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CORONAVIRUS EN EL MUNDO

Así contagió el principal frigorífico de Estados Unidos a cientos de trabajadores migrantes

Se trata de un frigorífico en Dakota del Sur, emplea a casi 4.000 trabajadoras y trabajadores, en su gran mayoría inmigrantes. Entre ellos y sus familiares ya son más de 600 los contagiados, debido a que la fábrica nunca tomó ninguna medida de salubridad.

Mirta Pacheco

@mirtapacheco1

Sábado 18 de abril | 01:17

Gracias a la política de Donald Trump de insistir con que ramas enteras de la producción continuaran en funcionamiento para proteger las ganancias empresariales, los dueños de una de las mayores plantas de procesamiento de carne porcina –la fábrica Smithfield- mantuvieron sus puertas abiertas, sin ninguna medida de protección, exigiendo a sus empleados que continuaran en forma normal su producción, a pesar de conocer que ya un trabajador había contraído el virus.

De esa forma comenzaron a dispararse los casos. Hoy es el principal foco de contagio en todo el país, representa el 44% de los infectados con Covid19 de Dakota del Sur.

En esa planta trabajan miles de personas que huyendo de guerras y del hambre en sus países de origen, lograron arribar a Estados Unidos y consiguieron instalarse en Sioux Fall, la ciudad donde está instalado ese frigorífico.

Esta fábrica exporta productos derivados de carne porcina, la gran mayoría de sus trabajadoras y trabajadores realizan horas extras, turnos dobles durante seis o siete días de la semana, sufren constantes accidentes laborales por los movimientos extremadamente rápidos de las máquinas cortadoras, se les congelan las manos manipulando la carne y casi normal que caigan al piso extenuados por los ritmos de producción.

El 26 de marzo se supo del primer caso positivo de coronavirus, luego de eso ni la patronal, su gerencia o supervisores volvieron a hablar del virus. A la semana los trabajadores afirmaron que se enteraron por la prensa de que el Departamento de Salud del estado ya hablaba de 80 casos positivos.

Pero eso no importó, ni a los dueños de la planta procesadora y ni siquiera a la gobernadora republicana de Dakota del Sur –Kristie Noem-, que permitió que Smithfield continuara abierta. Recién esta semana se anunció el cierre de la fábrica por tiempo indeterminado.

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Pero ahora los trabajadores no solo tienen que combatir al coronavirus sino que también se enfrentan al miedo e incertidumbre de no saber qué pasará con sus puestos de trabajo.

La planta es conocida porque ahí buscan conseguir un empleo cientos y miles de inmigrantes que arrastran historias de vida muy duras, ya sea por la miseria que afrontaban en sus países de origen, o porque a esa miseria había que sumarle guerras de las que tenían que huir si querían sobrevivir. Así es que ahí trabajan personas provenientes de países distintos como El Salvador, Etiopía, Sudan o el Congo.

En el comedor de la fábrica era común que se encontraran alrededor de 500 trabajadoras y trabajadoras que compartían e intercambiaban comidas típicas de sus países. Pero eso, que hablaba de la amistad y solidaridad entre ellos, se volvió una bomba de contagio letal.

Las mujeres y hombres que dejaban sus cuerpos molidos en esa planta debido a las condiciones de trabajo y a los ritmos, lo hacían porque recibían un salario apenas superior al mínimo y un seguro médico básico, eso en un estado que tiene un bajo costo de vida les permitió poder comprarse muebles para sus casas, enviar dinero a las familias que quedaron en sus países de origen o darles una educación a sus hijos e hijas, algo que ellos nunca pudieron tener.

Pero eso no los salvó de la codicia empresarial, ni por supuesto de la desidia del Gobierno de Trump, que como dijimos, gracias a eso, estas patronales pudieron seguir explotando a sus trabajadores en plena pandemia.

Ahora 3.700 trabajadores y sus familias, además de llorar a quienes murieron por haber contraído el virus, se preguntan cuál va a ser su destino y el de quienes quedaron lejos, en sus tierras natales, dependiendo del ingreso mensual que ganaban con sus cuerpos maltrechos.

Una luz de esperanza para ellos, son otras trabajadoras y trabajadores, en otros estados (de la costa este a la costa oeste) que comenzaron a luchar exigiendo que sus vidas sean protegidas contra la avaricia capitalista.

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