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Biografías de Mayo: Juan José Castelli, el orador de la revolución

Liliana O. Caló

HISTORIA
Imagen principal: Mata Ciccolella

Biografías de Mayo: Juan José Castelli, el orador de la revolución

Liliana O. Caló

”Nuestro destino es ser libres o no existir, y mi invariable resolución, sacrificar la vida por nuestra independencia”. Juan José Castelli

“No reconozco en el virrey ni en sus secuaces representación alguna para negociar la suerte de los pueblos cuyo destino no depende sino de su libre consentimiento, y por esto me creo obligado a conjurar a esas Provincias para que en uso de sus naturales derechos expongan su voluntad y decidan libremente el partido que toman en este asunto que tanto interesa a todo americano”. Tiahuanaco, 1811

Quién no ha visto reproducida en formatos varios la conocida obra sobre la “Primera Junta” en la que aparecen reunidos, en primer plano, los llamados padres fundadores de la patria o “La Revolución de Mayo”, con el cabildo y la plaza, del mismo artista Francisco Fortuny, rememorando aquellas jornadas. Imágenes que se reproducen y son soporte de discursos sobre determinados hechos históricos que colaboran en la construcción de una identidad nacional, proceso que en nuestro país tomó impulso a comienzos del siglo XIX cuando ya se configuraban las clases modernas del país capitalista. En esa instrumentalización de fechas y efemérides patrias algunos personajes de la historia son transformados en íconos representativos de ese imaginario de unidad y otros, casualmente olvidados. A propósito de esas trayectorias que desafinan entre las consagradas por la historiografía nacional, elegimos la obra Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario de Fabio Wasserman [1], historiador, docente e investigador del Conicet, para conocer la Revolución de Mayo a través de uno de sus dirigentes más influyentes pero menos conocido y discutido, y dilucidar algunas razones de tal descuido.

El libro consta de una Introducción y trece capítulos, con una narrativa accesible, ordenados cronológicamente, siguiendo la trayectoria vital del personaje hasta su muerte en Buenos Aires, en el marco del contexto europeo de la época, la vida económica y social del Virreinato del Río de la Plata de comienzos de siglo XIX y los primeros años del proceso de ruptura colonial.

Wasserman adhiere a la mirada que vincula la crisis de las colonias españolas con los sucesos de la metrópoli. Esta es una de las definiciones más desarrolladas y firmes del libro. Sabemos que la identificación de la crisis americana con la que desata la disolución de la Junta Central de Sevilla no suponía la determinación inevitable del curso que toma el gobierno de Buenos Aires aunque, como señala Wasserman, no podría comprenderse sin ella. Volveremos sobre este punto.

¿Quién fue Juan José Castelli?

Juan José Castelli, retomando entonces, fue uno de los protagonistas de los sucesos de Mayo, “el orador de la revolución”, fama que adquirió a partir de su alegato en el Cabildo abierto de 1810. Participó como vocal en la Junta del 25 de Mayo y acompañó sus primeras medidas más radicales. Su firmeza y convicción sobre lo que estaba en juego en el Alto Perú [2] lo puso al frente de la dirección política del Ejército del Norte a fines de 1810. En esta cruzada, un año después, encabezó la proclama de Tiahuanaco el 25 de mayo de 1811 caracterizada por un programa de reformas sociales de abolición del tributo e igualitarias hacia los indios [3]. El libro reconoce en estos sucesos los más significativos de su biografía aunque no deja fuera lo estrictamente personal, como señala el autor “su vida no puede ser reducida a esos pocos años de gran intensidad en los que conoció la gloria y el ocaso casi sin solución de continuidad” (p. 12) y que podrían considerarse los años de formación de aquel “gran hombre”.

En los primeros capítulos el autor aborda su infancia, que transcurrió en el seno de una familia acomodada y sus estudios como letrado en la Real Universidad de Córdoba del Tucumán y luego en la Universidad de Chuquisaca (1786), una de las instituciones en las que circulaban no solo las tradiciones del pensamiento escolástico sino otras renovadas a partir de sucesos de las colonias inglesas del norte, las rebeliones lideradas por Túpac Amaru y Catari (1781). Durante los años siguientes Castelli va adquiriendo notoriedad en el mundo social y político de la élite, no solo por la riqueza que consolida, elemento de distinción en la sociedad rioplatense, sino por su carrera profesional siendo abogado en la jurisdicción de la Real Audiencia de Buenos Aires y suplente de Belgrano en el Consulado. La integración relativa de Castelli como funcionario de la corona y sus vínculos con la élite ilustrada “cobrará un nuevo sentido cuando entrara en crisis el orden colonial, al constituirse en un grupo dirigente con capacidad para tomar las riendas del poder” (p. 31).

