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Red Internacional

POLÍTICA/OPINIÓN.De Formosa al Luna Park: cuando el desprecio por los de abajo desborda la grieta

De empresarios llorones y discursos fascistizantes. La pequeña política y los grandes poderes. Las calles, el lugar dónde hay que estar el 24 de Marzo.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 12 de marzo | 19:23

La noche de este jueves presentó imágenes dramáticas. Mujeres embarazadas pobres, originarias, con la cabeza envueltas en pañuelos, escondidas en el monte. Huyendo de los protocolos sanitarios del Gobierno formoseño. Una imagen de clandestinidad, filmada a cientos de kilómetros de la capital provincial. Las constantes operaciones de TN inducen la desconfianza; el brutal historial de Insfrán empuja a creer.

El cuadro de desprecio por la vida de los más humildes no es privativo de ese distrito. En la Ciudad más rica del país, gobernada por Juntos por el Cambio, el mítico Luna Park actuó como trasfondo del maltrato a miles de jubilados, obligados a una infernal espera bajo el sol en aras de vacunarse. Recibieron, es cierto, un pedido de “disculpas” por parte del ministro Quirós. Cinismo PRO.

A ambos lados de la grieta, sufrimientos y padecimientos de las grandes mayorías poco importan. En la decadente guerra político-mediática entre oficialismo y oposición, la pobreza de los argumentos no hace más que ensancharse. La apelación a las miserias del rival inunda pantallas y portadas. Twitter, invadido por trolls de todas las tribus, repite infinitas veces las chicanas ya repetidas.

En las oficinas de la calle Tacuarí o en las de la calle Balcarce poco importa la verdad. El pudor menos aún. El oficialismo reitera imágenes de jubilados bajo el sol para borrar aquellas otras, casi calcadas, cuya responsabilidad le cabe, ocurridas hace un año gracias al eyectado titular del Anses. La oposición mediática solicita opinión a Juan Manuel Urtubey sobre el sufrimiento de los pueblos originarios. Al mismo hombre que, como gobernador de Salta, habilitó la caza y comercialización de la iguana “para consumo humano” en miras a atenuar la desnutrición de esa comunidad.

Ese desprecio conjunto se traslada, lógicamente, al terreno económico. Los matices no opacan las coincidencias. Los epítetos fuertes no tapan las semejanzas. Pagos al FMI, salarios estancados, ajuste en las cuentas públicas, pobreza estructural. Aquí la grieta también se deshace.

Pequeña política, grandes poderes

La saga protagonizada por Beatriz Sarlo dice bastante del estado actual de la intelectualidad. Tragada por la grieta burguesa, la autora de Escenas de la vida posmoderna terminó atada a los entretelones de la rosca política, desmintiéndose a sí misma, habilitando una suerte de batalla épica en su contra. Los ecos del “conmigo no, Barone” resuenan ya desde el fondo del tiempo.

Las disputas de la política local discurren dentro del marco estrecho de lo que Antonio Gramsci catalogó como la pequeña política. Definida también como “política del día, política parlamentaria, de corredores, de intriga” es aquella que “comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean en el interior de una estructura ya establecida, debido a las luchas de preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política”.

Agregaba el revolucionario italiano que es “una gran política la tentativa de excluir la gran política del ámbito interno de la vida estatal y de reducir todo a política pequeña” [1].

La guerra de baja intensidad que se opera entre el kirchnerismo y una fracción notoria de la casta judicial funciona bajo ese signo. Las grandes estructuras de poder del -valga la redundancia- Poder Judicial, no están en debate. El oficialismo despliega una guerra de asedio. La acosa con finalidades defensivas. La virulencia de los discursos solo encubre la moderación del programa: ni reforma ni revolución, sino el reclamo por el fin de las causas.

El relato cristinista (“a ustedes no los vota nadie, los políticos cada dos años vamos a elecciones”) pretende una diferenciación intra-casta. Una suerte de cornada suave entre bueyes. A propósito del tema, un reciente artículo en Panamá Revista se pregunta ¿Y si Cristina tiene razón? Sin embargo, el interrogante es otro ¿por qué la elección popular de jueces y fiscales no es parte del programa político del kirchnerismo? ¿Por qué no fue impulsado en doce años de Gobiernos? ¿Por qué no fueron cuestionados privilegios como los siderales ingresos o el carácter vitalicio de los cargos? La respuesta, como muchos magistrados, tiene doble apellido: Stiuso Oyarbide.

Ese gran poder que es la casta judicial aparece como permanente, intocable. Casi igual a sí misma desde los años de la última dictadura. Integrada por jueces que sirvieron al poder militar y surfearon los años posteriores a 1983 sin grandes asperezas. Esa permanencia tiene traducción en el lenguaje de las etiquetas. Lo recuerda Horacio González: la Corte, cúpula de un poder aristocrático, es “Suprema”. No es, señalemos, la única sacralización del lenguaje político. Las Cámaras de Diputados y Senadores son, por algún incomprensible motivo, “honorables”. La figura presidencial es, más allá de todo rasgo personal, “Excelentísima”.

