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LIDTERATURA//CUENTO INFANTIL

Cuento: Guillermo y los duendes de la Quebrada

Finalmente llegó el día, Guillermo pudo encontrarse con lo que siempre esperó: los duendes de la Quebrada. Juntos vivieron una tarde inolvidable de aprendizajes y canciones.

Ana Carolina Paez

Docente de Educación Especial - Agrupación Marrón

Jueves 23 de abril de 2020 | 13:07

Se asomaba la noche, pero Guillermo no quería dejar de explorar, él ama los sábados por la tarde, porque los sábados por la tarde significan “Visitar su lugar favorito”.

Guillermo tiene 10 años, le gusta tocar la guitarra, los rosquetes de su abuela Ofelia, nadar y trepar montañas.

Lo que no le agrada mucho es hacer las tareas de la escuela, sobre todo cuando hay que hacer divisiones y memorizar las tablas, pero como su mamá es muy buena para convencer a las personas, hizo un trato con él. Las tareas deben estar completas hasta el viernes por la tarde y así, sólo así irían dos sábados al mes a pasear a su lugar favorito: la Quebrada de San Lorenzo.

Aquel sábado fue diferente, fue muy especial e inolvidable para nuestro amigo Guillermo.

Margarita, la mamá y Ofelia, la abuela se quedaron en el castillo de San Lorenzo, una de las edificaciones más viejas, más antiguas de Salta, fue creado en 1903 por uno de los primeros habitantes de la zona, un italiano que se casó con una salteña.

Durante muchos años ese castillo estuvo abandonado y después un inglés lo compro, para hacer del lugar un atractivo turístico y actualmente funciona como hotel y restaurante, donde preparan unos sabrosos té que tanto les gusta a Margarita y a Ofelia. Pero Guillermo no las acompaño, él continuó su camino directo a la quebrada, obviamente con su guitarra colgada de su menuda espalda.

Era una siesta tranquila, sólo se escuchaba el agua que corría por el río, uno que otro cantar de pájaros y las melodías de las cuerdas de la guitarra de Guillo, como le dice su mamá.

De repente escuchó cerca de él unas risas muy contagiosas, Guillermo permaneció sentado, silenció su guitarra, miró a todos lados pero no vio nada extraño, "lo debo haber imaginado", pensó en voz baja y continuó tocando la canción de COCO que tanto le gusta.

Otra vez lo interrumpió esa traviesa risa, Guillermo se paró sigilosamente sin dejar de hacer sonar su melodía, miró a todos lados, se detuvo un segundo y con voz de emoción grito: - ¡Sé que están ahí!, ¡los puedo oír!
Y con entusiasmo continuó cantando su canción elegida para el concurso de talentos que organizó su escuela.

  •  ¿Quieren cantar conmigo?, pregunto algo ansioso.
    Detrás de unas rocas alcanzó ver unas orejas puntiagudas y detrás de un árbol divisó unos zapatitos con unos coloridos pompones.

    El corazón de Guillermo latía como un bombo en plena peña del abasto, dejó su guitarra en el piso, caminó hacia ellos, no podía creer que los había encontrado, que finalmente su sueño de encontrarse con los duendes de la quebrada se hacía realidad.

    Se miraron los tres, sorprendidos y anonadados, los traviesos duendes se rieron y con sus manitos pequeñas le indicaron que los siga. Guillermo avanzó detrás de ellos, ¡ups!, mi guitarra!, exclamó exaltado y se volvió a buscarla, la guardó en la funda y se la colgó en la espalda para alcanzar a sus traviesos amiguitos.

    Caminaron rodeando arroyos de aguas cristalinas, los pequeños gnomos conocían todo sobre la quebrada y le enseñaron a Guillo que su flora se basa en cinco tipos de árboles, árboles de diez a quince metros de altura, otros de menos de diez metros, hierbas altas o arbustos y el musgo, que todas estas características le permiten el desarrollo de una rica fauna con una gran variedad de especie aves, anfibios y reptiles.

    Cansados de caminar, se sentaron sobre unas rocas a orillas del río, Guillermo los abrazó y les dijo que él sabía que algún día los iba a encontrar y ese día era aquel sábado especial e inolvidable. Sacó su guitarra de la funda, y comenzó a tocar “El latido de mi corazón”.

    Mientras cantaba cerró los ojos, porque eso le permitía mayor concentración, estaba tan involucrado con la canción que no escuchó los gritos desesperados de su mamá:
    - ¡Guillo!, ¡Guillo!

    Al verlo tan feliz cantando, ambas quedaron en silencio, intercambiando miradas de complicidad y satisfacción.

  •  Te lo dije, dijo Ofelia susurrando al oído de su hija.

    Y allí estaba Guillermo, sólo con su guitarra y sus pícaros amiguitos se habían escondido a tiempo.

    FIN







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