Géneros y Sexualidades

OPINIÓN

Belleza y pandemia: ¿Para qué y quiénes nos arreglamos?

Esta y otras preguntas son las que nos hacemos a medida que las semanas transcurren en tiempos de pandemia y muchos de nuestros hábitos cambian. Prácticamente no nos maquillamos, la depilación parece una costumbre milenaria y el pijama, joggineta y calzas son tendencia en los placares.

Domingo 26 de abril de 2020 | 01:07

Entonces, ¿qué tan de cierto tiene la afirmación, “yo me arreglo para mí”? El mundo de la estética femenina, ¿es un mandato patriarcal o es una decisión autónoma?.

Sin dudas algo de vestirnos y lookearnos de determinada manera pasa por exteriorizar aspectos de nuestra personalidad, intereses, creatividad. Pero de conjunto las presiones estéticas, estereotipadas que existen en la imagen tienen muchísimo de lo que la sociedad exige, cataloga y condena.

¿Mi cuerpo es mío?

Diariamente una batería de información referente al tema bombardea nuestros dispositivos móviles actuando sobre nosotras. Tutoriales con “tips de cuidados”, o de make up con altísimos niveles de profesionalismo. Innumerables anuncios de centros de estética donde muestran rostros de mujeres intervenidos por agujas, láseres, mascarillas faciales, y artefactos de “última tecnología” para combatir aquellos signos del avance del tiempo en nuestros cuerpos.

El mundo de la estética femenina es prácticamente un recorrido infinito de posibilidades, más efectivas (o verosímiles) unas que otras, del que muchísimas somos conocedoras, como usuarias y consumidoras activas, otras, teniendo una relación más lejana, pero igualmente receptoras del mismo mensaje: estar bellas y espléndidas.

“No hay mujer fea sino mal arreglada” dice el dicho. En este sentido la filósofa feminista Tamara Tenenbaum en su ensayo “El fin del amor” explica que si bien el estar bellas ha sido un mandato que data de muchos años atrás, en el último tiempo se nos exige “ser lindas” desde parámetros mucho más altos y tal vez más costosos, pero que la novedad es que ahora se hace desde la premisa del “amor propio”:

(…)Convivimos ahora con un discurso curioso: el de la autoaceptación. Las revistas femeninas, las famosas en sus entrevistas y las actrices en sus redes nos relatan una especie de camino espiritual que las condujo a amarse a sí mismas y a sus cuerpos. El único detalle es que, en la amplia mayoría de los casos, esas mujeres que nos hablan de amor propio están flaquísimas, tonificadas, alisadas, masajeadas, radiofrecuenciadas y botoxeadas. Más aún: es muy probable que esas mujeres inviertan mucho más tiempo y más dinero en su belleza del que invirtieron sus madres. La única diferencia es que en lugar de hablar de calorías hablan de autoamor. ¿Es esto un progreso? Llevo años haciéndome esta pregunta y cada vez estoy más cerca de contestar que no”.

Por otro lado, es una presión que segmenta a clases sociales: las mujeres trabajadoras y pobres son tan o igual receptoras de estos mensajes disciplinadores, pero su capacidad material de acceder a esos tratamientos y cremas carisimas son muy inferiores. El tener “acceso”, entonces, a una piel o cuerpo “cuidado” marcaría la pertenencia a un grupo social determinado. De la misma forma el mecanismo ficticio que divide personas “lindas y feas” es un elemento más, que combinado de forma compleja con otros factores hacen al círculo de marginalidad de los sectores más pobres a la hora por ejemplo de acceder a un trabajo.

