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“Borges contó mi historia, cambiando nombres y circunstancias”

En exclusivo, La Izquierda Diario accedió al testimonio de la mujer detrás de uno de los personajes más conocidos de Borges. Lo publicamos aquí a modo de homenaje, en el 120 aniversario del nacimiento del escritor.

Cecilia Rodríguez

@cecilia.laura.r

Viernes 23 de agosto | 20:44

Imagen: obra del artista Alberto Brecia, basado en un cuento de Borges.

Nena, vamos a hacerla corta. Me mato porque llegué bastante bien a esta edad. Prefiero irme así. Tu abuelo también prefirió lo mismo y yo respeté. Si hubiera algún motivo para quedarme serías vos, pero siento que ya te disfruté mucho y no necesito más. Creo que vos tampoco y que más bien voy a empezar a ser un estorbo… no quiero eso... No te sientas mal, pero es así. Vos ya me diste el regalo más grande que me podías dar: me hiciste escritora… o… no sé… relatora, ¡o personaje!, porque esto de los audios no es… En fin, tengo que dejarte una última historia, este último audio, que no sé si me va a salir bien, porque estoy un poco nerviosa; por eso te pido que lo edites bien, porque siento que voy a divagar mucho… ya estoy divagando, me da vueltas la cabeza a mil por hora, como que necesito de alguien que no haya estado ahí para contarlo y para poder contarlo, porque cuando se llega tan a vieja te acostumbrás viste, te acostumbras a no acordarte de nada, a vivir de lo simple, lo inmediato, la rutina, el dolor, esa articulación que molesta, eso que no se puede hacer, como escribir, porque en todo caso yo no puedo escribir, mis manos no me dejan y vos sos mi pastilla para el reuma… ¡Ay! las vueltas que me da la cabeza no te las puedo explicar… tengo que contarte aunque me vaya por las ramas. Editame bien y publicalo: que algo de todo esto me haga un cacho de justicia… (1)

(1) Nota de edición: aquí termina la transcripción textual del audio, el resto es la versión que ofrecemos editada.

Si tuviera que empezar por algún lado, sería por la confesión: tuve otra vida antes de conocer a tu abuelo. Nunca se lo conté a tu mamá ni a nadie de la familia. Mi apellido de nacimiento… no sé… me suena Echegaray, me suena Molina, o Campos, o Pastorino. Cambié muchas veces de nombre hasta llegar a ser tu abuela. Recién en el 55, 56, me puse este nombre que vos conocés. Me acuerdo de un noviecito, que me duró dos meses y trabajaba en el Registro Civil… o no sé si me busqué el noviecito porque necesitaba alguien que trabajara ahí… como sea… me acuerdo que justifiqué el pedido exagerando una persecución de la Libertadora. El chico estaba en la resistencia. Hizo lo que le pedí. Yo tenía por esos años una peluca colorada que ejercía algún tipo de poder sobre los hombres y la usaba para este tipo de cosas.

La cuestión es que conseguí esta identidad, la de ahora y conocí a tu abuelo, senté cabeza, me enderecé. Pasó el tiempo, tuve hijas y de esa vida anterior quedó solo un registro: un relato escrito por Borges, titulado Emma Zunz.

Verás: ese nombre fue uno de los usados por mi durante la década de los 40. Ese y otro: Manuel. Porque también por esos años andaba yo de pelo corto, pantalones y chambergo requintado. Creo que Manuel no fue mi primer nombre masculino. El primero me parece que fue Jorge y, si no recuerdo mal, un día, un poco borracho, dije que me llamaba Luis. Simetrías de las cosas. Adopté Manuel cuando conseguí los papeles de una muerta llamada Emma Zunz y entonces me pareció que Manuel era su complemento más adecuado.

La cosa es que hubo un periodo en el que me moví entre esas dos vidas, que no eran ya mi vida de nacimiento. Como Manuel, era asiduo de los bailes que se hacían en Palermo, a los que entraba después de hora y orillando la pared. Como Emma, era obrera en una textil de Valentín Alsina.

A Manuel a veces le gritaban maricón, bufa, putazo, pero era raro que alguien lo confundiera mujer. Evitaba meterse en reyertas y si se presentaba alguna de la que no fuera posible zafar, se defendía quedándose en tetas, por el efecto sorpresa y porque el otro enseguida se sentía un cobarde. Por supuesto, esto no se podía hacer a cada rato: después era difícil volver al boliche y, más bien, había que evitar el barrio entero durante unas semanas. Por suerte, lo de las peleas no pasaba mucho. Entre la curda y lo oscuro, bastaba nomás no sacar a bailar a la china ajena.