El punto de partida de esta crisis se remonta a las invasiones inglesas de 1806-1807, frente al cual la eficacia del poder virreinal y en particular su dispositivo militar habían dado muestras de una implacable debilidad. Y no solo eso, a partir de una serie de sucesos como la expansión francesa, la batalla de Trafalgar (1805), que había congelado el comercio con la metrópoli, y finalmente la abdicación real de Bayona (1808) emerge entre la élite la búsqueda de alternativas frente al desequilibrio europeo. El carlotismo, al que adhiere entre otros Castelli, no hizo más que expresar este nuevo escenario oscilante, “para los portugueses podía ser un excelente medio de intervenir en la política rioplatense. Para quienes formaban parte de la administración colonial española, cuyo mandato pendía de un hilo, su adhesión podía asegurar su permanencia en el poder. Y para quienes promovían una mayor autonomía o la independencia de las colonias [...] también podía facilitar la erección de un gobierno propio” (p. 65).

La estrategia de Inglaterra también sufría el embate del contexto europeo, dejando atrás la beligerancia con España, sellando un acuerdo con la Junta Central contra Francia (1809) y abandonando la táctica de conquistar por la fuerza las colonias españolas por otra acorde a su auge manufacturero, a través del acceso a sus mercados, convertida en la potencia centrípeta hacia la que se inclinará el futuro gobierno local. Una vez constituida la Primera Junta (1810), los agentes ingleses le aseguraron de inmediato su apoyo y el mismo Castelli, que había cosechado nexos con representantes y comerciantes británicos, como vocal de la Junta el 26 de Mayo se entrevistó con el jefe de la fuerza inglesa para resolver “algunos problemas que tenían los comerciantes de esa nacionalidad” (p. 104).

Cuando José Bonaparte consolida su hegemonía sobre España y se disuelve la Junta Central (1810), “cuando la sombra de la corona” [4] deja de existir, la corroída legitimidad se completa y, como señala Milcíades Peña, “todas las clases dominantes de la colonia –criollas o españolas– deseaban prescindir de la tutoría de virreyes y demás agentes de la Corona” [5].
La interpretación que realiza Castelli de la nueva situación describe su personalidad política, de la que el libro reúne diversos registros. Así ocurre con la celebrada intervención durante el Cabildo abierto del 22 de mayo, de la que describen su fuerza argumentativa, “los miembros de la Audiencia elevarían en septiembre de 1810 un informe al Consejo de Regencia en el que lo calificaban como ‘el orador destinado para alucinar a los concurrentes.’ [...] que “permitió forzar la votación en favor de la deposición de Cisneros y el cambio de gobierno.” (pp. 86-87) Expone en aquellos días su ideario legitimador dando voz al llamado al autogobierno, sin romper con la heredada legalidad colonial, en los siguientes términos: “ante la vacancia del poder real, se había producido la retroversión de los derechos soberanos a los pueblos [6] en este caso al de Buenos Aires, que podía erigir un nuevo gobierno para no seguir el destino de España, ocupada por Francia” (p. 87).

Wasserman reconoce en Castelli a uno de los principales impulsores, junto a Mariano Moreno, de la radicalización del autogobierno decidido a avanzar en la autonomía del cuerpo político recién creado. En ese marco se involucra en el frente bélico de la revolución. Primero asegurando la desarticulación de la resistencia cordobesa, primera crisis militar de importancia, transformada en “una posición estratégica y relativamente cercana a la capital”, que culminó en el fusilamiento de Liniers. Luego, designado representante de la Junta, asumiendo la Jefatura política del Ejército Auxiliar, con destino al Alto Perú, concentrando amplias facultades con la intención de conservar la plata potosina y la base territorial y política del nuevo gobierno. El triunfo de la batalla de Suipacha (1810) no era más que el final de aquella expedición clave que pasaría (en búsqueda de la lealtad de sus cabildos) por Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y finalmente hacia Potosí, donde “la revolución se dirimía por las armas en ese territorio que lindaba con el poderoso virreinato del Perú” (p. 123).

Instalado en el Alto Perú, con las fuerzas del Ejército Auxiliar, Castelli procura implementar una serie de medidas, con respaldo de la Junta para las provincias altoperuanas y del Paraguay, que alienten el comercio y aseguren la constitución de un orden político favorable en la región, en la que será la fase más radical de la revolución iniciada en Buenos Aires. El reclutamiento indígena y su participación en el Ejército auxiliar eran decisivas no solo por el volumen de fuerza que representaban (la región concentraba la mayor cantidad de indios sometidos) sino por el conocimiento del terreno y la población. A esta etapa corresponde su política igualitaria y emancipadora de la sumisión colonial hacia los indios (la encomienda y el tributo), en la que el reconocimiento del nuevo gobierno adquiere elementos de lucha social y se convierte, como afirma Halperin Donghi, en su “arma de guerra” [7], combinando necesidades inmediatas, intereses estratégicos y convicciones políticas de quien incluso, rescata Wasserman, evaluaba la convocatoria de un congreso de los pueblos sudamericanos (barajaba llegar a ocupar el sur del Virreinato del Perú). La derrota de Huaqui [8], por la que se pierde lo conquistado en manos de las tropas realistas, arrasaría con estos proyectos, siendo obligado a volver a Buenos Aires, “Castelli, el único dirigente del ala radical que quedaba en pie y que además contaba con poder real: aparte de su cargo como representante, estaba al frente de un poderoso ejército que había tenido un resonante triunfo que hizo posible la ocupación del Alto Perú” (p. 175). Ya en Buenos Aires debió afrontar un proceso judicial para descifrar su actuación en esta cruzada. No pudo defenderse, ya que muere en octubre de 1812.

