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Badiou y la filosofía tuerta

La crisis que abre el Coronavirus en todo el mundo abre una serie de debates en los que intervienen intelectuales de todo el mundo. Acá un contrapunto con la visión que encontré más interesante, la de Alain Badiou, uno de los filósofos que se anima a debatir los cambios radicales que hacen falta

Ignacio Vázquez

Estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) @nachovaz

Viernes 10 de abril | 15:16

Estamos al 9 de abril. La curva de contagios y muertes parece empezar a estabilizarse en Europa pero amenaza con aviolentarse en Estados Unidos. No es esa la perspectiva inmediata en Latinoamérica y no tiene porqué serlo. Aunque la escasez de testeos deja el interrogante y se verá a medida que los gobiernos empiecen a reactivar la economía. La desidia de Bolsonaro en Brasil, sin embargo, alineado completamente con los empresarios que no quieren cuarentena, está cuestionando esto y encarna grandes peligros.

El desvelamiento del deterioro de los sistemas de salud públicos fue total, mundial. Es la contracara de otra realidad que quedó expuesta: el desentendimiento de los administradores privados de recursos sanitarios o, si no, la excitación de los que ven en las penurias un negocio. Que alcance con mencionar a los miserables de Farmacity que escondían alcohol en gel esperando que aumente el precio; o el empresario que en España robó dos millones de mascarillas para traficarlas. Lamentablemente, algunas medidas elementales de intervención estatal solo fueron tomadas ahí donde las muertes fueron muchas. Trabajar sobre las ruinas, nunca prevenir.

La crisis económica es brutal. El desempleo está creciendo violentamente. En Estados Unidos 10 millones de personas se quedaron sin trabajo. En España lo perdieron alrededor de un millón, en Francia casi cuatro millones. En Argentina perdieron el trabajo decenas de miles, aunque aún no hay números oficiales (y con la abrumadora cantidad de trabajos informales los números tampoco van a ser certeros). Los gobiernos ponen miles de millones para sostener la rentabilidad de las empresas, pero esta dinámica no se puede sostener por mucho tiempo y la perspectiva es que esta situación se agrave.

¿Por qué esta introducción? Porque el mundo está cambiando, no se sabe bien a qué, pero sí se puede decir que los problemas que el capitalismo venía arrastrando se están agudizando rápidamente. Como cuando a un fuego se le cruza un árbol seco. El árbol no estaba en los planes del fuego, pero éste venía creciendo y así como el árbol seco lo intensifica, al mismo tiempo le agrega componentes que lo modifican. Sobre esta situación se da un intenso debate en la intelectualidad de todo el mundo: desde aquellos que vaticinan escenarios económicos catastróficos o los que dicen que cuando la economía se libre del chaleco de las cuarentenas se va a retomar la normalidad, hasta los que prefieren poner el ojo en las consecuencias de la pandemia en las relaciones sociales y el rol de los estados.

De entre los filósofos, cuyas interpretaciones se plasmaron en el dossier “Sopa de Wuhan”, la de Badiou es la que más se acerca a pensar una alternativa. En primer lugar, porque nombra una de las contradicciones más graves del capitalismo que ya Marx identificó y que los marxistas vienen trabajando desde entonces: la producción en el capitalismo se desarrolla a escala mundial, pero los Estados son nacionales. La política internacional existe, y ciertamente es cada vez más agresiva, pero los intereses y los motores son nacionales.

Cito a Badiou: “La economía, incluido el proceso de producción en masa de objetos manufacturados, es parte del mercado mundial. Sabemos que la simple fabricación de un teléfono móvil moviliza el trabajo y los recursos, incluyendo minerales, al menos en siete estados diferentes. Pero, por otro lado, los poderes políticos siguen siendo esencialmente nacionales. Y la rivalidad de los imperialismos, antiguos (Europa y Estados Unidos) y nuevos (China, Japón…) prohíbe todo proceso de un Estado capitalista mundial.”

Se defienden en el terreno mundial los intereses de las multinacionales de cada país. Esta disputa entre los capitalistas por mercados es la raíz de los enfrentamientos interestatales y lo que impide la planificación mundial de la economía, incluida la posibilidad de responder a la pandemia de manera coordinada.

