Política

TESTIMONIOS

Del escepticismo incendiario al fuego vivo

El autor hace una reseña de su vida al calor de los hechos políticos relevantes de la historia reciente argentina. Del descubrimiento del “Monstruo” a su militancia en la izquierda.

Miércoles 3 de agosto de 2016 | Edición del día

Ilustración del autor

Quizá porque llevaba parches de tela en rodillas y codos o, en fin, por esos misterios de la vida, mis primeros amigos de la escuela pública fueron gente sencilla. Claro que algunos me recriminaban la suerte de vivir en una casa céntrica, con muchas habitaciones, de casi media cuadra de extensión, donde podía disfrutar de buenos libros (acaso el mejor legado), un patio con hierba y frutales y a salvo del hacinamiento que imperaba en sus propios hogares.

Ellos me hicieron creer que yo era un burgués, yo era "el hijo del doctor". Ellos reservaron ese lugar para mí y, acaso porque en algun lado debía encajar, me hice cargo de lo que me señalaban. Yo era el hijo del doctor, yo era católico. Yo representaba el pensamiento de la elite conservadora y ellos estaban a mi izquierda por derecho de nacimiento.

Irónicamente, fui viendo caer todas las instituciones, especialmente la institución familiar y la religiosa: todos los valores parecían manifestarse solamente de la boca para afuera. Por las mañanas, cantar fuerte y claro el Himno a la Bandera, donde se hacía mención a una Patria y una enseña nacional que eran el legado sin intermediarios de un Dios allá en las alturas, al cual estaba obligado a visitar todos los domingos.

Me pareció que el tejido social se erguía frágil como un castillo de naipes y que la baraja debía de tener un dueño.

Con la muerte de María Soledad Morales, mi conciencia de seis años notó sin sombra de dudas la existencia del Monstruo y sus feas mañas: violencia, misoginia, encubrimiento civil, judicial, eclesiástico, político y de prensa.

También vi la contraparte de todo eso: cómo una sociedad intimidada perdía todo el miedo. Todavía podía organizarse y decir, pacífica pero resueltamente, “¡Basta!”.

Así empezaba a mutar mi carácter, desde los estrechos límites de mi credulidad conservadora, desde mi seno radical y católico, hacia el descreimiento que hoy delata mi personalidad. Es que el encuentro con el conocimiento jamás resultó más doloroso que el mismísimo acto de desaprenderlo todo.

Me evadía como mejor podía de mis banales contradicciones internas en canciones de punk anarco, confrontaba con todo y con todos. ¿Qué buscaba encontrar? Fui convirtiéndome en una especie de pequeño-anarco-individualista, el cínico incendiario que escribe estas líneas, el que dibujaba esvásticas y calaveras sin saber porqué, “el nazi”.

Mi sensibilidad social cedió, se rompió mi identificación con ellos… En su lugar, tomó el control mi gemelo malvado, mi propio doppelgänger, chivo expiatorio de las travesuras de mis primos. “Un buen chico, pero un poco subversivo”. Gracias, tía.

Me encontraba ante una sociedad dogmática y alienante, empezaría a odiar todo aquello que amenazara con destrozar las barreras de mi individualidad: fútbol, religión, nacionalismo y otros valores que querían colarse por la fuerza en mi mente y en mi corazón. Todo el mundo parecía crujir y se desmoronaba como el reboque en las paredes, y de esos rincones sucios se levantaba el polvillo asfixiante que luego copaba el interior de la caja boba, y apestaba toda la casa durante la hora del prime-time.

Mi grupo de referencia reservó un lugar para mí. Entre el vacío que creaba su rigidez conceptual y el dedo acusador que me situaba más y más en aquel sitio de contradicción: yo tenía miedo a ser despojado de mi miseria material, pero también a perder mi capacidad de pensar como un individuo.

Desde esa contradicción vi al helicóptero presidencial huyendo de la Rosada, la policía montada, los gases, la sangre en la calle: agonizaba ante mis ojos otra corriente política más que, al igual que el pejotismo, le había dado la espalda a los hechos y a sus propios principios fundacionales. La política estaba muerta.

Mantenerme lejos del cadáver pestilente parecía la decisión más sana, mientras en la televisión y en las calles una sociedad en pie de guerra hacía temblar los cimientos del Estado, la cúpula de nuestra patética elite gobernante y el mismísimo fundamento de su existencia.

Ahora primaba en mí un sentimiento de desencanto, un impulso desobediente, la tendencia al cuestionamiento y el desprecio por lo comunmente preconcebido y acordado.

¿Un impulso revolucionario? Quizás por eso, me afectó mucho más el cinismo que sobrevino a las revueltas sociales que su triste desarrollo en sí mismo. Posteriormente al paso de aquel huracán, bastante tiempo después, cuando ya casi había olvidado la existencia del Monstruo, yo era uno más de los muchos que sentíamos optimismo y simpatía por el flaco Néstor Kirchner y su presidencia de récords recaudatorios.

