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¿Cómo fue la epidemia de gripe española que mató a millones en 1918?

La comparación con la actualidad es inevitable. Se llamó “gripe española” pero comenzó en EE.UU y se diseminó por el mundo por el movimiento de tropas durante la Primera Guerra Mundial. También llegó a la Argentina.

Domingo 29 de marzo | 20:18

Se cree que murieron 50 millones de personas en todo el mundo, pero no hay datos oficiales. ¿Por qué? porque los gobiernos de los países de Europa y EE.UU que estaban en guerra escondían la información y censuraban las noticias. Se llamó epidemia de “gripe española” porque fue en ese país donde más cobertura mediática tuvo la epidemia y esto se dio así porque España no era una país activo en la Primera Guerra Mundial. Pero la investigaciones indican que comenzó en EE.UU y que rápidamente llegó a otros países debido al movimiento de tropas. No tardó en llegar a Argentina. El resultado de muertes fue más del doble de la cifra de soldados que murieron combatiendo en la Primera Guerra, datos que son espeluznantes.

Sorprendentemente, las medidas que se tomaron en aquella época para enfrentar esta enfermedad fueron muy similares a las que se están aplicando ahora en todo el mundo para enfrentar el COVID-19. Aunque pasaron más de cien años, algunas cosas parecen no haber cambiado en el mundo. ¿Qué similitudes hay con la epidemia que enfrentamos ahora?

El virus llega a España

El primer caso parece haber aparecido en EE.UU. en los campos de entrenamiento del ejército durante el último año de la Primera Guerra Mundial, 1918. Hubo algunas editoriales de periódicos estadounidenses que decían que la gripe había sido llevada a Estados Unidos por inmigrantes españoles y que la epidemia se había originado en China. Como sea, hay registros que indican que uno de los primeros casos se registraron en Kansas, EE.UU. y que rápidamente llegó a todo el mundo por la guerra, la globalización de la enfermedad se dio gracias al masivo y rápido movimiento de militares por todo el mundo.

A España llegó en la primavera de 1918 y se diseminó por todo su territorio. Se extendió hasta septiembre de 1919, con sucesivos rebrotes. Como ahora, que dio positivo con Coronavirus Boris Johnson y el príncipe Carlos de Inglaterra, uno de los primeros infectados fue el rey Alfonso XIII, junto al primer ministro y miembros de su gabinete. Antes y ahora, el dinero y el poder no son antídotos contra la enfermedad, pero sí son garantía de acceso a la cura.

Para situarnos en contexto, estaba terminando la Primera Guerra Mundial. La neutralidad le sirvió a España para ubicarse como proveedor de materia prima y de diversas manufacturas a los países de Europa en guerra, lo que le permitió experimentar un crecimiento económico. Pero de este “veranito económico” disfrutarán unos pocos: la enorme desigualdad que se vivía en el país condenaba a millones de trabajadores a vivir en pésimas condiciones, con salarios miserables. Por eso, no tardaron en llegar los reclamos. 1917 y 1918 fueron años de intensa lucha, huelga general y revueltas contra la carestía de la vida y la escasez de los productos, algunas de ellas protagonizadas por mujeres. Cuando la gripe llegó a España el país se encontraba en un contexto de crisis social, económica y política, sin acceso a la salud y con limitados recursos.

Las autoridades políticas tardaron en reconocer la crisis, no querían suspender las actividades públicas porque eso implicaba un gran pérdida económica, como ahora que ante todo se priorizan los negocios. Por su parte la Iglesia, un institución de mucho peso en el país, afirmaba que la epidemia podía ser consecuencia de los pecados y la falta de gratitud del ser humano y que no era otra cosa que la “venganza de la justicia eterna”. Algo similar sucede en estos días, aunque con un discurso más aggiornado. Cuando Francisco, el Papa, habló en el Vaticano, una de las regiones más afectadas por el Coronavirus, dijo que “el Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez”. Sin embargo, esta solidaridad que sí se experimenta en muchos ámbitos, no sucede dentro de la Iglesia, que no renunció a ninguno de sus privilegios y riquezas para colaborar en esta crisis.

