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Red Internacional

Europa.Después de Merkel, la "coalición del semáforo": ¿el comienzo de una nueva era en Alemania?

Crisis económica, regla del freno de la deuda, minirreformas: continuidad light que persigue el gobierno venidero y las tareas de la izquierda después de la era Merkel.

Stefan Schneider Grupo RIO - Berlín

Sábado 20 de noviembre | 22:53

Este artículo fue publicado originalmente en la revista teórico política mensual de “Klassen Gegen Klasse”, el sitio Alemán integrante de la Red Internacional La Izquierda Diario

Las elecciones al parlamento federal alemán ("Bundestag") no sólo han sellado el fin de la era Merkel, sino también, con toda probabilidad, el paso de la CDU/CSU (N.R.: “Partidos de la Unión” entre la Unión Democrática Cristiana y Unión Social Cristina de Baviera) -el partido más importante de la burguesía alemana- a la oposición. Poco después de las elecciones, importantes figuras del régimen de Merkel como Peter Altmaier, ministro de economía, y Annegret Kramp-Karrenbauer (ministra de defensa) dejaron sus escaños en el Bundestag. Armin Laschet, ex-candidato para la CDU en las recientes elecciones, ha tenido que dimitir como Primer Ministro del land Renania del Norte-Westfalia y sus días están también contados en la cúpula de la CDU. A finales de enero se elegirá una nueva dirección de la CDU.

Entonces, ¿las elecciones federales y la más que probable coalición del semáforo (NdT: por los colores que representan los distintos partidos que la conformarían.) de SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania), FDP (Partido Democrático Libre) y Verdes con Olaf Scholz como canciller representan el punto de partida de una nueva era, como quieren hacer creer los socios de la autoproclamada "coalición del progreso"? ¿Qué futuro tendrá Alemania después de la era Merkel y qué impacto tendrá esto en la clase trabajadora y la lucha de clases en este país y en toda Europa? ¿Y cuál es la tarea de la izquierda política en esta nueva situación? Aquí queremos dar unas primeras respuestas a estas preguntas.

¿Giro a la izquierda o fragmentación del centro?

Poco antes de las elecciones, los partidos de la Unión (CDU-CSU) habían intentado conjurar el fantasma de un "giro a izquierda" para frenar su caída en las encuestas. Aparte del hecho de que los resultados preliminares de las negociaciones entre los partidos que conformarían el nuevo gobierno difícilmente permiten tal conclusión en términos de contenido -volveremos sobre esto más adelante-, la característica definitoria de las elecciones no fue un giro a izquierda. Por el contrario, se trataba sobre todo de un fenómeno que el marxista británico Tariq Ali ha denominado "el extremo centro".

Los resultados de las elecciones atestiguan una centralización en el centro político y al mismo tiempo su fragmentación. Mientras que los "extremos" del sistema de partidos establecido se debilitaron (pérdidas para DIE LINKE y la derechista AfD), los votos se concentraron en los partidos burgueses de "centro", que pueden formar fácilmente coaliciones entre ellos. En esto también expresa el continuo debilitamiento de los "partidos populares" CDU y SPD: en lugar de dos grandes partidos con un potencial de votantes del 35 al 45%, ahora hay cuatro partidos de "centro" con un potencial del 10 al 25%. Si nos fijamos en los jóvenes que votaron por primera vez en estas elecciones, el fortalecimiento de los "pequeños" partidos burgueses FDP y Verdes (23% y 22% respectivamente) y, por tanto, el agotamiento de los "partidos populares" -pero también de los partidos de la periferia política- es aún más claro.

Este fortalecimiento del FDP y de los Verdes hace que la formación de coaliciones sea una empresa frágil, que anuncia un periodo de inestabilidad política a pesar de la centralización política en el centro. E incluso más allá de las negociaciones para conformar una coalición de gobierno, una coalición de tres partidos con dos partidos más débiles que tienen que dejar su impronta alimentará regularmente la inestabilidad política.

