SEMANARIO

COP26: alerta roja climática y postales de la hipocresía capitalista

Juan Duarte

Santiago Benítez Vieyra

COP26
Ilustración: Flavia Gregorutti

COP26: alerta roja climática y postales de la hipocresía capitalista

Juan Duarte

Santiago Benítez Vieyra

Ideas de Izquierda

El informe del IPCC y la conferencia de Glasgow ponen en escena la gravedad de la crisis climática y el cinismo de los gobiernos capitalistas. ¿Cuáles son las alternativas estratégicas para poner el freno de mano a la destrucción del planeta?

Desde el domingo 31 de octubre y hasta el 12 de noviembre se reúne en Glasgow, Escocia, la 26 edición de la Conferencia de las Partes, la COP26, el escenario establecido por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992 para las cooperación internacional sobre el clima. Esta edición es la más grande en cuanto a delegaciones y es señalada por los medios como “la más importante hasta el momento”, sobre todo porque se enmarca tanto en el recrudecimiento de la crisis climática ligada al calentamiento global como en la pandemia, dos subproductos de la relación que establece el capitalismo con la naturaleza. Pero además, en la reciente publicación del sexto informe del Panel Intergubernamental de Expertos para el Cambio Climático de la ONU, el IPCC.

Informe del IPCC: alerta roja y necesidad de un freno de mano urgente

El 9 de agosto se dió a conocer la primera parte del Sexto Informe del IPCC (AR6), titulado “Cambio climático 2021: la base de las ciencias físicas”, en el que participaron 234 autores del Grupo de Trabajo 1, que relevaron 14 mil publicaciones científicas desde 2016. En Febrero de 2022 se publicará la segunda parte sobre los “Impactos” (Grupo 2) y en Marzo la tercera, sobre “Mitigación”, pero los borradores de ambos informes fueron a su vez filtrados y dan cuenta de la tajante gravedad de la situación, y más aún teniendo en cuenta que no deja de tratarse, después de todo, de un organismo intergubernamental dependiente de la ONU.

La primera parte publicada aporta, sobre todo, evidencia científica para confirmar la gravedad de la crisis climática. Las dudas solo hacen al grado del desastre. Ya el primero y más optimista de los cinco escenarios que prevé (SSP1-1,9), en el cual se suprimen a cero las emisiones de dióxido de carbono (CO2) hacia 2050 y la temperatura global promedio desde niveles preindustriales aumenta a 1,5°C en 2040 y se mantiene entre 1,2-2°C hasta fin siglo, la consecuencias climáticas son catastróficas. Eventos climáticos extremos como fuertes precipitaciones, inundaciones récord, olas de calor, sequías, monzones, mega tormentas, etc., se multiplicarían; el derretimiento de glaciares y aumento del nivel del mar serían irreversibles por milenios, afectando a todas las regiones y ecosistemas del mundo, con consecuencias desastrosas para la vida en la tierra. El segundo escenario, (SSP1-2,6), también optimista, en el cual el calentamiento se mantiene apenas por debajo de 2°C, conlleva peligros aún más extremos. Los otros tres son más consistentes con las tendencias actuales del capitalismo, pero directamente amenazan la existencia misma de la humanidad: SSP1-8,5, el quinto, implica un calentamiento de 3,3 a 5,7°C, absolutamente catastrófico.

Pero las filtraciones de secciones de otras dos partes son también significativas y contundentes. El borrador de la segunda parte, sobre “Impacto”, advierte –según la Agencia France-Presse, que recibió la filtración– que estas grandes conmociones climáticas “alterarían drásticamente el medio ambiente y acabarían con la mayoría de las especies, lo que plantea la cuestión de si la humanidad está sembrando las semillas de su propia desaparición”. El documento afirma textualmente que “la vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático importante evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad no”. Y concluye señalando que “necesitamos un cambio transformacional que opere en los procesos y comportamientos en todos los niveles: individual, comunitario, empresarial, institucional y gubernamental. Debemos redefinir nuestra forma de vida y consumo”. Hay que destacar que tanto el hecho de que en los escenarios “optimistas” de la caída de temperatura presupone el despliegue de hipotéticas tecnologías de captura de CO2 inciertas y hasta controvertidas, como esta apelación al cambio a los mismos gobiernos capitalistas que nos trajeron hasta acá, conlleva una alta cuota de cinismo.

