo al público su compromiso con la convocatoria a un plebicito para decidir sobre la realización de nuevas elecciones, y la puesta en marcha de una “amplia reforma política”. En esta epístola de la derrota, volvió a utilizar el término golpe.

Durante toda la semana, mucho se especuló mientras las distintas alas del petismo argumentaban sobre los distintos tonos de la carta, si sería una furiosa denuncia del golpe institucional para que conste como documento histórico, o si al contrario, sería un profundo mea culpa que ni siquiera hablaría de golpe en súplica por su retorno.

No fue ni una cosa ni la otra. Fue el medio término, la mediocridad en forma de discurso. El golpe apareció en el condicional “si es confirmado el apartamiento sin crimen de responsabilidad será un golpe...”, y reconoció que su gobierno se había alejado del pueblo, como le criticara el denominado petismo crítico. Punto seguido, Dilma dijo lo opuesto, que lo dejó como marca de gobierno fueron los derechos, y que sigue como premisa el “ni un derecho menos”.

¿Quién no recuerda el “no habrán ajustes de ninguna manera” de las elecciones? Resulta que no fue así. Hubo quita de derechos en el seguro desempleo y la planificación de lo que ahora Michel Temer comienza a implementar: reforma previsional, privatización de sectores de Petrobras, Eletrobras y puertos.

El desgaste del segundo mandato no se debe exclusivamente a las chicanas de Eduardo Cunha, Michel Temer, Renan Calheiros, José Serra, Sérgio Moro, los medios y el STF. Sino también al profundo descrédito del PT, que emergió en las jornadas de junio de 2013, en las que quedó expuesto que sus fórmulas de conciliación de clases ya no contenían a los batallones de la juventud y de un nuevo proletariado. Ese descrédito quedó a la vista en las elecciones de 2014 con derrotas electorales en importantes e históricos bastiones obreros, como Contagem y São Bernardo. Sin embargo, desde la altura de la soberbia de una nueva victoria electoral y de la certeza de que nunca faltarían millones de reales de las empresas constructoras amigas del PT (y del PSDB, PMDB y PP también) para futuas campañas electorales, implementó un programa que fue el tiro de misericordia junto con la sangría diaria y televisiva de la operación Lava Jato y la amplitud de las formas capitalistas de gobierno asimilados por el PT.

La propuesta de plebicito para nuevas elecciones es una quimera. El presidente nacional del PT, Rui Falcão, criticó la propuesta. Irrealizable dijo. Para aprobar la propuesta, Dilma necesitaría gigantescos dos tercios del Congreso en una Enmienda Constitucional, siendo que no llega a un tercio de apoyo o abstención (no es necesario que se vote negativamente, solo que no vayan). Una propuesta para ver si algún senador ligado a Rede de Marina Silva u otros sectores que defienden nuevas elecciones cambian sus votos.

Un discurso que no es ni una denuncia contundente, ni una oferta para atraer algún senador “casi en la medianera”. Es la demostración en un discurso de lo que Esquerda Diário afirma, no en soledad, de que el PT aceptó el golpe. El discurso protocolar de Dilma es parte de la división de tareas. Ella habla de golpe, en el condicional; Lula se guarda, esperando estar vivo políticamente para el 2018 aunque sea para ayudar a Ciro Gomes. Mientras tanto, Temer va probando la correlación de fuerzas e implementando los ataques por los que lo elevaron al poder mediante el golpe institucional.

La piedra fundamental de la derrota construida por el PT está en la inacción de las centrales sindicales. Días protocolares, con el brío del discurso de Dilma que no asusta en nada a la burguesía y los golpistas. Igual a lo que fueron las movilizaciones del 16 de agosto.

Los héroes y heroínas griegas acostumbraban morir de hamartia, errores trágicos, en la cima de sus conquistas, en el punto álgido conmovidos por soberbia se reencontraban con su destino mortal. Dilma, con soberbia, deja una de sus últimas marcas no como un Aquiles, o una Atalanta, sino en la mediocridad de un gobierno de conciliación de clases con las élites que ya no lo querían más. Queda sacar lecciones para levantar una izquierda que combata la conciliación de clases y ponga sus fuerzas en el desarrollo de los trabajadores como sujeto independiente de todas las alas de la burguesía, sean ellas los “tucanos” del PSDB o los “verde oliva” a la Bolsonaro o los “verde dólar” como Marina Silva.







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