En la fragmentación del centro político, continúa al mismo tiempo una tendencia hacia la crisis de representación de los partidos tradicionales. Por un lado, el número de los que no votan o no se les permite votar ha sido constantemente alto durante años. Más de 14,3 millones de personas no han votado a pesar de tener derecho a voto, además de más de 10 millones de personas mayores de 18 años sin este derecho. Por otra parte, la profunda crisis de la CDU/CSU y también el débil resultado electoral del SPD -a pesar de ganar las elecciones, sólo pudo obtener algo menos de 12 millones de votos- aseguran que el campo de los no electores es ahora el "partido más grande". O dicho de otro modo: mientras los lazos tradicionales de los partidos se erosionan, se ha consolidado un amplio campo de no representación. La crisis de representación de los últimos años de Merkel aún no ha provocado la aparición de una nueva fuerza política -con la excepción del ascenso de la derechista AfD, que fue hace varios años-, pero se mantiene como un potencial subyacente. Según un análisis de la Fundación Rosa Luxemburg, a este sector pertenecen sobre todo las capas bajas de la clase obrera (lo que hace más profunda la crisis del partido DIE LINKE).

La AfD se ha consolidado en un nivel inferior y, a pesar de ciertas pérdidas de votos, tiene un punto de apoyo a nivel nacional. Esto es especialmente cierto en Sajonia, Sajonia-Anhalt y Turingia, donde ganó muchos mandatos directos y sustituyó a DIE LINKE como primera fuerza. El hecho de que DIE LINKE sea visto como parte del establishment reforzó la imagen de la AfD como único partido de protesta, pero en algunos lugares llegó a desbancar a la CDU como "partido del pueblo".

Este nuevo papel de oposición de derecha representa un cambio cualitativo para la Unión pues aumentará la presión sobre su ala derecha para que colabore con la AfD, como ya ocurre cada vez con más frecuencia a nivel local y provincial. Al mismo tiempo, este acontecimiento ejercerá una enorme presión sobre toda la izquierda para "defender" el próximo gobierno del semáforo contra una posible alianza CDU-AfD. O, dicho de otro modo, el miedo a un posible futuro gobierno de la CDU-AfD podría llevar a amplios sectores de la izquierda a concluir que deben apoyar al gobierno. Sin embargo, esa respuesta "frentepopulista" de la izquierda para defender al gobierno contra el peligro de la derecha tendría exactamente el efecto contrario, es decir, precisamente fortalecer aún más la imagen de la AfD como único partido antisistema. Por esta razón, el debate sobre cómo podemos luchar realmente contra el giro a la derecha en las calles y en los lugares de trabajo vuelve a ser de gran actualidad.

¿Qué traerá la "coalición del semáforo"?

El próximo gobierno de SPD, Verdes y FDP se presenta como una "coalición de progreso". De hecho, lo principal que se puede esperar de esta coalición es una continuidad light. Es decir, una política en favor de los intereses de los bancos y las empresas, aderezada con algunas promesas sociales menores, mientras que los principales problemas estructurales de las capas subalternas siguen sin resolverse: la crisis del sector enfermería, la pobreza en la vejez, la precariedad, los contratos de trabajo de tiempo limitado en cadena, el aumento de los alquileres y el coste de la energía. Además, sigue faltando un concepto para superar la pandemia: las incidencias ya son mayores que en la tercera ola de primavera y es de esperar una nueva sobrecarga del sistema sanitario.

Y sobre todo, los partidos de la coalición del semáforo ni siquiera plantean una política eficaz contra la catástrofe climática, a pesar de la presencia de los Verdes en el gobierno. No obstante los paneles solares vayan a ser obligatorios en los nuevos edificios comerciales, en lugar de perseguir un cambio ofensivo en el transporte público que vaya en interés de la gran mayoría con la expansión masiva del transporte público local, regional y de larga distancia, la coalición del semáforo quiere subvencionar a la industria automovilística alemana con miles de millones para introducir coches eléctricos en todo el país y mantener el modelo de acumulación de la industria alemana un poco más. En las negociaciones de la coalición ha trascendido que los Verdes y el FDP quieren desmantelar el ferrocarril alemán, la Deutsche Bahn, lo que allanaría el camino para una mayor privatización del transporte ferroviario. El abandono de la generación de energía a base de carbón, anunciado con bombos y platillos, también es probable que se quede en el camino.

Sin embargo, las promesas de implementar una política social hechas durante la campaña electoral del gobierno SPD-FDP-Verdes podrían dar lugar a ciertas ilusiones reformistas momentaneas. Entre estas se cuentan, por un lado, la anunciada subida del salario mínimo a 12 euros, que podría suponer un aumento salarial moderado para hasta 8,6 millones de trabajadores. Sin embargo, este aumento salarial podría verse diluído pronto ante el fuerte aumento de la inflación, que en Alemania en octubre de 2021 fue del 4,5%, la más alta en casi 30 años.