Pero ¿esto significa que no hay salida? Para nada. Significa que hay que hacer todo lo posible por evitar llegar al límite de 1,5°C, que aún hay tiempo pero es cada vez menor pero, sobre todo, deja aún más expuesta la contradicción entre las medidas necesarias y urgentes para hacerlo y las tendencias y necesidad del capitalismo [1]. La filtración del borrador de la tercera parte, sobre “Mitigación”, insiste en que las mejoras tecnológicas hipotéticas que permitirían una descarbonización relativa, aunque son necesarias para mantenerse debajo de 1,5°C, no serían suficientes. Se requiere una transición social hacia otras formas de producción y de consumo. Según CTXT, el medio que filtró este documento proporcionado por Scientist Rebellion, el mismo afirma que “no habría que construir ninguna nueva planta de carbón o gas, y las actuales deberían reducir su vida útil” y que “algunos científicos subrayan que el cambio climático está causado por el desarrollo industrial, y más concretamente, por el carácter del desarrollo social y económico producido por la naturaleza de la sociedad capitalista, que, por tanto, consideran insostenible”. Es necesario, además de terminar en lo inmediato con la extracción de combustible fósil, cambiar de conjunto la matriz energética global, rediseñar la ciudades y el transporte, disminuir el consumo de carne, reducir drásticamente la producción de plásticos. En otras palabras, una transición hacia un sistema verdaderamente sostenible. Asimismo, el documento insiste en el concepto de “injusticia climática” como parte central del problema: “el 10 % que más emite CO2 (el más rico de la población mundial, per cápita) contribuye en un 36-45 % de los Gases de Efecto Invernadero, mientras que el 10 % más pobre solo un 3-5 %”. Asimismo, insiste en la necesidad de una “transición justa”, en la que “los trabajadores, las comunidades de primera línea y sectores vulnerables no sean relegados en el camino hacia bajas emisiones de carbono”.

Lo que ha pasado desde 1992, cuando se realizó la Convención Marco de la ONU, ilustra las tendencias opuestas del capitalismo. Desde el Protocolo de Kioto en 1997 se lanzaron a la atmósfera el 50 % de las emisiones totales de CO2 que han tenido lugar desde el inicio de la era industrial (en 1750), y solo en los últimos siete años se ha emitido el 10 %. Tras la Cumbre de París de 2015 se registraron los mayores incrementos en emisiones de CO2 de la historia del capitalismo. O sea, 30 años perdidos para enfrentar el calentamiento global, ganados por las corporaciones capitalistas para seguir haciendo negocios (desde 1977, por ejemplo, Exxon Mobil, la mayor compañía petrolera y de gas del mundo, calcula precisamente las implicancias climáticas de la acumulación de CO2, tal como se desprende de documentos internos; desde entonces viene haciendo lobby para desacreditar la evidencia) [2].

Las palabras del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, marcan la gravedad de la situación: el informe del IPCC es “un código rojo para la humanidad”, dijo. Si la COP26 está a la altura, ya es una cosa muy diferente.

Alto contenido en imposturas y business as usual

Según la ONU, los objetivos de COP de Glasgow son los siguientes: 1) que la temperatura global no se eleve más de 1,5 C°, a través de “audaces y rápidos cortes de emisiones” y compromisos de cero neto; 2) incrementar la financiación internacional para la adaptación, hasta al menos la mitad del total de lo que se invierte en acción climática; 3) alcanzar el compromiso existente de conseguir 100 mil millones de dólares en financiación climática cada año, para que los países en vías de desarrollo puedan invertir en tecnologías verdes, y proteger la vida contra impactos climáticos cada vez peores.