¿En qué momento me quedé dormido? Bueno, era muy difícil que con veintipico de años me interesara la política, especialmente cuando la política nunca me había dado nada, salvo desengaños.

Pero entonces lo vi. ¡Otra vez el horror! Néstor no era Néstor, sino un títere, y sus hilos eran manejados por el mismo Monstruo que casi demolió mis inocentes e infantiles principios.

Pude ver sus intenciones: anesteciaba a las masas con inhumanas dósis de prensa amarilla, prensa rosa y un maquiavélico giro en el discurso político. Nacionalismo, política social, esperanza. El Monstruo pretendía devolver las ovejas descarriadas a su corral y otra vez al letargo de la conformidad. Una forma cínica de progresismo asomaba y se imponía para consolar a los desesperados. ¡Para contener el estallido social! ¡Dirigentes piqueteros y de desocupados empezaron a ganar privilegios y asientos en las filas oficialistas, en un evidente embate contrarrevolucionario!

La visión me puso furioso. Quería gritar, traté de zafarme y los eslabones de mis cadenas intelectuales y morales se rajaron. Toda esa furia impersonal me desbordó completamente, miré hacia otro lado mientras pude... Pero sabía lo que el regreso de aquel monstruo significaba. Nunca se había ido y volvería para atormentarnos a todos. Lo que no sabía es que bastaría un movimiento más para llegar al punto de quiebre.

No se en qué momento ni cómo la sociedad evidenciaba de repente un horrible apego y fanatismo con el Monstruo. El peso moral de mi sociedad dolida, furiosa, mutilada, la memoria de varias generaciones de vidas e ideologías coartadas... todo fue masivamente perdonado, como si el Monstruo no hubiera tenido nunca responsabilidad en lo acontecido. Muy al contrario, el Monstruo nos había salvado de la desidia, nos había devuelto la memoria y la dignidad.

¡Mentira! ¡Por mi individualidad, por mi juicio, por mi vida y el dolor impersonal de un mundo bajo el peso de la opresión, no iba a dejar que el Monstruo y su ejército de soldados de la fé me convencieran de tal cosa!

Entonces, otra vez me señalaba un dedo acusador: “¡Gorila, vos sos la dictadura!” “¡Cipayo, sos la derecha!” ¿Qué raro, qué les pasó a todos? ¿Cómo llegamos a esto?

Tomé el lugar que me fue designado, fui el gorila antipatria que ellos querían y para eso necesité politizarme. Me tomé el trabajo que muchísimos de ellos nunca se tomaron, porque los dogmas no necesitan hechos fácticos, pero sí en cambio se necesitan argumentos contra la mentira.

Ahora lo sé: Perón también fue un progresista contrarrevolucionario, él también respondía a los comandos del Monstruo, con su aparato represivo, sus servicios de inteligencia, su campaña de erradicación de la opinión contraria, sus mecánicas de demagogia y propaganda nacionalista que convirtió a cada argentino nacido y aún por nacer en un peronista, para siempre y hasta el fin de los días.

El absolutismo evidenció las contradicciones. Algunos peronistas vieron al Monstruo, la visión se volvió endémica y cuando trataron de contenerla ya era demasiado tarde. La verdad se reveló ante muchos, demasiados. El apestado brazo combativo fue amputado; la verdad, sepultada bajo el mar.

Bajo esas oscuras aguas me pareció ver que algo brillaba, algo valioso y escondido. ¿Pero qué valor tiene un gran secreto sin una clave para desentrañarlo?

La combinación que utilicé fue contradictoria, desgarradora y absurda, como tantas cosas en esta loca vida. Esperé ocho años de gobierno de una mujer poseída y rodeada de impunidad que la sociedad fanatizada avaló, excepto un sector que el Monstruo nunca pudo tolerar, “los subversivos del cero coma”.

Entonces elaboré mi plan y esperé, mientras el fanatismo social desbordaba, al igual que la situación social y económica. Al fin llegó otro ciclo electoral, mi turno para mover.

Primero, busqué a los del “cero coma”, íbamos a necesitar hombres y mujeres valiosos para defendernos de lo que iba a tener lugar, al menos cuatro o diez veces más fuertes que los
esclavos fanatizados. ¡Necesitaríamos más personas consciente de la existencia del Monstruo!

Acto seguido, y sin dudarlo por un instante, voté por el Monstruo, y lo que pasó a continuación fue algo maravilloso: la máscara progresista se partió en mil pedazos, algunos fanáticos recuperaron la memoria completamente, otros sólo parcialmente (quizá vaguen erráticamente para siempre en los desiertos del engaño).

No obstante, lo mejor de todo: los excepcionales del “cero coma” recuperaron su lugar, su rol legítimo por el derecho que otorga el desgarrado conocimiento de la realidad. Y yo que ahora escribo esto, me descubro a mí mismo como uno de ellos, ya no soy un gorila conservador, ahora puedo concretar la aceptación de mi propio dolor y mi furia, para transformarlo en un acto con sentido: luchar cara a cara, hombro a hombro, contra el maldito Monstruo.

¡Pero, aún mejor, venceremos!







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