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La Izquierda Diario

Efeméride. Clorindo Testa, el arquitecto artista, nacía hace 98 años

Un 10 de diciembre de 1923 nacía en Italia el arquitecto y artista plástico Clorindo Francisco Manuel Testa, creador de edificios emblemáticos de Buenos Aires como el ex Banco de Londres, la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural Recoleta.

Jueves 9 de diciembre de 2021 | Edición del día

En 2011 un grupo de arquitectos había organizado una campaña de difusión para evitar la demolición de una casa proyectada por Clorindo Testa en la década del 60. Fueron a visitar al maestro para anoticiarlo de la situación. “No se preocupen...por mí que la tiren abajo” dicen que les dijo. En una entrevista poco antes había explicado, refiriéndose a un caso similar: “Las cosas con el tiempo van cambiando...no se pueden conservar todos los edificios. No me desespero, ni me importaría que eso le pase a una obra mía, porque no soy el dueño”. Testa declinaba así el homenaje a una de sus creaciones, entendiendo tal vez lo efímero de las obras humanas. Aunque sabemos que siempre que se demuele un edificio de valor patrimonial es porque detrás hay un gran negocio. La planificación del crecimiento de una ciudad debería ser decidida por sus habitantes y usuarios, no por el lobby inmobiliario en complicidad con los funcionarios de turno que responden a sus intereses.

Arquitecto y artista

Italiano de nacimiento por capricho de su padre, un médico que llevó a su esposa embarazada Esther al pueblo donde él había nacido, Benevento, cerca de Nápoles, para que diera a luz allí a su primogénito, para luego, a los tres meses volver a la Argentina.

Luego de transitar su educación primaria y secundaria en una escuela Montessori, a los 14 años su padre le preguntó qué iba a estudiar. “A lo mejor medicina” aventuró. “De ningunísima manera” le respondió el padre, que ya apreciaba las habilidades de su hijo para el dibujo. Un año de ingeniería en La Plata con poco éxito y muchas horas de tren ida y vuelta desde Buenos Aires lo hicieron pasar, al año siguiente, a Ingeniería en la UBA, que en ese entonces se cursaba en la Manzana de las Luces. Finalmente se cambió a Arquitectura, y como le dieron por aprobadas varias materias, se pasó el primer año sólo dibujando, la carrera ideal. Se recibió en 1947 para enseguida aprovechar una beca para viajar tres meses en Europa, que extendió a dos años, recorriendo y dibujando en Italia, España y Francia. “Me quedé dos años sin hacer nada, viajando, dando vueltas. Hice un posgrado de tiempo...es decir el tiempo pasaba y sin estudiar nada veías cosas y te preparabas”. A su regreso comenzó a desarrollar simultáneamente las que serían sus dos actividades profesionales: una primera exposición de pinturas en la galería Van Riel, y su primer concurso de arquitectura, ganando junto a Francisco Rossi el primer premio para construir el edificio de la Cámara Argentina de la Construcción.

Clorindo, a secas, nombre propio en el arte y la arquitectura argentina de la segunda mitad del siglo XX, como arquitecto parecía pintor y como pintor parecía arquitecto. Así como creía en una ciudad viva, donde crecen edificios tanto como se demuelen, sus obras también fueron vivas, abiertas, que invitan a ser recorridas, usadas y disfrutadas desde afuera y desde adentro. Edificios que equilibran lo formal y lo funcional, concebidos como obras de arte, pero puestos al servicio de su uso. Construcciones que aportan belleza a la ciudad, que albergan diversas funciones de manera creativa e inteligente, y que deberían durar décadas, sanos y útiles, al menos hasta ser demolidos.

Durante más de sesenta años de carrera como arquitecto realizó y construyó cientos y variados proyectos, desde casas a urbanizaciones en diversos puntos del país y del mundo, clubes y bancos, museos, hospitales, cementerios y hasta alguna comisaría ya derribada en Misiones. Aunque sus obras más conocidas, y tal vez sus preferidas, fueron edificios públicos dedicados a la cultura: la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural Recoleta, a pocas cuadras uno de otro, y muy diferentes entre sí.

