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Red Internacional

Una evocación al paisaje de paredes con musgo, con Pichuco de fondo.

Foto: @xcarbx

El sinsabor de mis dos semanas de vacaciones después de laburar a diestra y siniestra todo el año en esa fábrica pedorra, no es tanto el hecho de no haber tenido un mango para irme a la mierda como más bien no haber contado con el tiempo suficiente para dar todas las vueltas que quería por la Ciudad de Buenos Aires.

Y que nadie me pida que este exabrupto lo escupa en otros términos porque yo no soy ninguna corrección política con camisa almidonada y porque la literatura sale de las tripas... Lo demás son inventarios o listas de supermercado.

Me quejo de no tener cerca los detalles que me encandilan, como decía Arlt en sus Aguafuertes cariocas: “No le cause asombro lo que le voy a decir: Río de Janeiro da la sensación de ser una ciudad triste porque es una ciudad sin flores. Puede usted andar media hora en tranvía que no va a encontrar un solo jardín. ¡Cuántas veces me he acordado estos días de un balcón que hay en la calle Talcahuano, entre Sarmiento y Cangallo!”.

Y una vez más, que nadie salte, porque a mí me encantó Río, pero a los balcones porteños no hay con qué darles... Y a las pizzerías con carteles de neón en cursiva tampoco, naturalmente.

Lo que más me revienta de la explotación es que nos roben el tiempo, ese tiempo que no me alcanza para que Buenos Aires me sea abarcable. A algunos podrá parecerles una huevada mi anhelo, pero a mí, que el pasto y los mosquitos no son mis amigos porque tengo cemento, quilombo y ruido en las venas, me ennerva porque yo me salgo de la vaina del amor por esa ciudad con atmósfera muchas veces lúgubre, con el llanto de escenas pasadas y el bandoneón sonando lejos de fondo como una gotera que uno no se va a gastar en reparar.

Más me pesa esto por estos días en que me anidé a un nuevo amor, de esos pocos que una sabe que sí van a perdurar. Se llama "El gordo triste", es de Piazzolla con letra de Horacio Ferrer. En ese tango melancólico y saturado de imágenes se habla de Pichuco como quien tiene las manos como patios y organiza glorietas para perros sin luna.

Ese tango me evoca a las paredes con humedad y musgo, a las casas de puertas de madera altas, a las molduras de yeso, a los bodegones con piso de mayólica. ¿Acaso ustedes leyeron alguna vez expresión de amor más linda, más porteña, más llorosa?

¿Cómo no me va a hervir la sangre de bronca y de agua con sal en los ojos mientras sueldo en la fábrica anhelando el día que a todos los empresarios del mundo les arrebatemos el tiempo que ellos nos roban?

Ese día, o un par de días después, me van a encontrar a mí caminando por alguno de esos barrios de la ciudad hoy inabarcable, seguramente por Avenida Asamblea y Viel, pero no voy a caminar sola: me va a acompañar un convoy integrado por el Polaco de mis amores, Ferrer, Stampone, Pichuco y Cadícamo sonando en los auriculares. Menuda razón para ir a la conquista de recuperar nuestro tiempo.


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