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Red Internacional

Un debate necesario. Crisis climática y responsabilidades: ¿Quiénes nos llevan al "default ambiental’’?

El 24 de junio, diferentes medios titularon que Argentina había entrado en “default ambiental”. Pero, ¿qué significa esto y por qué esconde las verdaderas causas de la crisis climática?

Eduardo Brenis PitaEstudiante de Medicina

Miércoles 27 de julio | 17:25
Créditos: Alberto Vázquez - historietista.

El "default ambiental", señalan, es el momento a partir del cual un país, en este caso Argentina, agota sus recursos naturales disponibles para todo el año y comienza a generar una "deuda" ambiental. Esta medición es llevada a cabo por la "Global Footprint Network" (GFN, siglas en inglés para “Red de la Huella Global”) que usa datos basados en la medición de la “huella ecológica" o "de carbono", para dar un indicador del ritmo al cual se consumen los recursos que se necesitan para satisfacer las necesidades humanas. Mide la cantidad de bienes y de servicios ambientales que cada población utiliza y tiene disponibles en un año y, de acuerdo a eso, se plantea una fecha en la cual se "agotarían" y se comenzaría a utilizar recursos "extras", ya que la Tierra demoraría en "regenerarlos".

La huella ecológica pone el foco en el impacto que cada organismo tiene sobre el ambiente, y lo que produce en este de acuerdo a la cantidad de naturaleza "apropiada" o consumida. O sea, se mide el coste de las diversas actividades económicas de consumo (energía, comida, vivienda y otras actividades que hacen al consumo cotidiano) y esto da una idea del espacio ecológico –o "zona biológicamente productiva equivalente"– que requiere cada ser humano (consumidor) para realizar y satisfacer sus necesidades diarias básicas, lo que se presenta como cantidad de toneladas de emisión de dióxido de carbono (huella de carbono) que produce cada persona. Este enfoque se centra en la máxima según la cual debemos vivir con "sencillez" y consumir menos.

Sin embargo, el uso de esta terminología es problemática, ya que pone la responsabilidad de la degradación ecológica en todos los consumidores de recursos, suponiendo que el consumo global es una suma de consumos agregados de individuos. Esto por un lado supone que cada consumidor tiene total libertad de decisión, pero, sobre todo, deja de lado que los orígenes de la crisis están en la esfera de la producción capitalista.

Es en ese lugar que Marx llamaba "la morada oculta de la producción", alejado del “libre” intercambio de salarios por trabajo, cuya explotación por parte del capitalismo es imprescindible para su existencia –esa extracción vampírica de plusvalía, de trabajo vivo, tal como la describía el revolucionario alemán en "El Capital"–, ya que la utiliza como fuente de insumos para la producción y como basurero para los residuos de la misma. Y esta esfera está bajo control de una clase social que, aunque es minoritaria, decide cómo, qué, cuándo se produce, y de esta manera se apropia de la plusvalía que genera el trabajo de la clase trabajadora y la ganancia que le genera la mercantilización de la naturaleza. En esta etapa actual del desarrollo capitalista son unas pocas corporaciones de un pequeño número de países las que determinan a nivel global qué tipo de energía y alimentos se producen y cómo.

O sea, este análisis deja de lado la responsabilidad de clase. El 63% de las emisiones de carbono desde la Revolución Industrial hasta el 2010 han sido producidas sólo por 90 empresas que producen petróleo, gas natural, carbón y cemento, 50 de ellas de propiedad de "inversionistas" privados, lo que el investigador Richard Heede (parte del Instituto de Responsabilidad Climática, Climate Accountability Institute) llama "los caciques del carbón": empresarios capitalistas que explotan el combustible fósil y lo venden para obtener una ganancia para ellos mismos. Las ocho mayores corporaciones de combustibles fósiles del mundo emiten actualmente más dióxido de carbono que Estados Unidos, que ya de por sí es uno de los países que emite más gases responsables del cambio climático. Además, los sectores capitalistas más ricos y poderosos mundialmente, que está integrado por apenas 100 empresas, entre las que se encuentran ExxonMobil, Shell, Chevron, son responsables del 71% de las emisiones desde 1988. En Argentina también son un puñado de empresas las que producen combustibles fósiles, cemento, acero, etc., actividades centrales en la producción de GEI. También las que se benefician del esquema del agronegocio (semillas, fertilizantes y biocidas), responsable de la deforestación y los cambios del uso de la tierra (destrucción de humedales, que son grandes sumideros de carbono, por ejemplo). Del lado del consumo, las posibilidades están restringidas por esa producción. Por ejemplo, la concentración del uso de la tierra o el acceso al crédito, que imposibilitan otro tipo de producción de alimentos.

