Cultura

FORO POR LA EMANCIPACIÓN E IGUALDAD

Chomsky recorrió la historia de la decadencia del imperialismo yanqui

Como parte del “Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad” convocado por la Secretaría de Cultura de la Nación, el lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky dio una clase magistral el jueves 12, que puede verse en el sitio del Ministerio.

Elizabeth Yang

@Elizabeth_Yang_

Martes 17 de marzo de 2015 | Edición del día

Chomsky hizo una recorrida por la trayectoria de la decadencia del imperialismo yanqui partiendo de la salida de la 2° Guerra Mundial de la que se conmemoran 70 años. Sin embargo, su visión es más bien superestructural y no hace mención a la lucha de clases. En la descripción de su poderío marcó la diferencia entre la conferencia de Chaputelpec de 1945, en la que se firmó una Carta Económica de las Américas que condenó desde el vamos a Latinoamérica como dependiente y patio trasero del imperialismo norteamericano, y la Cumbre de Cartagena de 2012 en la que el imperialismo yanqui muestra su decadencia al quedar solo en las principales votaciones EE. UU. junto Canadá.

Consideró a los gobiernos posneoliberales de Latinoamérica en forma exagerada, o mejor dicho erróneamente, como responsables de por primera vez en 500 años de dominio imperial, el haber dado significativos pasos hacia la independencia nacional.

Ciertamente coincidimos en que el imperialismo estadounidense se encuentra en una situación de decadencia como fue expresada en la Clase Magistral, y también que está en plena discusión si será China o no, la nación que lo reemplace en su papel de gendarme mundial –para Chomsky, China aún es un país muy pobre, que presenta problemas internos muy graves, es decir que no habría para el futuro próximo un contendiente para el imperialismo mundial–.

Pero, en realidad, fue el fin del ciclo neoliberal y la irrupción de procesos de masas lo que fue capitalizado por estos gobiernos. Su análisis no dio cuenta de jornadas revolucionarias como la de Bolivia, en menor medida el 2001 en Argentina, o procesos de crisis política y lucha en las calles como los de Venezuela. En el caso de Brasil, fue un gobierno de Lula, con perfil de frente popular más preventivo que efectivo, vislumbrando un fin de ciclo neoliberal mucho más convulsivo, y con el peligro para el imperialismo y la burguesía brasileña, de una clase obrera concentrada en la CUT, sin mayores derrotas y con un enorme poderío.

Para Chomsky, sería fundamentalmente el aislamiento en el que está EE. UU. respecto de Latinoamérica que empujó a Obama a reestablecer relaciones con Cuba. Y si bien éste es un elemento a considerar, no es el único. También es una nueva política imperialista (al fracasar el bloqueo) para aumentar la injerencia yanqui en el proceso de restauración capitalista.
Luego, el lingüista y filósofo norteamericano continuó con un repaso de cómo se mostró el carácter imperialista hegemónico de los EE. UU., y caracterizó que el fenómeno de su decadencia en realidad está en marcha desde que se expresó su máximo poderío al fin de la 2° Guerra Mundial en 1945. En este sentido, planteó que a partir de la revolución China en 1949, se desarrolló el mackartismo en Norteamérica bajo el temor de perder el Sudeste Asiático. Según Chomsky, el boom de la posguerra termina en 1969 cuando EE. UU. pasa de tener una participación en la riqueza mundial del 50 % al 25 % –un interesante dato que, podríamos decir, demuestra la caída abrupta del nivel de vida de los “malcriados” que nacieron en la abundancia y el consumismo de la posguerra, los llamados babyboom, que no sabían de crisis económica, ni depresión, ni desocupación–.
Sin embargo, aquí de nuevo no se asomó a la lucha de clases, que de más está decir, estalló en Occidente con el Mayo Francés –quién puede olvidarlo–, y sus consignas libertarias que irradiaban al mundo desde París. Hasta Latinoamérica alcanzaron sus rayos, que para frenar el alza revolucionaria, hicieron falta dictaduras genocidas, sobre todo en el Cono Sur, entrenadas por los mismos militares y la burguesía francesas que derrotaran la revolución argelina.

