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La Izquierda Diario

Historia de una mujer trabajadora II. El sueño del techo propio.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 19 de marzo | 11:57
  •  Mamita, arreglamos el techo y vos acá adentro hacés lo que querés...

    Ella revolea los ojos en un recorrido rápido por las paredes de aquella cocina mugrosa. Su exesposo acaba de fallecer. Ella, una trabajadora de casas particulares, cobra apenas una pensión por discapacidad y está sin trabajo. Liberarse de la pesada carga del alquiler, es el sueño de su vida.

    Desde el techo hasta el piso, las paredes presentan un degradé que arranca con manchones bien oscuros. El negro que se expande también por los bordes del techo, se aplaca a lo largo del primer tercio de la pared. Más abajo aparecen manchas blancas que se mezclan con los restos del amarillo que se supone sería el color original. Todo está teñido por el tizne de la salamandra y del tabaco de su ex marido, que murió después de 45 años de tabaquismo.

    Las tulipas de la lámpara están absolutamente recubiertas por una especie de acolchado de telarañas grises. Por todas partes, arañas de culos negros gordos. La ventana de la cocina que da a la ruta está recubierta de grasa. La imagen a través de ese vidrio parece una foto sepia. El piso es de material, sin cerámicos, totalmente negro de tierra y cenizas, jamás baldeado.

    El olor a humedad por las filtraciones del techo, se mezcla con el olor de las décadas de cigarrillo y de casi nula limpieza. La cocina sigue sin tener agua corriente. Pensar que cuando ella vivía ahí acarreaba los platos sucios en un latón, como 40 metros hasta el lavadero. En una de esas andanzas se cayó estando embarazada. La cuchilla grande cayó de punta al pasto, al ladito de la panza.

    Sabe que los problemas de columna por los que tuvo que ser operada tan joven, son consecuencia de haber trabajado tanto en aquella casa. Cuando se separó, en pleno 2002, estaba prácticamente postrada del dolor.

    Su exmarido nunca le pasó la cuota alimentaria. Ella, que apenas vivía con un plan Jefes y Jefas, acudió a un abogado. Nunca logró que el padre se haga responsable de las cuatro bocas y terminaron en un juicio por alimentos. Después de años de idas y venidas, cobró la mitad de lo que tendría que haber recibido por alimentar al último de sus hijos hasta la mayoría de edad.

  •  Mamita… que vos vivas acá hasta el día que te mueras, es justicia. Esto es tuyo.

    Las palabras de su hija mayor le producen una gran alegría. Encontrarse con esta recompensa que ni esperaba… Ella, con casi 60, todavía tiene energía para trabajar, pero si es en su propia casa. Ya no está para seguir limpiar casas ajenas ni changuear tanto. Sin pagar alquiler las cosas cambian y tendría tiempo para dedicarse a arreglar esa casa.

    Se ríe por dentro. Piensa en las vueltas de la vida: la liberación que busca está en ese rancho del que huyó cansada de sentirse un trapo de piso, dueña de nada.

    ***

    Pasaron dos meses. Con el solo hecho de sacar la basura acumulada, el olor a humedad fue lo que más retrocedió. Con la primera limpieza, la más gruesa, sacó la conclusión de que los problemas de la casa tienen más de abandono que de estructurales. Eso hace más baratos los arreglos.

    Ahora está contenta, porque le dijeron que es probable que se venda la casa de su mamá, que murió en la cuarentena. Con la venta de esa casita, luego de la repartija con sus siete hermanos, algo le quedaría para arreglar el techo, que es lo más caro. Lo demás, de a poquito y con mucha creatividad.

    Ya se lo había dicho su hija: a esta casa hay que ponerle plata, pero más que plata, maña. Y ella, además de una excelente trabajadora profesional en la limpieza, es consciente de que tiene oro en las manos. Es una perfecta albañila, pintora, carpintera, soldadora, talladora, reparadora y otros oficios. Sabe usar cualquier herramienta.

    Tras sucesivas aplicaciones de vinagre y lija removió el sarro de la bañera. Increíblemente, volvió a estar por completo blanca. Los vidrios ya dejan ver una imagen nítida del otro lado. Le dio una lijada a las paredes de la cocina y el cuarto, pero todavía por supuesto no ha podido pintar. Primero hay que arreglar las filtraciones. La humedad es un problema importante, pero parece menos grave a medida que se ventila.

    Ya no hay telarañas en la casa y se redujo enormemente la cantidad de cucarachas. Parece que logró matar los nidos de hormigas que había activos y hundían los pisos.

    Los pocos muebles que no quemó y que estaban tapados de hongos, ya están secos. Lástima que por mucho que los airee, parece imposible que la madera largue ese olor a humedad.

    El perro de su ex anda triste y hociquea por los rincones, mientras ella arrasa con los vestigios de la desidia que aún sobreviven.

    Esta semana, la noticia del hombre del campo que quiere comprar la casita de su madre, le alegró la vida. Esa plata no le hubiera alcanzado para nada sin un terreno ni un rancho de arranque.

    ***

  •  ¡No señor, por favor, no se los lleve! Pero no…. por favor, ¡esos muebles son míos!

    El juez ordena a los policías que no paren de sacar las cosas de la casa. Lo que había de antes, lo que había llevado ella. Levantan todo. Los sillones de jardín de hierro que pintó de verde. Los muebles que trajo de la casa de su mamá, es decir, ¡parte de su poca herencia!

  •  Señor, por favor, eso no tiene nada que ver, eso es mío…

    Nadie escucha sus súplicas. Pierde todo. Hasta bolsas con su ropa cargan en unos camiones.

    Y ella que se deslomó todos estos meses para recuperar esa casa… ¿Cómo pudo creer que esta vez iba a tener suerte? Si hasta el santo desconfía cuando la limosna es grande. Ahora a dónde va a ir… si hace meses que no consigue más que una changa de vez en cuando. A duras penas vive y le alcanza para comprar cositas en la casa, con la pensión y los laburos de limpieza y cuidado que van y vienen. ¿Qué mierda va a alquilar ahora que está todo mucho más caro?

    Abre los ojos y se da cuenta de que todavía está a salvo: el desalojo era una pesadilla. Recuerda que antes de dormirse pensaba en la aparición de otro señor, de otro campo, que hace unos días le tocó timbre y le mostró unos papeles. Dice que su ex le cedió los derechos sucesorios de la casa, a cambio de que él se hiciera cargo de la deuda que mantenía con ella por alimentos, hace unos años.

    Las vueltas de la vida, piensa. Ríe por dentro y repite las palabras que le dijo el señor:

  •  La casa no es suya, ni de sus hijos.

    Historia de una mujer trabajadora I: "Hasta que la menor termine la secundaria"

    ***

    Continuará




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