Además, ni siquiera el salario mínimo de 12 euros es garantía en contra de la pobreza, y menos en la edad de jubilación. El hecho de que se mantenga el nivel de pensiones del 48% y que no se pretenda aumentar la edad de jubilación no es de gran ayuda - la pobreza en la cual se tiene sumida a los sectores de la tercera edad sique siendo una realidad. Pero la introducción de la capitalización del seguro de pensiones previsto por la coalición del semáforo está destinada a especular con las pensiones de millones de personas. La anunciada reforma del sistema de ayuda social ("Hartz IV") hacia una "renta ciudadana" también parece, a primera vista, mejor de lo que en realidad es: habrá un aumento, que, sin embargo, es probable que siga estando muy por debajo de los 600 euros que se consideran el mínimo absoluto de subsistencia sociocultural incluso en los círculos burgueses; según los planes planteados hasta ahora las sanciones tampoco se suprimirán, como mucho se mitigarán un poco. La "renta ciudadana" es más un cambio de nombre del Hartz IV que una reforma.

Por otro lado, el documento exploratorio de los tres futuros partidos del gobierno también contiene algunos planes que sirven descaradamente al capital: No habrá subidas de impuestos para los ricos y se flexibilizará aún más la jornada laboral, es decir, aumentará. Y sobre todo: el freno de la deuda se dejará intacto. Por lo tanto, la financiación de la transformación industrial en lo que respecta a la transición energética, la neutralidad climática y la digitalización debe venir de otra parte. Aunque el freno de la deuda permanecerá suspendido hasta finales de 2022 a causa de la pandemia, tarde o temprano los trabajadores, los pensionistas y los jóvenes tendrán que pagar la factura.

El gobierno jurará ante la población que los ajustes serán inevitables en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, no ajustará al capital, sino sólo a la mayoría de la población. En lugar de introducir altos impuestos sobre la riqueza y las ganancias para llevar a cabo un cambio estructural ecológico -y menos aún para socializar las grandes corporaciones energéticas e industriales en interés de los ciudadanos-, distribuirán miles de millones en subvenciones a las corporaciones, que luego nosotros tendremos que pagar. En particular, los hogares más pobres ya están sufriendo la explosión de los precios de la energía.
Europa y la deuda

La salida de Angela Merkel también supone un importante punto de quiebre para la posición de Alemania en Europa y en el mundo. Merkel era la presidenta de facto de la UE: una sucesión política débil afectará al papel político del imperialismo alemán en la UE, así como al futuro posicionamiento de Alemania entre Estados Unidos, Rusia y China. Por su parte, ya en la campaña electoral, el próximo canciller Olaf Scholz siguió los pasos de Merkel, sugiriendo que el nuevo gobierno quiere mantener una continuidad con la línea de la ahora canciller en funciones.

Sin embargo, la cuestión de la deuda europea, que estuvo casi completamente ausente en la campaña electoral, desempeñará un papel central. En la revista económica postkeynesiana Makroskop, el sociólogo Wolfgang Streeck analiza la planificación presupuestaria que se decidió en la Gran Coalición con Olaf Scholz en el Ministerio de Finanzas. Escribe: "A finales de 2021, Alemania habrá asumido 471.000 millones en nueva deuda en tres años, lo que corresponde a unos dos tercios del volumen del Fondo de Reconstrucción de la UE de Nueva Generación, que debe beneficiar a los 27 Estados miembros de la UE durante siete años." Para cumplir con el freno de la deuda, dijo Streeck, el gasto federal tendría que bajar de 548.000 millones de euros a 403.000 millones entre 2021 y 2023.

El nivel de deuda, que se situará en torno al 75% del PIB a finales de 2021, podría así reducirse al 60% permitido por el Tratado de Maastricht. Por otro lado, Streeck señala las enormes sumas que habrá que gastar en la rehabilitación de las infraestructuras. Las consecuencias de la pandemia, los daños inminentes del cambio climático y la aceleración del proceso de supresión del carbón provocarían más costes.

El preacuerdo de los partidos del semáforo sigue siendo ambivalente en esta cuestión. Lo que está claro, como ya se ha mencionado, es que el freno de la deuda se mantendrá, lo que representaba una línea roja para el FDP, así como para Scholz como Ministro Federal de Finanzas. Por otro lado, se anuncian inversiones en el Cambio Estructural, sólo queda pendiente cómo se van a financiar. Se especula con la posibilidad de que el impuesto mínimo global del 15%, al que se ha acogido Olaf Scholz, o la reasignación de las subvenciones a las industrias perjudiciales para el clima hacia las subvenciones a las tecnologías del futuro puedan contribuir a su financiación. Sin embargo, la contradicción entre las inversiones necesarias para el cambio estructural y el freno de la deuda es evidente.