A esto hay que agregar que esta dinámica capitalista es una generadora descontrolada de pandemias (es la cuarta en el corto siglo XXI) y la responsable de cercenar los sistemas de salud necesarios para neutralizarlas. Es sabido que científicos de todo el mundo hacía años que venían alertando sobre la inminencia de una nueva pandemia, y que a un grupo de científicos que venían trabajando para desarrollar una vacuna contra toda forma de gripe le cortaron el financiamiento. Nada de esto significaba ganancias aseguradas. Y ahora es también lo que impide que se aprovechen recursos necesarios para hacer frente a la crisis sanitaria, la crisis habitacional, el desempleo masivo, la pobreza y el hambre que se dispararon.

Esto es lo que Badiou no ve, por eso dice: “Pero todavía es correcto mencionar aquí que nadie había previsto, o imaginado, el desarrollo en Francia de una pandemia de este tipo, salvo quizá algunos sabios aislados. […] Y seguramente no son los izquierdistas (o los chalecos amarillos, o incluso los sindicalistas) los que pueden tener un derecho particular para pasar por alto este punto y continuar haciendo ruido a Macron, su ridículo objetivo desde siempre. Ellos tampoco lo vieron venir. Al contrario: mientras la epidemia ya estaba en marcha en China, ellos multiplicaron hasta muy recientemente los reagrupamientos incontrolados y las manifestaciones ruidosas”. Pienso que es el mismo razonamiento que después lo lleva a decir que “la epidemia actual no tendrá, como tal, como epidemia, ninguna consecuencia política significativa en un país como Francia.” Y que la intervención estatal “es una consecuencia perfectamente lógica de la situación, cuyo objetivo es frenar la epidemia (ganar la guerra, para retomar la metáfora de Macron), lo más seguro posible, todo esto dejando sin trastocar el orden social establecido.” Es decir, tan lógico como coyuntural.

Este razonamiento metafísico aísla la pandemia de la situación en la que se produce. Por eso Badiou piensa que se podría neutralizar la pandemia y volver a la situación general anterior retrocediendo tanto en las medidas de intervención estatal como en los cambios psicológicos que el mundo de pandemia produjo (con la diferencia de que habrá “nuevas afirmaciones y convicciones nuevas en lo que respecta a los hospitales y a la salud pública, las escuelas y la educación igualitaria, el cuidado de los ancianos y otras cuestiones del mismo género”).

Los marxistas no vemos la realidad como una yuxtaposición de aspectos. O sea, crisis económica por un lado, pandemia por otro. Sino como la síntesis de múltiples determinaciones, como la llamo Marx. Los aspectos contradictorios interactúan para dar un producto integral distinto de la sumatoria de las partes.

El sistema capitalista en su conjunto arrastraba desde 2008 una tendencia hacia la caída. Acá solo vamos a decir que los países crecían cada vez menos, la inversión productiva significaba cada vez menores ganancias y crecía la especulación financiera. Los capitalistas necesitaban empezar a avanzar en una nueva escala sobre las condiciones de vida y de trabajo de las masas para recomponer sus ganancias. Esto es lo que explica los estallidos que hubo a lo largo y ancho del planeta antes de la pandemia.

La irrupción de la pandemia creó una nueva síntesis. Al hundir la economía mundial y la circulación de mercancías, a una gran cantidad de empresas se les achicó el margen de ganancias (sobre todo las que no son los monstruos multinacionales que encuentran la manera de adaptarse a la situación) y aceleran el camino al abismo al que nos llevaba el capitalismo. Pero al mismo tiempo, esta situación significa la oportunidad para reventar derechos y degradar la vida de las masas en un nivel que no habrían podido soñar en la “normalidad”. 195 millones de puestos de trabajo en todo el mundo puede ser el saldo de esta pandemia. Sueldos más bajos gracias a la presión del despido. Más informalidad. Contratos que le dan omnipotencia absoluta a los patrones sobre nuestras vidas. Estamos viviendo esa ofensiva patronal. Con la enorme ventaja que les da el confinamiento. El subsidio de los gobiernos que buscan mantener la rentabilidad de las empresas no mejora el trabajo ni la vida de las masas, justamente porque el objetivo estratégico de los capitalistas es su degradación en una escala muy superior.

