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JUEGOS OLÍMPICOS

Boxeo olímpico: negocio y polémica

Por primera vez en la historia, los Juegos Olímpicos permitirán la participación de boxeadores profesionales, quienes intercambiarán golpes con jóvenes aficionados. ¿Cuáles son las consecuencias de esta decisión, claramente fundamentada en la necesidad de ofrecer un espectáculo más comercial?

Luciano Jurnet

Lic. en Sociología (UBA) / Periodista deportivo

Martes 9 de agosto de 2016 | Edición del día

Foto: sitio de INFOBAE

En 2010, el camerunés Hassan N’Dam N’Jikam alcanzaba la cima de su carrera profesional al superar al georgiano Avtandil Khurtsidze y consagrarse campeón mundial mediano de la Asociación. Cuatro años más tarde, el tailandés Amnat Ruenroeng vencía al filipino Rocky Fuentes y obtenía el cinturón ecuménico mosca de la Federación. Ambos púgiles, curtidos en disputas a doce asaltos ante los mejores exponentes del globo, han decidido aprovechar la oportunidad que los Juegos Olímpicos de Río le ofrecerán a todos aquellos que hace tiempo han abandonado su estatus de amateur para materializar el sueño de obtener una medalla. La posibilidad, sin embargo, analizada en profundidad, presenta aspectos harto cuestionables.

Si bien es cierto que una importante cantidad de disciplinas olímpicas permiten la participación de deportistas rentados, como el fútbol, el básquet, el tenis, etcétera; ninguna de ellas trae aparejada el riesgo al que se expone quien sube a un cuadrilátero. El boxeo, a pesar de emerger muchas veces como un salvoconducto para jóvenes socialmente vulnerables y con aspiraciones jaqueadas por infinidad de carencias, atenta contra la integridad física de quien decide efectivamente ponerse un par de guantes. En ese contexto, los Juegos Olímpicos siempre aparecieron en el horizonte como la meta máxima para todos aquellos púgiles aficionados que no necesariamente buscaban en el futuro saltar al profesionalismo. Se trataba en ese sentido, más allá de las diferencias técnicas que pudieran existir entre un luchador y otro, de un escenario de paridad y equilibrio en términos tanto de experiencia acumulada como de castigo recibido.

Río romperá con esa tradición. El 1 de junio del año pasado la Asociación Internacional de Boxeo Amateur (AIBA) aprobó casi unánimemente la intromisión de púgiles rentados en el evento de los anillos por primera vez en la historia y abrió una fuerte polémica.

“No creo que sea una buena idea, es una cuestión muy arriesgada. La mayoría de los jóvenes no tiene la capacidad de enfrentarse a un peleador maduro”, sentenció hace algunos meses el famoso promotor Don King, cuya afirmación adquiere mayor relevancia si se contempla incluso que en los venideros Juegos se eliminará el cabezal de los combates, hecho que no ocurría desde Moscú 1980.

Entrenamientos extremadamente exigentes, en varias oportunidades apoyados económicamente por multinacionales, la posibilidad de acceder a suplementos fundamentales y el rodaje contra colegas de primer nivel no son los únicos factores que construyen el abismo entre quienes viven del noble arte y los aficionados. Es preciso agregar también, por ejemplo, que los campeones del mundo como N’Dam N’Jikam y Ruenroeng han acumulado varios duelos a doce rounds, mientras que en la cita brasileña los encuentros serán de tres asaltos, la cuarta parte; lo que podría otorgarle otra pequeña ventaja a ellos, familiarizados a transitar el ring y dosificar energías durante 36 minutos.

Considerando entonces las posibles consecuencias que tal disparidad podría significar, ¿por qué se lleva a cabo? Indudablemente, es el negocio detrás del boxeo el vector fundamental. La posibilidad de ver contiendas más agresivas, con mayor cantidad de nocauts e incluso cortes acompañados de sangre; son pequeños argumentos que hacen a la disciplina más comercial y respaldan para algunos la decisión asumida.

“Para mi es un desafío poder competir contra colegas de esa jerarquía, aunque reconozco que la medida fue asumida muy abruptamente”, comentó el representante argentino Alberto Palmetta. Y es que, en cierto sentido, el haber adoptado una salida experimental, que diera lugar a la invitación de púgiles rentados pero con un límite máximo de enfrentamientos, quizá hubiera ofrecido una transición menos peligrosa e igualmente analizable.

Las cartas, no obstante, ya están sobre la mesa. Río ya empezó a palpitar con la asombrosa disciplina de los puños, que premiará a muchos y entristecerá a otros. Desde este espacio bregamos porque estos últimos, llegado el caso, sólo tengan que lamentar un sinsabor deportivo.







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