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Opinión.Cristina, el sentido común y el fracaso de la batalla cultural

Este 24 de Marzo la vicepresidenta recordó las consecuencias económicas y culturales de la dictadura militar. Sin embargo, en su relato hay demasiados grises.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 26 de marzo | 22:43

“Se ha transformado completamente en el disfraz que lleva puesto”. . Cómo provocar un incendio y porqué.

Encerrado entre los muros de la prisión de Turi, Antonio Gramsci escribió que “no existe un sentido común solo, sino que también el sentido común es un producto y un devenir histórico”. Aquel cerebro, que un fiscal fascista intentó condenar a veinte años sin funcionar, también puso sobre el papel de sus Cuadernos que “el proceso de difusión de las concepciones nuevas ocurre por razones políticas, o sea, sociales en última instancia” [1].

De sentidos comunes habló, a su manera, Cristina Kirchner este 24 de Marzo. Haciendo gala de la clásica flexibilidad peronista, sentó en primera fila de un acto contra el golpe genocida a un ex carapintada y actual represor. Aval político explícito. En épocas pasadas la hubieran acusado de “destituyente”. Pero la remembranza política escasea en el oficialismo.

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Memorias, olvidos y silencios

La vicepresidenta definió, entre otras cosas, que “fue tanto el dolor que generaron con las desapariciones y las torturas que a veces se pasa que lo hicieron para imponer un modelo económico (…) lo que se modificó fue una matriz económica y un sentido común”.

Aquella dramática herencia tiene números duros, marcados. Caminando en las botas de los genocidas, apretando los dedos que apretaban los gatillos, el poder económico avanzó contra las mayorías trabajadoras para imponer un nuevo orden funcional a sus intereses. La fuerza del capital financiero se expandió como mancha de aceite sobre el cuerpo social.

En sus orígenes, allá por 2003, el relato kirchnerista ofreció una vocación redentora. Recordando la brutalidad entregadora de los años de plomo y su secuela menemista, prometió construir otro sentido común. La promesa se hizo, cierto es, surfeando las olas de un país conflictivo y conflictuado, que acaba de eyectar a un presidente.

Aquella épica, sostenida en el verde dólar de las commodities, construyó y reconstruyó enemigos a medida. A lo largo de doce años, sin faltar a la verdad, el kirchnerismo gobernante recordó el pasado golpista de muchos de sus rivales políticos, pasando por la casta judicial, Clarín, la Sociedad Rural y otros.

Sin embargo, el relato no creó sentido común. La batalla cultural no pasó de escaramuza. El poder real de los herederos del golpe persistió, casi intacto, al calor de las “tasas chinas”.

Los simbolismos de la llamada década ganada no alcanzaron, por ejemplo, a la Ley de Entidades Financieras [2], esa brecha abierta en el cuerpo sangrante de la sociedad para facilitar el paso al gran capital financiero.

Por algún extraño motivo- que el mundo progre se resiste a explicar- aquella norma mantiene vigencia. Sus modificaciones, siempre parciales, dejaron intactos los mecanismos esenciales que garantizan el poder de grandes bancos y especuladores financieros.

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Videla y cía. fueron, también, el rostro violento de un salto sideral en el endeudamiento. Lo recordó este miércoles la vicepresidenta. Recordó, también, la estatización de la deuda privada llevada cabo por el régimen genocida. Lo hizo buscando construir un vínculo directo entre aquella medida y el ciclo cambiemita. Sin embargo, el apellido Macri -significante vacío a llenar con escarnios- no parecía incomodar tanto cuando se celebraban negocios espirituosos con Franco.

Paradojas del discurso, aquella denuncia no conlleva consecuencia alguna. Furiosos denunciantes del saqueo cometido contra la nación, desde el kirchnerismo se proclaman, al mismo tiempo, “orgullosos pagadores seriales”.

¿Cómo construir un sentido común opuesto al nacido durante la dictadura si se dejaron intactos gran parte de los pilares de aquella nefasta herencia? ¿Cómo poner en cuestión una conciencia nacional golpeada por la opresión imperialista sin poner en debate -de manera real y no retórica- uno de sus principales mecanismos de imposición?

Si se baja del cielo de las palabras al barro de la política, el discurso oficial funciona como un pedido de tiempo, una suerte de stop si se recuerda el viejo juego, mirando con ansiedad las oficinas del FMI en Washington. Allí radica toda su fuerza. Allí también toda su debilidad.