A Emma ya la miraban con más dudas, incluso a pesar de su cabellera colorada. “A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas”, repetían en el vestuario de la fábrica. Emma oía los murmullos desde afuera, porque siempre esperaba que estuviera vacío para entrar a cambiarse. El pudor alimentó las especulaciones: "dicen que nació hermafrodita y los padres eligieron criarla mujer"; "parece que tiene una verga chiquita entre las piernas"; "además es cocorita, ¿viste? por ahí un poco machona"; "algo hay, ¿sino por qué nunca se desnuda enfrente nuestro?". Emma decidió no gastar energías en contestar los rumores. Más bien lo contrario: empezó a ponerse una nuez en la bombacha y cada vez que ojos curiosos se posaban en su entrepierna ella sacaba la pelvis para afuera, pa que se notara. Por esa fama, podía plantársele al capataz o a cualquiera que se la diera de mandón y resultar creíble. Las obreras le profesaban un respeto silencioso y la obedecían cuando ella mandaba a parar las líneas o convocaba al sector a reunirse en asamblea.

Así, un nuevo sindicato que se estaba armando en la rama textil la empezó a incluir en algunas reuniones. De hecho, uno de los caudillos de esa nueva conducción era el que había proveído los papeles de la muerta, para dar nombre legal a la obrera Zunz. Ella había explicado, con lujo de detalles, que en una fábrica anterior ubicada en Barracas la habían puesto en lista negra por sus actividades sindicales, que a la sazón la enfrentaban a la anterior dirigencia “traidora” (esas fueron sus palabras). El caudillo vio allí a una adepta -también ayudó su gusto por las coloradas- y colaboró… creo que por ese entonces Perón era secretario de Trabajo… En fin, la cosa es que Emma era la única mujer que iba a ciertas reuniones sindicales. No tenía cargo, ni voto, pero se consideraba su opinión, lo cual también habrá fomentado el mito de la verguita… En resumen, yo era ese mito: un rato Manuel, un rato Emma.

En un baile en el Palermo Palace conocí a Cecilia Ingenieros. Estaba fuera de lugar. La tela de su vestido levitaba. Su piel no estaba cubierta de talco. Se había bañado. Olía a perfume. Puse una mano sobre su espalda y la boca sobre su oído: ¿qué hace una mujer como vos entre tantas cabecitas negras? (esto lo dijo Manuel) Ella se dio vuelta, me examinó y retrucó suavemente: ¿qué hace una mujer como usted vestida de cabecita negra? Sin esperar contestación, me dijo que estaba haciendo una investigación para un número de danza contemporánea. Me causó gracia.

Le besé los pechos erguidos en un hotelucho de Retiro. Me contó que su padre hacía experimentos con lesbianas y homosexuales presos en comisarías. Le conté que mi padre había perdido todo en un desfalco a la compañía textil de la que era ingeniero o dueño o socio -ya no recuerdo su puesto- y que yo había pasado de ser la hija de una familia rica a ser prácticamente huérfana y obrera. Le fascinaba ese destino mío.

Me preguntó si andaba de hombre porque así me iba mejor con las mujeres. Le dije que ella era la primera mujer con la que estaba y que andar de hombre ocurrió de un modo casual: cuando me echaron de la textil de Barracas (lista negra mediante), pasé hambre, vendí todo, hasta el pelo y los vestidos. La gente entró a confundirme con hombre. Les di el gusto.

Me preguntó si era comunista, por lo de la lista negra. Le dije que no. Me preguntó si me gustaba Perón. Le dije que me daba igual, que yo lo que quería era ser alguien. Me preguntó mi verdadero nombre. Dije que ahora me llamaba Emma Zunz y que de mantener esa identidad dependía mi trabajo. Juró jamás preguntar por otro nombre: yo sería para ella, siempre, la lobita Zunz… ¡Ay nena! Venir a acordarme de esto ahora, me sube una calor… por favor no te sonrojes… yo era la lobita Zunz porque se me daba por aullar cuando ella… cuando ella bajaba… a veces metíamos la nuez ahí, ella se reía fuertísimo y quería romper la cáscara con los dientes.

Nos vimos algunos meses a escondidas de su padre y todo su entorno. Nunca usé la peluca con ella. Yo sabía que se codeaba con Borges y todo tipo de personalidades aunque no tuve nada que ver con ese otro mundo de ella. Me enamoré locamente. Hablé de más. Le conté todo, todo lo que había hecho. Me das miedo, me dijo corriendo la cara, negándome un último beso. Loba está.

