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Red Internacional

Escritura creativa.Cuento: "Este lugar ya es nuestro"

Sueños húmedos de una escritora I. Historia sobre vivienda, pandemia y precarización.

Soledad FloresPeriodista y escritora

Viernes 26 de marzo | 12:30

Mira una app para copiar ideas de decoración. El scroll hace desfilar ante su vista centenares de imágenes de ambientes con todas las comodidades, la última tecnología en iluminación, calefacción y amoblamientos, combinada con obras de arte, elementos de colección, antigüedades, electrodomésticos.

En un mundo comunista, -una sociedad de productores libres asociados, o una sociedad sin patrones, ni Dios, ni Estado- , las casas de todos serían verdaderas mansiones, pero no como las burguesas, piensa. La ostentación fatua, el fetichismo, el exceso, son valores que desaparecerían. El lujo como lo viven los ricos, desacoplado de la sustentabilidad y de toda racionalidad, desaparecería. No así el confort.

Imagina un nuevo concepto de urbanismo y arquitectura, en que la base estructural en cada hogar sea estándar. Los electrodomésticos, las fuentes de energía, el abastecimiento de los recursos básicos como el agua, todo eso sería más o menos igual para cada unidad de vivienda, ajustándose, claro está, a las necesidades particulares de cada grupo o sujeto.

Las casas serían ecológicas, además de económicas, sin que esto altere de ninguna manera la comodidad. En armonía con la naturaleza y con respeto al imperio de una sola ley -“de cada quien según su capacidad y a cada cual según su necesidad”- cada persona podría decorar y equipar su casa con total libertad. Cada quien tendría la posibilidad de imprimirle a su lugar en el mundo, su propio estilo.

Lo último que ella hizo en el departamento que alquila, fue colgar una guirnalda de luces led chiquitas, que atraviesan de lado a lado el taparrollos de la persiana del comedor. El encendido de la guirnalda es un botón en una cajita de plástico berreta. Apretándolo una vez tras otra se pueden elegir distintos ritmos para el titilar de las luces o dejarlas fijas. La compró un mediodía, la colgó, bajó la persiana para probarla, la prendió, la amó, subió la persiana y la apagó. Durante varios días pensó para qué podía servir esa hilera de luces tenues.

  •  Es una pena que para leer no sea suficiente - evaluó.

    Hasta que una noche descubrió que es la luz perfecta para escribir. Se sentó en la computadora, apretó varias veces el botón hasta que las luces quedaron fijas y escribió la historia de Ángel.

    ***

    Ángel vive en el tercer piso de un monoblock de un barrio obrero conocido como el 214, “el Dosca”. Se conocieron hace poco, cuando ella viajó al pueblo a visitar a su familia. Se lo presentó Mariana, su hermana menor, un día que fue hasta el barrio con ella y su cuñado Franco, a fumar y charlar un rato.

    Cuando Ángel les abrió la puerta se ataba el pelo castaño ondulado, largo hasta los hombros, en un rodete que le quedó como una orejita sobre la nuca. Cuando se sentaron en el living comedor, notó su cara de pibe. Paralelo a la conversación y a la fumata que fluía, comenzó con la inspección a fondo. Lo vio muy alto. Luego supo que mide 1,90. La piel amarronada le hace honor al apodo: “el Negro”. Es ancho de espalda y desde los hombros a la cintura tiene forma triangular. Sentado en un sillón cama del comedor no podía observarlas bien, pero aun flexionadas y con los codos apoyados sobre las rodillas, notó que tiene muy buenas piernas. ¿Efectos colaterales de ser repartidor? Su hermana le había contado que labura de cadete en bicicleta. A ella le parecieron piernas de futbolista.

    Cuando Mariana y Franco se fueron con una excusa, habían pasado unas dos horas. Le habían dicho que Ángel era tímido, sin embargo fue él quien rompió el hielo. Le empezó a hacer preguntas sobre la vida en la ciudad.

  •  Es morocho, zurdo y fumón como te gustan a vos - le había adelantado Mariana. La descripción y una foto la convencieron de aceptar la cita.

    Cuando se quedaron solos, Ángel ya le caía simpático. Lo que más le gustaba era su sonrisa ancha, de labios gruesos y con dientes perfectamente blancos. También los ojos marrones que por momentos le parecían de pibe y por momentos de tipo. Le habían encantado las manos grandes, con uñas cortas y dedos prolijos, que miraba con detalle cada vez que le pasaba el porro.