La cuestión de cómo resolver esta contradicción es, por un lado, si el capital o los trabajadores, los pensionistas y los jóvenes deben pagar este cambio estructural. Las moderadas promesas sociales del semáforo no pueden ocultar que la respuesta del Gobierno es trasladar los costes del cambio estructural a las grandes mayorías. Sin embargo, hay algunos obstáculos para ello: Aparte del peligro evidente de grandes explosiones sociales en caso de profundos ataques generalizados, también hay que tener en cuenta que desde hace años hay una escasez masiva de trabajadores cualificados en Alemania, lo que limita la capacidad de actuación del gobierno: el cambio estructural industrial sin suficientes trabajadores cualificados en las industrias del futuro es imposible, por lo que algunas concesiones serán inevitables. Los partidos del semáforo también son conscientes del problema, por lo que anuncian en el documento exploratorio que quieren hacer más practicable la Ley de Inmigración de Trabajadores Cualificados, aunque está por verse cuál será el contenido concreto. Sin embargo, se mantendrá la división entre migrantes "útiles" e "inadecuados" que establece la ley aprobada en 2019.

La otra dimensión de esta cuestión puede ejemplificarse en la cuestión de si el FDP o los Verdes obtendrán el ministerio de Finanzas. Wolfgang Streeck, citado anteriormente, considera que la ambición de Robert Habeck (Verdes) es "lanzar un gran programa de gastos para combatir el cambio climático y mitigar sus efectos, probablemente al margen del presupuesto federal para eludir el freno de la deuda". En cambio, Christian Lindner (Liberales) apuesta por la inversión privada y no la pública. Habeck, continúa Streeck, también es más proclive a utilizar la UE de forma permanente como fondo de préstamos para nuevas deudas y, por ejemplo, a permitir que el préstamo para el fondo de reconstrucción europeo sea atendido con nuevos préstamos en lugar de con el presupuesto actual de la UE. No se trata sólo de la primacía de la inversión privada o pública per se, sino también de qué sectores industriales deben recibir esta inversión. No se puede reducir a una competencia entre Habeck y Lindner (o entre los Verdes y el FDP), como sugiere Streeck, sino que, en última instancia. forma parte de una prueba de fuerza entre las distintas facciones del capital en cuanto a quién se beneficiará de la política de subvenciones del próximo gobierno.

¿Recuperación económica o estanflación?

En el centro de la cuestión de la deuda y de los próximos ataques sociales está también la cuestión de qué desarrollo económico se puede esperar en los próximos meses y años. En su diagnóstico para el otoño de 2021, el "Projektgruppe Gemeinschaftsdiagnose" (Grupo de Proyectos Económicos Conjuntos) de los principales institutos de investigación económica de Alemania afirmó que la situación económica del país sigue caracterizándose por la pandemia de coronavirus: "¬¬No cabe esperar una normalización completa de las actividades intensivas en contacto a corto plazo. Además, los cuellos de botella en el suministro dificultan, de momento, los procesos industriales". Esta previsión es probablemente aún demasiado optimista, dado los planes del gobierno federal para poner fin a la emergencia epidémica, a pesar de que las tasas de vacunación siguen estancadas y todos los indicios apuntan a una nueva explosión de la incidencia durante el invierno. Sin embargo, los institutos creen que en el transcurso de 2022 la economía alemana volverá a un nivel normal de capacidad. El PIB aumentaría un 2,4% en 2021 y un 4,8% en 2022. El propio Gobierno espera un crecimiento del 2,6% para 2021 -muy inferior al previsto en abril de este año-, pero también ve en el horizonte un fuerte aumento de más del cuatro por ciento para 2022.

Esta previsión plantea inmediatamente una serie de interrogantes, la más importante: ¿qué ocurre si los cuellos de botella de las cadenas de suministro no son sólo pasajeros, sino que siguen afectando a la economía mundial durante algún tiempo? Sobre todo, teniendo en cuenta que las patentes sobre las vacunas aún subsisten, no se espera que la pandemia de coronavirus en los países al final de las cadenas de suministro sea desterrada el próximo año o el siguiente - es probable que haya paros periódicos de producción y cuellos de botella en el suministro durante los próximos años.

