Internacional

TRIBUNA ABIERTA

Bonapartismo frágil en Turquía

Turquía puede celebrar un referéndum sobre la transición a un sistema presidencial autoritario, tan pronto como finales de marzo; sin embargo, el giro bonapartista de Erdogan no anuncia la estabilidad de la clase dominante, ni una solución a la crisis del neoliberalismo.

Barış Yıldırım

Desde Estambul

Jueves 9 de febrero de 2017 | Edición del día

Fotografía: Reuters/Kayhan Ozer

El argumento de que el panorama mundial actual se asemeja al de la década de 1930 casi se ha convertido en un cliché. La severa depresión económica, sin precedentes desde aquella época, fue seguida por una ola de levantamientos (2011-14), que, por el momento, parece derrotada, y somos testigos de un giro brusco hacia la derecha entre las masas trabajadoras. La actual crisis del sistema capitalista no es cíclica, sino más bien “orgánica” en su carácter, en la medida en que el orden neoliberal ya no puede sostenerse. Pero la clase trabajadora no parece capaz de tomar la iniciativa para derribarlo. Todo esto sucede en el contexto de una grave crisis de hegemonía dentro del sistema imperialista.

A medida que los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, los “verdaderos” representantes de la burguesía, pierden rápidamente su apoyo entre las masas debido a su insistencia en el credo neoliberal, vemos el surgimiento del populismo de derechas, de partidos autoritarios con un discurso anti-inmigrante, racista y misógino. No hace falta decir que esta tendencia ha culminado con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, y es posible que dirigentes derechistas similares lleguen al poder en Francia, los Países Bajos u otros países en los próximos meses. Paralelamente a esta tendencia mundial, Turquía está en una deriva autoritaria caracterizada por la exacerbación de la inestabilidad política y social.

La tentación es tomar el camino más fácil, que describe el caso de Turquía como una simple “democracia no liberal” o un tipo de “sultanismo”. Sin embargo, el autoritarismo en Turquía está directamente relacionado con la crisis del modelo neoliberal. De hecho, el neoliberalismo ha entrado en crisis en los países periféricos o semi-periféricos como Turquía en la década de 1990, mucho antes de que lo hiciera en los países imperialistas centrales: mientras que los partidos de centro veían su apoyo erosionarse rápidamente, una “ola rosa” se hacía con gran parte de América Latina, mientras que Turquía y varios países de Europa del Este caían bajo el imperio de los hombres fuertes de la derecha populista. La crisis de la hegemonía en Turquía se debe principalmente a las políticas neoliberales que han alienado a las masas trabajadoras del régimen, el antagonismo entre la gran burguesía y la burguesía islamista y la poderoso rebelión kurda en la década de 1990; y fue exacerbada por una crisis económica severa en 2001. Justo después, el AKP (Partido Justicia y Desarrollo) se autoproclamó la única fuerza capaz de superar el cuello de botella.

Guerras culturales

En ausencia de una alternativa a la izquierda, el populismo autoritario de Erdogan logró canalizar el resentimiento social creado por la crisis de 2001. Su populismo remodeló el escenario político alentando la división cultural imaginada entre un establishment elitista “no nacional”, que supuestamente desprecia los valores nacionales “auténticos”, y el “auténtico corazón de la nación”. A pesar de estar en el poder, el AKP podría argumentar que lucha contra la tutela de la burocracia elitista y militar que ha obstaculizado el avance de Turquía. De esta manera, el AKP logró extender su hegemonía sobre las masas más amplias y cooptar potencialmente a elementos disidentes. Para ello utilizó un discurso de “democracia pluralista” que incluía diversas reivindicaciones populares de forma distorsionada, y se presentó como el verdadero representante de la nación, históricamente construida como una comunidad coherente, sin clases y distinciones por el nacionalismo conservador turco.

