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Red Internacional

Opinión.Culpar a la “cuidadanía” para no tocar los intereses de Sigman o Belocopitt

Segunda ola en puerta. "Responsabilidad individual" y responsabilidad del Estado. La crisis económica, el descontento social y una lucha de clases que sigue diciendo presente.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 2 de abril | 18:49

¿Cuántas personas caben en un metro cuadrado? ¿Cuántas en un sofocante metro cuadrado, dentro de un sofocante vagón de tren? ¿Cuánta “responsabilidad individual” en la expansión de contagios le atañe a los cientos de miles de viajan -aplastándose entre sí- en esos y otros vagones?

El Estado, supuesto garante de la “voluntad general”, deviene acusador. Juez y fiscal de la vida de las personas. La cuidadanía es puesta bajo la lupa, en un examen riguroso al que asisten grandes medios, periodistas y funcionarios de todo tipo. Cumpleaños y celebraciones resultan una suerte de “atentado” al interés general.

Resulta absurdo negar la incidencia de la actividad social en el crecimiento de los contagios. En el otro extremo, conlleva un cinismo inaceptable focalizar culpas ahí. Quienes se hacinan en las formaciones del Roca o del Sarmiento marchan -obligados y obligadas- a cumplir sus labores.

Sufren también, en cada lugar de trabajo, las vicisitudes del arbitrio patronal. Abundan ejemplos del desinterés empresario por la salud y la vida obreras: ausencia de protocolos, falta de cuidados, negativa a licencias. La ganancia capitalista contabiliza cada barbijo y cada máscara como un gasto extra, un número rojo que merece la extinción como único destino.

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El discurso gubernamental, acompañado por el coro multimediático oficialista y opositor, acusa a una población que -en Argentina y en todo el mundo- ha aprendido a extremar cuidados, renunciado a ver amigos y familiares, padecido el aislamiento y la soledad. ¿Cuántos miles perdieron a sus seres queridos sin la posibilidad de ensayar una modesta despedida?

Pero la conversión de millones de personas en chivos expiatorios no es ociosa. Es, por el contrario, la resultante lógica de reiteradas decisiones políticas desde el Estado.

De “populismo” y otros mitos

La Argentina de las 19 millones de personas pobres mezcla programas y reclamos. El gran capital -siempre atento a extraer la mayor porción de vida obrera en el proceso productivo- se siente inclinado a marcar la cancha.

El martes pasado un editorial del diario La Nación “advertía” por la ausencia de un buen “clima de inversiones”. Analizando el panorama electoral latinoamericano, presentaba una mirada crítica acerca de “una creciente preferencia por soluciones políticas populistas entre una proporción cada vez mayor de la población”.

La creatividad empresaria es un bien escaso, una rareza. Los argumentos, reiterados hasta agotar stock, vienen a ilustrar el temor ante cualquier medida -por tibia que sea- que afecte sus niveles de rentabilidad.

La “solución populista” es solo un enunciado simplista del diario de Mitre-Saguier. Detrás del significante anidan diversas tendencias y problemas.

A nivel social, expresa el efectivo hartazgo de cientos de millones con las políticas neoliberales, un rechazo abierto y explícito hacia políticas de ajuste fundadas en los supuestos beneficios del “libre mercado”. Las sucesivas derrotas electorales de la derecha continental encuentran allí su fundamento último.

Sin embargo, en el terreno de la representación política, el “populismo” de nuestros tiempos -a pesar del marcado rechazo que evoca en el poder económico- avanza poco y nada en políticas estructurales que afecten los intereses del capital.

La mitología política moderna crea y recrea oposiciones duales entre izquierdas y derechas. Sin embargo, ubicados sobre ese sustrato común que es el sagrado respeto a la gran propiedad privada, la dualidad deviene matiz, diferencia de grado. A veces, apenas perceptible.