Ex Banco de Londres. Reconquista y Bartolomé Mitre, Buenos Aires. Foto | Ricardo Palmadessa

Un gliptodonte asomado a la barranca

“Tener el futuro en la mente”, definió Jorge Francisco Liernur, arquitecto, historiador y crítico, a la capacidad de Clorindo para prefigurar cómo va a vivir un edificio."Un proyecto es bueno cuando el que lo piensa es capaz de captar toda la vida que esa obra va a ser capaz de recoger: vos entrando un día, tu papá que debe haber entrado, el tipo que tuvo una reunión ahí, el día que llegaron los libros, los estudiantes del primario en una visita, la gota de lluvia que pega contra la ventana...¿cómo hace alguien para tener todo eso en la cabeza?”, dijo sobre el creador de la Biblioteca.

Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Buenos Aires. Foto | Ricardo Palmadessa

Al revés de la mayoría de las bibliotecas públicas, en las que una gran sala de lectura aislada del exterior, rodeada de estanterías con libros, se cierra en sí misma, la Biblioteca Nacional de Clorindo guarda los libros en varios subsuelos de depósitos, alejados de la luz del sol y a una temperatura y humedad apropiadas, debajo de la explanada de acceso. Mientras que las salas de lectura se elevan sobre las copas de los árboles, abiertas a la ciudad y al río. Entre ambas partes, una plaza seca de libre circulación, entre las patas y debajo de la panza de ese gliptodonte parado en lo alto de la barranca que hace poco más de cien años orillaba el Río de la Plata.

Boceto de la Biblioteca Nacional, desde el acceso hacia la barranca. Clorindo Testa

Un caparazón de gliptodonte fue encontrado en las excavaciones durante la construcción del edificio en la manzana que va de Las Heras a Libertador entre Austria y Anchorena. En esos terrenos se levantaba el Palacio Unzué, utilizado hasta 1955 como residencia presidencial. Los huesos del animal prehistórico sobrevivieron, enterrados, a la demolición del palacio que fue la última morada de Perón y Evita. La picota de la autodenominada Revolución Libertadora arrasó con el edificio, en este caso no para favorecer un negocio inmobiliario, sino en un intento por evitar que éste pudiera convertirse en un santuario popular en los comienzos de la resistencia peronista.

Gliptodonte. Escultura expuesta en la muestra del CC Recoleta en 2013. Foto | Ricardo Palmadessa

Los restos del armadillo gigante descubiertos por la excavadora terminaron en el Museo de Ciencias Naturales de Parque Centenario, mientras la escultura llamada Gliptodonte hecha tiempo después por Clorindo en madera, papel y cerámica, a la manera de las reconstrucciones fósiles de los museos de ciencias, terminó integrando la muestra “Patagonia” junto al colectivo artístico Grupo de los Trece.
El proyecto de la Biblioteca, de 1962, los huesos hallados diez años después y la escultura de finales de los 80, confluyeron en el edificio finalmente inaugurado en 1992, luego de un trayecto récord de treinta años surcando laberintos burocráticos: un nuevo gliptodonte vino a ocupar el lugar de otro que estuvo enterrado ahí mismo durante miles de años.

Un asilo y un convento transformados en espacio cultural

El Centro Cultural Recoleta está sobre la misma barranca pero unas cuadras más al este, arriba de la Plaza Francia, y en su conjunto conviven construcciones de tres épocas: el convento de los monjes recoletos de 1700, un asilo de mendigos y ancianos de fines del siglo XIX y los agregados y la remodelación que hicieron Testa, Bedel y Benedit mediante el concurso ganado en 1979. Allí se planeaba concentrar todos los museos artísticos de la ciudad, aunque afortunadamente con el fin de la dictadura militar se convirtió en un Centro Cultural nuevo y multidisciplinario, donde circuló buena parte de la emergencia cultural de la llamada primavera democrática, albergando las primeras ediciones de la Bienal de Arte Joven, muestras de grandes y variados artistas, desde León Ferrari y Luis Felipe Noé, y hasta una exposición de Yoko Ono y otra sobre La Vanguardia Rusa, además de memorables actuaciones de David Bowie y Luis Alberto Spinetta en el auditorio La capilla.

