Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Apenas unos pocos días

Por nada del mundo nos vamos a meter en los entresijos de sus vidas privadas. Ni aún cuando, a todas luces, dejaron ya de ser privadas, pues ellos mismos las ventilan acá y allá y las arrojan a la esfera pública para exponerlas a la consideración de todos. No importa: no vamos a meternos; podemos atenernos sin dudas a nuestro soberano derecho a permanecer indiferentes.

Sábado 13 de junio de 2015 | Edición del día

Por nada del mundo nos vamos a meter en los entresijos de sus vidas privadas. Ni aún cuando, a todas luces, dejaron ya de ser privadas, pues ellos mismos las ventilan acá y allá y las arrojan a la esfera pública para exponerlas a la consideración de todos. No importa: no vamos a meternos; podemos atenernos sin dudas a nuestro soberano derecho a permanecer indiferentes.

¿Qué pasó entre Daniel Osvaldo y Jimena Barón, hasta hace poco tan felices y glamorosos y hoy horrísonos en la ruptura inclaudicable? Por supuesto que no nos interesa, que no es nuestro asunto, que estamos en otras cosas. No nos preguntamos si es cierto que ella le fue tan impiadosamente infiel, tampoco cómo pudo ser que él consiguiese una noviecita tan pronto. Son cosas de la farándula y la farándula nos tiene muy sin cuidado.

No obstante, podemos no pasar por alto que esta clase de enredos y desenredos, amores y desamores, fervores y rupturas, ocupan un lugar de importancia en los medios de comunicación (horas y horas de parloteo en la televisión y en la radio, metros y metros de papel en diarios y revistas) y afectan los imaginarios sociales con un poder de penetración que la literatura, por ejemplo, no puede ni soñar. Las ideologías de género, concretamente, se urden y se implantan, se validan y se extienden, en buena medida a través de esta clase de amplificación mediática de las vicisitudes personales y familiares de los famosos o los semifamosos; ahí donde las intimidades ajenas se ofrecen como un tema de interés general.

Y es que hace apenas unos pocos días, una marcha multitudinaria erigió su justa crítica a las taras de la cultura machista en Argentina. Y ya tan pronto las vemos reaparecer, o más que reaparecer, persistir. Porque Jimena Barón no efectuó nunca ninguna denuncia contra Daniel Osvaldo en materia de violencia de género; de pronto, sin embargo, se muestra aterrada y en peligro. Doble estereotipo machista entonces: primero la mujer pasiva, casi inerte, sin reacción; después el desvalimiento, la mujer que queda a merced. Luego el patriarcado arremete con todo, bajo las formas amañadas de la tramoya jurídica: Barón retiene al hijo consigo, aleja al padre a quinientos metros de distancia como mínimo, por fin le reclama dinero bajo el rubro singular de la “alimentación”. El macho queda así en el lugar del que provee alimento, el principal sostén económico de la familia; porque la mujer, hipostasiada en el estereotipo machista de la domesticidad y la maternidad, se queda con la casa y se queda con el hijo.

Los roles culturales patriarcales se confirman uno por uno: la atadura mujer-casa, su esencialización en la función maternal, su tradicional supeditación económica; ni atisbos de igualdad de género ni en la crianza de los hijos ni mucho menos en la manutención familiar. Queda mucho por hacer, es evidente. Los cambios culturales, cambios de fondo, son así según parece: lentos y paulatinos, sobrecargados de lastres, plagados de retrocesos, colmados de contradicciones.







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