La respuesta oficial al pedido para declarar de utilidad pública el laboratorio mAbxience -propuesto por el Frente de Izquierda- huele a macrismo. Pablo Yedlin, diputado peronista que preside la Comisión de Acción Social y Salud, presentó el carácter “privado” de lo producido en el laboratorio de Hugo Sigman de Garín como obstáculo inamovible. ¿Dónde está el “populismo”?

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¿Dónde radicaba el populismo del ex ministro Ginés González (¿se acuerdan de Ginés?) cuando decidió el abandono de todo amague verbal ligado a centralizar el sistema de salud. Eso ocurría hace exactamente un año, en el muy lejano abril de 2020. Esa era la respuesta oficial a la presión pública ejercida por los grandes empresarios de la salud privada, entre los cuáles se encuentra el siempre ignífugo Claudio Belocopitt.

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El populismo temido por La Nación tampoco parece ejercerse en el mundo de las decisiones económicas. El 42 % de pobreza no cayó del cielo. No nació como resultado natural y necesario de la pandemia. A pesar de los roces y tensiones con el gran capital, la política seguida en el último año tuvo una dosis considerable de ajuste. Lo saben -y lo sienten en sus bolsillos- los millones de jubilados y jubiladas que sufrieron los efectos de la nueva movilidad previsional.

La dualidad entre economía y salud se hunde en el mar de los recuerdos. Ni la una ni la otra. Ni IFE para los millones que sufren la crisis social ni salarios dignos para el personal de hospitales, clínicas y centros de atención. Ni desconocimiento de una deuda denunciada por ilegal y fraudulenta ni centralización del sistema sanitario. El mundo de la incertidumbre. Y también de la decepción, el enojo. Y la lucha.

Vino, tierra y piquetes

“Ustedes quieren arreglar todo con polenta”. La bronca emergía en cada poro de la curtida piel. Exhalaba como un suspiro caldeado, subiendo desde el estómago, lugar real donde concentran los sentimientos. Era el mediodía del martes, frente a la sede del municipio de La Matanza. El hombre, junto a cientos de vecinas y vecinos marchaba para reclamar por tierra y vivienda. “Solo recibimos represión, quema de casillas por varios meses”, completaba una mujer. Acompañando el reclamo estaba, como tantas otras veces, el diputado nacional Nicolás del Caño (PTS-FIT).

La gestión matancera repite libreto. Los matices entre “progres” y “pejotistas” tienen valor nulo. El derecho a la tierra y la vivienda ya se negó -balazos y gases mediante- en Guernica. ¿Por qué habría de ser validado en el Oeste del conurbano?

La bronca se deja sentir no solo en el partido más grande del conurbano. La voluntad de lucha empieza a surcar el mapa nacional. La semana que culmina mostró la potente y combativa huelga de los trabajadores y trabajadoras vitivinícolas. Bloqueo de portones, marchas masivas, simpatía de la población.

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Las manos callosas, agrietadas por la tierra y el trabajo, portaron banderas, carteles. Se agitaron para cantar contra los empresarios del lujo y la ostentación. Como dijo en esta gran denuncia que hizo Lautaro Jiménez, senador mendocino del Frente de Izquierda, se acabó el tiempo en que el obrero de viña miraba al piso, sin levantar la vista.

Foto: Casandra Martinez/Diana Sotelo

La lucha de clases se mueve. Circula. Llega a nuestras retinas, también, desde Neuquén. Un corte de ruta y un grito: “unidad de los trabajadores”. Una pala mecánica moviendo toneladas de tierra. Un terraplén para cuidar a los manifestantes y hacer más sólida la medida de lucha.

Allí, en el sur nacional, los autoconvocados de la salud se rebelan contra las precarias condiciones laborales y los salarios de miseria.

La lucha de clases dice presente. Marca un sendero. Abre un camino por el que transitar hacia cambios estructurales. Hacia salidas de fondo que, afectando los intereses del gran capital, garanticen realmente la salud y la vida de las mayorías trabajadoras.




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