Además, el mayor consumo también está destinado para la producción de mercancías: el área de producción insume más consumo energético (55 %) que las de comercio (7%), residencial (12,6 %) y transporte (25,5 %) combinadas [1] En otras palabras, las emisiones industriales están en el origen de las demás. En esto podemos ver cómo existe una diferencia abismal entre las formas de consumo de la clase capitalista versus lo que consume el resto de la población (la clase trabajadora).

Así las cosas, no es de extrañar que las grandes petroleras hayan promovido fuertemente la ideología de la huella de carbono: por ejemplo, Hubber señala que un estudio reciente demostró que ExxonMobil “trabajó para redirigir la responsabilidad desde la industria de combustible fósil hacia los consumidores” [2]. Y, como es bien conocido, fue la British Petroleum la que popularizó en primer lugar la noción de huella de carbono en 2004-6, “como parte de una campaña mediática de más de 100 millones de dólares anuales ‘más allá del petróleo’”, llamando a calcular la huella de carbono de cada uno mediante su calculador online.

¿Soberanía de los consumidores?

Pero a la vez, se debería analizar si realmente la "huella" de un consumidor individual le pertenece, sin tomar en cuenta que vivimos en un sistema donde el acceso a los recursos (y al consumo) está limitado por diferencias socioeconómicas. La huella ecológica toma a los humanos como consumidores que pueden dirigir sus elecciones y decisiones. Como señala el geógrafo Matthew Huber: "La teoría de la soberanía de los consumidores supone que los productores son cautivos de las demandas de los consumidores, que no hacen más que responder a estos últimos, mientras que la realidad es otra totalmente: es la producción lo que limita las elecciones de consumo". [3]

Tomar el colectivo o el subte, comprar determinado alimento, elegir la vivienda dónde vivir, incluso las opciones dónde laburar o estudiar son elecciones que dependen del acceso económico con el que cuenta cada persona y del salario que percibe, no es una decisión totalmente "soberana". Además, el poder sobre los recursos no es difuso, está concentrado en un grupo minoritario de empresarios que son quienes controlan los recursos productivos y permiten, o no, el acceso a determinados productos. Y ni hablar que se le da la "responsabilidad total" al consumidor final, sin tomar en cuenta que quién ostenta el poder de elegir cuál cadena productiva se elige son estos "dueños" de los recursos productivos, por lo que son ellos los que eligen el camino que ha de tomar el recurso, y si este camino produce más emisiones de carbono y por lo tanto causa más daño ecológico, dependerá de su elección, que generalmente la basan en el aumento de sus ganancias.

El ecologismo al que Huber llama "ecologismo basado en el estilo de vida", apunta a salidas individuales que solo toman a los humanos como consumidores sin tener una mirada más objetiva de los procesos que enmarcan la producción, reproducción y consumo de recursos en el sistema capitalista.

