Economía

LA ECONOMÍA EN LA CAMPAÑA

De eso no se habla: la hipoteca de la deuda y los compromisos con el FMI, ausentes en la campaña

Macri promete hacer "lo mismo de estos cuatro años pero más rápido", como si el colapso económico se debiera a la lentitud. Fernández y Lavagna hablan de "frenar el ajuste", pero planean hacerlo con aval del FMI.

Esteban Mercatante

@EMercatante

Jueves 8 de agosto | 23:19

La economía volvió a mostrar esta semana que el deterioro no encuentra piso. La industria, que en abril y mayo había mostra caída interanual pero recuperación respecto del mes anterior en la serie desestacionalizada, volvió a quedar en junio en terreno negativo respecto de mayo, con una caída de -1,8 % (y un desplome interanual de 6,9 %).

La actividad no termina de llegar al piso, como espera el gobierno, a pesar de que en el sexto mes del año ya empezaron a operar los llamados estímulos (subsidios a la compra de autos, ampliación del Ahora 12, créditos Anses) destinados a insuflar dinero para empujar una efímera mejora rumbo a las elecciones. Julio promete ser otro mes de malas noticias: la Asociación de Fábricas de Automotores anticipó una caída en la producción de 9,4 % respecto de junio, mientras que en los primeros siete meses acumula un retroceso de 35,6 % respecto de un año atrás. Difícil decir, como pretende el gobierno, que "lo peor ya pasó".

Lo más alarmante es pensar lo que ocurrirá con la actividad económica cuando se retiren los anábólicos que hoy la estimulan, algo que sabemos que ocurrirá indefectiblemente luego de pasado el test electoral de octubre. Esto es por un motivo evidente: tanto el gobierno como el Frente de Todos, que se disputan cabeza a cabeza la presidencia, tienen la hoja de ruta del ajuste dictado por el FMI como programa económico. Ya sea que lo proclamen de manera entusiasta, como Mauricio Macri, o culposa y encubierta, como Alberto Fernández.

Se inundará más

Macri, como ya le dijo tiempo atrás al escritor Mario Vargas Llosa en una entrevista, planea en su segundo mandato hacer lo mismo que en el primero, "pero más rápido". Pretende, al igual que los liberales que lo critican desde posiciones pro empresariales más extremas, que la raíz de los problemas que volvieron a hundir la economía en 2018 (por segunda vez en su gobierno, ya que a poco de asumir el ajuste desembocó en recesión en 2016) está en la velocidad de las medidas de "sinceramiento". O sea, en el supuesto gradualismo.

Este diagnóstico, destinado a justificar el avance más agresivo de medidas contra el pueblo trabajador que preparan para un eventual segundo mandato, escamotea algunos de los grandes causantes de la crisis que llevó a la Argentina otra vez a pedirle plata al FMI. Macri y su gabinete señalan el déficit fiscal como uno de los grandes problemas nacionales que Cambiemos habría heredado; pero no dicen que profundizaron este déficit desde el día uno, reduciendo los impuestos cobrados a las patronales agrarias, a los poseedores de grandes fortunas (por la baja en Bienes Personales), a las empresas por sus Ganancias, y un largo etcétera.

Así, al mismo tiempo que trocó subsidios millonarios a las empresas de servicios públicos por tarifazos pagados por el pueblo trabajador, supuestamente con el objetivo de reducir el déficit, aumentó ese mismo déficit bajando impuestos. Mientras tanto, el "impuesto al salario" (ganancias de cuarta categoría) no sólo lo mantuvo, con algunos cambios limitados al contrario de lo que había prometido en la campaña, sino que lo pagan más sectores asalariados que en 2015. El deterioro del déficit se cubrió con endeudamiento, que creció exponencilamente después de que Macri volviera a los mercados internacionales gracias a pagarle generosamente a los buitres (con apoyo de buena parte del peronismo). Pero el "endeudamiento serial" no sólo fue para cubrir la brecha fiscal, sirvió para conseguir los dólares para que los grandes empresarios pudieran fugar capitales masivamente.

A esto hay que sumar la completa liberalización de los movimientos de capitales, después de quedar eliminado el llamado "cepo" y aplicar una abrupta devaluación en los primeros días del gobierno de Macri (su primer "sinceramiento"). De la mano de esto vino la bicicleta financiera, que atrajo masivamente capitales del exterior, que permitiendo así la disponibilidad de dólares para la fuga antes mencionada. Todo esto alimentó la bomba explosiva que estalló a comienzos de 2018.

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"Lo mismo pero más rápido" incluye la búsqueda del déficit cero que no será logrado este año y superávit en los años por venir. Para lograrlo, podemos anticipar todavía más deterioro del salario de los empleados públicos (que están entre los más golpeados por la pérdida de poder adquisitivo desde 2015) y congelamiento de la planta. También seguramente habrá nuevas rondas de despidos. Pero esto no alcanza para lograr las metas comprometidas con el FMI: alcanzarlas exige ir por nuevos recortes en el gasto en educación, salud, investigación pública, e infraestructura. Es decir, bajar todo el gasto que no esté indexado.

