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Red Internacional

Escritura creativa.Cuento: "Volver a casa"

Reencuentro con la casa paterna. Recuerdos de infancia, nostalgia y miseria.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 7 de mayo | 10:57
Foto: @martinviene

Tuvimos épocas en las que las abuelas pagaban la ropa, los útiles, los uniformes de la escuela. Papá siempre tenía deudas. Nunca pudimos darnos ciertos lujos y aunque con mis hermanos nos peleábamos por quién había "cantado pri" por tal o cual juguete de la tele, sabíamos que no podíamos comprarlos.

La casa está sobre la ruta. Un planchón de cemento de más de tres metros de ancho tiende un puente arriba de la cuneta, entre la banquina y la rampa para el auto. Cuando iba a jugar a la casa de los Trott tenía que cruzar un puente de menos de un metro de ancho por arriba de la zanja. Los perros esperaban rabiosos del otro lado. Lo mejor era aplaudir bien fuerte antes de mandarse y esperar a que saliera la mamá de la Daiana.

Me gustaba observar los racimos de huevos de rana, como pequeños frutos rojos, pegados a los yuyos que crecían en el agua de las cunetas. Cada tanto aparecían tortugas de cuellos largos con líneas amarillas que parecían venenosas. A veces había mojarritas y siempre había millones de larvas de mosquitos. Cuando aparecían culebras, papá nos decía que no les hiciéramos nada, que ahuyentaban las yararás. También había botellas, bolsas de nylon y basura de cualquier tipo, atascada entre las ramas y las plantas acuáticas.

Cuando la cuneta estaba seca, los días de mucho calor y pocas lluvias, nos animábamos a meternos. Papá cada tanto les cortaba el pasto con la máquina por adentro. Era entonces cuando se podía bajar y subir con la bicicleta.

En la casa de la Daiana había una hamaca, una cinta muy gruesa de color blanco de tela sintética muy fuerte, que su tío había colgado de la rama de un árbol de toronjas. Pendía sobre la zanja como una liana. Hacíamos fila con los demás gurises del barrio para agarrarla, sentarnos, tomar impulso y zarandearnos a los gritos sobre el hueco de la cuneta. Las toronjas, pelotas verdes y rugosas que largan una especie de leche pegajosa, caían en el pasto o en el agua.

A mi sobrina le encanta tirar piedras a la cuneta. Cuando vamos a visitar al abuelo le resulta divertido quedarnos ahí, en la entrada, buscando piedras en el planchón. Las tira con sus bracitos lo más lejos que puede. Cuanto más grande es la piedra, más grandes son los círculos concéntricos que turban la calma de la superficie de la zanja y más grave es el glup que produce el agua marrón cuando se la traga. Más hermosa es la risa de mi sobrina, que retumba en el silencio del vecindario. Yo le busco una piedra tras otra. Cuanto más entretenida está jugando en la cuneta, más tiempo demoramos en volver a atravesar la puerta.

***

La casa está construida a más de un metro de altura con respecto del planchón. Esa parte de la ruta es la que más se inunda con las lluvias. Esa zona es como un pozo. Con las tormentas fuertes, el agua desborda las cunetas y avanza por la rampa de subida del auto, hasta el límite de la puerta garage. Todas las casas del barrio están elevadas y tienen puentes, escalones o rampas.

El colectivo escolar de Gollena pasaba igual, aunque el agua amenazara las puertas de las casas y convirtiera los puentes en caminos subfluviales. Amaba las mañanas oscuras, en las que mamá nos dejaba faltar a la escuela. Los compañeros que iban a pie faltaban con la lluvia, pero nosotros que íbamos en colectivo no teníamos excusas. Solo nos quedábamos en casa cuando la ruta se inundaba, aunque Gollena se animara a pasar despacito, como una tentación para mamá. Qué gloriosa sensación la vuelta a la cama, después de mirar el río de agua marrón por la ventana y el paso lento de Gollena con las ruedas sumergidas casi por completo.

Desde el frente, la casa parece una fortaleza. La puerta principal es de metal azul, de tres hojas muy pesadas que se volvieron cada vez más difíciles de abrir y cerrar. Siempre fue imposible entrar o salir sin que el resto de la casa se enterara, sin que nadie más oyera el chirrido de las bisagras. La punta de la hoja del medio cavó un semicírculo en el cemento del piso, con su arrastre rasposo.

El frente de la casa es un rectángulo largo, simétrico. La rampa y la entrada del garage están en el centro y a cada lado hay dos ventanas. Antes, en los jardines delanteros había rosales y canteros llenos de hortensias. La primera persiana de la izquierda es la cocina. La siguiente, la del cuarto donde dormían papá y mamá. Hacia la derecha, la primera persiana es el despacho donde trabajaba el abuelo y la última es el taller de papá. El garage separa el área de trabajo de la casa. Nuestra habitación y la de la abuela Julia apuntan las persianas al fondo.

Las paredes eran blancas. Todavía se adivina un celeste en las molduras de las ventanas y en el marco de la puerta. En las fotos viejas ese celeste se ve vívido, como las plantas florecidas del jardín, que acompañaban la subida del auto por la rampa y que con los años fueron desplazadas por yuyal. Desde la ruta se puede ver el fresno del patio que se levanta con una copa frondosa, como un hongo gigante o una nube verde, que cada tanto suelta una rama seca y podrida sobre el techo.