No contenta con dejarme así, a corazón destrozado, la señorita se tomó la licencia de irle a Borges con el cuento de la asesina Zunz. Por supuesto, él lo escribió, cambiando amablemente nombres y circunstancias e intercalando en el relato cosas de su propia cosecha. ¿Y sabés qué, nena? De bruta que soy, recién me entero en 1986, cuando el tipo se muere, que había escrito eso. Y decí que yo lo veía dele hablar en la tele, dele hablar en la tele. ¡Y hasta lo citaba en charlas! Porque Borges dice tal cosa… me mandaba en alguna cena con tu abuelo, para ganarle la discusión… porque Borges dice esto otro, reforzaba con los amigos… pero ni jota del cuento ese ¿podés creer? En fin, después de descubrirlo lo leí tantas veces que llegué a confundir mis propios recuerdos con sus relatos y no es hasta ahora, en estos últimos minutos sobre la tierra, que me pongo a pensar seriamente y a separar paja de trigo.

Puedo decir con certeza que no maté en 1922, cuando yo no había nacido, sino a principios de los 40, aunque no sabría precisar el año. Sé que aún no trabajaba en Lanús sino en Barracas y que al finado lo finé en Barrio Norte. Sé que la víctima no fue un judío sino un inglés, de apellido Fraser. Sé que no quise vengar a mi padre (ocurrencias de Electra nunca tuve); sé que me acosté con más de un marinero y sé también que ninguno de ellos sirvió siquiera para coartada. Sé que solo una vez rompí plata: no las veces que me pagaron por sexo, sino la vez que me pagaron por mi pelo.

El asesinato ocurrió del modo que describe Borges: de un tiro… disparé una Parabellum que Fraser gustaba de sacar cuando estaba conmigo, me hacía chuparla… así que de un tiro… y en la oficina… aunque no en la de la fábrica, sino en la de su casa. También acierta Borges con eso de que yo tuve una revelación sobre mi padre antes de matar… él en realidad pone en el centro de la revelación a mi madre, eso es cosecha borgeana, mi revelación fue exclusivamente sobre mi padre… pero más allá de esta diferencia hasta el día de hoy me resulta increíble que el tipo haya captado eso, porque yo no se lo conté a Ingenieros ni a nadie… El tipo se ve que captaba cosas. Efectivamente antes de matar a Fraser a mí me salta la chaveta porque veo uno de los viejos almanaques de la fábrica, que solían hacerse bajo la supervisión de mi padre… ¿o era mi padre el que los dibujaba?... bueno, no importa.... mi casa estaba llena: tenían gauchos en posturas costumbristas, subidos a los caballos, en la pulpería, con la china; estaban siempre borrachos, colorados, con los dientes separados por gruesas líneas negras, sonriendo macabros. Tenía pesadillas con los gauchos esos, soñaba que entraban galopando a la pieza por las noches. Y nada, cuando vi uno de esos ahí, en el escritorio de Fraser, algo hizo clic. Así que en eso Borges la acertó. En otras no, no sé si porque ficcionó él, ficcionó Cecilia o ficcioné yo.

Por ejemplo, no tuve que mostrar mi cuerpo a la policía. Más bien lo contrario: la coartada se basaba en ocultarlo. Resulta que el caballero inglés gustaba de afirmar propiedad sobre sus putas y esa noche, mientras veo el almanaque con los gauchos, el tipo, trincheta en mano, me estaba firmando a nalga traviesa. Doble clic supongo. De prepo le manotié el arma y su ruta.

La señora Fraser, atenta al prestigio de la familia, opinó que sería mejor inventar otra cosa. Y yo opiné lo mismo en vistas de que en esa época una mina no zafaba de matar a un tipo (y menos uno así de importante) solo por aducir violación o defensa propia. ¡Qué gran error ese de Borges!, ¡qué coartada más fascinante y al mismo tiempo más inaplicable!, de mí hubieran dicho: provocó, quería, marche presa. Mirá nena, si hasta hoy se escuchan las mismas tonterías, te imaginarás lo que era entonces.

La cosa es que acepté el acuerdo con la señora Fraser. Mi culo se ocultó estratégicamente. La vieja entró a pagar coimas a troche y moche. Yo, bañadita y de punta en blanco, literalmente leí de un libreto a la policía, un libreto malo, inventado por un tal Ricardo, el abogado… me lo dio tipeado al lado del fiambre… decía algo así como que fue horrible, oficial, fue horrible… este hombre maravilloso que supo ser muy amigo de mi padre y que aún luego de su traición me puso a bajo su ala, me dio trabajo, me cuidó… este hombre, oficial, este santo le diría, me daba amablemente una clase privada de contabilidad, porque yo buscaba ascender a secretaria y bueno, estábamos acá entre el debe y el haber cuando un temible anarquista o comunista o fanático nazi… los Fraser eran públicamente Aliados y tenían unos primos en la Marina inglesa… en fin, un criminal oficial, un criminal horrendo ingresó al domicilio al grito de viva la huelga, la revolución o el nacionalsocialismo. Disparó a mansalva… recuerdo que la señora, para hacer todo más creíble, vació la Parabellum con un brillo glacial en los ojos… y Fraser, oficial, este hombre, murió al tenderse sobre mí para que las balas no me dieran. Me salvó la vida oficial, me salvó la vida. Al llegar pronto auxilio el anarquista comunista nazi se dio a la fuga. Era morocho oficial, de rulos, ojos celestes, piel colorada y dientes separados como por una gruesa línea negra.