Para la sociología del cuerpo esto se explica porque nuestros “sentidos, sensibilidades y percepciones” están moldeados por el capitalismo. El concepto “olor rico” que fue introducido por una de las multinacionales más importantes de la industria cosmética pone en cuestión lo que se expone con gran lucidez en la película ganadora de los Oscar, “Parasite”, en referencia al olor de la familia Kim. Pero no todo es ficción. También esto se plasmó con crudeza cuando las empleadas domésticas de Nordelta fueron discriminadas por “tener olor”. La existencia de nociones “pobres y feos” o “pobres que no huelen rico” nos lleva a cuestionarnos hasta qué punto nuestros sentidos, sensibilidades y percepciones, a través de los que percibimos la realidad y reproducimos ideas sobre “lo bello”, “lo rico”, etc. son naturales. Cuando más bien se trata de grandes corporaciones que con distintas estrategias de mercado -hasta el año 2018 Nestlé tenía el paquete accionario mayoritario de L’Oréal [1]- se dedican sistemáticamente a construir sentidos, sensibilidades y percepciones.

El ideal de belleza mainstream continúa siendo el de la mujer de clase media, delgada, blanca, joven y “femenina”. Así es como las mujeres negras por muchos años han sido doble y triplemente disciplinadas en su forma de verse, y esto generaba que no solo buscasen modos cosméticos de blanquear sus pieles, sino que eran (y muchísimas siguen siendo) presas de productos extremadamente invasivos y peligrosos para alisar sus cabellos rizados. Es por eso, que el pelo afro de los años sesenta ha formado parte del movimiento estético que reivindica la belleza negra junto con una resistencia y ruptura visual en los cánones de belleza blancos, impuestos en EEUU desde la esclavitud. Y hoy, tanto allí como en diferentes ciudades del mundo, hay un retorno en defensa de la negritud como instancia de identidad política.

“Mujeres bellas y fuertes”

Con el último ascenso del movimiento de mujeres a nivel mundial, las marcas femeninas han sabido adaptarse convenientemente a los nuevos discursos de empoderamiento. Empresas como Dove, Natura, Avon, por mencionar algunas, se han intentado perfilar con mensajes de mujeres diversas, fuertes y libres. Inclusive, en 2018, en Argentina, Avon ha lanzado una campaña mediática de videos contra el acoso callejero, la violencia digital y violencia doméstica.

Si bien no se puede negar que este tipo de acciones resultan progresivas y son expresión de la enorme fuerza que genera la lucha en las calles, lo cierto es que existen otras múltiples violencias hacia las mujeres, como es la imposición de un ideal de belleza heteronormado inalcanzable y que por más feminista que se muestren estas empresas (la página online de fundación Avon tiene hasta un glosario de género!) siguen fomentando y reproduciendo. Por otro lado, esta última especula con la necesidad de miles de mujeres en todo el mundo que a causa de no contar con un empleo formal (más del 50,5% de las trabajadoras a nivel global están precarizadas) no tienen más opción que convertirse en vendedoras por catálogo para ganar algo de dinero. Así como también se expuso hace unos años el despido de trabajadoras de su planta en Turquía por sindicalizarse y exigir condiciones de trabajo dignas. Al parecer la empresa no quiere “mujeres fuertes” si estas afectan sus ganancias.

Tampoco sorprende cómo los CEOS de distintas marcas buscan desesperadamente aggiornarse a la situación actual de un ⅓ del mundo en cuarentena. El “tapabocas”, las máscaras y el alcohol sanitizante son el nuevo grito de la moda para Louis Vuitton, Dior, Givenchy y Guerlain.

Sólo si pensamos en la industria de la moda, que ha visto retrasado sus desfiles de colección, por ejemplo en Italia, mueve al año US$ 96 mil millones y ocupa 600 mil personas de manera directa, según detalló Carlo Capasa, presidente de la Cámara de la Moda Italiana. (Perfil, 2020).

Distintas casas de lujo y de indumentaria fueron creando diseños exclusivos de barbijos, que llegan a costar un valor irrisorio de 150 o 300 euros. Pero lejos de ser parte de un desfile mostrando su nueva colección a una élite privilegiada, hoy la situación extrema ha transformado estos objetos en insumos imprescindibles de utilización masiva para no infectarse. De nuevo la segmentación social: los ricos y las ricas se ponen máscaras de lujo para protegerse, mientras profesionales de la salud se ven obligados a reutilizarlas, contra protocolos de seguridad de la misma OMS, o directamente sin máscaras ni insumos necesarios para protegerse. Poniendo en riesgo sus propias vidas, la vida de sus usuarios, sus familiares y todas las personas con las que entran en contacto.

