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Red Internacional

Ana de Miguel, filosofa y feminista española, presentó en Madrid su nuevo libro: Neoliberalismo sexual. Conversamos sobre el “retorno del rosa y el azul”, el amor romántico y la prostitución, entre otros temas polémicos.

Josefina L. Martínez@josefinamar14

Lunes 29 de febrero de 2016 | Edición del día

Foto: mujeresenred.net

Ana, planteas en tu libro que vivimos en sociedades formalmente igualitarias, pero donde persiste una profunda desigualdad, con nuevas formas de reproducción de la desigualdad de género. ¿Qué significa el “retorno del rosa y el azul” en las sociedades patriarcales actuales?

En lo que llevo estudiado y vivido personalmente toda generación cree que ya hay “igualdad” entre hombres y mujeres. Entonces lo que hoy les pasa a las nuevas generaciones es que no perciben la desigualdad. ¿Por qué? Porque como dice Kate Millet, el patriarcado es un sistema socializador de los más perfectos. Pero nunca habíamos vivido en una sociedad en la que a niñas y niños se les dijera tanto, desde que tienen meses de edad o un año, que las niñas visten de una manera y los niños de otra. Que las niñas llevan los patines rosas y los niños los patines azules, que la bici de las niñas lleva princesas Disney, el estuche para los lápices, la goma de borrar, el sacapuntas… Hemos llegado a que ni el sacapuntas es neutro respecto al género.
Otro tema que menciono en el libro es el tema de los pendientes. Es algo que no tiene más significado que tratar de marcar, lo más profundamente que se pueda, la diferencia de géneros para siempre. Es el rito con el que dices: “voy a convertir a esta persona en una niña”. Y se hace manteniendo que no se lo está haciendo. Este auténtico bautismo de género lo realizan la mayoría de las personas jóvenes que se llaman transgresoras. No le abren las orejas a su hijo si es varón, porque ¿cómo se van a atrever a hacer eso? Pero si es una niña con toda naturalidad le perforan las orejas.

Nunca habíamos tenido una socialización de género tan estrecha desde tan pronto. Pero una vez que todo eso está socializado, la sociedad te dice: “ahora elige”. Esto nos revela el funcionamiento del patriarcado del consentimiento. A diferencia de las sociedades de patriarcado duro, donde te dicen que no puedes elegir nada, aquí el mensaje que nos mandan es que “tú eliges”, por lo que tienen que formarnos por dentro de una manera mucho más fuerte.

En Neoliberalismo sexual, el mito de la libre elección analizas las fuertes marcas del patriarcado en la adolescencia. Las diferentes formas de pensar y sentir las relaciones personales y el amor entre los varones jóvenes y las chicas. ¿Qué mensajes reciben las jóvenes para consolidar las relaciones patriarcales?

La verdad es que hasta a la adolescencia, aun con el tema de llevar el apellido del padre, aun con el hecho de que tus cuidadoras siempre han sido mujeres, aun con todo eso, las chicas y los chicos tienen una percepción de que podrían cambiar de roles. Sin embargo, en la adolescencia el mensaje [patriarcal] va a ser mucho más duro, porque se va a centrar en el uso del cuerpo.

La adolescencia es el momento en que la sociedad va a mandar a las chicas, mucho más que a los chicos, el mensaje de que son cuerpos. Que lo fundamental en su identidad es estar “buenas”, la “ley del agrado” como dice Amelia Valcarcel. Las chicas reciben todos los mensajes de los medios de comunicación y de sus propias amigas: no estar gorda, ir bien vestida, hacer un master de belleza y moda, saber cómo estar sexy, preocuparse por sus granos, por las estrías, empezar a depilarse todo el vello a los trece años… La gran socialización en la adolescencia es decirles a las chicas: “tú eres un cuerpo”. ¿Y para qué quieres ser un cuerpo? Uno, para ganar dinero; dos, para encontrar el amor.

Dedicas un capítulo del libro a la cuestión del amor. ¿Qué elementos de emancipación y qué elementos de opresión encuentras al historizar la aparición del amor romántico?

En el libro defiendo que el amor romántico no es negativo en sí mismo, el amor romántico entendido como el amor de pareja, que no es el amor que tienes por los hijos, o que tienes por las amigas, los amigos o los padres. Lo hemos llamado amor romántico, e inicialmente este amor tuvo un componente muy emancipador para las mujeres. Por ejemplo, en España a fines del siglo XVIII con la obra teatral “El sí de las niñas” las mujeres pudieron decir que, si el fin de su vida como les decían era el matrimonio, ellas lo que querían era casarse por amor, elegir con quién. Y eso aparece en esta obra emblemática del teatro español, donde una niña de 16 años se niega a casarse con un “gran partido” de 60, elegido por la familia. Esa obra se estrena en España a principios de 1800, fue un exitazo y fue prohibida por un dictador que teníamos, Fernando VII. Es decir, que fue prohibida una obra que decía que las niñas no tenían por qué casarse con viejos y que debían casarse por amor. Eso muestra el potencial de cambio social que significaba el hecho de que una mujer pudiera elegir, aunque fuera solo elegir con quién no se casaba. Eso era algo bueno del amor romántico, que tuviera como criterio la mutua atracción o lo que tú quisieras, y no el dinero, o lo que los padres decidieran.

Hoy encontramos una crítica furibunda al amor romántico, pero estas críticas a veces no nos dejan ver esta historia que estudiamos. Las críticas al amor romántico hoy son las que correlacionan al amor romántico con la violencia de género. Pero hay que diferenciar, no todo es igual. Es un tipo de amor romántico [el que está relacionado con la violencia de género]: el de las canciones, el que te quiere hacer pensar que si no encuentras un amor hay una parte de tu vida que está vacía, como ya decía la gran comunista Alejandra Kollontai.

