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TRIBUNA ABIERTA.Aniversario de La Masacre de Pasco. Una crónica

Se cumplen 46 años de la brutal masacre perpetrada por la triple A el 21 de marzo de 1975. Patricia Miriam Rodriguez, autora del libro Masacre de Pasco, nos hizo llegar esta crónica que compartimos para nuestros lectores.

Domingo 21 de marzo | 10:22

El 21 de marzo de 1975 a las 21.30 hs, ocho vehículos, varios Ford Falcon color gris, otros negros, también Torinos blancos, frenaron intempestivamente en la calle Donato Álvarez, a escasos metros de la Avenida Pasco, en el barrio San José de Temperley. Algunos autos llevaban balizas sobre el techo, al igual que los utilizados por la policía, otros traían valijas sobre el portaequipajes. Los automóviles transportaban entre quince y veinte personas de civil con capuchas negras. Llamativamente, uno llevaba una máscara de carnaval y otros dos la cara descubierta.

Sobre la calle Donato Álvarez, la gente de la zona solía acudir al Bar El Recreo, porque también funcionaba como almacén, aunque fundamentalmente como lugar de encuentro de parroquianos. Esa noche de verano, la rutina del boliche se vio interrumpida por la entrada inesperada, violenta de los encapuchados. Llevaban armas largas y cortas de distinto calibre, entre ellas itakas, pistolas y ametralladoras que usaron para apuntar a Don Pascual y al mozo, Luis Ortiz. Los amenazaron de muerte, gritaron preguntando por el concejal Lencina, lo miraban al mozo Luis Ortiz. El concejal no estaba allí, fue la respuesta del empleado, por eso arremetieron con ráfagas de ametralladoras sobre las paredes, el mostrador, la estantería, la heladera del establecimiento, mientras rompían mesas y sillas. Pero antes de retirarse robaron relojes, dinero y otros objetos de valor a los presentes. También según el parte policial de la época se apropiaron de un colectivo.

Héctor Lencina y su familia vivían en Donato Álvarez 47, justo al lado del bar. Un largo pasillo conducía al departamento del concejal.

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Estaba oscureciendo cuando Héctor decidió invitar a otro compañero, Aníbal Benítez, cafetero del Concejo Deliberante de Lomas de Zamora y a su compañera a cenar en su casa. La idea era reunirse para mirar un partido de fútbol. Jugaba Independiente y Chacarita, lo televisaban. Aníbal y Héctor aprovecharon el momento de distensión para ver el partido, los acompañaban, la cuñada de Héctor y el hijo del concejal.

La tranquilidad doméstica se vio interrumpida por unos hombres con máscaras que ingresaron violentamente en Donato Álvarez 47, se apoderaron del edil y de su amigo Aníbal Benítez, los introdujeron por la fuerza en uno de los autos, mientras otros revisaban el departamento buscando papeles, información que se llevaron. Destruyeron casi totalmente el lugar, luego arrojaron bombas incendiarias.

Más tarde los vecinos contaron que Héctor, en un principio, había logrado escapar por el techo, ya que la parte de atrás de la casa no estaba cercada, pero cuando escuchó que amenazaban con matar a su hijo decidió entregarse.

Luego, la patota se detuvo en la avenida Pasco al 4600 donde vivía la vicepresidenta del Concejo Deliberante, Irma Santa Cruz. La misma metodología de barbarie se repitió en todos los casos, los parapoliciales ingresaron violentamente, destruyendo puertas, ventanas. Allí capturaron a Héctor Flores, ex-secretario de la concejal Irma Santa Cruz, lo obligaron a ingresar a uno de los automóviles, mientras el resto del grupo revisaba la casa y se llevaba documentación y varios objetos de valor.