Pero además, el combo incluye todas las reformas que quedaron en el tintero en estos cuatro años: laboral, para "modernizar" las relaciones laborales, eufemismo de las patronales para hablar de liquidar conquistas y precarizarnos aún más, previsional (no sólo volver a cambiar regresivamente la fórmula de actualización como en diciembre de 2017, sino elevar la edad para jubilarse), tributaria. Todo, con la falsa promesa de la "lluvia de inversiones", la misma que prometen sin éxito desde 2016.

En suma, un plan a la medida de los acreedores de la deuda, y los grandes empresarios del agro, la minería, los hidrocarburos, los servicios públicos privatizados, las finanzas y otros pocos sectores que esperan seguir acumulando grandes beneficios y fugando ganancias.

Promesas para todos

"Vengo a pararlo" dice Alberto Fernández en sus spots, mostrando los datos de desempleo y pobreza generados por Macri en estos cuatro años. En las últimas semanas se adentró en otras promesas más audaces, como aumentar 20 % las jubilalciones. Es decir, bastante más de lo que estuvo dispuesta a hacer Cristina Fernández durante su último mandato, en el cual rechazó cualquier planteo de elevar las jubilaciones, no ya al nivel de una canasta básica para la tercera edad, sino siquiera el 82 % móvil del salario medio (no del salario mínimo). Pero ¿cómo pretende hacer esto? ¿Aumentando los aportes que hacen las empresas a la seguridad social, que vienen cayendo fuerte desde los años ’90? Para nada: afirmó que para hacerlo dejaría de pagar los actuales intereses de las Leliq.

Hablar de las Leliq le permitió a Fernández poner el dedo en la llaga sobre el mayor talón de Aquiles del precario andamiaje con el cual el gobierno de Macri emparchó la economía hasta fin de año. Uno que además les permite a los bancos un jugoso negocio sin tener que dedicarse a prestarle a las empresas o individuos más que un mínimo de los fondos que manejan: el resto se lo prestan al Estado a tasas usurarias.

Pero lo que no dijo el candidato del Frente por Todos es que dejar de pagar los intereses actuales, dejando igual todo lo demás, alimentaría una estampida al dólar como la del año pasado, o la que atravesamos entre febrero y abril de este año. Es decir, una corrida que devalúe otra vez la moneda. Esto serviría a un objetivo claro de Fernández, que ya dijo varias veces que el peso está "alto" frente al dólar. Pero dolar más alto significa más inflación, y significa por lo tanto pulverizar el poder de compra de los salarios y de las jubilaciones.

Que el deterioro de los salarios no es un "efecto secundario" en el esquema de Fernández, lo han dicho ya los economistas que el mencionó como referentes. Emmanuel Álvarez Agis, por su parte, habló de "congelar" la distribución del ingreso lo que significa mantener la herencia regresiva de estos cuatro años de Macri. Pero esto podría ser demasiado optimista; más que mantener lo que deje Cambiemos de avanzarse hacia un nuevo salto devaluatorio el salario podría encontrar un nuevo piso. Matías Kulfas ya dijo la búsqueda de la "competitividad" (que las empresas que fabrican acá puedan vender igual o más barato que las que producen en otros países) inicialmente requerirá salarios bajos en dólares (lo que significa un poder adquisitivo degradado).

Pero, ¿al menos con Fernández no vendrán las reformas que el FMI exige y Macri ya prometió? Esta sería una conclusión apresurarda: otro economista de Fernández, Guillermo Nielsen, ya dijo que estas reformas, laboral y previsional, "van a venir" cuallquiera sea el que gane en octubre o en el balotaje.

Lejos han quedado los tiempos de las ensoñaciones con "milagros" de abandonar el ajuste. En tiempos de FMI, lo único asegurado es "sangre, sudor y lágrimas".

Invertir las prioridades

Lavagna, que esperó liderar la ancha avenida del medio y ahora pelea por preservar un callejón, pretende a grandes rasgos la misma quimera que Fernández. Espert considera que todos los candidatos son "populistas", "estatistas" y hasta "socialistas", y quien imponer un draconaniano ajuste del gasto apenas asumido, junto a reformas aún más recalcitrantes que las que ambicionan Macri y el FMI. Un plan a la medida de los ricos y los acreedores de la deuda sin mediaciones.

Sólo el Frente de Izquierda Unidad plantea un programa para que esta crisis no la paguemos otra vez los trabajadores. La fuerza que lleva a Nicolás del Caño como candidato a presidente plantea el repudio al chantaje del FMI y las exigencias de los acreedores, apuntando a terminar con el vaciamiento de la economía que hacen los grandes empresarios y las entidades financieras mediante la nacionalización de los bancos y del comercio exterior y a la estatización de todas las empresas de servicios públicos para terminar con los tarifazos y asegurar un servicio de calidad y accesible a toda la población. Junto a estas planteos urgentes para descargar los costos de la crisis sobre sus responsables, el FIT-U plantea la necesidad de pelear por trabajo para todos, con un salario acorde a la canasta familiar. Acompañarlos el domingo, es dar un mensaje contundente contra al ajuste que quieren descargar.

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