Personalidad política

Como ocurre con otras disciplinas sociales, la historia está atravesada de campos problemáticos, sucesos pasados que vuelven al presente y se mantienen vivos por antiguos o nuevos debates. Entre ellos, tema recurrente de la historiografía, es el intento de comprender, de esclarecer cómo surgen y qué papel juegan las personalidades políticas en los procesos históricos. Este es un campo paradojal de la propuesta de Wasserman: descifrar cómo Juan José Castelli de súbdito de la corona española se transforma en revolucionario.

Wasserman lo formula rescatando una cita de Alberdi, quien advertía “que la revolución solo puede comprenderse examinando sus causas estructurales, ‘la acción general de las cosas’”, para dialogar con otra, de una novela de Andrés Rivera que dice que “no hay revolución sin revolucionarios”. Se inclina a resolver este dilema alejado de la mirada canónica que idealiza a determinados personajes de la historia nacional para transformarlos en superhéroes o próceres inanimados. Señala que la transformación que caracterizó a Castelli, “no estaba predeterminada sino que se fue construyendo al calor de los sucesos” de modo que “su biografía permite mirar desde un ángulo privilegiado el proceso de crisis y desintegración de la monarquía española” (p. 12). En síntesis, la crisis del dominio colonial, este proceso múltiple y complejo, fue para el autor el trasfondo de su viraje político. Nos sumamos.

Sin embargo, a nuestro modo de ver, no solo se inscribe en el proceso de desintegración colonial o, en otros términos, las condiciones históricas en que se desarrolló su intervención política sino que es necesario reconocer sus alcances y límites en relación a las fuerzas sociales que expresaban sus acciones, es decir, situarlo socialmente. Castelli fue exponente (¿el gran jacobino?) de un sector de la élite mercantil y de hacendados porteña que ante la crisis peninsular reconoce la nueva relación de fuerzas para dirigir la arriesgada empresa de poner fin al pacto colonial español arraigado por varios siglos y hacerse del poder político (autogobierno) sin afectar la estructura colonial. Proceso que años más tarde se transformará en una lucha de carácter independentista, la llamada causa americana, a nivel continental. Sobre este escenario y circunstancias precisas, en el que las revoluciones no siempre “encuentran” a tiempo sus liderazgos, emerge la “transformación” de Castelli, quien comprendió mejor que otros el fenómeno político del que participaba y se aseguró sobre su firme voluntad y convicción política dar impulso al nuevo gobierno y explorar el porvenir incierto que abría la Revolución de Mayo, del que supo ser uno de sus hombres de acción más decididos.

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NOTAS AL PIE

[1Fabio Wasserman, Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario. Buenos Aires, Edhasa, 2012.

[2La llamada región del Alto Perú principios de siglo XIX se encontraba bajo jurisdicción de la Audiencia de Charcas y comprendía la intendencia de Potosí, Charcas, Cochabamba y la Paz, incorporadas al virreinato del Río de la Plata desde 1776 y al régimen de intendencias desde 1782.

[3Aunque la proclama no tuvo efectos jurídicos aplicables, ya que casi un mes después se producía la derrota de Huaqui, vale recordar lo que señala Wasserman al respecto: “En el acto [...] estaban representados los diversos sectores que formaban la alianza liderada por Castelli: el ejército integrado por porteños, arribeños, potosinos, cochabambinos y paceños; miles de indios con los alcaldes pedáneos y sus curacas a la cabeza vistiendo ropas típicas; y los funcionarios de la intendencia. [...] El texto de la proclama fue publicado en castellano, quechua y aymara. [...] El documento comenzaba afirmando que el objetivo del gobierno era que todos los grupos pudieran gozar de los mismos derechos, razón por la cual debían dedicarles la mayor atención a quienes más lo necesitaban. [...] Castelli declaraba su igualdad a la hora de acceder a cargos, honores y empleos, sin otra distinción que el mérito y la aptitud” (p. 201)

[4Horowicz, Alejandro, El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina 1806-1820, Buenos Aires, Edhasa, 2016, p. 74.

[5Peña, Milcíades, Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Emecé, 2012, p. 84.

[6En la época aludía a los cabildos y ciudades.

[7Halperin Donghi Tulio, Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004, p. 284.

[8La batalla de Huaqui o Guaqui en junio de 1811, tuvo lugar entre las tropas comandadas por el General A.G. Balcarce y las tropas realistas del virreinato español del Perú al mando del General Goyeneche. La derrota marcó el fin de la primera campaña militar al Alto Perú por parte de la Junta de Gobierno de Buenos Aires.
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Liliana O. Caló

Nació en la ciudad de Bs. As. Historiadora.
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