Pero previo a Glasgow, la reunión del G20 dejó la tónica de lo que se puede esperar: solo 12 países se comprometieron a emisiones cero... para el 2050. (China y Arabia Saudita solo formalmente y recién en 2060). Lo que se debería reducir a la mitad en 2030, va a crecer 15 % más. Asimismo, firmaron por primera vez el mecanismo neoliberal del “uso de incentivos y mecanismos de fijación de precios del carbono” como una posible herramienta contra el cambio climático y Boris Johnson dijo que no, que no van a llegar con los 100 mil millones.

Como señala el diario inglés The Guardian, “nadie podría acusar a esta COP de carecer de un arco narrativo claro. El lanzamiento de anuncios se ha guionado con astucia para dar la impresión de progreso”. Una gran puesta en escena.

De los principales emisores, Joe Biden, presidente de la segunda potencia emisora palmo a palmo con China, dió un discurso grandilocuente pero opacado por el golpe al Clean Electricity Performance Program (CEPP), su caballito de batalla, por parte de un senador de su propio partido, lobbista de la industria fósil. Narendra Modi, premier de India (5ta), prometió que su país avanzaría a la mitad de su matriz energética con energías renovables en 2030 y emisiones cero para… 2070. China, Rusia y Brasil (tercero y cuarto país en el ranking de emisión), directamente no asistieron.

Esta semana se llegó al colmo de firmar un compromiso de terminar con la deforestación en… 2030, con el pequeño detalle de que ya se había firmado uno similar en 2014 y el agronegocio siguió sin problemas, incluso dando lugar a la pandemia de Covid-19 por destrucción de ecosistemas y liberación de virus vía zoonosis (en el caso de Argentina, uno de los mayores deforestadores, existe incluso legislación previa, que el agronegocio esquiva sin problemas).

También se firmó un compromiso de reducir las emisiones de gas metano, por 100 países, incluídos EE.UU., Brasil y Argentina (cuyo gobierno cajoneó la Ley de Humedales, uno de los principales focos de emisión de este gas, junto a la ganadería). Sobre el carbón, 40 países (hasta Polonia, gran consumidora) se comprometieron a terminar con las plantas a carbón… entre 2030 y 2040, pero EE.UU., China, Australia e India, los principales consumidores y exportadores, no lo hicieron [3].

Afuera, en las calles de Glasgow, el viernes y el sábado se dieron marchas de decenas de miles exigiendo medidas urgentes. Desde allí, Greta Thunberg fue lapidaria: "no es un secreto que la COP26 es un fracaso [...] muchxs están empezando a preguntarse a sí mismos qué hace falta para que la gente en el poder despierte [...] Pero seamos claros, ya están despiertos. Saben exactamente lo que están haciendo [...] Parece que su principal objetivo es seguir luchando por el status quo. Esto ya no es una conferencia sobre el clima, ahora es un festival de greenwashing del norte global. Una celebración de dos semanas para que todo siga como siempre y bla, bla, bla”. Los hechos hasta ahora le dan la razón a Greta.

Energías renovables y capitalismo “verde”

La COP también se ha transformado en un ámbito de negocios para la transición “verde”. El caso del gobierno Argentino haciendo un anuncio electoral con el gigante megaminero Fortescue para producir y exportar hidrógeno verde es solo un ejemplo. Una objeción a la necesidad de tomar medidas anticapitalistas viene por parte de las energías renovables. Como señala Daniel Tanuro [4], en los últimos veinte años la proporción de energías renovables aumentó una media anual de 13,2 %, y según la Agencia Internacional de Energía (AIE), en la próxima década más del 80 % de las inversiones energéticas irán hacía allí. Pero es mentira que el abandono del combustible fósil esté “avanzado”: entre 2009 y 2019 el porcentaje fósil bajó solo de 80,3 % a 80,2 %; la cuota de carbón bajó entre 1999 y 2019 solo 0,3 % de media anual; mientras que el gas natural aumentó 2,6 % y la del petróleo 1,5 % (2014-2019). Las energías renovables solo cubren una parte de un consumo energético frenético marcado, entre otros, por las cadenas globales del just-in-time, que persiguen la máxima extracción de plusvalía explotando trabajo barato en cualquier lugar del planeta y produciendo de forma anárquica mercancías de consumo obsolescente. Incluso la especulación adopta formas tan irracionales de uso de energía como la minería de bitcoins. El consumo militar y los modos de transporte irracionales y marcados por el consumo de lujo (con los viajes relámpago de Jeff Bezos al espacio en el extremo), son otras fuentes de consumo y emisión. La mitad de las emisiones de aviación provienen del 1 % más rico de la población mundial.

