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Red Internacional

Fragmentos. Autobiografía de una mujer comunista emancipada

En el 150º aniversario del nacimiento de Alexandra Kollontai, publicamos un fragmento de su folleto "Autobiografía de una mujer comunista sexualmente emancipada". Se trata de un parte del capítulo titulado "Los objetivos y el valor de mi vida".

Jueves 31 de marzo de 2022 | 08:23

Nada es más difícil que escribir una autobiografía. ¿Qué se debe enfatizar? ¿Lo que es de interés general? Es recomendable, sobre todo, escribir con honestidad y prescindir de cualquiera de las convencionales introducciones de modestia. Porque si a uno se le pide que cuente sobre su vida para hacer que los eventos que la convirtieron sean útiles para el público en general, eso solo puede significar que uno ya debe haber forjado algo positivo en la vida, cumplido una tarea que la gente reconoce.

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Se trata, pues, de olvidar que se está escribiendo sobre uno mismo, de hacer un esfuerzo por abjurar del propio ego para dar cuenta, con la mayor objetividad posible, de la propia vida en gestación y de las propias realizaciones. Tengo la intención de hacer este esfuerzo, pero si tendrá éxito es otra cosa.

Al mismo tiempo, debo confesar que, en cierto sentido, esta autobiografía me plantea un problema. Porque al mirar hacia atrás mientras husmeo, simultáneamente, hacia el futuro, también presentaré los puntos de inflexión más cruciales de mi ser y mis logros. De esta manera puedo lograr poner en relieve lo que concierne a la lucha de liberación de la mujer y, además, el significado social que tiene.

Que no debía moldear mi vida según el modelo dado, que tendría que crecer más allá de mí misma para poder discernir la verdadera línea de visión de mi vida era una conciencia que tenía ya en mis años más jóvenes. Al mismo tiempo también era consciente de que de esta manera podía ayudar a mis hermanas a moldear sus vidas, de acuerdo no con las tradiciones dadas sino con su propia libre elección en la medida, por supuesto, que las circunstancias sociales y económicas lo permitieran.

Siempre creí que inevitablemente llegará el momento en que la mujer será juzgada por los mismos estándares morales aplicados al hombre. Porque no es su específica virtud femenina la que le da un lugar de honor en la sociedad humana, sino el valor de la misión útil cumplida por ella, el valor de su personalidad como ser humano, como ciudadana, como pensadora , como luchadora.

Subconscientemente, este motivo fue la fuerza principal de toda mi vida y actividad. Seguir mi camino, trabajar, luchar, crear codo a codo con los hombres y esforzarme por alcanzar un fin humano universal (desde hace casi treinta años, en efecto, pertenezco al comunismo) pero, al mismo tiempo, moldear mi vida personal, íntima, como mujer según mi propia voluntad y según las leyes dadas de mi naturaleza.

Fue esto lo que condicionó mi línea de visión. Y de hecho he logrado estructurar mi vida íntima de acuerdo con mis propios estándares y no oculto mis experiencias amorosas más que lo que lo puede hacer un hombre. Pero sobre todo, nunca dejé que mis sentimientos, la alegría o el dolor del amor ocuparan el primer lugar en mi vida, ya que la creatividad, la actividad, la lucha ocuparon siempre el primer plano.

Logré ser miembro de un gabinete de gobierno, del primer gabinete bolchevique en los años 1917/18. También soy la primera mujer en ser nombrada embajadora, cargo que ocupé durante tres años y al que renuncié por mi propia voluntad. Esto puede servir para demostrar que la mujer ciertamente puede estar por encima de las convenciones de su época. La Guerra Mundial, el espíritu tormentoso y revolucionario que ahora prevalece en el mundo en todas las áreas ha contribuido en gran medida a debilitar el repugnante y asfixiante doble rasero moral.

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(…).

Cuando fui nombrada enviada rusa a Oslo, me di cuenta de que había logrado una victoria no solo para mí, sino para las mujeres en general y, de hecho, una victoria sobre su peor enemigo, es decir, sobre la moralidad convencional y los conceptos conservadores del matrimonio.

Cuando en alguna ocasión me dicen que es verdaderamente notable que una mujer haya sido designada para un cargo de tanta responsabilidad, siempre pienso para mis adentros que, en última instancia, la principal victoria en lo que respecta a la liberación de la mujer no reside solo en este hecho.

Más bien, lo que tiene un significado totalmente especial aquí es que una mujer, como yo, que ha ajustado cuentas con el doble rasero y que nunca lo ha ocultado, fue aceptada en una casta que hasta el día de hoy sigue fielmente defendiendo la tradición y la pseudo-moralidad. Así el ejemplo de mi vida también puede servir para disipar la vieja entidad de la doble moral también de la vida de otras mujeres.

Y este es un punto crucial de mi propia existencia, que tiene cierto valor socio-psicológico y contribuye a la lucha de liberación de las mujeres trabajadoras. Sin embargo, para evitar cualquier malentendido, debo decir aquí que todavía estoy lejos de ser el tipo de mujeres positivamente nuevas que toman su experiencia como mujeres con una relativa ligereza y, se podría decir, con una superficialidad envidiable, cuyos sentimientos y las energías mentales se dirigen a todas las demás cosas de la vida excepto a los sentimientos de amor. Después de todo, todavía pertenezco a la generación de mujeres que crecieron en un punto de inflexión en la historia.

El amor con sus muchas desilusiones, con sus tragedias y eternas demandas de perfecta felicidad todavía jugó un papel muy importante en mi vida. ¡Un papel demasiado grande! Fue un gasto de tiempo y energía preciosos, infructuoso y, en el análisis final, absolutamente inútil. Nosotras, las mujeres de la generación pasada, todavía no entendíamos cómo ser libres. Todo fue un despilfarro absolutamente increíble de nuestra energía mental, una disminución de nuestra fuerza de trabajo que se disipó en estériles experiencias emocionales.

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Es cierto que nosotras, tanto yo como muchas otras activistas, militantes y trabajadoras contemporáneas, pudimos comprender que el amor no era el objetivo principal de nuestra vida y que sabíamos poner el trabajo en el centro. Sin embargo, habríamos podido crear y lograr mucho más si nuestras energías no se hubieran fragmentado en la eterna lucha con nuestros egos y con nuestros sentimientos por el otro.

Era, de hecho, una eterna guerra defensiva contra la intervención del varón en nuestro ego, una lucha que giraba en torno al complejo-problema: ¿trabajo o matrimonio y amor? Nosotras, las generaciones mayores, aún no entendíamos, como lo hacen la mayoría de los hombres y como están aprendiendo las mujeres jóvenes de hoy, que el trabajo y el anhelo de amor pueden combinarse armónicamente para que el trabajo siga siendo el objetivo principal de la existencia.


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