Como tal, aunque en realidad empujó fuera de la arena política a los estratos más bajos a través de las “reformas de mercado”, el AKP podía argumentar que estaba aplicando un proceso de “democratización”. Mientras que obliga a las masas en general a elegir bando en la supuesta lucha entre “elite kemalista-jacobina” y “la nación temerosa de Dios”, el AKP debilitó a la clase obrera, y despolitizó los antagonismos de clase ocultándolos bajo este velo culturalista. Por supuesto, un componente importante de este populismo es la promesa más materialista de que “nosotros, la gente piadosa” sustituirá a la vieja élite.

Una hegemonía que se erosiona

En el comienzo de la década de 2010, sin embargo, este discurso hegemónico se enfrentó a un serio desafío: el bloque de poder comenzó a romperse (culminando finalmente en el fallido golpe de Estado del mes de julio de 2016), el intento del AKP de actuar con autonomía en política exterior (especialmente en Siria) condujo al desmoronamiento de sus alianzas internacionales, la crisis financiera mundial exacerbó el conflicto entre las diferentes fracciones de la burguesía y, por supuesto, el levantamiento de Gezi entró en erupción, todo lo cual reveló que el anti-establishment del AKP, su estrategia discursiva populista, había alcanzado sus límites. La contracción de la capacidad hegemónica del AKP, y las grietas que aparecen en sus alianzas obligaron al partido a reforzar su base social esencial. La consolidación de esta base alrededor de la figura de Erdogan y su mito de la “Nueva Turquía”, fue posible sólo a través de la polarización continua de la sociedad, por un lado, y el aumento al recurso a la fuerza bruta, por el otro.

El intento del AKP de consolidar el núcleo de su base social fue básicamente un movimiento defensivo. Con este fin, el partido reavivó los temores de estos grupos sociales, a través de un discurso muy alarmista. Hizo un amplio uso de viejos clichés -como “la fe y la patria está en peligro” y “mancillarán nuestra bandera, callarán la llamada a la oración”, que históricamente han reflejado la frágil confianza en sí mismo del nacionalismo turco. Así, el AKP cambió el enfoque de su discurso de la “revolución democrática” a “la segunda guerra de liberación turca”. La piedra angular de este movimiento defensivo era el mito del líder “nacional y auténtico”, que valientemente se enfrentaba a una conspiración forjada por las potencias extranjeras y los “grupos de presión”.

El fomento del régimen a través de la guerra

Sin embargo, pronto se hizo evidente que no sería suficiente la pura defensa, y Erdogan y el AKP recurrieron a la guerra. La continuación de la guerra, dentro y fuera de Turquía, fue clave para convertir el estado de emergencia en la norma, y el establecimiento de un nuevo paradigma de “normalidad”. El AKP superó la crisis más grave de su historia, provocada por las elecciones de junio de 2015, por medio de la guerra. La guerra se convirtió en una palanca para el fomento del régimen, un régimen de partido dirigido por un hombre fuerte y dominado por la lógica extrema “amigo / enemigo”. El AKP aprovechó la oportunidad para reestructurar las alianzas dentro del Estado en su beneficio, y para reorganizar la sociedad a través de una fuerte polarización política. Dio un giro brusco hacia políticas securitarias (por decirlo suavemente) en la cuestión kurda; en el frente sirio, rápidamente abandonó el “cambio de régimen” de Assad por la “lucha contra el terrorismo”.

Estas maniobras también estuvieron motivadas por el deseo de ganar nuevos aliados, como el presidente ruso Putin, figuras prominentes del “Estado profundo” de Turquía, o líderes ultranacionalistas como Bahçeli y Perinçek. Como tal, el régimen comenzó a desplazarse rápidamente hacia un modelo de “partido dominante” represivo en torno a un hombre fuerte, apoyado en una “inestabilidad estable” generada por la guerra continua. Marx señaló que Napoleón III secuestró la lucha de clases a golpe de guerras continuas en el extranjero; del mismo modo, Erdogan ha distorsionado primero la lucha de clases mediante “guerras culturales”, y luego ha optado por reforzar su poder por medio de las guerras militares.