El caso de China, como dijimos mayor potencia emisora junto con EE. UU., ilustra la contradicción entre el negocio de la transición verde y la acumulación capitalista: es el mayor productor de células fotovoltaicas, anunció metas de descarbonización (para llegar al pico en 2030) y que dejaría de construir centrales de carbón en el extranjero, pero frente a la demanda de electricidad para sus manufacturas, aumentó la producción de carbón interna frente al encarecimiento del gas ruso y planea construir 43 centrales en diferentes partes del mundo.

El caso de EE. UU. no es muy diferente, con Biden ya dejando de lado cualquier coqueteo con el Green New Deal y habiendo concedido más de 2000 nuevos permisos para la exploración de petróleo y gas en tierras públicas y tribales en los primeros seis meses del año (con el plan de conceder 6.000 permisos para fin de año). Mientras, el ejército imperialista norteamericano consume más combustibles fósiles y emite más gases contaminantes que 140 países juntos.

De conjunto, la propia ONU estima que 15 países (incluido EE.UU) proyectan superar para 2030 la producción de fósil a más del doble de lo establecido por los Acuerdos de París: 240 % más carbón, 57 % más petróleo y 71 % más gas [5].

Un mes antes del inicio de la COP26, los organizadores habían anunciado que las grandes petroleras no serían parte de la cumbre, lo cual fue tomado como una victoria para los sectores ambientalistas que reclamaban su exclusión. Sin embargo, según denunciaron desde Amigos de la Tierra Escocia, compañías como British Petroleum, Chevron, Equinor, Río Tinto y otras lograron colarse bajo el paraguas de un “hub de negocios” instalado dentro de la misma cumbre. Una fachada para el comercio de emisiones de gases de efecto invernadero y dudosos esquemas de compensación.

Argentina: greenwashing, negacionismo del papel del agronegocio y falsas soluciones

¿Cuál es el lugar de Argentina en la emisión de GEI? Como señaló recientemente el diario Página 12 citando al sitio carbonbrief.org, se le asignan 8,6 gigatoneladas de emisión de CO2, por debajo de otras naciones periféricas como México (20,6) o Polonia (28,1) y muy detrás de EE. UU. (402) o China (241,8), pero si se tiene en cuenta el uso de la tierra queda en el puesto 14 de emisiones históricas, con 23,7 gigatoneladas adicionales emitidas (totalizando 32,3 gt) [6]. “Argentina es el sexto país del mundo en términos de tierra cultivada, con 39 millones de hectáreas. Según datos oficiales, el país está entre los diez países con mayor pérdida neta de bosques en el período 2000-2015. La región más afectada es el Parque Chaqueño, el segundo foco de deforestación de la región después del Amazonas”, señala dicho medio. Esto choca de frente con las afirmaciones negacionistas del papel del agronegocio por parte del ministro Julián Domínguez, quien tuiteó que “los sistemas agrobioindustriales de nuestro país son parte de la solución y no del problema”. De hecho, según datos oficiales la agrobioindustria es la principal productora de GEI en el país: 9,8 % por cambio en uso del suelo; 21,6 % por ganadería y 5,8 % por agricultura.

Ilustración: Flavia Gregorutti

Los dichos de Domínguez no están aislados: la BBC denunció intentos por parte de Argentina y Brasil de eliminar datos científicos en el sexto reporte del IPCC sobre papel del consumo de carne en la emisión de GEI, junto con otros de países como Arabia Saudita, Japón y Australia respecto a combustibles fósiles [7].

