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Red Internacional

Escritura creativa.Cuento: "Sueños y peligros en la casa de la hamaca"

Historia de una mujer trabajadora III. Las amenazas de los poderosos y los derechos básicos insatisfechos, ensombrecen las infancias.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 9 de abril | 10:36

Paz y Anita juegan en la hamaca que la abuela Amelia colgó de una rama de la magnolia. Paz tiene 9 y Anita 5. Se turnan para subirse y empujarse mutuamente, no sin un poco de pelea. Hablan de jueguitos para el celu, de las vecinas del barrio, dibujitos y de los hermanos menores de ambas.

Cada tanto, cuando quieren volar con más fuerza, le piden a Ángel, papá de Anita, o a Esperanza, tía de Paz, que las hamaquen. Él y ella las cuidan desde unas reposeras a pocos metros. Es una noche fresca de verano, perfecta a pesar de los mosquitos. Las nenas no paran de hablar y ríen, con los pelos sueltos que flamean en el aire, alcanzadas apenas por la luz tenue de un farol del exterior de la casa. Ángel y Esperanza también ríen y participan de la conversación.

Hasta hace pocos meses, cuando aún vivía Juan, abuelo de Paz, la superficie sobre la que ahora pende la hamaca era un pastizal lleno de basura, escombros y pedazos de vidrio. Amelia lo recuperó. Después de sacar la basura y los muebles arruinados de adentro de la casa, avanzó con ayuda de sus hijas sobre el terreno. Desmontaron a machetazo limpio y levantaron toda la chatarra que había desparramada. El día que colgó la hamaca para sus nietos, fue toda una celebración.

Esperanza colabora en la limpieza cada vez que va de la ciudad al pueblo. Por lo menos una vez al mes se escapa para estar ahí. Recuerda a su papá con cada cacharro que levanta del suelo. Busca el olor a tabaco cuando recorre los cuartos. Trabaja codo a codo con su mamá, que se acaba de instalar. Ángel va siempre a la casa para verla a ella, pero le resulta imposible quedarse quieto, mientras madre e hijas no paran de trabajar. A los pocos minutos de entrar, como quien no quiere la cosa, ya tiene en las manos una pala o una azada y se pone a colaborar con la labor. Lo mismo pasa con otros amigos o parientes cuando se acercan a visitar. Como por efecto de un contagio, en seguida agarran una herramienta y se ponen a trabajar.

Esta noche de sábado, mientras las nenas juegan, Ángel y Esperanza descansan después de una jornada larga al sol. De repente, Paz, que tiene la costumbre de transformar todo lo que ve en una canción, les dijo desde arriba de la hamaca:

  •  Escuchen, escuchen, tengo algo para ustedes:

    “Qué peligro, qué peligro, qué peligro

    Ir a la casa de Juan

    porque andan muchos bichos

    debajo de las piedras

    Qué peligro, qué peligro, qué peligro

    cuando vas a la casa de Juan

    porque tenés que ponerte repelente

    o los mosquitos te picarán

    Qué peligro, qué peligro, qué peligro

    Ir a la casa de Juan

    porque viven unas chicas

    que te pondrán a laburar”.

    ***

  •  ¡No quiero que mi papá se separe de Diana!

    Paz llora desconsolada. Acaba de llegar después de pasar un fin de semana con su papá, en la casa que alquila con su pareja y los hijos de ella.

  •  Si se separa no vamos a vivir en la casita nueva… no la pude ni conocer todavía…

    Su abuela intenta calmarla. La pareja de su papá acaba de ser sorteada, después de más de una década de papelerío, un centenar de trámites y anotarse año a año sistemáticamente, para que le entreguen una casita de dos habitaciones con un plan de pago accesible, en un barrio popular. La beneficiaria es ella, no su pareja ni mucho menos Paz.

    Hace meses que habla con entusiasmo en los ojos de esa casa nueva. Sabe que su papá, remisero, está complicado para alquilar. Pero este lunes por la mañana llegó hasta la casa de su abuela Amelia afligida porque lo escuchó discutir fuerte con Diana.

  •  ¡Yo ya tengo mi casa, no necesito tu plata, me voy a ir a la mierda no te quiero ver nunca más! - dice que le dijo la mujer a su papá.

    ***

  •  Ya te dije mamá… olvidate. De acá no nos sacan, por algo nunca desalojaron a papá.
  •  Pero hija… ese hombre dice que tiene todos los papeles, que la casa es suya, que tu padre le debía mucha plata…
  •  Mamá, ¿no me escuchás? No te van a desalojar. Más le vale que no esté yo la próxima vez que caiga este tipo… es dueño de medio pueblo, qué carajos tiene que venir a joder acá…
  •  Ay hija… ¿pero no es lo que corresponde?
  •  Lo que corresponde es que vos vivas acá tranquila, sin pagar alquiler, hasta el último día. Papá te debía más a vos que a nadie.

    Esperanza y Amelia discuten sin cuidar el tono. La visita del hombre del campo que reclama los derechos sobre la propiedad que les dejó Juan, las puso nerviosas. Ninguna se percató de que Paz estaba del otro lado de la puerta, hasta que entra de golpe a la habitación.

  •  ¿Nos van a sacar la casa?

    Ambas giran la cabeza y la miran sorprendidas.

  •  No mi amor - le responde su tía y le acaricia la cara.

    ***

    Anita ya anda con sueño, así que los cuatro abandonan la hamaca y se sientan en la galería. Anita se recuesta en el respaldo de una mecedora y empieza a cabecear. A Paz todavía le queda energía. Está quieta, pero no para de hablar.

    Ángel ya está con cara seria. Mañana es domingo pero le toca hacer extras en la cadetería igual. Va a tener que pedalear por lo menos hasta el mediodía. Paz está sentada al lado suyo.

  •  Ángel, ¿cuál es tu sueño?

    Él la mira de reojo, pero hace como que no la escucha.

  •  Ángel, Ángel, Ángel… ¿cuál es tu sueño?
  •  ¿Mi sueño?
  •  Claro, algo que vos digas, esto me gustaría que pase. Yo por ejemplo, quisiera transformarme en vampira.

    Anita ya está dormida en la mecedora. En la noche no se escucha nada más que los grillos y las hojas de los árboles que se mueven con la brisa. Unos perros ladran lejos. Ángel mira pensativo por unos segundos para abajo, hasta que levanta la cabeza y mira fijo a su hija. Paz, que espera increíblemente en silencio, no le saca la vista de encima.

  •  Mi sueño es tener una casa para mí y para la Anita.
  •  ¿Y el tuyo tía?
  •  El mío es que todos tengamos una casa.

    ***

    Historia de una mujer trabajadora I:"Hasta que la menor termine la secundaria"

    Historia de una mujer trabajadora II "Ni suya, ni de sus hijos"

    ***

    Continuará




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