Como tal, el gobierno de Erdogan ha llegado a parecerse a un régimen bonapartista, definido por Trotsky como “un gobierno del sable como juez-árbitro de la nación” [1]. Debido a que la arquitectura del Estado se había vuelto muy frágil por la desintegración de las alianzas nacionales e internacionales utilizadas para apuntalar el régimen del AKP, la única manera de compensar esta debilidad era un poder dictatorial. Como argumentó Walter Benjamin, “el gobernante es designado desde el principio como el titular del poder dictatorial, si la guerra, las revueltas u otras catástrofes empujan a un estado de excepción” [2]. Lo que creó el “estado de excepción” en el caso de Turquía fue la lucha interna dentro de las instituciones del Estado y la fragmentación de la clase dominante.

En los escritos de Marx y Engels, el bonapartismo describe un régimen en el que el poder ejecutivo del Estado, bajo el gobierno de un individuo, alcanza un poder dictatorial sobre todas las otras partes del Estado, y sobre la sociedad. La intensidad de la lucha de clases en la sociedad ha llevado al agotamiento de las clases opuestas, a un punto de estancamiento donde ni la burguesía puede gobernar como antes ni la clase obrera puede tomar el poder: el resultado es que el Estado se vuelve autónomo y, en general, a través de la aparición de una poderosa figura política (un Bonaparte), aporta una solución al conflicto, lo que garantiza la continuidad de la dominación burguesa. Por tanto, el bonapartismo constituye una manifestación extrema de lo que en la literatura marxista más reciente sobre el estado (por ejemplo, Poulantzas), se ha llamado su “autonomía relativa”.

El bonapartismo es visto sobre todo como el producto de una situación en la que la clase dominante ya no es capaz de mantener su dominio por medios constitucionales y legislativos; pero la clase obrera tampoco es capaz de afirmar su propia hegemonía. Sin embargo, en Turquía el momento bonapartista no puede reducirse a un equilibrio de fuerzas entre las dos clases fundamentales opuestas. Más bien es el resultado de las divisiones internas del “partido del orden”, la consiguiente debilidad de la clase dominante y la fragilidad del aparato estatal. Ya en 1866, Engels, en una carta sobre la reforma constitucional en Prusia, subrayó la tendencia de una burguesía débil a optar por la vía bonapartista, afirmando que “el bonapartismo es, después de todo, la verdadera religión de la burguesía moderna”: “cada vez es más evidente que la burguesía no tiene la capacidad para gobernar directamente en sí y, por lo tanto, a menos que haya una oligarquía, como aquí en Inglaterra, capaz de hacerse cargo, por una buena paga, de la gestión del Estado y la sociedad en interés de la burguesía, la dictadura semi-bonapartista deviene la forma normal” [3].

¿Un reto para los oprimidos?

El bonapartismo en Turquía no surge de un enfrentamiento entre las clases dominantes y las subordinados. El levantamiento Gezi de 2013, las huelgas masivas que afectaron a la industria del metal en 2015, y el auge del movimiento kurdo que culminó en las elecciones de junio de 2015 planteaban por separado retos significativos para el régimen; sin embargo, no fueron ellos los que obligaron a la clase dominante a abandonar los mecanismos parlamentarios “normales”. La principal razón que empujó el surgimiento de un ejecutivo fuerte autónomo fue, como se ha indicado, el fracaso del sistema parlamentario a la hora de detener la disolución del Estado y la fragmentación de la burguesía.

Aunque de acuerdo con Gramsci, el “cesarismo” se produce cuando las dos clases fundamentales opuestas están muy igualadas y potencialmente existe la amenaza de ruina mutua, al igual que Engels apunta otra posibilidad en la que el cesarismo “puede ser provocado por una deficiencia política ‘momentánea’ de la fuerza tradicional dominante”. Según Gramsci, el cesarismo de Napoleón III fue el resultado no del poder de la “fuerza progresiva rival” -las clases oprimidas- para cambiar el orden social existente, sino más bien de la fuerte división política de la “fuerza dominante” en Francia en campos rivales (“legitimistas, orleanistas, bonapartistas, jacobinos-republicanos”). [4]

Así ocurre en Turquía. La enmienda constitucional que pronto será presentada en el parlamento turco, disfrazada de un sistema presidencial, proporciona una excusa legal para una “semi-dictadura bonapartista” de facto. Sin embargo, esta concentración de poder no es un signo de fortaleza, sino más bien muestra que el régimen es incapaz de limitar la contienda entre partidos burgueses rivales y sectores a través de medios parlamentarios “normales”.