El gobierno de Alberto Fernandez intenta desligar las responsabilidades del calentamiento global de la matriz extractivista que promueve, que incluye no solo la acción el agronegocio mencionada, sino la explotación de hidrocarburos incluso offshore destinando subsidios estatales millonarios al fracking en Vaca Muerta (considerado por la propia ONU como una “bomba de carbono”), megaminería contaminante y hasta megagranjas porcinas pandémicas junto a China. El anuncio de producción de hidrógeno verde con Fortescue durante la COP26 se encuadra en la misma matriz de exportación de commodities para cumplir con el pago de la deuda ilegítima e ilegal al FMI. La propuesta de “transición justa” del FDT apela al “canje de deuda financiera por deuda ecológica” [8], un mecanismo neoliberal que apuesta a soluciones de mercado no solo completamente insuficientes tal como muestra el IPCC, sino que parten de la mercantilización de la naturaleza y de reconocer mecanismos coloniales como la deuda. Ilegítima e ilegal, esta podría desconocerse soberanamente como propone el Frente de Izquierda, como parte de un plan de conjunto, destinando parte de esos recursos a una transición energética y agroecológica [9], lo cual constituiría un ejemplo mundial. Pero nada de esto encuadra con los planes del gobierno y la devoción demostrada por “Juan Domingo” Biden. Más bien ven la oportunidad de negocios para profundizar la matriz extractivista.

La COP26 es puro “bla bla”, pero cuáles son las estrategias en pugna

Frente a la crisis global que impone el cambio climático, el capitalismo oscila entre dos estrategias: por un lado, una campaña de negación de las evidencias científicas. Aunque esta campaña cae a menudo en el ridículo, con representantes como Javier Milei en Argentina, no deja de tener una presencia constante, como lo evidencian los años de la administración Trump en EEUU o de Jair Bolsonaro en Brasil. La segunda estrategia, desplegada cumbre tras cumbre, es la idea de un “capitalismo verde” o “sostenible”, respaldado por acuerdos internacionales con pocos compromisos reales. Este enverdecimiento del capitalismo parte de reconocer el deterioro ambiental y la necesidad de recuperar parte del “capital natural” como estrategia para mejorar el nivel de crecimiento de la economía. El capital natural surge como concepto que extiende al capital económico asignando valor monetario a un ecosistema o a los “servicios” que los ecosistemas brindan a la vida humana. Bajo esta forma de pensamiento, la naturaleza posee un verdadero valor de cambio y resulta lógico la creación de bonos de carbono o los canjes a costa de “no contaminar”. No es casualidad entonces que cumbres como la COP26 sean dominadas por las grandes corporaciones capitalistas y los gobiernos de las principales potencias contaminantes del planeta.

El discurso verde se enfoca, entonces, en la necesidad de incentivos fiscales para lograr una transición energética y oculta que la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero se logra la mayor parte de las veces deslocalizando su producción hacia países periféricos. Las medidas dictadas por las cumbres y las agendas “verdes” de los gobiernos solo son llevadas a cabo en tanto y en cuanto no afecten los negocios ni los intereses de las grandes corporaciones, el comercio mundial y la producción capitalista. La hipocresía se lleva al extremo: como señalamos, varias de las metas acordadas de reducción en la emisión de gases descansa en la promesa de una futura creación de tecnologías que hagan eficiente la recaptura de CO2 de la atmósfera a gran escala, entre otras tecnologías de adaptación y mitigación que solo revelan la voluntad de las grandes compañías de continuar con sus negocios mientras esperan una solución milagrosa. El oxímoron de un “capitalismo verde” oculta la realidad de que es imposible resolver la crisis climática sin afectar las ganancias de las grandes corporaciones. La esencia del capitalismo es la ampliación de la ganancia y la acumulación a cualquier costo. Incluso si este costo implica la destrucción material del planeta.