Otro cambio importante marcado en la Clase Magistral fue la caída de la URSS que puso fin a la guerra fría. Chomsky planteó que pese a todo, Bush mantuvo la maquinaria militar apuntadas a Medio Oriente y otras zonas consideradas peligrosas para el imperialismo, y que Clinton posteriormente tampoco cambió la política desplegando su fuerza militar en los ‘90, ya bajo el neoliberalismo, con la OTAN como fuerza de intervención global bajo el mando de los EE. UU. ya no contra los rusos sino para controlar regiones que puedan cuestionar su hegemonía.

En relación a las Primaveras Árabes, Chomsky las analizó como un posible resurgimiento independientista, pero cuyo desarrollo lograron evitar primero Francia y luego EE. UU. e Inglaterra. Ahora, EE. UU. apoya una dictadura brutal en Egipto. “Los tibios intentos reformistas fueron rápidamente aplastados” afirma correctamente Chomsky, quien ve en la política de EE. UU. la preocupación por cualquier proceso de nacionalismo radical o independiente.

¿Cómo interpreta estos nacionalismos Chomsky? Definió que los beneficios económicos del desarrollo de una nación deben ser para la propia población y no para otros. Es una posible definición, que incluye a las burguesías nacionales de las semicolonias del imperialismo pero que como hemos comprobado en la historia, y más aún recientemente, ni fueron capaces de oponer alguna resistencia al neoliberalismo. Por otro lado, consideró que
el imperialismo yanqui quiere estos beneficios para los inversores extranjeros, y según Chomsky, esta concepción de “propiedad” sobre las riquezas es llevada al interior mismo de los EE. UU., lo que implica un constante enfrentamiento de su propia población con sus clases empresariales.

Su visión actual, bastante apocalíptica, es de una futura guerra nuclear, o la destrucción ecológica. Al respecto podemos decir que son innegables las tendencias decadentes del capitalismo imperialista actual. Pero también es seguro, como lo demostró la historia de la humanidad, que los pueblos, sus trabajadores, los campesinos pobres, los oprimidos y marginados en la pobreza, no aceptan que se les imponga esa condición miserable de vida. Particularmente Latinoamérica viene de un crecimiento económico que después de la crisis comenzada en el 2008 comenzó su fin de ciclo; fue un crecimiento beneficioso para las economías nacionales que lograron grandes ingresos gracias a las exportaciones llamadas primarias, productos del campo, soja, y de la extracción como el petróleo.

Es muy probable también que este fin de ciclo latinoamericano no sea pacífico, y aunque la crisis todavía no se tornó catastrófica, ya viene dejando un tendal de desocupados y nuevos pobres sobre todo en los países europeos. Aún no hay ni una oleada proletaria como en 1969 que enfrente este ataque al nivel de vida, pero tampoco es de esperar que los pueblos se dejen aplastar sin resistencia.

Grecia tiene en su haber más de 30 huelgas y paros generales sobre los que hoy gobierna Syriza, un movimiento que se llama de “izquierda radical”, aunque en realidad busca reformas del capitalismo canalizando el hundimiento de la socialdemocracia tradicional europea, el sentimiento “antiausteridad” y la lucha de clases.
En el Estado Español, el movimiento Podemos, logró una concentración de 150.000 personas en Madrid, en la Puerta del Sol donde los “indignados” (15M) reunía decenas de miles de jóvenes hace dos años atrás. También Podemos busca la “democratización radical de las instituciones”, reformas que le den al capitalismo un rostro humanizado, perdido bajo el poder de las corporaciones financieras sin límite ni control “ciudadano”, como plantean los movimientos de la “nueva izquierda”.
Estos movimientos se apoyan en la nefasta experiencia histórica del stalinismo y la socialdemocracia para negar no solo los programas y estrategias revolucionarias que supo forjar la clase obrera, sino incluso la potencialidad de su propia existencia como clase.

Para avanzar y encontrar una salida a la crisis capitalista, es necesario sin duda plantearse la lucha contra los planes de austeridad, por ejemplo, por la anulación de la deuda de Grecia con la banca imperialista. Pero a la vez, la clase obrera necesita partidos que le permitan procesar por izquierda la experiencia que harán con los dirigentes de esos movimientos que se esfuerzan en repetir, aunque bajo lenguaje y formas nuevas, los viejos intentos de reformas utópicas del capitalismo y no caer en las salidas nacionalistas igualmente de ajuste y degradación, es necesaria una lucha por un programa transicional que ataque el poder los capitalistas en la perspectiva de un gobierno obrero y socialista.







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