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Red Internacional

Valeria del Mar Ramírez tenía 21 años cuando estuvo secuestrada en el Pozo de Banfield. Durante catorce días fue ultrajada de forma sistemática dentro del centro clandestino ubicado en la zona sur del Conurbano bonaerense. Un doloroso y valiente relato de las violaciones sufridas por el colectivo trans travesti durante la última dictadura cívico militar eclesiástica y que persisten hasta nuestros días.

Viernes 25 de noviembre | 09:21

Valeria del Mar Ramírez es la primera querellante travesti en declarar en un juicio por delitos de lesa humanidad. Su testimonio, brindado el pasado martes en el juicio que se lleva a cabo por los delitos cometidos en los centros clandestinos de Quilmes, Banfield y Lanús, fue un desgarrador relato de las vejaciones sexuales que padecieron las personas secuestradas. Delitos que fueron parte de lo cotidiano en los más de 600 centros clandestinos que funcionaron en todo el país.

En los últimos años, tanto las querellas como las fiscalías exigieron la ampliación de las acusaciones a los represores por estos delitos en base a las denuncias realizadas por las víctimas, que hicieron visible lo que para la Justicia estaba invisibilizado. Valeria del Mar Ramírez denunció de manera explicíta cómo la violencia sexual formó parte del plan criminal de exterminio, constituyendo un instrumento más de ataque, al igual que los golpes, el uso de la picana u otro tipo de vejámenes.

Catorce días

"Caía detenida cada dos por tres", expresó Valeria al contar su devenir con la policía cuando comenzó a trabajar en la zona de Ruta 4 y la rotonda de Lavallol. La persecución era (y aún es) una constante y según la testigo, la policía necesitaba "hacer estadísticas". Pero todo cambió a principios del año 1977.

"Un día, estaba trabajando junto a Romina, una compañera, cuando nos agarró un Falcon. Nos pareció extraño porque siempre nos levantaban en patrullero. A los golpes, nos entraron en el auto, íbamos atrás con dos policías, arrodilladas, para que no viéramos el camino", sostuvo Valeria.

El ruido de un portón de chapa que se abre, llegar a un segundo piso y ver la fila de celdas. "Acá tienen las cachorras que habían pedido", dijo un policía. "Me tiraron en el primer calabozo y ahí quedé". No lo supo hasta mucho tiempo después, pero acababa de entrar al Pozo de Banfield.

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Fueron catorce días los que permaneció secuestrada, desaparecida para los suyos. Valeria del Mar fue violada y ultrajada sistemáticamente por los policías de durante esos días. En su relato no hubo nombres ni descripciones físicas de los criminales que le destrozaron el cuerpo y el alma. Siempre con los ojos cerrados, contó por primera vez lo que le hacían "estos dementes" como los llamó: fue uno, otro día dos. Llegaron a ser cuatro, hasta seis la violaron en un día. Comía si hacía sexo oral. "Carne blanca" la llamó uno. Amenzaron con introducirle mangueras, un pepino y hasta una rata. “Yo gritaba, pedía auxilio. Pensé que era el fin de mi vida”, sostuvo.

El único contacto que tuvo con otras personas que no fueran sus abusadores fue el baño, un día de mañana cuando la llevaron a la ducha. Vio a una joven "de pelo largo, delgada, demacrada, amarilla, todo el vestidito lleno de sangre, con botones”, describió. Supuso que aquella joven acababa de parir porque llegó a ver a un policía con un bebé en brazos y a "una femenina" que le gritó a la jovencita "levantá el balde y limpiá esta mugre", por la sangre del parto. Otro dato valioso que prueba la existencia de una maternidad clandestina.

Catorce días de encierro y violación hasta que un día los represores dejaron ir a Valeria. “Hoy linda vas a tener la última diversión porque lamentablemente te tenemos que largar”, le dijeron. La largaron de noche, no muy tarde. Subió a un colectivo, tomó el tren y regresó a su casa. Cuando pudo hablar con el abogado que le habían conseguido sus compañeras que la buscaban intensamente junto a su madre, supo que había estado en la Brigada de Banfield.

En este instante del testimonio, como si hubiera salido de aquel pozo, Valeria abrió sus ojos y continuó relatando su vida, que continuó en la oscuridad. Por varios años y por miedo a que la maten, volvió a su casa materna en el barrio de Belgrano, se cortó el pelo: "tuve que disfrazarme de nuevo de Oscar", manifestó entre lágrimas.

Sobrevivencia

"Con la democracia también sufrí mucha violecnia institucional", sostuvo Valeria. Recién para finales de la década del 90, cuando sus amigas la fueron a buscar, pudo ser Valeria nuevamente. Las consecuencias físicas y psicológicas de aquellas vejaciones subsisten hasta el día de hoy y profundizan la cruda realidad que atraviesa el colectivo trans travesti: "Las heridas las tengo en el cuerpo, nadie me las saca, la mochila que llevo tampoco".

"Tengo 66 años y cobro una jubilación mínima. Gracias a que estoy en el sindicato de trabajadoras sexuales, vengo todos los días a buscar comida. Contando todo lo que pasé ¿puedo vivir tranquila?. Si pago donde alquilo, no como", agregó emocionada en el cierre de su testimonio. Valeria es una sobreviviente del genocidio y sigue sobreviviendo. Hoy pudo hablar, hizo historia.


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