Fueron los médicos y los funcionarios de salud pública quienes más insistieron en atender con urgencia la emergencia sanitaria, los muertos aumentaban cada día. Sugirieron varias medidas para prevenir la transmisión: limpiar y desinfectar la boca y las fosas nasales con peróxido de hidrógeno o una mezcla de aceite y mentol, evitar reuniones o concentraciones en lugares cerrados, evitar el contacto directo con personas enfermas, comer una dieta saludable, caminar a menudo al aire libre, ventilar hogares y descansando según sea necesario. ¿Te suena?

Las medidas propuestas solo podía cumplirlas un pequeño sector de la sociedad que contaba con algunos privilegios, las grandes mayorías llevaban vidas muy precarias y no podían dejar de trabajar. Además, muchas aldeas pequeñas dispersas por todo el país carecían de asistencia médica, no contaban con elementos mínimos de higiene y sus médicos morían de gripe.

Finalmente tuvo que aceptarse que esta gripe golpeaba fuerte en España. Los datos quedaron en la historia como algo de lo más espeluznante que tuvo que atravesar el país. El número total de personas que murieron se estimó oficialmente en 147.114 en 1918, 21.235 en 1919 y 17.825 en 1920. La tasa de mortalidad fue más alta entre los niños y las personas de 25 a 29 años.

No fue solo España. Esta situación se vivió en la mayoría de los países del mundo. Se estima que en China murieron 30 millones de personas. En Estados Unidos, cerca del 28 % de la población padeció la enfermedad y murieron alrededor de 600 mil personas. En el Reino Unido, 250 mil. Rusia también tuvo muchos infectados y muertos. La gripe también llegó a América. ​En Colombia, Venezuela, Paraguay y Argentina se registraron miles de muertes. Francia e Italia fueron también países muy golpeados que llegaron al medio millón de muertes. Las muertes siguieron en ​África subsahariana, Alaska, Australia, entre otros países del mundo.

Como hoy, el virus desembarcó en casi todos los países del mundo, dejando más muertos que la Primera Guerra Mundial.

Desembarco en Argentina

La enfermedad llegó a Buenos Aires por el puerto, traída por barcos que venían de Europa. El primer caso de gripe, atendido en el hospital Muñiz en la ciudad de Buenos Aires, fue un tripulante de una de las embarcaciones. A partir de ese momento la epidemia comenzó su recorrido y se desarrolló en dos etapas: primavera de 1918 y otoño-invierno de 1919. Circuló por todo territorio argentino, aunque no golpeó igual en todos lados. La segunda oleada fue la que más muertes generó, llegando a contarse alrededor de 15 mil muertes y cientos de miles de infectados.

Las provincias más afectadas fueron las del norte y Cuyo, lugares donde las condiciones de vida eran más precarias y los recursos sanitarios, limitados. También acá se intentó minimizar la epidemia, hasta que las muertes se multiplicaron y ya no pudo esconderse. La revista Caras y Caretas lo contaba así: ”el miedo es lo que más deprime el sistema nervioso y es una buena medida ejercitar la voluntad para no dejarse dominar por un temor que nada justifica ya que la influenza en bien conocida y se combate con éxito” (Edición del 2 de noviembre de 1918)

El optimismo que se mostraba en esta nota no pudo confirmarse. No había mucha certeza de cómo enfrentar la epidemia y las medidas que se tomaban eran las mismas que en otros países: tratar de evitar la aglomeración de gente, tanto en lugares cerrados como en lugares abiertos y aislar a aquellos que eran detectados como enfermos.