Tienen sentido en este punto las declaraciones de Greta Thunberg sobre la COP26, de movimientos como “Fridays for Future” y otros movimientos juveniles: “Debería ser obvio que no podemos resolver una crisis con los mismos métodos que nos metieron en ella en primer lugar”. Es una denuncia correcta al sistema capitalista como causante de la actual crisis ecológica. Sin embargo, estos movimientos carecen aún de una estrategia para superarlo. No podemos reducir un reclamo sobre los destinos del planeta a una simple denuncia y exigencia a los representantes políticos capitalistas para que tomen medidas urgentes. Frente a la irracionalidad del capitalismo y de los gobiernos que solo defienden los intereses corporativos, es evidente la necesidad de medidas drásticas y urgentes mediante una planificación racional de la economía mundial; o como diría Marx, mediante “la introducción de la razón en la esfera de las relaciones económicas”.

La imposición de estas medidas solo puede ser posible si la planificación de la economía se encuentra en manos de la única clase que por su situación objetiva y sus intereses materiales tiene la capacidad de acaudillar al resto de los sectores oprimidos para evitar la catástrofe: la clase trabajadora. Como demuestran ejemplos moleculares pero bien significativos, como la emblemática huelga de los trabajadores petroleros de Grandpuits contra el gigante Total en Francia o la incipiente pero importante experiencia de Madygraf en Argentina. La clase obrera, en toda su heterogeneidad –que incluye a sus diferentes nacionalidades, pueblos originarios y la lucha de las mujeres contra la opresión patriarcal– cuenta con la fuerza social para llevar adelante una alianza obrera, popular y juvenil para terminar con la doble alienación del trabajo y la naturaleza que impone el capitalismo y avanzar hacia una planificación realmente democrática y racional de la economía.

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NOTAS AL PIE

[1Como señala el economista Michael Roberts, “el último informe de la Agencia Internacional de Energía, la World Energy Outlook 2021, demuestra que sabemos qué hacer al respecto, de forma detallada y a un costo razonable. Pero no hay voluntad política de los gobiernos para hacerlo, atados como están a la industria del combustible fósil, a la aviación y sectores de transporte, y a las demandas de capitalistas financieros e industriales de conjunto para preservar las ganancias a expensas de las necesidades sociales”.

[2Exxon tenía conocimiento del cambio climático desde hace casi 40 años, Scientific American, consultado el 5/11/2021 en https://www.scientificamerican.com/espanol/noticias/exxon-tenia-conocimiento-del-cambio-climatico-desde-hace-casi-40-anos/.

[3Jonathan Watts, “Cop26 week one: the impression of progress – but not nearly enough”, The Guardian, 6/11/2021.

[4Daniel Tanuro, “COP26, basta de blablablá, sólo la lucha pagará”, Rebelión, consultado el 5/11/2021 en https://rebelion.org/cop26-basta-de-blablabla-solo-la-lucha-pagara/.

[5Brad Plumer, “Fossil Fuel Drilling Plans Undermine Climate Pledges, U.N. Report Warns”, New York Times, 20/10/2021.

[6Si se miden en tCO2 per cápita, la cuenta da mucho peor, quedando en el quinto lugar con 3,382.

[7Justin Rowlatt y Tom Gerken, “COP26: Document leak reveals nations lobbying to change key climate report”, BBC News, consultado el 5/11/2021 en https://www.bbc.com/news/science-environment-58982445.

[8Como tuiteó Alberto Fernandez en estos días: “crear mecanismos de pago por servicios ecosistémicos, canje de deuda por clima y aplicar la emisión de los DEGs del FMI a un pacto de solidaridad ambiental”.
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Juan Duarte

Ciencia y Ambiente | tw: @elzahir2006
Nació en Mendoza en 1979. Es psicólogo y docente universitario en la UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y de la agrupación Docentes e Investigadores de Izquierda. Escribió en El psicoanálisis y la revolución de Octubre (Ed. Topía, 2017). Y editó Genes, células y cerebros de Hilary y Steven Rose, La biología en cuestión de Richard Lewontin y Richard Levins y León Trotsky y el arte de la insurrección (1905-1917) de Harold Nelson (2017), en Ediciones IPS. Es editor en las secciones Ciencia y Ambiente.

Santiago Benítez Vieyra

Dr. en Biología, Investigador de CONICET. Agrupación Docentes e Investigadores de Izquierda.
Dr. en Biología, Investigador de CONICET.
Agrupación Docentes e Investigadores de Izquierda.