El debate no es nuevo. Ahora se habla de poliamor, pero en el siglo XIX las sufragistas, las anarquistas y las socialistas ya experimentaron con el amor libre, con las monogamias sucesivas. No llegaron la mayoría de ellas a teorizarlo, aunque Alejandra Kollontai sí lo hizo. Ella mantuvo que el amor camaradería era un amor en el que se podían vivir diferentes historias de amor al tiempo.

Otro tema central que abordas en el libro es el debate sobre la prostitución, una cuestión que genera mucha polémica en el movimiento feminista. Tú dices, siguiendo a Celia Amorós, que lo primero que hay que hacer es conceptualizar, empezar por preguntarse qué es la prostitución. ¿Cómo defines la prostitución en la sociedad actual?

Si, en este tema creo que es crucial pensar antes de actuar. Porque es un tema en el que nos jugamos varias cosas: en primer lugar, la definición de lo que es la sexualidad. Porque hay gente que mantiene que la sexualidad es una acción como otra cualquiera. Yo a esa gente le digo, por ejemplo, si es una chica: “¿Tú tienes padre? Entonces cuando vayas hoy a casa no te importará si tu padre te dice ‘masajéame los huevos’. Y si te importa, ¿por qué tú estás defendiendo que haya chicas en la calle, para que baje tu padre o cualquier hombre y no solo le masajeen los huevos, sino que se los chupen, todo por 15 euros?”.

Esto lo digo para llamar la atención y que la gente verdaderamente piense que la sexualidad no es un tipo de acción como otra cualquiera, que nos remite al poder de unos cuerpos sobre otros y en general al poder de los que tienen dinero sobre los que no lo tienen.

Tu nuevo libro se llama “Neoliberalismo sexual” y polemizas con la idea de que el “libre consentimiento” de las mujeres es una clave central para abordar la cuestión de la prostitución. ¿Todo vale si se puede “elegir”?

En la definición de la prostitución no puedo estar más en desacuerdo con el neoliberalismo de feministas que lo definen como un “libre acuerdo” en que se intercambia sexo por dinero. Porque eso esconde y oculta la dimensión de género de esa acción, cuando el feminismo si por algo se caracteriza es por ponerle género a todo. ¿Cómo se pretende desgenerizar la prostitución? Definirla como si no hubiera relaciones de género y dominación por medio. Si somos feministas nos tenemos que poner de acuerdo en la definición: la prostitución es una institución que consagra ideológicamente y legalmente el derecho de los hombres a acceder al cuerpo de las mujeres.

Yo critico mucho en el libro el tema de que el feminismo se pueda identificar con la “libre elección” de las mujeres. Hay gente que dice que el feminismo lo que tiene que hacer es “dejar que las mujeres elijan”. Y creo que cada vez que se dice esa frase lo que aparece es una visión individualista y atomizada de la sociedad que no es real. Cada vez que una persona que sí puede elegir dice que “la gente elija”, está condenando a las personas que no pueden elegir a que la sociedad cierre los ojos ante ese hecho, que no pueden elegir.

En el caso de la prostitución, solo una ínfima minoría las mujeres puede tomar esa decisión por “libre consentimiento” mientras hay millones de mujeres que están condenadas a la prostitución por sus condiciones sociales, económicas, coaccionadas por la trata…

Efectivamente. Te doy otro caso. Si a una actriz de televisión le pagan por salir desnuda o semidesnuda en nochevieja y ella lo teoriza diciendo: “yo he elegido esto libremente, nunca me he sentido tan libre”; puede parecer muy bien. Pero está legitimando que a otra chica que va de camarera le digan “en este bar te tienes que poner en bragas y sujetador”. La actriz de la que hablamos dirá: “Que elija libremente lo que quiera”. Pero la chica camarera tiene la opción de no hacerlo, de irse al paro, de no encontrar nunca empleo… Entonces la supuesta libertad de una, resulta que tiene el precio de la esclavitud de las otras.

Donde quiero poner el dedo en la llaga es en lo siguiente. ¿Hay acciones “libres” que no son feministas y que las ejercen mujeres? Pues claro, un montón.
El feminismo se está convirtiendo en un producto que vende. Se ve que la industria del “rosa y el azul” también está llegando al feminismo y también lo empaquetan y lo venden como un producto. Y creo que todo esto lo tenemos que pensar y dar vueltas.

Tu sostienes que la prostitución es una “escuela de desigualdad humana”. La desigualdad humana consiste en que unas personas se sirven de otras. Depende del grado de desigualdad, una persona se puede servir de mil, o de cien, o de diez.

¿Qué es la prostitución en relación con eso? Es enseñar a los chicos, cuanto antes mejor, como un rito de aprendizaje, que “tu deseo es lo primero, es lo único que cuenta” y la sociedad patriarcal va a brindar los medios para satisfacer ese deseo.
El mensaje que recibe el chico al que llevan “de putas” o en estos libros académicos que se hace apología de la prostitución es este: “en la vida solo tienes que ocuparte de una cosa, de tu deseo, tener dinero en el bolsillo y satisfacerlo”.

“La mujer que tienes enfrente -enseña la sociedad patriarcal- es solo un instrumento para que tu deseo sea satisfecho”. “Ni la mires a la cara, y tal vez ni sabe tu idioma, pero no importa”. A los chicos les enseñan que ver filas de chicas desnudas a su disposición es su derecho y que las mujeres no importan. Si esta no es una escuela de desigualdad… Anular al otro, el otro está solo para que te sirva a ti. “Nosotros te lo garantizamos, el capitalismo y el patriarcado”, te dicen.

Ana de Miguel; Neoliberalismo sexual, Ediciones Cátedra, Colección Feminismos, 2015




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