Las últimas veces que entré a la casa, solo pude abrir la puerta con una patada.

***

La última mascota mía que hubo en esa casa se llamaba Romané. Era un perro blanco, de tamaño mediano más bien chico, con una mancha negra que rodeaba su ojo izquierdo. Habíamos ido a buscarlo con mamá hasta una casa que quedaba entrando unos metros desde la ruta, sobre una callecita de tierra a pocas cuadras. Lo llevé hasta casa con fascinación en una caja.

Estuvo a punto de morir muchas veces. Se iba de casa y desaparecía durante días. Volvía lastimado por las peleas con otros perros, pero también apaleado y cada tanto con algún puntazo. Que sepamos nunca lastimó a nadie, pero era pendenciero. Era molesto. El barrio era suyo o al menos él parecía convencido de eso. Fue la mascota que más sobrevivió porque supo dominar la ruta. Flayback no tuvo la misma suerte. Un día una amiga de papá llegó a casa con la cachorrita en brazos, llena de pulgas y garrapatas. Logramos sanarla y limpiarla, pero no sobrevivió a la trampa de los autos feroces. Duró poco. Una vez vi cómo Fosforito era golpeado por el guardabarros de un auto en sus patas traseras, a unos pocos metros de mí. Llegué a casa desesperada y fuimos con papá a buscarlo con un cajón de frutas. Lo trajimos herido con sus ojos de susto profundísimo, sangraba. Sobrevivió. Esa tarde volvía de catequesis. Fosforito siempre me acompañaba todo el trecho hasta la capilla, a unos 500 metros derecho sobre la ruta y me esperaba. Se quedaba en la puerta de la sala de la iglesia hasta que la clase terminaba. Parecía una hiena por el color de su pelaje, entre gris y negro jaspeado, igual al de su mamá. La Chuchi era más parecida a una hiena todavía. Hacía días que daba vueltas por los alrededores de casa sin saber cómo acercarse. Me miraba jugar de lejos, hasta que un día nos perdimos mutuamente el miedo e intenté hacerle entender que sería mía desde entonces. Le ofrecí un pedacito de mi banana. Ella se acercó a olfatear la fruta con pasos cautelosos, aunque no le interesaba lo que le daba para comer. Solo olfateó mi mano. Ambos, madre e hijo, sucumbieron ante el peso de alguna rueda o el impacto de algún paragolpes. Papá enterraba nuestras mascotas en el fondo.

Romané era parte de la casa que jamás ignoraba los ruidos delatores de la puerta. Siempre aparecía desde el fondo, a los ladridos, por las dudas, hasta que reconocía la presencia familiar en la entrada. Los ciclistas que pasaban por la ruta lo odiaban. Los clientes de papá que llegaban con sus aparatos para arreglar, también. Nosotros lo amábamos. Y papá le salvó la vida cada vez que volvía hecho pedazos de sus caravanas y de sus disputas por las hembras del barrio. Se echaba sobre los trapos y los cartones donde dormía y ahí se quedaba. Papá le ponía curabicheras y productos cicatrizantes. Le acercaba el plato de comida hasta el hocico. En cuclillas, le acariciaba el cuello y la cabeza mientras le hablaba. Lo tranquilizaba con el retumbar suave y grave de su voz.

Nunca vimos a Romané muerto. Es probable que algún vecino no le haya tenido piedad. Una vez se fue como tantas y no volvió más.

***

La patada empujó el metal derruido y las bisagras chirriaron. El olor a perro y gato sucio que se abalanzó anunciaba la presencia de más de un animal. Una perra flaca y negra, con la piel pegada al costillar, se acercó. Traía prendido un olor mucho más fuerte que la mugre. Tenía una pata delantera quebrada. Un auto la había golpeado.

Papá sacrificó algunos animales en su vida, que estaban en las últimas. No por crueldad propia, sino por piedad ante la inhumanidad ajena. Una vez intentó pegarse un perro grande que tenía el rabo cortado como con un machete. El olor a animal abicheado era insoportable. Intentó esconderse por muchos rincones, hasta que el aire comprimido de papá lo liberó de su suerte. Nosotros hubiéramos salvado a todos y cada uno de los animales que se acercaban a la casa, pero la plata nunca era suficiente. Papá intentaba que no nos enteráramos.

Papá miraba a la perra con parte de su carne rosada y el hueso al aire.

  •  Hace poco estuve cinco días sin comer. Te puedo decir que conocí lo que es el hambre. El quinto día casi me desmayo, las piernas me temblaban, no sabés mija... No le quise pedir al almacenero, le debo un montón de plata, demasiado me ha dado fiado. Ya cuando me puse así me acerqué a la casa de las vecinas que me dieron un guiso para comer y ahí me recuperé. Después gracias Dios me entró algún que otro trabajo y fui zafando y las vecinas siempre me tiran algo, pero eso sí que fue una experiencia…

    Terminó la frase con un gesto risueño, el mismo con que cuenta las anécdotas de la colimba, como encontrándole el chiste al sufrimiento. Habíamos ido con mi sobrina a visitarlo con un poco de carne, ensalada y algunas cosas dulces que habían sobrado de la cena de año nuevo.




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