Sociedad

OPINIÓN

Cierre despacio

Sábado 30 de abril de 2016 | Edición del día

La lucha que los taxistas están librando en contra de UBER

La lucha que los taxistas están librando en contra de UBER parece necesitar, más aún que cualquier otra lucha de esa especie, de la adhesión y la solidaridad de la sociedad en general. Toda lucha precisa apoyo y lo busca, claro está; pero la disyuntiva entre parar un taxi en la calle o conectarse con UBER y pactar un viaje hace que el conflicto dependa en lo concreto, y muy directamente, de la postura que adopten al respecto las diversas personas involucradas. La toma de posición excede, en este caso, el nivel de la opinión: afecta prácticas determinantes.

Es por eso que esta lucha, la de los taxistas, depende especialmente de la solidaridad que sean capaces de suscitar. Y ahí está, a mi criterio, su principal limitación. No me pronuncio sobre asuntos de regulación legal, entuertos gremiales, tributación impositiva, cobertura de seguros o régimen de verificación técnica del automotor. Es la cuestión de la solidaridad la que me convoca. Porque, en efecto, es la cosa que los taxistas más precisan para frenar la llegada de UBER. Pero en el día a día de la vida de todos, que llamamos cotidianeidad, y en los espacios compartidos del lugar de todos, que llamamos ciudad, hay una verdadera legión de taxistas (no digo que todos, por supuesto, apenas digo que muchos) que arrasan incansablemente con toda posible solidaridad como modo de relación y coexistencia.

Ceder el paso al peatón que cruza. Dar prioridad, en el cruce de esquinas, al vehículo que viene por la mano derecha, como lo indica la ley. Dar prioridad, en el cruce de esquinas, al que viene por la mano izquierda, aunque no lo indique la ley, si es que el otro parece venir algo apurado y uno viene a dos por hora. No estorbar el giro a la derecha del que viene atrás con cierta premura, ocupando el carril más lento con un ritmo de marcha lentísimo, pero sin tocar jamás el freno para que el otro, que lo precisa, pueda adelantarse, pasar y seguir. No encerrar a los ciclistas, pegando el propio espejo retrovisor al espejo retrovisor de los autos estacionados. No tardar medio minuto en arrancar, cuando el semáforo ya se ha puesto en verde. Y medio minuto más, a manera de escarmiento, si alguien osa tocar bocina. Arrimar un poquito al cordón, para levantar pasajeros o para permitir que desciendan, de manera de no bloquear el paso de los demás. No parar de repente, en cualquier parte, o acelerar locamente, en cualquier momento, ante un brazo que se levanta o parece que va a levantarse, convirtiéndose a cada rato en un estorbo para todo el mundo o en un peligro para todo el mundo. Una ciudad requiere, al igual que cualquier espacio público, por ser ámbito de convivencia entre desconocidos, un fuerte sentido de la solidaridad. Pero hay un montón de taxistas (no digo que todos, digo que muchos) que atentan diariamente contra esa solidaridad.

Por eso ahora, que la precisan, no la encuentran, o la encuentran muy retaceada. Su método de protesta más usual, que es juntar masas enteras de coches aurinegros y taponar de lado a lado las calles de Buenos Aires, tropieza con esta visible dificultad: que no es algo sustancialmente distinto a las cosas que hacen siempre, cuando no protestan por nada, en su proceder más normal. La relación que mantienen con su auto, que es público pero les pertenece, la transfieren en cierto modo a la ciudad misma: la recorren como si fuese suya, es como si la privatizaran con sus prácticas; se relacionan con los demás automovilistas como si estuviesen apenas de visita en un lugar del que ellos son algo así como los dueños, porque los otros apenas pasan y ellos en cambio permanecen.

Comento estas vicisitudes urbanas sin detenerme a considerar una característica que se atribuye a muchos taxistas con bastante asiduidad: la del tenor fascista de sus conversaciones. Sus opiniones, casi siempre inconsultas, tienden a ser, según se dice, un muestrario sorprendente de xenofobias y homofobias y otras discriminaciones surtidas, una amorosa identificación con los opresores, un compilado de prepotencias e ignorancias (nadie dice que todos, pero muchos dicen que muchos). Yo debo decir que, en lo personal, no me quejo tanto de esto. Por razones de entorno laboral, suelo frecuentar más bien los pareceres de izquierda. Por ende, cierto trato con las visiones más reaccionarias, al menos cada tanto, no me viene del todo mal; me ayuda a entrar en contacto con criterios que me son muy ajenos y me prepara anímicamente para afrontar con mejor talante la conducta electoral de la mayor parte de mis compatriotas.







Temas relacionados

Uber    /    Opinión   /    Sociedad   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO