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Red Internacional
La Izquierda Diario

Las fantasías de una secretaria ejecutiva alimentadas desde el escritorio.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 26 de febrero | 12:35
  •  Te estoy viendo la carita desde el escritorio… no te preocupes. Ya se le va a pasar. Ellos son así, están bajo mucha presión y se la agarran con vos por una pelotudez y te gritan, pero después se les pasa. Sabés cuántas veces me gritó mi jefe y me echó de su oficina a las puteadas... Yo ya aprendí a manejarlo.

    Sofía susurraba parada al lado de la silla de su compañera Noelia. Minutos antes, el jefe la había llamado porque no la ubicó en el teléfono y le preguntó si la veía en el pasillo.

  •  ¿Noelia? Sí, la estoy viendo desde acá… - le respondió Sofía. Noelia volvía del dispenser con el termo recién cargado.

    Apoyó el termo en el escritorio. Sofía estiraba el cuello para mirarla por arriba de su monitor, con el teléfono en la oreja. Le hizo señas con la mano. Abría grandes los ojos y gesticulaba para que prestara atención a lo que decía. Noelia asintió con la cabeza.

  •  Ahí me dice que te llama - avisó y cortó.

    Noelia marcó rápido. El de su jefe es el único teléfono que se sabe de memoria. Él atendió el celular y el grito atravesó kilómetros en segundos. Estaba en un hotel en Montevideo. Quería que le cambiara el vuelo de regreso. Cuando cortó, a Noelia le temblaban las manos. Todo lo que había en su estómago se revolvió y una especie de bola empezó a subir, oprimida por las paredes del esófago y se quedó en la garganta. No podía concentrarse en lo que tenía que hacer, pensando en todas las cosas que hubiese querido responderle.

    Eran las 11:35. La llamada perdida del jefe aparecía en el registro de la computadora a las 11:32.

    ***

  •  Cada muerto es una torta que hay que repartir. Esta familia va a tener lo que le corresponde por el muerto…

    Hablaba por teléfono con un colega, con una pierna cruzada sobre la otra y la silla reclinada para atrás. Se acariciaba la nuca, mientras ensayaba los mejores argumentos para rebatir las pretensiones de los abogados de la otra parte. Le faltaba poco para cerrar un caso en el que trabajó muchos meses, por la muerte de tres operarios en una fábrica de la compañía. Estuvo nervioso durante ese tiempo. En el medio hubo elecciones, devaluaciones, golpes de mercado y no lograba cerrar el monto de la indemnización con las familias.

    Después de las últimas elecciones uno de los otros abogados del estudio pasó por atrás del escritorio de Noelia sin saludar y se metió a la oficina del jefe.

  •  ¿Y ahora? ¿Qué van a hacer los jueces federales?
  •  ¡Qué sé yo! no sabemos ni qué vamos a hacer nosotros - le respondió. Estaba leyendo las noticias. Todavía procesaba el resultado de la votación. Todavía no lograba cerrar el caso.

    Semanas después los diarios ya no hablaban del accidente ni de los tres obreros muertos. El sindicato había participado de reuniones con él y no había activado ninguna medida. La otra empresa involucrada ya se había hecho cargo de su parte. Todos los argumentos que había ideado, resultaron contundentes: se trató de un desgraciado error humano. La torta ya había sido repartida y el silencio estaba garantizado.

    La mañana siguiente al accidente, el jefe le contó a Noelia cómo había sido el hecho, cómo había caído un obrero, cómo había caído el segundo minutos después y cómo había caído el tercero, tratando de rescatarlos. Le dijo que había sido todo muy rápido. Le contó cuál había sido el problema, la señalización que faltaba. Pero eso se lo contó a ella. Su trabajo consiste en llevar al mínimo las consecuencias legales, políticas y monetarias, por esa clase de detalle que la compañía no tiene en cuenta. Su trabajo consiste en lograr que las familias entierren a sus muertos lamentando que no hayan estado más atentos cuando realizaban sus tareas.

    La mañana siguiente al accidente, dijo que esa noche no había podido pegar un ojo y que había soñado con los tres obreros. Meses después, el día que arreglaron la indemnización, llegó a la oficina relajado y sonreía. Ya estaba con otro caso. Parece que los cables de frenos de una combi de la empresa se cortaron. El vehículo, que afortunadamente recién iniciaba el recorrido y no había levantado a ningún obrero esa madrugada, se llevó puesto un poste de luz y se estampó contra el paredón de un corralón. Entre otros detalles, el jefe le contó a Noelia que las pastillas de freno estaban totalmente gastadas, pero ¿cómo responsabilizar a la empresa de la muerte del chofer, si no llevaba cinturón de seguridad?

    ***

  •  Ay Mirta... ¿Qué les dijeron los médicos?
  •  Hasta ahora no saben bien qué pasó, le van a hacer estudios y lo van a dejar internado, no pudo zafar del quirófano… estamos esperando...

    Esa mañana Noelia llamó a su jefe ni bien llegó al escritorio y la atendió la esposa. La mujer le aclaró que Ignacio se había descompensado. Desde el día anterior un fuerte dolor en el vientre le punzaba cada vez que se levantaba o se sentaba. Había pasado una noche terrible, yendo y viniendo del baño. Noelia escuchaba su anécdota mientras lo imaginaba retorciéndose en el inodoro. Cada tanto metía alguna acotación como “ay no te puedo creer”, “ay, qué dolor”.

    Al cortar Noelia imaginó que iba por un camino desierto y lo encontraba agonizante en un costado. Al verla, indudablemente, él empezaría a decirle desde el suelo a quién llamar, cómo proceder. Ella tomaba su teléfono y lo pisoteaba con los tacos hasta dejarlo inutilizable.

    Luego le decía que no iba a ayudarlo.

  •  Voy a sentarme a verte morir.


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