Dada la dependencia de las industrias manufactureras alemanas -especialmente en los sectores automotriz y eléctrico, pero también en aquellos sectores relevantes para llevar a cabo la transición hacia las energías renovables- de las cadenas de suministro mundiales, una prolongación de los cuellos de botella en el suministro podría echar por tierra rápidamente el sueño de normalizar la economía. Y con ello también se derrumbaría el siguiente castillo de naipes de los institutos de investigación económica: la esperanza de un fuerte aumento del PIB nominal y, por tanto, de una disminución de la relación entre la deuda pública y el PIB del 71% en 2021 al 67% en 2022. En lenguaje llano: si el crecimiento se ralentiza, la deuda también seguirá siendo alta, lo que a su vez aumenta la presión para llevar a cabo los recortes sociales y otros ataques con el fin de hacerle frente.

Pero no sólo eso: en todo el mundo, los economistas discuten la posibilidad de una "estanflación", es decir, una espiral de subida de precios a pesar del estancamiento económico, ante la lentitud de las tasas de crecimiento y el aumento de las tasas de inflación. El economista marxista Michael Roberts describe este escenario como "la última pesadilla para las principales economías capitalistas - y, por supuesto, el peor escenario posible para los trabajadores, que tendrían que soportar el peso del aumento de los precios para los hogares mientras que sólo hay débiles aumentos salariales; lo que lleva a la caída de los salarios reales".

Los institutos de investigación económica alemanes parten de la base -a pesar de la rápida subida actual de los precios de la energía- de que la inflación es un fenómeno temporal. Sin embargo, Michael Roberts considera poco probable este "escenario de color de rosa". Esto se debe a que la inflación no es sólo la expresión de un aumento a corto plazo de la demanda tras un año y medio de pandemia (y, por tanto, de contención del consumo), sino de un problema estructural más profundo que está estrechamente relacionado con los cuellos de botella en el suministro: incluso antes del estallido de la pandemia, la producción industrial, la inversión y el crecimiento del PIB se habían ralentizado. Porque, según Roberts, "la rentabilidad de la inversión capitalista en las principales economías había caído a mínimos históricos, [...] y es la rentabilidad la que impulsa la inversión y el crecimiento en las economías capitalistas."

Perspectivas para la lucha de clases

En todo el mundo, las tendencias hacia una mayor lucha de clases están pasando a primer plano, como por ejemplo la huelga general en Corea del Sur o el "Striketober" en Estados Unidos. El trasfondo de estas luchas no son sólo los efectos económicos de la pandemia, sino también los factores de crisis estructural de la economía mundial descritos por Roberts.

Aunque la crisis económica y social durante la pandemia en Alemania fue significativamente amortiguada por la intervención del Estado, lo que reduce el impacto de la lucha de clases internacional en la clase trabajadora de Alemania, el próximo gobierno de Scholz se enfrenta a los mismos problemas estructurales. Lo que ahora se amortigua con los subsidios federales para el trabajo a jornada reducida puede llevar a cierres de plantas, recortes de plantilla y despidos si la crisis económica se agrava. Lo mismo ocurre con el cambio estructural industrial, que -en el caso de ausencia de resistencia- llevará a algunos sectores a la ruina, mientras que otros sectores serán cooptados en las llamadas tecnologías del futuro con mejores condiciones. Los grandes cambios darán lugar a tensiones, sobre todo en las industrias metalúrgica y eléctrica, que también podrían empujar a la lucha a los batallones pesados de la clase obrera de este país.

Mientras tanto, la precarización de amplios sectores de la población, que se ha extendido desde la aplicación de la contrarreforma Agenda 2010, sigue aumentando en distintos niveles. La pandemia ha provocado el auge de nuevos sectores ultraprecarios de la economía de plataforma, como los repartidores, y también nuevos fenómenos de lucha. A ello se suma el desmantelamiento estructural de las infraestructuras y servicios públicos de interés general que se viene produciendo desde hace años y que ha culminado con la llamada crisis de la enfermería.

Las condiciones de trabajo inseguras e inhumanas de las enfermeras, el dumping salarial y la subcontratación en las empresas de servicios de los hospitales y los cientos de miles de trabajadores cualificados que faltan son un caldo de cultivo para las próximas luchas. El movimiento hospitalario de Berlín ya demostró este otoño el enorme potencial de este sector: durante un mes, miles de trabajadores hospitalarios hicieron una huelga conjunta, más superando las barreras corporativas entre hospitales y empresas subcontratadas, para reclamar mayores salarios, mejores condiciones de trabajo y relevo. El sindicato de servicios ver.di ya ha anunciado que también impulsará movimientos de huelga más amplios en los hospitales de otros estados federados en los próximos meses y años.

