Política

OPINION

Alberto Fernández y la construcción de un relato para el ajuste

La votación sobre las jubilaciones de privilegio fue un paso más en el desarrollo de un discurso que busca el difícil objetivo de darle mística a una política de ajuste fiscal. Como un equilibrista, el nuevo Gobierno intenta construir un relato que justifique la política actual pero que a la vez muestre un cambio de rumbo respecto del Gobierno anterior.

Fernando Scolnik

@FernandoScolnik

Jueves 27 de febrero | 22:46

“Ctrl Z”. Con esas letras y los colores de Cambiemos, una conocida cuenta de memes se reía de Mauricio Macri en los primeros tiempos de su Gobierno.

El chiste, que hacía referencia al comando para “deshacer” en una PC, tenía que ver con las repetidas idas y vueltas del macrismo, que de forma recurrente tenía que volver atrás cuando se pasaba de la raya en alguna medida que había anunciado.

En las últimas semanas, algunos analistas políticos han comenzado a observar un problema parecido en el nuevo Gobierno del Frente de Todos. Los dichos de ministros que se contradicen entre sí o el presidente desautorizando públicamente a su jefe de Gabinete respecto de algún anuncio importante, hicieron saltar a la luz estas “desprolijidades”.

Basta repasar lo sucedido desde la semana pasada con el debate sobre un posible aumento de la edad jubilatoria o con la confusa comunicación respecto de cuándo volverán los tarifazos, para tomar nota de que esto efectivamente está ocurriendo.

De promesas y realidad: un problema de origen

En el fondo de la cuestión está el hecho de que el Gobierno de Alberto Fernández tiene que lidiar con una contradicción que lo acompaña desde su origen.

Ganar la presidencia fue tarea sencilla: con el apoyo de casi todo el peronismo, bastaba con proponer en campaña electoral una orientación inversa a la de Mauricio Macri, que era visto por gran parte de la sociedad como el “Gobierno de los ricos” después de años de tarifazos, baja del salario y miles de despidos.

Pero lo difícil es gobernar después de haber hecho promesas que no se está dispuesto a cumplir.

Como un equilibrista, en sus primeros meses el nuevo Gobierno intenta construir un relato que justifique la política actual pero que a la vez lo muestre distinto del Gobierno anterior.

El arte para el oficialismo está en cómo hacer un ajuste fiscal afectando a millones de jubilados pero que parezca una medida “solidaria”; en cómo negociar seguir bajo los dictados del FMI aparentando una política soberana en la que supuestamente “nos dieron la razón”; en cómo beneficiar a los bancos sin tocar sus intereses o a las mineras y petroleras bajándoles las retenciones, simulando a la vez que el plan económico es para beneficiar a “los que menos tienen”; en cómo ser a la vez “feminista” y amigo de la Iglesia; o en cómo decirles a los militares que hay que “dar vuelta la página” pero ser rápido de reflejos para desdecirse y no romper con importantes referentes de los derechos humanos.

Este jueves fuimos testigos de dos nuevos pasos en ese sentido. Por un lado, bajo un discurso de que se están cuestionando privilegios, se dejaron intactos importantes beneficios de una casta de jueces, obispos, presidentes o funcionarios que seguirán cobrando cientos de miles de pesos por mes, pero siempre bajo un discurso de que se están cuestionando jubilaciones de privilegio.

Así, el jubilado que está siendo ajustado, o el trabajador al que se le rechaza la cláusula gatillo para defenderse de la inflación, debería entender su situación y ver que en realidad hay que darle tiempo al Gobierno está enfrentando a los poderosos. Pero la realidad, como denunció Nicolás del Caño, es que la sesión en diputados no fue más que una “cortina de humo” para cambiar algo sin que nada cambie para estos sectores poderosos.

Por otro lado, el Gobierno puso en escena una negociación con las patronales del campo. A última hora de la tarde, se supo que por ahora seguirán sin aumentarse las retenciones a la soja, hasta nuevo aviso. El oficialismo en este terreno posa de negociador duro ante este sector, cuando la realidad es que las retenciones están al mismo nivel que estuvieron con Macri en 2018 y es uno de los sectores que más ganaron con las últimas devaluaciones que pulverizaron el salario. A los bancos, las mineras o las petroleras, tampoco se les pide que sean solidarios.

Asimismo, mientras un bochornoso show tenía lugar en el Congreso Nacional, la policía del gobernador Axel Kicillof y Sergio Berni reprimía a los trabajadores de Cresta Roja que reclamaban sus puestos de trabajo. Un oficio que Berni ya sabe de memoria, con su larga trayectoria en reprimir luchas obreras como en Lear y tantas otras bajo el último mandato de Cristina Kirchner.

Desde la semana que viene, tendremos una nueva versión de este relato cuando vuelva la misión del FMI a la Argentina. Allí, bajo la cobertura de plantarse ante el Fondo y los bonistas privados, se estará reconociendo en realidad una deuda impagable que no es más que un mecanismo para el capital financiero siga saqueando el país a costa de las grandes mayorías.

No se puede vivir del relato

El Gobierno cuenta con la ventaja de que la “pesada herencia” que le dejó Macri es percibida por millones de personas, que están dispuestas a darle un tiempo al Frente de Todos para ver los resultados de su Gobierno.

Pero esa situación tendrá fecha de vencimiento. Como sostiene la izquierda, es imposible revertir la decadencia, el atraso y los altos niveles de pobreza sin un desconocimiento soberano de una deuda ilegal e ilegítima y medidas como la nacionalización de la banca, el comercio exterior o la expropiación de los grandes terratenientes y los servicios estratégicos, para poner los recursos en función de un plan favorable a las grandes mayorías y no de la ganancia de unos pocos.

Por más negociación “dura” que haya con el FMI o los bonistas, la moneda de cambio que ofrecerá el Gobierno es el ajuste fiscal, que seguirá cayendo sobre los jubilados, los trabajadores, la salud o la educación.

Tarde o temprano, millones de trabajadores, mujeres y jóvenes querrán ver cumplidas las promesas que se les hicieron en campaña. Desde la izquierda apostamos entonces a desnudar las mentiras de los poderosos, exigir a las centrales sindicales que se pongan al frente de recuperar lo que millones perdieron bajo el macrismo y sembrar las ideas para dar vuelta la historia.







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