Géneros y Sexualidades

DIARIO DE VIAJE

Con aroma de canela y piloncillo

México es uno de los países del continente con más altos índices de violencia contra las mujeres. Al grito de "¡Vivas nos queremos!", recientemente centenares de miles de personas se movilizaron en todo el país.

Miércoles 27 de abril de 2016 | Edición del día

Foto: Luna Payà

Caminando un mediodía por la que probablemente sea la calle más antigua de América Latina, pienso en los fantasmas que la pueblan durante la noche. La calzada de Tacuba, en pleno centro de la Ciudad de México, se remonta a los tiempos de la pujante Tenochtitlán y fue la única calle cuyo trazado respetaron los sangrientos conquistadores. La casa de Cortés estaba en esta calle. Y unas cuadras más allá, el palacio de la princesa Tecuichpo, hija de Moctezuma y esposa de Cuauhtémoc. La misma que luego rechazaría a su hija, a la que llamaron Leonor Cortés Moctezuma y fue protegida de Don Hernán. Me pregunto cómo habrá sido engendrada esa hija que la princesa llamada Flor de Algodón se negó a reconocer.

También está aquí el conocido Café de Tacuba. Entré y quedé extasiada mientras giraban a mi alrededor los chiles rellenos de queso, tingas a la poblana, pambacitos y cecinas adobadas de Oaxaca. Contando las monedas, pedí un café de olla, para estar un buen rato observando las pinturas, los espejos repujados, las cerámicas, los vitrales y las plantas. Las gruesas paredes del Café de Tacuba me hacen dudar si, antiguamente, albergaron una iglesia o una prisión, aquellas miserables instituciones heredadas de Don Hernán y construidas con las mismas piedras arrancadas a los derribados templos de los hijos de Moctezuma. Pregunté y entendí por qué las camareras llevaban uniforme de enfermeras, cuando una de ellas me contó que lo que allí había habido era "un hospital psiquiátrico, atendido por monjas”. Y si eso no bastara para transformar al cálido restaurante en un ambiente escalofriante, agregó que se había cerrado cuando uno de los internos, locamente enamorado –y aquí no es metáfora- de Sor María, la asesinó a cuchillazos cuando ella le confesó que le pertenecía por entero a Dios.

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No hay sangre sólo en la calle de Tacuba. En México hay sangre debajo de cualquier baldosa. Sangre de civilizaciones aplastadas, de campesinos empobrecidos, de obreros explotados hasta la muerte, de revolucionarios fusilados, de estudiantes masacrados, de las sordas víctimas de las guerras de narcotraficantes... Y sangre de mujeres, de más mujeres, de centenares de miles de mujeres.

En los últimos veinte años, se calcula que en México fueron asesinadas 50 mil mujeres. Sólo en el Distrito Federal, se estima que 3 o 4 mujeres de entre 13 y 20 años, desaparecen cada día. Muchas de ellas, se presume que han sido secuestradas por redes de trata y que, luego de ser explotadas sexualmente, fueron asesinadas y desechadas como basura. Pero no sólo eso: de cada 100 mujeres mayores de 15 años que han tenido al menos un vínculo de pareja, 47 han sido agredidas durante la relación.

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Hace unos días, cuando dos hijos de ricos empresarios y políticos de Veracruz, involucrados en la violación de una niña, escaparon impunemente a Texas y Madrid, el pueblo entero se indignó. El odio fue triturado en millones de metates, tamizado con lágrimas y molido en los molcajetes del coraje. La primera movilización nacional contra las violencias machistas, empezó a cocerse en los calientes comales de todos los rincones del país.

“¡Vivas nos queremos!”, gritaron las mujeres. Y centenares de miles salieron a las calles prohibidas, las calles amenazantes, las calles peligrosas. Y pisaron las baldosas tapizadas de sangre, llenándolas de furia, de un grito que dice ¡Basta!, con aroma a canela y piloncillo, como mi café de olla. Y sólo entonces, esa noche en que las mujeres volvieron a sus hogares, después de marchar por la ciudad, los fantasmas de la princesa Tecuichpo y de Sor María se tomaron de las manos y bailaron la danza de Tonantzin, por la calle de Tacuba.


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