El carácter ampuloso de las palabras solo reafirma el lugar de esas instituciones en un orden basado en la propiedad privada capitalista. El Poder Judicial y la Corte son, por antonomasia, árbitros de la política nacional, actores de peso a la hora de barajar, dar de nuevo y eventualmente remodelar la estructura de dominio capitalista. No hace falta ir muy lejos para confirmarlo. Al otro lado de la frontera, en el caótico terreno creado por el negacionismo bolsonarista, el Tribunal Superior Federal vuelve a delinear los contornos de la política nacional.

Lacras

La celeridad mediática empuja al olvido, a la desmemoria de los acontecimientos. Apenas al inicio de esta semana, un video se convirtió en bandera de lucha para la clase capitalista. La imagen de Hugo Mayol, llamando “lacras” a quienes desafiaban las cuasi-esclavistas condiciones que imperan en su planta láctea, fue amplificada ad infinitum por la gran corporación mediática.

El llanto patronal marca agenda. Bajo la dirección político-periodística del trío Saguier-Magnetto-Hadad, desfilan por la portada de los grandes medios empresarios afligidos por la “destructiva” actitud de quienes boicotean lo que ellos llaman la producción y el trabajo.

El discurso empresarial no peca de ingenuidad. Apuntala un sentido común en construcción hace décadas. Opone los “que trabajan y producen” a quienes, supuestamente, se lo impiden. Un discurso fascistizante, que postula una empatía entre el gran empresario y el pequeño comerciante [2] que sufre los golpes y avatares de la crisis. Una empatía -direccionada, consciente, y activa- contra los pobres, los trabajadores y contra quienes reclaman.

“Lacra” se suma a la extensa lista de significantes vacíos destinados al agravio contra quienes osan cuestionar la libertad capitalista de producción y circulación. Sindicalistas, piqueteros, vagos, planeros son otras tantas modalidades de la misma verborragia descalificadora.

La RAE -burocracia venerada si las hay- asocia la palabra “lacra” a enfermedad, achaque, vicio físico o moral. A “persona depravada”. Si la lacra es “vicio” o “defecto”, por definición, tiene que ser limpiado, barrido, extirpado. No casualmente, ese fue también el lenguaje de los empresarios genocidas y de los grandes medios que avalaron el golpe de marzo de 1976.

Hace varias décadas, reseñando el origen socio-político de las teorías criminológicas, Massimo Pavarini afirmaba que la criminología positivista “intentó definir las clases peligrosas como naturalmente distintas de las trabajadoras, atribuyendo a las primeras la cualidad de degeneradas y a las segundas la cualidad de útiles. Solo estas últimas podían gozar todavía -y mientras aceptasen las reglas del juego que las querían disciplinadas y sometidas a la autoridad- de los privilegios del estado de derecho” [3].

Aquella dualidad entre clases trabajadoras y clases peligrosas se estructuraba a partir de la creciente resistencia obrera a las condiciones miserables que imponía el capitalismo de mediados del siglo XIX. Aquel cuya versión inglesa encontró lugar en las duras y maravillosas páginas de un joven Federico Engels.

En un contexto distinto, a muchos años de distancia, la palabra “lacra” en boca de Mayol recoge el mismo significado. El trabajador es reconocido como “laburante” a condición de respetar la estructura de costos del capital. De asumir un papel de esclavo pasivo frente a las afrentas y maltratos burgueses.

El malestar patronal, por la lógica de los acontecimientos, no puede que más incrementarse. Asistimos a una coyuntura signada por una nueva ola de luchas obreras y populares surcando la geografía nacional. La respuesta empresaria mezcla llanto e insultos, al tiempo que se procesan despidos, ajustes salariales y nuevas formas de precarización. La casta política burguesa, obnubilada en su guerra de bolsillo a ambos lados de la grieta, marca la agenda con el desprecio a los padecimientos de las grandes mayorías.

Contra ese desprecio y los ataques del poder es preciso organizarse desde abajo. Tomar las calles como parte de una política activa para enfrentar los ataques en curso, para rodear cada lucha obrera de activa solidaridad, para enfrentar el ajuste gubernamental. Para volver a luchar contra la herencia social y económica de la dictadura genocida, sostenida por todos los Gobiernos a lo largo de 45 años. El 24 de Marzo es una oportunidad y una obligación para esa tarea: no da lo mismo que te quedes en tu casa.


[1Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno. Ed. Nueva Visión. 1987. Pág. 169.

[2Hace algunos años, Pablo Semán apuntaba la utilización del significante “laburante” como forma discursiva apropiada por las clases medias (lo que el marxismo define como pequeña burguesía) para tallar una diferenciación en relación a los grandes empresarios y en relación a los pobres. Con ese sentido común pretende entroncar la campaña de los empresarios llorones. ¿Qué quiere la clase media? Ed. Capital Intelectual. 2016. Págs. 73-74

[3Control y dominación. Siglo XXI Editores. 1983. Pág. 42





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