Hacia un Estado fallido

Este bonapartismo impulsado por la guerra es incapaz de producir los efectos deseados debido a:

a) la continuación de las divisiones ideológicas y fraccionales del aparato de seguridad a pesar de una extensa purga después del intento de golpe de julio de 2016,

b) el hecho de que las nuevas “alianzas” de Erdogan en el Estado y la sociedad ya están recorridas por contradicciones que podrían terminar en una ruptura brusca,

c) la polarización,

d) el agravamiento de los conflictos dentro de la clase capitalista (y por lo tanto dentro del AKP) por la crisis económica galopante, y

e) la crisis de hegemonía en el sistema imperialista.

En el frente interno, “la guerra contra el terror” de Erdogan no hace más que agravar los ya existentes “riesgos de seguridad”, y exponer aún más a Turquía a las intensas rivalidades geopolíticas internacionales. El gobierno simplemente no puede estabilizar un nuevo equilibrio de poder. Por ejemplo, las ya mencionadas “guerras culturales” y la islamización, que para el AKP son instrumentos indispensables para consolidar su base, empujan la polarización social a un nivel que ya no es manejable, introducen la violencia islamista en el corazón del Estado (“pakistanización”) y presionan al gobierno hasta un punto de ruptura con sus aliados dentro del Estado o en el ámbito internacional.

En el ámbito internacional, el giro de 180 grados de Turquía en su política hacia Siria y la suavización de sus relaciones con Rusia e Irán han dado lugar a un mayor agravamiento de la tensión con los EE.UU., que cristaliza en los debates sobre el apoyo de Estados Unidos a los kurdos sirios, o la exigencia de que EE.UU. entregue a Fethullah Gülen a Turquía. Los funcionarios del gobierno alegan con frecuencia teorías conspirativas sobre cómo los EE.UU. está tratando de desestabilizar Turquía mediante el patrocinio del terror. Esto conduce a un mayor antagonismo entre los llamados campos “pro-Eurasia” y pro-OTAN dentro del Estado, e incluso dentro del propio AKP. La competencia entre las diferentes potencias imperialistas se refleja en la estructura del Estado turco.

La situación económica es dramática también: como el capital financiero huye de los países periféricos para refugiarse en los países centrales, la crisis económica se profundiza en Turquía. Tras la victoria de Trump, la moneda turca se devaluó fuertemente, como fue el caso de México y países similares. La expansión del crédito llegó a un tope, la producción industrial empezó a contraerse, y en el tercer trimestre de 2016, Turquía ha visto sus primeras cifras de crecimiento negativo desde 2009. El resultado es un aumento de la tensión dentro del gobierno, entre un grupo neoliberal que predica una estricta disciplina fiscal y un grupo más neomercantilista / desarrollista que argumenta que el gobierno debe facilitar el acceso al crédito, invertir más en construcción e infraestructura, impulsar el mercado interno y, de paso, los mercados no europeos. Esta lucha dentro del partido en el poder está, por supuesto, estrechamente relacionada con la lucha entre diferentes facciones capitalistas.

En breve, la orientación bonapartista, que se supone debe llevar a cabo la reconfiguración y, por lo tanto, la estabilización del bloque de poder, paradójicamente acelera la disolución de la arquitectura institucional del Estado. Las purgas masivas en curso, y la inestabilidad política hacen que la reorganización burocrática del bloque de poder sea extremadamente difícil y arriesgada. Los sangrientos atentados y explosiones que ocurren cada dos semanas, el asesinato del embajador ruso, la matanza en un club nocturno en Nochevieja, se combinan para pintar la imagen de un Estado profundamente fragmentado y casi fracasado.