Esa noche, Héctor Flores había sido convocado a una reunión en el barrio San José, no estaba organizada de antemano, recibió un llamado en la casa de su madre a último momento. Flores había sido el secretario de Irma Santa Cruz hasta diciembre de 1974, estaba en la casa de ella cuando irrumpió la patota. Intentó escapar, defenderse, pero se entregó sin oponer resistencia, porque temía por la vida de Héctor Ricardo, su hijo mayor, quien lo acompañaba y a quien tenían de rehén. –

La siguiente etapa de la cadena de secuestros fue una finca ubicada entre las calles Concepción y El Hornero, allí se apoderaron de los hermanos Alfredo Díaz; Rubén Eduardo Díaz de 18 y 16 años, respectivamente, los que pasaron a engrosar el contingente de cautivos dentro de los automóviles. También introdujeron en los vehículos a Pedro Rubén Maguna y Germán Gómez donde ya se encontraban Lencina, Benítez y Flores.

Del mismo modo, los parapoliciales, derribaron la puerta de entrada de la casa de Germán Gómez, se apoderaron de papeles, publicaciones y otros objetos. Luego destruyeron los muebles y artefactos domésticos con ráfagas de ametralladora antes de abandonar la vivienda.

Esa tarde del 21 de marzo, casi de noche, los Díaz habían organizado un asado en la casa de Germán Gómez. Había un partido de fútbol y el padre de los Díaz, los hermanos Díaz y Puchero decidieron ir a verlo a la casa de Germán. Todos eran del barrio, se conocían casi de la niñez.

Esa noche, el mayor de los Díaz se había retirado de la reunión por unos segundos, porque había ido a saludar a su cuñado que había venido de Florencio Varela a visitarlos. La casa de los Díaz quedaba a unas pocas cuadras de la vivienda de Germán, casi a la vuelta, en el trayecto escuchó disparos. En el momento en el que regresó a la casa de Germán, durante el camino, un vecino lo tironeó y lo introdujo en su casa. El hombre había presenciado el operativo en la cuadra y su

intención era resguardar a Díaz. Ya a salvo, dentro de la vivienda del vecino, observó detrás de la ventana cómo pasaban militares que vestían uniforme de gendarmería controlando los movimientos en el barrio. También vio a gente de civil como parte del operativo y escuchó ruidos de sirenas, iguales a las que usaba la policía.

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Con posterioridad se enteró que en ese ínterin, en el cual estuvo ausente, sus hermanos Alfredo y Eduardo regresaban asustados, corriendo rumbo a la casa de Germán, porque habían presenciado el secuestro y los destrozos ocurridos en el departamento de Lencina, a unas escasas tres cuadras. Seguidamente, hubo un despliegue de autos, también de un colectivo. Todos los vehículos se detuvieron en la casa de Germán, venían a buscarlo y al ver a los hermanos Díaz que corrían hacia la casa de este, los interceptaron y los detuvieron para que no alertaran a los demás. Con el tiempo y atando cabos, los Díaz llegaron a la conclusión de que Alfredo y Eduardo reconocieron a alguien, por eso los secuestraron.

Los vecinos les contaron que en el momento en el que se llevaron a Germán y lo introdujeron en el colectivo, éste gritó: “Eras vos, flaco hijo de puta…”, “Bajen a los pibes que no tienen nada que ver”. Aparentemente se refería a un policía soplón que vivía en la calle Monteros de apellido Salazar que trabajaba en la Comisaría 1era de Lanús.

Germán sentía un odio visceral hacia los policías y militares. En varias oportunidades había discutido con Salazar, sin abusar de su capacidad de boxeador. Los Díaz ignoraban si hubo enfrentamiento físico. Sí, sabían que Salazar era un tipo soberbio, autoritario, finalmente emigró a Paraguay hace más de 20 años.

Cuando Díaz llegó a la casa de Germán se encontró con Oscar, uno de sus hermanos, totalmente lastimado, le habían pegado un culatazo, también halló a Puchero muy golpeado. Les habían ordenado tirarse boca abajo, a su padre, su hermano Sergio de once años, a Oscar de 22 años, a Puchero, a la esposa de Germán y a las hijas.

Al lado de la casa de Germán vivía la familia Maguna. Cacho era el apodo con el que conocían en el barrio a Rubén Maguna, un joven que había intentado cumplir lo más cómodamente posible el servicio militar forzoso, alistándose en las fuerzas policiales. Concluida la obligación comenzó a trabajar en una metalúrgica de la calle Pasco. Se había casado no hacía mucho, su esposa estaba embarazada cuando irrumpieron en el domicilio de la pareja. Algunos dijeron que estaban buscando a un tal Chacho y lo confundieron a Rubén por su apodo Cacho. La patota utilizó la misma metodología de destrucción y violencia con la familia Maguna. Rubén no resistió ver el maltrato que ejercían sobre su esposa embarazada, reaccionó defendiéndola, entonces los encapuchados se lo llevaron.