En la ciudad de Buenos Aires se buscaba cortar la cadena de contagios prohibiendo la entrada a los cementerios de la capital, cerrando temprano los cafés, bares confiterías, hoteles, restaurantes y permitiendo solo los espectáculos públicos que se desarrollaban al aire libre. Además declararon obligatoria la desinfección de templos de cualquier culto, mientras el gobierno imponía por decreto el cierre de todos los establecimientos educativos, tanto públicos como privados. Además se ordenó la internación en el lazareto de la isla
Martín García, en el Río de la Plata, de todos los viajeros que llegaran de Europa. Se decretaron inspecciones a talleres fabriles y se dispuso el cierre de salas de espectáculos.

También en Argentina la iglesia justificaba lo que sucedía como un castigo divino, pidiendo a sus fieles que se rindieran ante el hecho consumado.

Es verdad que por aquella época no se tenía certeza de cómo frenar el avance del virus y no estaba muy claro cómo tratar a los enfermos. Los tratamientos variaron desde el alcanfor estándar y la quinina hasta el alcohol, que empezaron a escasear, lo mismo que el Lysoform y productos de limpieza, a los que muchas veces solo accedían los sectores más enriquecidos de la ciudad.

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Las consecuencias

El número estimado de muertes relacionadas con la infección en todo el mundo estuvo entre 20 y 50 millones. El impacto fue grande porque los que más se morían eran adultos jóvenes y niños. La pandemia no dejó intacta prácticamente ninguna región del mundo. Si bien no hay datos precisos se estima que la tasa global de mortalidad estuvo entre el 10 y el 20 % de los infectados.

No había vacunas para protegerse contra la infección por influenza y tampoco antibióticos para tratar infecciones bacterianas secundarias que estaban asociadas a la infección por influenza. Por eso las medidas en todo el mundo se limitaron a intervenciones no farmacéuticas como aislamiento, cuarentena, buena higiene personal, uso de desinfectantes y prohibición de reuniones públicas.

La crisis económica que generó esta gripe fue terrible y en muchos países se combinó con la crisis que dejaban la Primera Guerra Mundial, en muchos casos poblaciones enteras quedaban sin personas para trabajar y quienes sobrevivían estaban bajo los efectos de la enfermedad.

Hoy no es ayer

Hay muchas similitudes con la epidemia de gripe que se desató en 1918 y los gobiernos de todo el mundo parecen estar repitiendo las medidas centrales tomadas en aquella época (estaba vez en su versión 3.0, anunciadas por internet). Pero es necesario reflexionar que un siglo después contamos con importantes adelantos científicos que nos permiten estar mejor preparados para enfrentar esta crisis sanitaria y aplicar otras curas.

No es necesario que mueran millones, es necesario que a esta crisis se la enfrente poniendo todos los recursos existentes para atender a quienes lo necesiten, planificar y coordinar la prevención sin necesariamente frenar toda la economía. Hay que priorizar la vida de las grandes mayorías y no las ganancias de unos pocos que en todo el mundo no quieren perder sus privilegios e intentan seguir lucrando con este drama que atravesamos, como por ejemplo los dueños de la industria farmacéutica y la salud privada.

En la mal llamada “gripe española” la mayoría de los muertos los pusieron los trabajadores, los pobres, los niños que no podían atenderse, los que vivían en el campo, los que no lograban una mínima alimentación. En el Siglo XXI no podemos permitir que suceda lo mismo, porque los recursos para enfrentar la pandemia del Covid-19 están al alcance de la mano.

Si lo que mata no es el virus sino el capitalismo, no queda otra que enfrentarlo. Ya muchos hablan de esto en todo el mundo porque es evidente la crisis que estamos atravesando y por el momento es incierta la magnitud que tendrá y las consecuencias que tendremos que padecer. Pero el capitalismo no caerá solo, la única salida es pelear por superarlo, por construir una sociedad igualitaria, en la que no primen los intereses de un grupo de millonarios/empresarios/capitalistas que condenan a la pobreza y la muerte a la inmensa mayoría.

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