    Ya había pasado otra hora más. Ella le pidió el baño. Cuando salió, Ángel estaba parado en la ventana, en la otra punta del comedor. Miraba la madrugada del Dosca. Se dio vuelta rápido cuando la escuchó. Ella avanzó y se paró cerca suyo.

  •  ¿Me puedo quedar a dormir? Si es que estoy invitada… - le preguntó risueña.
  •  Sí, por supuesto, más que invitada.

    Le preguntó dónde estaba su habitación. Le dijo que al igual que el baño, estaba del otro lado de una cortina de tela azul gastada. Fueron ahí. Ángel apagó la luz. Ella se sacó la ropa. Él se sacó la suya. Cuando se acercó para darle un beso, ambos sentados en el borde de la cama, sintió que Ángel temblaba. Le pareció que besaba bien. Se acostaron. Siguió tocándolo. Le gustaba la forma en que se le presentaba todo su cuerpo. El ventilador de techo estaba a full para ahuyentar los mosquitos. Alrededor de la cama, en el cuarto solo había un ropero, una silla y una docena de plantas de marihuana que cogollaban. El perfume del ambiente se intensificaba con cada seca que fumaban.

    Respiraba agitado y le preguntaba cosas de manera muy respetuosa. Llevó un rato que lo sintiera más relajado. Pero estaba atento. Ella estaba boca abajo y él estaba arriba suyo. Ángel balanceaba su cuerpo hacia atrás y adelante despacio, como con miedo de chocar su musculatura contra ella.

  •  Me gustaría que me hagas eso, pero con todo… - le indicó.
  •  ¿Así?

    Quedó fascinada con la ejecución de su pedido.

    La luz del amanecer apenas empezaba a entrar por las hendijas de la persiana. Empezaban a pasar ruidosos los primeros colectivos que levantaban obreros y trabajadoras camino al pueblo. Ya habían hecho varias cosas. Ya se habían tocado todo. Sabía que toda su piel era suave. Estaba arrodillada en la cama, concentrada en su puño apretado que subía, bajaba y rebotaba contra el matorral de vello negro en el centro del cuerpo de Ángel, cuando miró para el lado de la ventana y pudo verle por primera vez las piernas estiradas, totalmente desnudas. Sus pies largos, prolijos como las manos, pusieron punto final al recorrido de los ojos embobados ante las curvas de esas dos torres prototípicas. Tuvo que montarlo.

    Una vez arriba de Ángel se concentró en su cara. Tenía el pelo suelto, convertido en una porra despeinada de mechones gruesos. La miraba fijo desde el centro de ese revuelo con los ojos marrones oscuros. Tenía las manos cruzadas por debajo de la nuca. Con el tórax bien abierto, los pectorales estirados y los codos en punta, el triángulo morocho que se escurría bajo su pubis se veía más grande. Ruidos de perros, gatos, ranas, grillos, chicharras, loros, trinar de pájaros de todo tipo, entraban por la ventana. Amaneció montada arriba de un repartidor, en un monoblock de las afueras del pueblo, cerca del monte, y sintió que estaba garchándose a Tarzán de la selva.

    ***

    Al tercer o cuarto encuentro, Ángel actuaba con su cuerpo sobre el de ella mucho más decidido que al comienzo. Nunca perdió la dulzura aniñada con que pregunta algunas cosas o pide permiso, pero fue dejando salir otro tipo de contenido cada vez más frecuentemente: “Me cagaste a conchazos. Me encanta que te chorrees toda. Me chupaste la verga mirando el partido de Boca”, son algunas de las cosas que le ha dicho y a las que suele responderle que es un "pendejo guarango".

    No solo sigue al pie de la letra sus instrucciones. La sigue en todo:

  •  Si yo soy Tarzán, ¿vos sos la chica inteligente que viene a educar al mono?

    ***

    Hace más de dos años que trabaja de repartidor, sin ningún derecho laboral. A veces pedalea durante horas para pagar la base que le cobra la agencia y deuda. Antes tuvo muchos trabajos precarios y sin registrar. Sus trabajos en blanco fueron dentro de la política del plan “Joven Progresa", por el que los empleadores acceden a mano de obra barata y fresca con medio sueldo subsidiado por el Estado. Después de tres meses, el empleador decide contratar al joven de manera permanente y hacerse cargo del 100 % del sueldo, o buscar otro postulante. Es fácil adivinar qué hacen los pequeños comerciantes del lugar.