Mi historia fue a parar a la primera plana de los diarios. Fraser héroe, viuda envuelta en lágrimas toma control de los negocios hasta que el bepi crezca; yo, la obrera salvada, en la página tres, con el traje de la banda de la fábrica (en realidad no era parte de la banda pero aprovecharon para hacer publicidad).

La señora Fraser… sororidad dicen ahora… La señora Fraser esperó cinco meses y me rajó a la mierda. Cuando la quise extorsionar para que me devolviera el trabajo o me pagara algo, me mostró su propia firma, cacheteándose con desdén. Me acuerdo lo que decía: mirá chiquita, mirá, mirá, tocalo, ¡metal caliente este culo!, ¡esto es matrimonio!, ¡esto es para siempre!… vos… vos sos una puta barata, ese culito ya debe estar lisito como porcelana… nada podés demostrar, así que no, no vas a volver a trabajar, ni en mi fábrica ni en ningún lado…

¡Ay nena!, ahora me da una risa acordarme: la tipa ahí agitando las cachas como si fuera un orgullo irse de este mundo así, marcada como una vaca. La cosa es que después de eso entré en una crisis pampa. Imaginate: yo no sabía hacer nada, había sido obrera nomas un año, todavía no sabía sobrevivir por mis propios medios, no sabía cocinarme, rebuscármela. Así que lo primero fue muy duro, estar en la calle, ser prostituta. Lo de ser hombre fue como un respiro. Porque pasaba que por ejemplo si yo dormía en la calle y me pensaban hombre, nadie irrumpía como los gauchos de los almanaques. Me engolosiné. Jorge, Luis, Manuel, no importaba el nombre.

Entendí también que podía inventarme la identidad que quisiera y hacerla realidad. Ahí es cuando entré en contacto con el nuevo gremio textil y conseguí que me dieran los papeles de la muerta para entrar a la de Valentín Alsina. Si trabajar en Barracas para mi había sido descender de rica a pobre, trabajar en Valentín Alsina fue ascender de pobre a obrera. Ya no la misma obrera, esa que tenía fama de delatora por ser la puta del patrón, no: ahora era una que tenía un secreto falo, una nuez en la bombacha, rozando el clítoris todo el santo día. A mí eso me salvó la vida: no matar, inventarme.

A veces sentí en mí cambios tan radicales que no llegaba a convencerme de que fueran obra propia: especulé sobre la muerta Zunz, de quién preservaba una foto de la documentación original ¿habría acaso algo de su propio espíritu que se transfería a mí en ese acto de robar su nombre? ¿estaría realmente muerta o sería, como yo, una identidad en fuga? Todavía ahora siento la tentación de buscarle una explicación fantástica a todo. Me pregunto, por ejemplo, si ella, la muerta, se habrá matado también como me mataré yo en pocos minutos e incluso si ella fue, como yo, una asesina. Y la verdad es que tranquilamente puede haber sido ella todo eso pero sé, profunda e indeclinablemente, que yo soy obra mía, que me moldeé desde una pila de excrementos para ser quien soy.

El matrimonio con tu abuelo llegó cuando se vino la negra: fusilamientos, despidos, detenciones. Ya no convenía esa vida doblemente inusual que yo llevaba. Me mudé a Rosario, volví a ser mujer, marido en las de la ley, familia tradicional, trabajo doméstico, hijas y nietas. Todo esto también fue mi decisión, y aunque acaso me fui olvidando de que era yo la que decidía, siempre preservé una astucia, una independencia, una estrategia para vivir sin que nadie me humille. No pensé en el pasado salvo una vez, cuando naciste vos y tu madre no sabía que nombre ponerte: Cecilia, le dije. Esa vez pensé en ella, en Ingenieros… Y después en 1986 cuando murió Borges y descubrí el cuento… Ahí pensé en Fraser… Y ahora, cuando agarré la pistola que era de tu abuelo para echarme un tiro a la sien… pensé en mí… Tres veces en sesentipico de años... Pero ahora no fueron recuerdos parciales: llegó todo fluyendo, desbordando. Así que a los otros audios que te venía haciendo sumo este, el último. Si se puede nena, editalo bien y publicalo. Te quiero.







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