Como plantea el sociólogo John Bellamy Foster: "una estrategia normal basada en el consumo, que está simplemente enraizada en la acción individual, es incapaz de resolver el problema o de moverse lo suficientemente rápido. Para tener una idea de las dimensiones del problema, si uno eliminara todos los residuos municipales que salen de todos los hogares en los Estados Unidos, solo reducirían en un 3 % el total de desperdicios materiales (basura) en la sociedad. El resto está en manos de corporaciones. [...] desde hace tiempo se conoce que la “soberanía del consumidor” es un mito. Para hacer cambios fundamentales en la economía de los productos básicos es necesario tener poder sobre la producción." [4]

Otro punto a tener en cuenta es la visión de "consumir menos" (o decrecimiento). En un mundo donde tenemos a 1.300 millones de personas en la pobreza y en nuestro país el 30% de los niños sufren emergencia alimentaria mientras los salarios disminuyen cada vez más, hablar de “disminuir el consumo” no solo no dialoga con las demandas de la clase trabajadora sino que puede llevar a salidas directamente reaccionarias, de “ajuste” sobre las mayorías. En este mundo la mayor parte de la población no tiene acceso a derechos básicos, como la vivienda, salud, educación, mientras las 50 personas más ricas del mundo han visto crecer sus fortunas 640.000 millones de euros.

La tarea imperiosa de resolver estas demandas no es contradictoria con el consumo de las mayorías, sino, antes bien, con la irracionalidad de la producción capitalista, que emite cantidades enormes de dióxido de carbono en gastos de guerra, manejo de desechos nucleares, la producción de alimentos, de energía, o incluso como ocio (como Jeff Bezos yéndose a la estratósfera), sin tener en cuenta la naturaleza de la mercancía (su “valor de uso”), sin importar su despilfarro, destructividad, irracionalidad y la desigualdad, explotación y expropiación asociada a ella. Sobre ese cuestionamiento se puede contraponer una sociedad donde la economía está planificada desde abajo por los mismos trabajadores y trabajadoras, ya no en base al lucro sino en función de las necesidades sociales y con una relación con el ambiente más beneficiosa, como muestra, en pequeño, la experiencia ejemplar de Madygraf, que está reconvirtiendo su producción en clave ecológica al tiempo que pelea por un ambientalismo anticapitalista.

Este “decrecimiento” se postula contrapuesto al “crecimiento” capitalista, cifrado habitualmente en el PBI y presentado como un “desarrollo”. Pero el problema, además de que supone una suma de individualidades, es que es un crecimiento de la economía capitalista, centrado en los valores de cambio: el “desarrollo” capitalista talando el Amazonas constituye "crecimiento", aunque esto signifique la destrucción de ecosistemas vitales para mantener el equilibrio ecológico mundial. Como plantea Bellamy Foster, el capitalismo es un sistema de acumulación de capital ad infinitum, lo que choca con la naturaleza finita en la que vivimos, pero igualmente la acumulación capitalista se concentra cada vez más (hoy en día seis personas tienen tanto dinero como la mitad de la población mundial), por lo que realmente necesitamos no es tanto una perspectiva de decrecimiento si no una perspectiva de desacumulación, ya que "el capitalismo es peligroso para el ambiente no solamente porque crece, sino por la forma en que crece (acumulación a todo costo)". [5]

Necesitamos un ambientalismo centrado en la producción y en la clase obrera

Poner el acento en la producción nos nos permite también recuperar la fuerza social necesaria para imponer a los capitalistas una salida a la crisis: la de la clase obrera que, debido a su posición estratégica en la producción capitalista es capaz de paralizar la producción y conquistar medidas elementales como la nacionalización de la producción de energía y una transición hacia energías no fósiles; o la expropiación de los grandes terratenientes para avanzar en una reforma agraria y alimentaria.
Cuestionar conceptos en clave neoliberal e individualista, que desvían el foco de atención del papel del capitalismo en la generación de la crisis es parte de repensar el papel del ecologismo, uniéndolo a una política hegemónica de la clase trabajadora, que es quien tiene la fuerza para imponer otro tipo de producción, pensando en las necesidades sociales de las grandes mayorías y al cuidado del ambiente, y no en las ganancias de unos pocos.


[1Energy Information Agency, 2018. Citado en Hubber, Matt, Climate change as class war, London, Verso, 2022.

[2Huber, M, ob. cit.





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