Ironías de la política criolla, CFK logró este miércoles borrar del recuerdo una década entera de la historia nacional: la de los años 90, aquella contra la que el primer kirchnerismo edificó su mística.

¿Resulta posible debatir sobre el sentido común pos dictatorial sin debatir o rebatir los años menemistas? ¿Sin traer a discusión las privatizaciones, al salto en el endeudamiento nacional, las “relaciones carnales” con EE.UU.?

Hace algunos años, en un texto al que recurrimos con cierta frecuencia, Pablo Semán describía una “transformación estratégica que ha tenido lugar en las últimas décadas: el desarrollo de un conjunto de percepciones y jerarquizaciones que ponen en el centro al individuo y sus demandas de realización, autonomía y consumo” [3].

Un hilo (nada) invisible une aquella definición con la herencia menemista. Ciclo político y social donde floreció el individualismo y la desocupación. Pizza, birra y Ferrari. Champagne y miseria urbana.

Ese entramado extiende sus brazos más allá del 2001, hacia este siglo. El paréntesis creado por el corralito parió aquella alianza recordada como piquete y cacerola. La recuperación económica posterior y las políticas estatales de pasivización desmoldaron la -de por sí precaria- unidad.

El Estado kirchnerista -si se nos permite el concepto- le habló a las clases medias y a amplios sectores asalariados en términos de consumo y realización individual [4]. Salariazo con discurso progre. Asado, birra y Patria Grande.

Sobre ese sentido común se construyó la (paupérrima) épica macrista. El emprendedurismo -verdadera estafa ideológica del ciclo neoliberal- entronca desde siempre con el espíritu individualista que ve felicidad en el consumo material.

De sentidos comunes y posibilidades

Volvamos un momento a la sucia prisión de Turi. Hablando de los períodos de crisis orgánica, el revolucionario sardo -rehén de Mussolini y la clase dominante italiana- escribía que “la crisis crea peligrosas situaciones inmediatas porque los diversos estratos de la población no poseen la misma capacidad de orientarse rápidamente y de reorganizarse con el mismo ritmo. La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas; si es necesario hace sacrificios, se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas, pero se mantiene en el poder” [5].

Las posibilidades de un nuevo sentido común anidaban embrionariamente en aquellas jornadas calientes que sacudieron el país en diciembre del 2001. Existían, en potencia, en las gestiones obreras que florecieron ante el abandono patronal. Se perfilaban, como posibilidad, en los movimientos de lucha de los desocupados y en las asambleas populares montadas por las clases medias.

Los años kirchneristas dejaron a salvo el sentido común creado bajo la dictadura genocida. Lejos de desafiarlo fueron, por el contrario, sus perpetuadores. Al flanquear los portones de Casa Rosada en 2003, los nuevos representantes del Poder Ejecutivo se avocaron a restaurar la credibilidad de las instituciones estatales del capital. El esmero estuvo puesto en liquidar los elementos de escisión entre dirigentes y dirigidos que, de manera confusa y volátil, hallaban expresión sonora en el “Que se vayan todos”.

Su aporte a la preservación del poder capitalista y de la herencia neoliberal -sentido común incluido- debe ser, con toda justeza, explicitado.


[1Antología. Siglo XXI. Volumen 2

[2“La Reforma Financiera de 1977 fue un paso importante hacia una modificación drástica de la estructura económica-social resultante de la sustitución de importaciones. A partir de 1979 y prácticamente hasta 1981 convergió la Reforma Financiera con la apertura externa discriminada en favor del capital local más concentrado (…) A partir de allí se puso en funcionamiento el comportamiento clásico de la valorización financiera. Ciclo de endeudamiento externo y fuga de capitales. Coordinador: Eduardo Basualdo. Universidad Nacional de Quilmes-Flacso. 2015

[3¿Qué quiere la clase media? Capital intelectual

[4Mario Wainfeld rememora un encuentro con Néstor Kirchner, donde el entonces presidente celebraba la cantidad de aires acondicionados vendidos. El periodista concluía señalando que “el consumo inmediato, subsidiado, como base del consenso popular. El mercado interno, émbolo del modelo económico. La satisfacción de demandas como impulso de la autoestima”. Kirchner, el tipo que supo. Siglo XXI. 45-46

[5Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno. Ed. Nueva Visión. 1987.p. 63





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