Esta brutalidad patronal también se expresa en el maltrato que viene sufriendo la clase trabajadora por la obligación de seguir trabajando en rubros no esenciales o, aunque sean esenciales, sin las condiciones básicas de salubridad para prevenir el contagio. La desidia de los empresarios y su miserable afán de lucro se están sintiendo con ardor. A pesar de la situación de pandemia, huelgas importantes en Italia y Estados Unidos; otras más modestas en Francia y España y la efervescencia de la juventud trabajadora en Argentina son la prueba de que una nueva subjetividad se está formando al calor de esta experiencia.

Como si esos elementos no alcanzasen para ver que el mapa cambió radicalmente, todavía resta decir algo del rol que se vieron obligados a jugar los estados para contener la retroalimentación de la pandemia y la violenta crisis económica. Badiou no ve en esta dinámica el agotamiento del esquema neoliberal, y que el rol estatal en la pandemia es apenas el comienzo de la necesidad inexorable de la intervención del estado para salvar al capitalismo. Aunque no se puede comparar la intervención del estado hasta ahora con la de un período de guerra en el que se llegan a nacionalizar posiciones centrales de la economía de los países, la nacionalización de algunos sistemas de salud y las prohibiciones de despidos en algunos países terminan de abrir una etapa de tensiones crecientes entre capitalistas que buscan golpes de gracia y miles de millones de trabajadorxs que empiezan a ver con buenos ojos la intervención sobre ellos. El estado tratará de apaciguar esta agudización de las tensiones en beneficio de los primeros: no tiene precedentes en la historia la montaña de plata que le acercaron los gobiernos a las empresas en comparación a la miseria que recibe la clase trabajadora; y también esto es patente en la militarización que muchos gobiernos despliegan en los barrios: las Fuerzas Armadas van a salir de esta con más poder y prestigio, y van a ser una pieza fundamental para contener las luchas que están a la vuelta de la esquina.

A Badiou no le interesa poner el ojo acá, por eso su perspectiva es abstracta y su filosofía, por lo tanto, tuerta: “En cuanto a nosotros, que deseamos un cambio real en los hechos políticos en este país, hay que aprovechar el interludio epidémico, e incluso, el confinamiento (por supuesto, necesario), para trabajar en nuevas figuras de la política, en el proyecto de lugares políticos nuevos y en el progreso transnacional de una tercera etapa del comunismo, después de aquella brillante de su invención, y de aquella, interesante pero finalmente vencida de su experimentación estatal”. Es claro que se nos impone la necesidad de terminar con el capitalismo a nivel mundial, pero ese objetivo solo es concebible con el despliegue de toda la fuerza revolucionaria de la clase trabajadora del planeta y del triunfo sobre la clase de los patrones que ya hicieron sonar las trompetas de la guerra de clase. Badiou se pega un tiro en el pie cuando se tira contra los chalecos amarillos y lxs trabajadorxs que eran hasta antes de la pandemia la punta de lanza de la respuesta a los capitalistas. Badiou, el más comprometido con un cambio real, revolucionario, de la sociedad que domina un puñado de miserables, así como el resto de los intelectuales que intervienen en el debate, están tuertos, y son impotentes para ofrecer una estrategia que lleve a la victoria.

Más esclarecedora es esta idea de Enzo Traverso: “a nivel global existen todas las premisas para lo mejor como para lo peor. Podrá darse una inflexión a izquierda capaz de poner radicalmente en cuestión el modelo de sociedad que se ha impuesto a lo largo de los últimos cuarenta años; pero también podría darse una nueva ola xenófoba y autoritaria: un estado de excepción permanente que se articule con las crecientes desigualdades sociales en la que la desesperación empuje a buscar cabezas de turco”.

El mundo no va a volver a ser como antes. Nace otro con contradicciones mucho más graves y tendencias a la polarización mas asentadas. La intensa experiencia de lucha que hicieron las y los trabajadores en el último año antes de la pandemia, pasa por una nueva etapa, una donde la distancia irreconciliable de intereses entre una clase y la otra queda burdamente al descubierto. La salida de la pandemia será otra nueva etapa, cargada de batallas, más fuertes de las que vivimos hasta ahora. Tenemos que orientar desde ahora todos nuestros esfuerzos a construir un polo de atracción de clase que se proponga librar esas batallas y llevarlas al triunfo: a la conquista de un mundo donde gobiernen los trabajadores.







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