La vista desde abajo

En pocas palabras, en tiempos de crisis, cuando prevalecen la violencia y la inestabilidad, las personas claman por un “hombre fuerte” para tener cierto control sobre los problemas. Pero ¿qué pasa si la violencia y la inestabilidad crean una situación casi caótica en un país ya bajo un hombre fuerte? En actual momento bonapartista de Turquía, Erdogan se presenta como un salvador en un caballo blanco. Pero Erdogan debe efectivamente elevarse por encima de las clases sociales y las facciones dentro del Estado para ser verdaderamente un bonaparte. Sin embargo, en caso de que tropiece, también pueden aparecer otros bonapartes potenciales, por ejemplo, con el apoyo encubierto de la gran burguesía, que Erdogan no es capaz de ganar a su favor por completo.

En un incidente sorprendente y nada excepcional, un juez militar retirado dijo hace unos días que, en el caso de que Erdogan no pueda establecer la “unidad y la coherencia” del Estado y la nación, los militares pueden tomar el relevo. Como tal, el destino del frágil bonapartismo turco gira en torno a la cuestión de quién va a asegurar esa “unidad y coherencia” fugaz: Erdogan, o tal vez otro actor, como el ejército …

La única fuerza que puede cambiar radicalmente esta situación son “los de abajo” -golpeados por las políticas de “conmoción y pavor” del gobierno en el último año y medio. A finales de diciembre, la enmienda constitucional que establece un sistema presidencial, redactada por el AKP y el ultranacionalista MHP, fue aprobada en la comisión parlamentaria, y en breve será presentada al pleno. La enmienda da al presidente inmensos poderes sobre el legislativo, el judicial y las ramas militares del Estado. Es muy probable que el Parlamento apruebe la reforma, que será sometida a referéndum, probablemente a finales de marzo o principios de abril de este año.

Debido a la inmensa violencia estatal hacia el HDP (Partido Democrático Popular) pro-kurdo, y el encarcelamiento de sus co-presidentes, parlamentarios y alcaldes, es poco probable que el partido pueda organizar una amplia campaña de resistencia. Ese papel puede ser asumido por la Unión para la Democracia, una plataforma que reúne a activistas del HDP, así como a diversos partidos de la izquierda radical, confederaciones sindicales y las cámaras profesionales. Si esta forma más “reconocida” de la oposición social puede unir fuerzas con las iniciativas desde abajo surgidas después de Gezi, así como con el movimiento obrero de base, puede haber la posibilidad de organizar una campaña efectiva por el “No” en el referéndum esta primavera – lo que a su vez podría alimentar un frente común para los próximos años. Esa confluencia del movimiento kurdo, la dinámica de Gezi, y el movimiento obrero puede ser la única esperanza que nos quede para poner freno a la deriva autoritaria en Turquía.

Notas:

[1] https://www.marxists.org/history/etol/newspape/ni/vol01/no02/editors2.htm

[2] Citado en Michael Löwy, Fire Alarm: Reading Walter Benjamin’s On the Concept of History, Verso, 2005, p.58.

[3] https://www.marxists.org/archive/marx/works/1866/letters/66_04_13.htm

[4] The Gramsci Reader, Selected Writings 1916-1935 ed. David Forgacs, 2000, pp. 271-2.

Foti Benlisoy militante de Başlangıç, es historiador y co-fundador de la editorial greco-turca Istos. Ha publicado libros sobre las protestas en Grecia, Túnez y Egipto y el movimiento Gezi en turco.

Barış Yildirim militante de Başlangıç. Es traductor y vive en Estambul.

Originalmente publicado en inglés en LeftEast

Traducción: G. Buster







Temas relacionados

Erdogan   /    Turquía   /    Bonapartismo   /    Internacional

Comentarios

DEJAR COMENTARIO