La belleza está en las calles

El capitalismo expropia nuestros cuerpos y nuestras vidas. Y en alianza con el sistema heteropatriarcal nos condena a grandes agravios a la vez que se apropia y refuncionaliza -vaciando de todo contenido crítico y emancipatorio- nuestras conquistas.

Nunca antes ,como en el periodo del neoliberalismo, los derechos de las mujeres, de las minorías, de la infancia, el respeto de las identidades y la libertad sexual se difundieron y cristalizaron en leyes, instituciones, ONG, protocolos e instituciones financieras internacionales hasta en publicidades, programas de televisión y revistas.

Pero paradójicamente, producto de los planes económicos y las políticas neoliberales este progreso hacia una mayor equidad de género no está exento de contradicciones. Si hay mayor libertad sexual para las mujeres, a su lado crece el comercio de la estética, la violencia machista, el negocio de la prostitución masculina, las redes de trata y el aliento del consumo infinito para la obtención de una imagen de perfección y eterna juventud.

En un mundo donde 8 personas (empresarios, millonarios y hombres) concentran las riquezas de 3.600 millones de pobres, de los cuales el 70% son mujeres y niñas. Momentos como el que vivimos agudizan las contradicciones de un régimen social, político y económico que hace agua por todas partes, mientras anuncia una de las mayores crisis económicas de su historia. La Gran Recesión ha llegado. Lo dice Bloomberg Economics para EEUU, donde ya se han perdido 1.5 millón de empleos.

Este panorama crítico se conjuga con millones de personas arrojadas al contagio y a la muerte (en su mayoría personas negras y latinas). Morgues repletas, hospitales de campañas y fosas comunes son la realidad actual del sueño americano. Con estas brutales lecciones, el capitalismo enseña, que la emancipación femenina como la de otros grupos sociales subordinados, es una quimera mientras subsista la anarquía e irracionalidad capitalista.

El coronavirus derrumba certezas y economías al mismo tiempo que -como toda gran catástrofe- moviliza la conciencia colectiva. Las mujeres junto con los trabajadores podemos cumplir un rol clave.

Las mujeres hemos sido protagonistas en la historia de insubordinación y resistencia de la humanidad contra todas las formas de servidumbre e injusticias. Tal como lo refleja Andrea D´Atri “allí donde hay víctimas de terremotos o inundaciones, víctimas de desocupación, desalojos, carestía o desabastecimiento; víctimas de feroces regímenes políticos, persecuciones e injusticias, hay mujeres resistiendo en la primera fila”. Hoy la pandemia mundial no es la excepción.

Con glitter o no las mujeres somos fuertes porque en nuestra condición de oprimidas y en su mayoría además explotadas, guardamos el potencial transformador de que eso que nos encadena sea la propia razón de su destrucción. Para esto no alcanza con combates en solitario, haciendo del propio cuerpo el único campo de batalla, sino que necesitamos organizar la fuerza de lucha que anida desde las mortíferas salas de los hospitales, desde la precariedad de las cocinas de las barriadas populares, desde la oscuridad de los talleres clandestinos y desde las dictatoriales líneas de producción de las fábricas que tienen que ser reconvertidas y puestas al servicio de las necesidades sociosanitarias que esta situación extrema exige.

Creemos que la belleza está en las calles, como anunciaba el icónico graffiti del Mayo Francés, y estamos convencidas de que este es el terreno donde se defiende lo conquistado y se conquista lo que falta para alcanzar una verdadera emancipación. Por eso como lo gritaron las trabajadoras turcas a sus patronales de Avon: “nuestra belleza viene de la fuerza y la fuerza, de la resistencia”, “Quítate el labial, alza la voz!” para que a esta crisis la paguen los capitalistas.









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