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De Guernica a Magnetto: los hechos que confirman un Gobierno con el guiño a la derecha

La semana que culmina corroboró el giro oficialista hacia una política de orden y mayores acuerdos con el gran capital. De la carta de Cristina a la represión en Guernica y las reuniones con Clarín y Techint. La cuadratura del círculo, límites y contradicciones de una política que será fuente de nuevas crisis. La lucha por la tierra sigue y entran en escena algunos sindicatos.

Jueves 5 de noviembre de 2020 | 20:33

Mientras espera ansioso la resolución electoral de Estados Unidos, de la cual dependen definiciones geopolíticas que hacen a su futuro estratégico dependiente, el Gobierno de Alberto Fernández atiende problemas urgentes en la arena doméstica.

Después de los meses más críticos de su corta pero intensa gestión, y de semanas en los que se lo vio vacilar y sin norte claro, el Frente de Todos se fue convenciendo de intentar un nuevo rumbo ante la crisis. Una sucesión de marchas de derecha, bombardeos mediáticos, coronavirus sin fin, pasividad de las cúpulas sindicales, colapso económico y corrida cambiaria se conjugaron en el último tiempo para influir sobre la decisión del oficialismo.

Encerrado en el dilema de la sábana corta, el presidente había intentado durante largos meses un equilibrio cada vez más difícil en tiempos de crisis, condicionado desde afuera y desde adentro. Después de cada amague “por izquierda” hecho sin mucha convicción, reculaba siempre ante las protestas de la derecha y los poderes más concentrados, como mostraron Vicentín o el postergado proyecto de impuesto a las grandes fortunas. A la inversa, cuando montaba un símbolo para mostrarse con los dueños del país en una fecha patria (9 de julio), un misil en forma de tuit le marcaba la cancha y desataba días intensos dentro de la coalición oficialista.

Sin embargo, una capitulación desde el flanco centroizquierdista de este dilema abrió paso ahora a un intento de destrabar esas contradicciones por la vía de pactar con el gran capital y bajar la conflictividad proveniente desde ese costado. Como analizamos en esta columna la semana pasada, la carta de Cristina Kirchner publicada hace dos lunes le dio vía libre a Alberto Fernández para intentar un pacto con el gran capital. Eufemísticamente, la vicepresidenta lo llamó un “gran acuerdo nacional” con todos "los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales".

Más allá de algunas interpretaciones que subrayaron lo críptico del mensaje de la ex presidenta, lo cierto es que los hechos que le siguieron mostraron que el camino que abrió fue claro. Menos de 72 horas después, el giro comenzó a implementarse a balazos, topadoras y gases en Guernica, en un territorio propio para ella como es la provincia de Buenos Aires. El reclamo empresarial por el derecho a la propiedad privada había sido escuchado. El de las familias sin techo, las más golpeadas por la crisis, no. Hay prioridades y prioridades.

Los convocados al “gran acuerdo nacional” tienen nombre y apellido. Por eso, aunque con menos visibilidad que aquella represión transmitida en cadena nacional, esta semana comenzó con un hecho igual de significativo: sin flashes ni fotos que hayan trascendido, el ministro Guzmán se reunió con quienes algún tiempo atrás podrían haber sido llamados los “miserables” o las “corpos”: estuvieron con él Héctor Magnetto de Clarín, Paolo Rocca de Techint, Alfredo Coto de la cadena de supermercados homónima, Federico Braun de La Anónima o Enrique Cristofani del Banco Santander, entre otros.

La orientación excede, por supuesto, el plano de lo simbólico y gestual. Por estas semanas el Gobierno multiplicó las medidas hacia el mercado y los especuladores para intentar contener al dólar, bajó retenciones beneficiando a los pulpos exportadores y avanzó con la media sanción de un presupuesto 2021 de ajuste, a medida de las conversaciones con el FMI. Del lado de los perdedores, cuando el Senado termine de aprobar la norma quedarán abandonados a su suerte, entre otros, millones que dejarán de cobrar el IFE, así como las partidas que se destinarán a salud o educación.

Quien también supo interpretar la situación fue la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que como factor de poder político y después de semanas de deliberación, intentó un fallo milimétricamente pensado para darle solución al conflicto por el traslado de los jueces Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi, en este escenario nacional concreto de intentos de conciliación en las alturas.

Un intento que será fuente de nuevas crisis

La profundidad de la crisis actual lleva inscriptas las nuevas crisis que vendrán de la mano de la orientación del Gobierno. La resistencia a la represión en Guernica es tan solo un anticipo, a modo de apertura, de un nuevo momento de la lucha de clases por parte de los que no aceptarán sin lucha ser los que paguen los costos de la crisis.

Desde los sectores más concentrados del poder agradecen los gestos del oficialismo, pero siempre quieren más, desde los que especulan con una devaluación (que favorece a algunos como a los sojeros o a Techint pero a otros no), hasta los que piden más ajuste fiscal, rebajas impositivas o reforma laboral.

La sed de ganancias del frente patronal (que tampoco está unido), junto con la supervisión del FMI para que se cumplan los planes de ajuste sin salirse de un guión que estipula sangre, sudor y lágrimas durante años para pagar la deuda eterna, anticipan mayores tensiones políticas y sociales.

Dentro de las primeras, es significativo el revuelo desatado dentro del Frente de Todos por la represión en Guernica. El malestar no se dio tanto dentro de los funcionarios que se decían progresistas, que tienen claro por qué los Berni, los Massa o los Manzur son parte de su espacio, sino, sobre todo, dentro de su base social, tanto en los sectores populares que votaron con expectativas a un Gobierno que ahora los reprime a ellos mismos mientras arregla con los poderosos, como en los sectores progresistas cuyos valores democráticos no se condicen exactamente con las imágenes que vinieron desde el sur del Gran Buenos Aires.

A las puertas de un año electoral, este es un factor que trae aparejadas muchas contradicciones para el oficialismo. De persistir por ese camino, no solo recrudecerán las tensiones y posibles rupturas dentro de una coalición amplia, sino que el malestar y la desilusión entre quienes lo votaron el año pasado podrían llevarlo ahora a una derrota en las elecciones de medio término que profundice aún más la debilidad de un Gobierno con múltiples frentes de batalla abiertos.

Estas contradicciones políticas están alimentadas por una situación económica y social que, crecientemente, está dando lugar a malestar y episodios de la lucha de clases. A las peleas por tierra y vivienda (que se dan también en otros lugares del conurbano y del país, y que también son respondidas con represión como en Escobar), se suma incipientemente la entrada de sectores sindicales ante la pérdida salarial o de puestos de trabajo. En la semana que termina, fueron significativos los paros en gremios telefónicos y ferroviarios por el salario, así como la movilización de los aeronáuticos de Latam contra los despidos.

Sobre la base de la crisis económica y social, un mundo envuelto en crisis, las contradicciones de la coalición oficialista, la lucha de clases y la especulación electoral, el próximo período estará signado por crisis y giros bruscos de la situación. En esas brechas, de lo que se trata es de impulsar la autoorganización de los explotados y los oprimidos para luchar por nuestro propio destino, recuperar las organizaciones de masas para la lucha y sembrar las ideas de otra salida a la crisis, que no pasa por rendirse ante los poderosos, sino por invertir las prioridades, y que esta vez la crisis la paguen ellos.







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