    Le hubiera gustado estudiar ciencias políticas, pero esa carrera no está en el pueblo. Probó varias opciones pero siempre tuvo que dejar por problemas laborales o económicos. Cuando tenía 24 nació su hija. Las cosas se complicaron más. Con el tiempo empezó a anotarse a carreras para figurar como estudiante y no perder el plan.

    Como repartidor, el trabajo tuvo un boom los primeros meses de la pandemia, pero actualmente hay una malaria bárbara. Las mensajerías se multiplicaron. Había 3 al comienzo y ahora hay más de 10. La más grande emplea a más de 100 repartidores. Hay algunas más que cuentan con 40 o 50, como el caso de la suya. Después hay muchas menores de 10 empleados o menos. Difícil saber cuál paga peor y funciona de manera más irregular. Con el parate económico, todo aquel que tenía una bici o una moto se puso a cadetear. Ahora la gente tiene menos plata, menos miedo al virus, hay más crisis y mucha más competencia.

  •  La gente ya hace cualquiera, pero la gorra no te deja sentarte en la plaza tranquilo. El otro día estábamos con un par tomando una birra al aire libre y nos sacaron cagando. Cuando nos íbamos, vieron que uno de los pibes encaraba para una moto. Ahí nomás se la sacaron. Gorra de mierda, como si no supieran que el pibe la usa para laburar…

    ***

    Recorría la casa. Buscaba un lugar para masturbarse. La primera opción que evaluó fue el baño, mientras hacía pis sentada en el inodoro. Observaba detenidamente las paredes de aquel ambiente, iluminado en plena madrugada con la claridad que entraba por el ventiluz. Los azulejos eran chiquitos, de distintos tonos de azul, con mandalas florales simétricamente distribuidos por toda la pared.

    Frente al inodoro, a medio metro del piso, había una especie de plataforma recubierta con el mismo diseño de azulejos, un escalón grande que sobresalía de la pared. Parecía un altar y le pegaba directo un rayo de luna que atravesaba el ventiluz. Pensó que podía ser un buen lugar para tirarse a tener un orgasmo, pero salió del baño.

    Andaba semi desnuda por la casa, en tanga y en tetas. Era verano y la noche estaba fresca. Caminaba descalza por los pisos de madera lustrosa, con cuidado para no despertar a los demás. Estaba en la planta alta. Al mirar por una baranda para abajo, se veía la recepción de la mansión. Caminó por el pasillo hasta chocarse con la pared del frente de la casa, un semicírculo de paredes blancas con grandes ventanas de vitraux. A través de los vidrios, decenas de colores teñían los rayos de luz pobre que entraba desde los faros de la calle. Veía cómo esos colores que se proyectaban en el piso de madera, se le subían por la piel desde los empeines, las piernas, el pecho, a medida que se acercaba a la pared. Se empezó a excitar.

    Miró para la derecha. Saliendo del pasillo por una puerta de vidrio, se iba hacia una terraza blanca larga que daba hacia el patio delantero de la mansión. Desde allí se podía ver de cerca la copa de los árboles del jardín. Cuando se acercó, vio que estaban todos decorados con guirnaldas de luces blancas apagadas. Las ramas estaban llenas de cables transparentes que las recorrían.

  •  Mirá vos la guita y la energía que gastaban en boludeces estos soretes…- se dijo en voz baja.

    Se calentaba más todavía. Comenzó a probar las guirnaldas. Apretaba los botones de encendido y observaba las distintas formas de titilar que ofrecía cada una. Todavía estaba conociendo la casa. Se sentía aún fresco el olor de sus antiguos ocupantes y el recuerdo de sus súplicas vanas. No había vuelta atrás.

  •  Este lugar ya es nuestro... - pensaba.

    El regocijo la recorría de manera más intensa, cada vez que prendía una guirnalda y apretaba frenéticamente sus botones.

    Se despertó con ganas de hacer pis y con la mano en la bombacha empapada. Acababa de tener un orgasmo. En la otra mano todavía tenía el celular agarrado.

    Se había dormido editando la historia de Ángel.

    ***

    Continuará




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