Cultura

LIDTERATURA // MAESTRAS QUE ESCRIBEN

De Alfonsina Storni se dicen muchas cosas, pero ¿qué dice ella?

Aquella que Borges llamó “la comadrita chillona” fue convocada a hacer una selección de su propia obra. Ella eligió en contra de la opinión de la crítica y el mercado editorial de su momento. Aquí publicamos el prólogo a esa selección y dos poemas de los que ella reivindicaba contra la opinión de los “hombres sabios” de su época.

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Viernes 13 de septiembre | 21:30

Aquella que Borges llamó “la comadrita chillona” fue convocada por la editorial Espasa Calpe a hacer una selección de su propia obra, para publicar una antología. Alfonsina se sentó en su casa y seleccionó, pero lo hizo en contra de la opinión de la crítica y de lo que pedía el mercado editorial de su momento.

Si la crítica halagaba sus primeros poemarios, más románticos, y juzgaba “demasiado cerebrales” los del periodo que se abre en 1925, con Ocre, ella opinaba exactamente lo contrario. Y lo justifica en el prólogo que publicamos.

Por otra parte, elegimos dos poemas. Uno es Humildad, que la propia Storni coloca como fin de una poesía anterior, más subsidiaria de su maestro, Rubén Darío, y el comienzo de la poesía que reivindica como más propia, como aquella donde logra desarrollar su voz a la vez que nuevos y más libres procedimientos de escritura.

El segundo poema se llama Buque-escuela, que sin dudas dialoga con la experiencia de Storni como maestra. Lo elegimos a propósito del día del maestro y porque muestra una mirada poco habitual o si se quiere, un habla no permitida para aquella que, se supone, debería ser una “segunda madre” de los alumnos.

La cosa tiene actualidad, además, porque los poemas que ella más valoraba no se enseñan aún en las escuelas. Las historias sórdidas sobre su vida privada y las especulaciones sobre los motivos de su suicidio parecen todavía tener más prensa que su propia voz.

La selección busca darle habla a la propia escritora. También está inspirada en algo que dice Alicia Genovesse y que ayuda a romper lugares comunes:

"Como escritoras, Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik se constituyen en dos referentes únicos, dos paradigmas de diferentes épocas. Un dato, el suicidio que cierra la vida de las dos poetas, se transforma, demasiado habitualmente, en un condicionante para la lectura de sus obras. Como si una peligrosa rareza, la de la poesía, fuese un veneno letal para las mujeres. Leídos con el suicidio como conclusión de sus vidas, los textos se han cargado, de manera ambivalente, de excepcionalidad. Una obra excepcional y una vida de excepción a la regla del deber ser femenino que se paga con la psicopatología del suicida y la tragedia romántica. La textualidad filosa, fisuradora, que hay en estas obras, es absorbida, alisada de sus pliegues transgresivos por la imagen trágica que el relato cultural ha enfatizado. Imagen cruzada también por otros rasgos que actúan como materiales degradadores: la poetisa ("Alfonsina") y la niña ("Alejandra")."

Sin más, pasamos a los textos:

Palabras prologales

Por Alfonsina Storni

Invitada gentilmente por la editorial Espasa-Calpe, Argentina, me decido, aunque a regañadientes, a publicar esta antología, la única que hasta hoy se ha hecho de mis
poesías, seleccionadas por mí, pues la que hace algunos años imprimió en Barcelona otra casa, fue una pequeña muestra, separada allá, de mis primeros libros.

La inteligencia de que cuando un escritor no pueda celar su obra se la desnudarán extraños, sin atender a sus pudores, ha soplado mis reparos autocríticos, que son muchos.

Treinta años es, entre nosotros, el plazo concedido a un muerto para que se estremezca, desde sus neveras, por la coma de más o el punto de menos de la edición póstuma X de sus obras y destacar sus ramas legales a reparar la falta de sentido del soneto Z.

Pasado este plazo, al ciclón público pertenece su sembrado, y ya es mucho que podamos agradecer a éste que su buen ojo plomal se digne enderezar hacia nuestros solares
y alzarnos con insectos, polillas y yerbajos.

Porque el verdadero antologador es el tiempo, Mayoral que filtrará, si debe; o descargará sus aluviones de tierra, bienvenidos.