No obstante, las promesas de la campaña electoral, como un aumento moderado del salario mínimo y una reforma de Hartz IV, podrían amortiguar las tendencias a una mayor conflictividad -sobre todo porque el freno de la deuda no vuelve a entrar en vigor hasta 2023- y dar al Gobierno una cierta estabilidad económica. Sin embargo, esta sería frágil, ya que la necesidad del freno de la deuda obliga a recortar el gasto social por otros medios. Así pues, no se pueden descartar los ataques sociales, al contrario, son incluso probables; pero la medida en que encuentren una fuerte resistencia dependerá, entre otras cosas, de la eficacia de las promesas reformistas, que a su vez también se verán limitadas por el aumento de la inflación y el problema del freno de la deuda. Sin embargo, también será decisivo que los trabajadores, por ejemplo del sector sanitario o de la industria del automóvil, sean capaces de organizarse y ganar posiciones para poder contrarrestar los posibles ataques.

El mayor aliado del gobierno podría ser la burocracia sindical. Bajo una cancillería del SPD, que las burocracias sindicales considerarán como "su propio gobierno", el papel de la burocracia sindical para frenar las demandas sociales podría ser un elemento clave. Por ejemplo, el 29 de octubre el IG Metall movilizó a 50.000 trabajadores del metal en una jornada nacional de acción por un cambio estructural socialmente justo y ecológico. Sin embargo, es dudoso que se genere una verdadera resistencia contra los cierres de plantas y los recortes de puestos de trabajo más allá de estas movilizaciones simbólicas. Los ejemplos del pasado nos hacen ser escépticos: en cuanto a lo que a plantas de producción se refiere, esto fue evidente, por ejemplo, en la planta de Opel en Bochum en 2013, donde la burocracia del IG Metall ayudó a negociar el cierre de la planta a pesar de la voluntad de lucha de los trabajadores. A nivel político, podemos recordar cómo las burocracias sindicales de IG Metall, ver.di y compañía pactaron con el segundo gobierno de Schröder para sofocar cualquier resistencia a la Agenda 2010. También esta vez es de esperar que los aparatos sindicales se alineen detrás de un canciller del SPD. Por ejemplo, el líder de la DGB (Confederación los Sindicatos Alemanes), Reiner Hoffmann, considera que los preacuerdos de los partidos del semáforo son una "base considerable" para "configurar el cambio climático y la digitalización de una manera socialmente justa". En palabras simples: las burocracias sindicales ya ven como su tarea - antes incluso de que el gobierno esté en funciones - anclar la aceptación de la coalición del semáforo en la clase trabajadora.

En este contexto, la tarea de la izquierda clasista y revolucionaria es ir sentando las bases para que en las inevitables luchas que se avecinan pueda surgir una alternativa clasista a la dirección sindical de conciliación de clases que no sacrifique el bienestar de la clase trabajadora en un pacto con el gobierno y la patronal. Al hacerlo, también debemos basarnos en forjar una alianza entre los sectores precarios y los sectores que ocupan las posiciones estratégicas para el cambio estructural. Porque es importante combinar la potencial de la voluntad de lucha de los sectores precarios, que no se sienten representados por los aparatos partidarios y sindicales tradicionales, con el peso estratégico de los sectores que más eficazmente pueden paralizar la maquinaria de ganancias del capital imperialista. Sólo así podremos luchar por una transformación ecológica que sea realmente en interés de las grandes mayorías y no en interés de las ganancias.

En tal perspectiva, no podemos esperar de los organismos de mediación reformistas existentes, que, como el Partido DIE LINKE, también sólo anhelan un lugar en la mesa de los poderosos. Como ejemplo de ello, basta con observar cómo DIE LINKE en Berlín amenaza con tirar por la ventana la demanda de más de un millón de berlineses de expropiar las grandes empresas inmobiliarias en las negociaciones para participar en el gobierno provincial.

El movimiento por la expropiación de Deutsche Wohnen y Cía. no debe caer en esta trampa bajo ninguna circunstancia. En lugar de canalizar el poder de la calle y de las fábricas hacia la trastienda de la política burguesa, debemos construir una fuerza que ponga en el centro la independencia política de la clase obrera de todas las variantes del capital, del Estado y de la burocracia y plantee una perspectiva anticapitalista, antiimperialista y socialista a la izquierda de DIE LINKE.




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