Continuando con el raid de atentados en cadena, los coches de la patota se dirigieron seguidamente a una vivienda ubicada en la calle Amenedo al 3900 casi esquina Santiago del Estero, barrio San José, ya en jurisdicción de José Mármol, partido de Almirante Brown y a no muchas cuadras de los lugares antes registrados, en donde entraron con el mismo despliegue de violencia que en los casos anteriores.

En esa vivienda de la calle Amenedo, que constaba de una sola habitación de mampostería vivían Guillermo Omar Caferatta, maestro mayor de obra con su pareja Gladys Martínez de 21 años, empleada doméstica. Ella estaba embarazada a punto de dar a luz. Esa noche, Omar Guillermo Caferatta no se encontraba en el lugar. Su hijo afirma que unos pocos días antes había viajado a Australia en búsqueda de un bienestar económico para la pareja. Caferatta falleció en Australia, en el año 1993 de muerte natural.

Los vecinos relataron a los periodistas que se congregaron en el lugar, que los obligaron a ingresar por la fuerza a sus respectivas viviendas. Mientras tanto Gladys resistió como pudo, dando vivas voces de auxilio por lo que fue baleada y rematada ferozmente en el interior de la vivienda. El cadáver de la mujer fue hallado tendido sobre la cama junto a dos artefactos explosivos que no estallaron.

Finalmente concluyeron la serie de capturas, entonces la caravana de automóviles siguió viaje con los siete secuestrados hasta detenerse en la calle Santiago del Estero y Sánchez, a una cuadra de la vivienda de Caferatta. Los hombres fueron bajados a empujones y colocados sobre la calle de tierra. El movimiento inusual en ese tranquilo barrio, determinó que salieran a la puerta de sus casas muchos vecinos, que en ese momento veían algún programa de televisión o se aprestaban a dormir, pero los asesinos los obligaron a retornar a sus casas amenazándolos con sus armas, aparentemente el que parecía dar las órdenes a los comandos los intimaron para que se replegaran dentro de sus casas.

Allí, mediante el empleo de diversas armas, los siete secuestrados fueron obligados a arrodillarse. Se escuchó la voz de uno de ellos que gritaba que si lo tenían que matar lo hicieran de pie. Otra voz gritó: “Viva la patria”.

Los balearon hasta que cayeron acribillados. Por último, colocaron los cuerpos juntos e hicieron estallar dos poderosas granadas que al detonar hicieron volar los cuerpos, arrojando a gran distancia a varios de los cadáveres horriblemente mutilados.

En la intersección de las calles Sánchez y Santiago del Estero yacía uno de los cuerpos, únicamente con el tronco, sin extremidades, asimismo a unos 40 metros de dicho lugar sobre la calle Canale, junto al pilar de la última finca, otro cuerpo presentaba únicamente la parte superior del tronco faltándole en consecuencia, el resto de los miembros. Además, a unos 25 metros de la intersección de dichas calzadas, sobre Santiago del Estero y junto al alambrado de una finca, yacía un cuerpo completamente destrozado, hallándose asimismo, diseminados por las inmediaciones restos de extremidades de los cadáveres.

Dos cráteres producidos por los artefactos explosivos que originó la mutilación de los cadáveres se veían sobre la calle de tierra.

Los autores del asesinato concluyeron su macabra tarea colocando cerca de los cuerpos destrozados, sobre un baldío, una bandera de 2mts de largo por 0,65 cm de alto, color blanca con la siguiente inscripción: “Fuimos Montoneros, fuimos del ERP” en aerosol rojo y un estrella de seis puntas. La inscripción hacía referencia a la ideología de los asesinados, a quienes según ese texto se los señaló como miembros de la agrupación autoproscripta y de la organización declarada ilegal.

Fuente: Libro Masacre de Pasco de Patricia Miriam Rodríguez.




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