El eclecticismo de su arquitectura conserva en superficies yuxtapuestas las huellas de todas las épocas, desde la colonial hasta la contemporánea, intercalando los espacios cerrados de las salas con pasillos abovedados, patios, calles y terrazas al aire libre, con múltiples entradas y salidas, generando un gran espacio de libre circulación, de estar y de disfrute, tanto del arte que cubre sus paredes como del aire y el sol, y las sombras proyectadas por añosos árboles y muros de antiguos ladrillos.

La sala Cronopios, el espacio más grande del Centro Cultural, alojó una muestra dedicada a la obra de Clorindo Testa, en el marco de la XIV Bienal Internacional de Arquitectura. Fue entre septiembre y octubre de 2013, a pocos meses de su muerte. La organización de la exposición había contado con el visto bueno de Clorindo, quien había propuesto a su socio Juan Fontana como encargado de su curaduría y diseño. La muestra-taller intentaba reproducir el ambiente informal del espacio en el que Testa trabajó durante décadas, incluyendo desde la instalación “Apuntalamientos”, un bosque de puntales de madera rústica como los que se usan en la construcción, pintados de colores vivos, pasando por la reproducción de su archivo de planos, hasta los 120 paneles dibujados con aerosoles de su obra “Habitar, trabajar, circular, recrearse”, una reflexión crítica acerca del resultado de teorías urbanísticas trasplantadas a una realidad con crónica escasez de recursos para vivienda social.

Museo del Libro. Buenos Aires. Detalle de los techos. Foto | Ricardo Palmadessa

Clorindo textual

“No uso la computadora...yo dibujo los croquis, las primeras ideas…” “...Lo que me gusta de los concursos es que el cliente no habla. No dice: -A mi me gustaría que…- Todo está precisado y especificado por escrito. Y uno interpreta lo que dice el llamado a concurso...y se pone a imaginar. Uno tiene el edificio imaginado antes de que esté realizado el plano. Y en la pintura es lo mismo: cuando uno tiene una idea, tiene el cuadro hecho. No empieza ante una tela blanca y dice ¿ahora qué hago? No, ya lo pensó antes. Después, a medida que uno lo va haciendo, va cambiando, es una creación dinámica...En arquitectura es lo mismo, con los planos. Uno se lo imagina mientras los va desarrollando.”

“El color hace 50 años no era lo que es ahora, que hay pinturas de mejor calidad”. No es casualidad entonces que los edificios de Clorindo se hayan vuelto cada vez más coloridos, reemplazando el gris del hormigón por fuertes rojos, azules, amarillos y verdes. Como puede verse en una de sus obras más recientes, el Museo del libro, sobre la avenida Las Heras, junto a la Biblioteca. O en el proyecto para la Ciudad Cultural Konex, un centro cultural dentro de una antigua fábrica y depósito de aceite, del cual sólo se llegó a construir la gran escalera anaranjada. “¿Viste el clima que tiene el Konex?, la gente que va, las actividades que se hacen…Cuando la obra esté terminada, el clima del lugar va a ser el mismo, no va a cambiar mucho, me parece a mí”. Decía Testa sobre uno de sus proyectos más recientes. La buena arquitectura es la que menos se nota, es la que con discreción se acomoda y favorece a la actividad humana.

Clorindo Testa como pintor, trabajó solo en su taller, como hacen generalmente los artistas plásticos. El dibujo, la pintura o la escultura son la obra. En cambio como arquitecto siempre se acompañó de colegas, socios que lo ayudaban a transformar sus ideas dibujadas en los planos técnicos que hacían posible su materialización. Aquí la obra es el edificio terminado. La idea se desarrolla, cambia y mejora durante el proceso. Pero como solía decir él mismo, el edificio completamente pensado, prefigurado, ya estaba en esos primeros dibujos hechos con marcadores de color. La idea pasada al papel.

Clorindo Testa, un arquitecto con el futuro en la mente.



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