El valor de los creadores, por lo demás, no se mide por sus caídas, sino por el alcance, a lo alto, de sus catapultas y por lo insustituible de algunos de sus acentos, captaciones o alzamientos. Y los temperamentos son diversos. Los hay que no han dado al público más de lo que debieron, son los menos y su actitud es muy urbana. Pero los hay mal educados, a lo Lope, que han puesto a trabajar a toda la familia literaria, a fin de que esta les desnude sus crestas, de clima sólo respirable para ceñidas minorías, sin que tal circunstancia haya disminuido sus valores trascendentales.

Dejando a unos y otros en sus empinadas cátedras, no está de más que declare aquí que tengo alguna preferencia por el sector de mi obra que se inicia con Ocre y, a contra-pelo de la opinión de la mayoría –lo sé–, marcada por el temperamento que se advierte en poesías incluidas en las páginas finales de esta selección, en parte inéditas, en parte pertenecientes a mi último libro. (Por mucho que renieguen de mi primer modo, sobrecargado de mieles
románticas, debo reconocer, sin embargo, que trata aparejada la posición crítica, hecho universalmente difundido, de una mujer del siglo XX, frente a las tenazas todavía dulces,
y a la vez enfriadas, del patriarcado.)

Pero retroceder a aquel, cuando ya la pluma lo ha desagotado, equivaldría a vivir plagiándose a sí mismo por la dominadora razón de que un acento tocó directamente a la mayoría. Para quienes lo estimen en circulación está, que lo peor que le puede acontecer a un poeta es tener, forzadamente, que imitarse.

El panorama total de una obra es, por otra parte, cosa buena para el atalayado, aunque sus colinas sean desparejas, o documentales, más que esplendores de tal o cual geografía, ya que desde el horizonte se ven llegar iniciales cauces que mueren en la llanura o, tras correr subterráneamente, reaparecen ensanchados en laguna. En este sentido, una ordenación antológica es, para el rastreador crítico, un ahorrante y lindo “belvedere”.

Con mis cortesías, y muy finas, para el Mayoral, abro, pues, la ducha helada y me aguanto.

HUMILDAD

Yo he sido aquella que paseó orgullosa

El oro falso de unas cuantas rimas

Sobre su espalda, y se creyó gloriosa,

De cosechas opimas.

Ten paciencia, mujer que eres oscura:

Algún día, la Forma Destructora

Que todo lo devora,

Borrará mi figura.

Se bajará a mis libros, ya amarillos,

Y alzándola en sus dedos, los carrillos

Ligeramente inflados, con un modo

De gran señor a quien lo aburre todo,

De un cansado soplido

Me aventará al olvido.

BUQUE-ESCUELA

Azul gris,

hería tu mole

el plumón blando

de las aguas.

Pero te acunaban,

Ignorantes

de tus nidos

de obuses.

Tornillo sobre tornillo,

plancha sobre plancha,

torre sobre torre,

te lanzaba al aire

en un esfuerzo

de catapulta.

Te odiaba,

desde el muelle,

porque te vestías

de cielo,

y mar calmo;

taimado...

Cuando te hollaron mis pies

una nube de adolescentes

uniformados

irrumpió por tus puentes.

Habían vuelto a cargarse

las ramas humanas

secadas a cañonazos.

Había más que antes;

y eran más hermosos

que antes:

Cuellos fornidos

de cuerda

prensada.

Ojos tiernos.

Carne dorada

a espuma y sal.

Dientes agudos,

luminosos.

Grandes bocas

húmedas aún

de besos maternos,

abiertas,

pedigüeñas,

como la de los pichones.

Rodaban como frutas

sobre el acero del buque.

Perfumaban el hierro.

Desteñían la pintura.

Hablaban palabras de hombre,

musicales...

Movían los brazos

en círculos

de estrechamiento.

Uno,

con una pajuela,

le hacía cosquillas

a un gato:

su nariz riente,

tras el ojo de buey,

lanzaba gritos

de pueril alegría.

Lúgubre,

de vez en cuando,

sonaba una campana.

...Máscara de hierro

sobre las caras...

y nacía,

hosca,

la fila

sin albedrío.







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