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Red Internacional

Crisis política en Chile. Boric en su laberinto: un gobierno estructuralmente débil

Cuando Boric creía estar llegando a puerto en su objetivo de estabilizar su mandato de cara al aniversario del primer año de gobierno, una nueva crisis política desatada por las diferencias internas en su coalición nuevamente deja al desnudo la fragilidad de los inquilinos del palacio de la moneda.

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Martes 10 de enero | 07:05

Boric entra al palacio de la moneda imbuido del optimismo de quienes creen que la historia les ha dado la razón. Podrá criticarse la soberbia o imprudencia del sentimiento que los embargaba. No somos quienes para juzgar los efectos psicológicos que haber obtenido un récord de votos para una elección presidencial deben generar en la psiquis humana. Pero si podemos analizar críticamente la falta de sustento material de dicho optimismo.

Chile atraviesa una crisis política, cuyo episodio más álgido fue la rebelión del año 2019. La crisis es caracterizada por una tendencia a la disgregación de los nexos que unen a la sociedad con su institución política. Esta disgregación se expresa, también, en la estructura del estado en que actúan los actores que cohesionan dicha maquinaria. Tras treinta años de un sistema político cohesionado y articulado en dos grandes coaliciones que administraban sin contratiempo el aparataje institucional, hoy incluso nombrar a un fiscal nacional es algo que implica una dificultad extrema.

Los analistas del mainstream suelen analizar este fenómeno por separado. Por una parte “el malestar social” y por otro “la crisis institucional”. A esta última suele atribuir como causa “la fragmentación del espectro político”generado por un sistema electoral que promueve una actuación de nicho, fomentando caudillos identitarios y egoístas incapaces de ponerse de acuerdo. Este razonamiento formalista está en la base de quienes creen que el problema de la crisis política se soluciona con una nueva constitución, cualquiera sea esta y a cualquier precio.

El problema es que esta “crisis orgánica” del régimen político, donde cada vez se acentúan las tendencias hacia la disgregación, no tiene una causa “formal”. Sus bases están en la incapacidad del régimen de cumplir la promesa transicional realizada a la población. Todo régimen de dominación política no puede asentarse únicamente en la represión y la coerción. Requiere del consenso de los dominados para producir una legitimidad que le otorgue estabilidad.

Y ese consenso fue construido sobre la promesa que un modelo económico de libre mercado extremo generaría un dinamismo en las grandes riquezas del país que impulsa el crecimiento económico, con ellos la creación de empleos, el aumento del salario y del consumo. La denominada “teoría del chorreo”. Durante un tiempo efectivamente hubo crecimiento económico. Pero el alza salarial fue bastante exigua y fue impulsada artificialmente mediante el crédito, que fue otra manera de explotar más a la población trabajadora. El aumento de bienes de consumo y servicios adquiridos por la población , solo hizo más obscenamente ricos a los burgueses y más miserables y explotados a los trabajadores.

El problema es que la economía chilena se encuentra estancada y al borde de la recesión, por que para “Impulsar este dinamismo” se optó por liberalizar a tal punto que los motores del crecimiento chileno fueron estos 30 años la extracción intensiva de recursos naturales y la especulación financiera.

Y en un mercado global cada vez más desacoplado, con tendencias a la crisis y enfrentamiento entre las grandes potencias imperialistas, la burguesía chilena carece de un plan estratégico que no sea mantener todo como está y esperar que vuelvan a fluir los capitales internacionales. De ahí que la respuesta del régimen a los reclamos populares sea, fortalecer la represión , al no poder darles respuesta, lo que es expresión de un régimen débil.

Y dado que, en términos leninistas, “los de arriba no pueden gobernar como antes y los de abajo no aguantan vivir como acostumbran” , la ecuación entrega una situación que se refleja en una polarización y fragmentación política que no es atribuible al sistema electoral o al egoísmo caudillista. Sencillamente no existe una gran empresa que pueda articular a los diferentes actores políticos.

El agotamiento del modelo económico chileno requería medidas radicales. Boric se confió, al carecer de base parlamentaria, en soluciones formalistas constitucionalistas y en los “expertos concertacionistas”.

Pero estos ya fracasaron durante los últimos 30 años. Por lo mismo el gobierno aumenta su descontento y solo puede ofrecer soluciones paliativas. Por eso es que un gobierno de dos coaliciones (que hemos analizado en columnas anteriores), sus actores solo piensan en salvar los muebles y en la próxima elección, pero como están atados al destino del modelo, no pueden ofrecer una salida, más que hundirse con el.

Y en este callejón sin salida, Boric parece orgulloso de oficiar como el violinista del Titanic.


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